Por Ivonne Acosta
“Sobre mi cabeza había hojas; en mi ojal,
una florecilla modesta que yo no corté.”
La cena, Alfonso Reyes
Cierras el cuaderno forrado de rojo que corresponde a la materia de español y sacas el libro de matemáticas con su respectivo cuaderno forrado de amarillo. La materia siempre te pareció insoportable, pues desde que entraste a la primaria tu mamá no se cansaba de compararte con tu hermana. Ella pudo aprenderse las tablas de multiplicar hasta la del doce en segundo año y tú, aún batallabas con la del siete estando en sexto año. Pero milagrosamente te defiendes con los polinomios y esa es la clase de hoy.
La maestra, con su tufo a cigarro y cruda de dos días, selecciona en la lista ordenada alfabéticamente a un estudiante para que pase al pizarrón a resolver las ecuaciones. La destiende sobre su escritorio, pasando el bolígrafo por encima, guiándolo por una voluntad más imponente que la su mano. Se detiene primero en una letra, luego lee el apellido. Siempre dice que será al azar pero termina siendo un alumno cuyo apellido empieza con la letra ‘n’ o ‘m’.
–Molina –anuncia–. Pásale Lupita al pizarrón.
Lo dice sin mirarte a los ojos, mientras le da un sorbo a su termo que parece que es cualquier menjurje menos café porque cuando traga la sustancia aprieta los labios conteniendo una mueca.
Agarra el marcador y te lo pasa sin mirarte. Sus dedos, manchados de nicotina, están tan helados que brindan la experiencia completa de estar ante un muerto viviente; ojeras tridimensionales casi negras que sobresalen a pesar de las capas de corrector, cabellos oscuros, pardos y delgados, teñidos con unas lucecitas en un intento de modernizar la faceta de tuberculosa decimonónica que la docencia le fue imponiendo. Quizá un intento de recuperar la fe que tenía en sus estudiantes cuando empezó a dar sus primeras clases.
Destapas el marcador y empiezas a resolver la primera de las tres ecuaciones que están escritas en el pizarrón. Volteas hacia arriba, más allá del polinomio, ahí donde cuelga un Cristo crucificado. Desde tu asiento se ve como otro adorno de una escuela católica cualquiera, pero estando ya tan cerca logras ver el detalle bestial del sufrimiento; el hundimiento de las espinas en la frente del ejecutado, su mirada compungida acompañada de lo que parecen ser lágrimas o sudor. La sangre emanando de los clavos pareciera estar escurriendo en tiempo real, pero detienes esta visión antes de revivir –nuevamente– el fetichismo católico de la muerte de Cristo. Arrebatas la mirada y la regresas a la ecuación para comenzar a resolverla.
Alcanzas a escribir una cifra: treinta y tres, cuando la tinta roja del marcador se vuelve espesa, se infla, se escurre y rebela. Los números que expresaban la operación corrompen el blanco de la pizarra. Aterrada volteas hacia la maestra. Vas bien, continúa. Pero de seguro lo dice para que termines de una vez y se pueda poner a revisar el ejercicio o de seguro ya te equivocaste y espera a corregirte. Volteas a ver a Sofi, que parece que está terminando el primer problema y espera a que continúes para comprobar resultados o espera a que le pidas ayuda porque sabe que no eres capaz de resolver un problema a la primera oportunidad. Te quedas en blanco. El resto de tus compañeros que estaban enfocados en sus libretas voltean hacia ti y te clavan la mirada. Ellos notan que te quedaste fría y empiezan a hacer chistes que no logras distinguir, pero debe ser sobre ti porque se ríen mientras te ven. A lo mejor creen que ya no sabes resolverlos y estás tonta. Regresas tu vista al pizarrón y antes de continuar te das cuenta de que es imposible seguir escribiendo porque la tinta adquirió autonomía y escurre como un líquido espeso y entre más detienes la vista en la ecuación, la tinta roja se oscurece como sangre oxidada. A pesar del pánico intentarías seguir escribiendo, pero en tu mano ya no se encuentra el marcador. Tu palma abraza un clavo tan grande que podría atravesar la piel, el músculo, la carne entera.
A pesar de las risas, de las miradas, de la imposibilidad de la escena, tu prioridad es demostrar que sabes, que no eres una idiota. Los imbéciles son ellos: Mateo, Santiago, Lucía, Marta, pero de ellos no se burlan porque pueden hacer otras cosas mejor que tú. Son el capitán de futbol, el cantante dotado, la cinéfila esnob y la actriz protagónica. O tal vez porque nadie espera de ellos excelencia académica porque sus personalidades son suficientes para cautivar a profesores y compañeros por igual, no necesitan compensar nada. Después de todo, ellos saben que un kárdex es irrelevante cuando heredarán la empresa de papá o seguirán con el negocio familiar o se casarán con un hombre exitoso que las saque de trabajar y su prioridad será tener la casa perfecta, la familia perfecta, la vida perfecta. Pero tú sólo tienes la escuela, esas materias que ni te gustan pero de todos modos te la pasas estudiando porque tus padres aspiracionistas te metieron a una escuela llena de hijos de familia de abolengo.
Aprietas el clavo entre tus dedos y decidida a terminar de resolver esas ecuaciones, desgarras el pizarrón con el clavo y de él emana un líquido negro con un tufo a carne podrida que penetra en las fosas nasales, se extiende por los brazos erizándote el vello y azota en tu estómago. El ruido crece desmedidamente a tus espaldas y se le incorporan sonidos que te recuerdan más a un animal que algo humano. Los gritos, llantos, golpes, gemidos eclipsan las risitas tímidas de un inicio. No sabes si la imagen que tienes enfrente, de un pizarrón agonizante es más aterradora que la que puede encontrarse detrás de ti. Imposible huir de tus sentidos cuando te apresan los párpados y el tímpano. A pesar del miedo volteas lentamente tratando de no hacer ningún movimiento brusco y ves que ya no eres la protagonista de las burlas y comentarios. Todos están dispersos, las bancas tiradas, los cuadernos rasgados por todos lados. Hay dos compañeros que se están peleando, pero no logras distinguirlos, incluso dudas si van contigo en esa clase. Quizá los soñaste una vez y no los volviste a ver. Lucía y Marta se suben a las bancas y se quitan el uniforme hasta quedar en ropa interior. Tienen al resto de los hombres embobados viendo a qué hora se quitan las bragas y el brasiere y tú también te les quedas viendo un segundo más de lo normal, esperando con la misma morbosidad de los hombres si ellas se atreven a quitarse la ropa interior. Tu mirada regresa a la maestra en busca de una reacción, una autoridad que ponga orden, que te proteja del caos y gestione tu pánico, pero nada. Está sentada en su escritorio con las piernas cruzadas buscando algo en su bolsa. Revuelve el contenido hasta dar con una cajetilla de cigarros aplastada y un encendedor descarapelado. Con la mirada prendida en el cigarro lo enciende sosegadamente, tapando celosamente con su mano la llama que la llevará a un orgasmo cancerígeno. Le da una calada y levanta la cabeza para arrojar el humo al techo y hace el mismo gesto de éxtasis que Santa Teresa. Termina de exhalar y vuelve a clavar la mirada en el piso. Le da una segunda calada al cigarro y extiende su brazo para agarrar su termo y, en un intento de reproducir la misma sensación que le dio la primera calada, aspira el último trago, pero ahora su rostro es el de una mueca mundana, ni rastro de misticismo.
Abandonad toda esperanza.
El ruido crece hasta zumbarte los oídos y sientes el enjambre de avispas dentro de tu cabeza. Pero te quedas quieta, soportando los latigazos del ruido y la escena. Crees que si lo haces alguien te felicitará por haber mantenido la compostura frente a tanto caos. De seguro la madre superiora ya viene en camino para ver qué está pasando.
Quieres decir algo, preguntar qué está pasando, que se callen porque todo está ridículamente mal y habrá consecuencias, pero para ser escuchada tendrías que gritarlo. Abres la boca y justo al segundo te entra un aire que te raspa la garganta. De tu boca no salen órdenes, sólo una tos asfixiante que pausa por instantes para permitirle a tus pulmones arrebatar del ambiente cantidades ínfimas de oxígeno y finalmente, agotar tus pulmones de nuevo con tosidos.
Los papeles tirados alrededor de la maestra arden y cerca de ellos hay ya varias colillas de cigarro. Es la única señal que te muestra cuánto tiempo ha transcurrido, por la cantidad quizá hayan sido algunos minutos, incluso te atreves a calcular que alrededor de una media hora. Si tan solo no hubieran quitado el reloj de pared para poner aquel Cristo crucificado. Malditas monjas sádicas, piensas. Es tarde, el instante se expande y se avalancha en el salón.
Parece que nadie nota el fuego excepto tú, o tal vez sí lo notan porque el comportamiento del resto del salón se vuelve más agitado. Las llamas avivan el frenesí o el frenesí aviva las llamas. Sofi, a quien no bajabas de tímida, ahora está encima de un banco desabrochándose la blusa y quitándose la falda junto a Marta y Lucía.
La idea de salir corriendo del salón cruzó por tu cabeza, pero la última vez que lo hiciste porque te dio un ataque de pánico terminaste con un reporte por indisciplina. El temor a que te perciban como mala te volvió dócil, el sistema educativo te domesticó para no dar problemas, la religión te sometió a la culpa. Por eso has traicionado tu instinto de huida, terminado en la ridiculez evolutiva de la oveja pidiéndole al lobo permiso para salir corriendo y no ser devorada.
La tos se convierte en arcadas y sientes que devolverás el almuerzo del receso e incluso más. Sientes cómo el estómago te escala por la garganta, abriéndose paso por el cuello hasta que se te voltea como la manga de un suéter por tu boca. A pesar de ser invierno la temperatura del salón se elevó exponencialmente. El calor te pica pero las llamas abrasan a todos tus compañeros sin quemarlos. Juegan con los efectos claroscuros que provoca la lumbre, distorsionando sus caras, un éxtasis irascible aparece en sus rostros. Pero para ti es un fuego tan real, semejante al de las fundidoras de acero. Si te quedas más tiempo comenzarás a arder y es la noción de una muerte inminente lo que te avienta a la puerta. Está cerrada. Te aferras a la manija, esperando abrirla con la violencia de la desesperación y te responde dejándote la mano escaldada y llena de ampollas. Vacilas otra opción. Podrías arrojar un banco y romper las ventanas pero están muy altas, en este punto ya no puedes ni subir los brazos por encima de tus hombros y sientes las rodillas a punto de colapsar. El humo acumulado en el techo baja como niebla cubriendo las cabezas de tus compañeros. Pronto no sabes si has dejado de ver porque el humo ha inundado el salón o porque tus ojos no paran de lagrimear. El mareo te embota la cabeza, ya ni siquiera es la muerte lo que te asusta, el temor se esparce y sientes un piquete de euforia. El piso reclama tu cuerpo y cuando una sombra te envuelve la mirada, suenan las bocinas de la escuela.
Es la hora del angelus.
El ángel del señor anunció a María
–Y concibió por obra del Espíritu Santo. –son las voces de tus compañeros respondiéndole a la voz grave que proviene de los parlantes.
Recobras tus sentidos débilmente. La tos desapareció, pero no el nudo en la garganta. La maestra te indica con la mirada que regreses a tu lugar y te pongas a rezar como el resto. No puedes seguir los rezos corales de tus compañeros, así que sólo mueves los labios simulando palabras de fe. El resto del salón continúa con la vista fija en el librito de oraciones, de pie y al lado de sus mesabancos ordenados en filas. Los barres con la mirada, escondiéndote detrás del librito y te parece tan descarada esta escena ensayada. Cuando termina la hora del ángelus te das cuenta de que no hay rastro de todo lo que sucedió.
La primera ecuación está resuelta y la mitad de la segunda. El pizarrón impoluto marcado temporalmente con la tinta endeble del marcador recupera su esencia primigenia cuando la maestra pasa el borrador y las ecuaciones desaparecen dócilmente. Tus compañeros vestidos con el uniforme intacto, sin parches ni rasgaduras, las camisas blancas, las calcetas de las mujeres hasta la rodilla inmaculadas sin un rastro de mugre y los tablones de sus faldas bien planchados que obedecen su longitud reglamentaria por debajo de la rodilla contrastan violentamente con la imagen de hace un momento. Lo que te escandaliza ahora es la pulcritud, la mesura, la decencia.
No quedó señal de que hubo fuego ni del exhibicionismo o frenesí que atravesaron tus compañeros, todos están guardando sus cosas y sacando su merienda para el receso, el ruido vuelve a romper el silencio pero no alcanza el nivel de estampida auditiva. Aunque todo pasó hace unos instantes dudas si fue real. Probablemente fue otro ataque de pánico aunque nunca habías tenido uno así de intenso que te hiciera alucinar y sobre todo, sin que nadie se diera cuenta. Decides dejar todo de lado por miedo a invocar nuevamente otra barahúnda con el pensamiento.
La maestra balbucea unas palabras que nadie atiende porque están más entusiasmados con ponerse al corriente de lo que hicieron el fin de semana que en escuchar las instrucciones de una clase que –según el timbre escolar– ya acabó. Resopla y también guarda sus cosas para irse a su otro trabajo.
Sofi se dirige hacia ti con su cartera en mano. La Sofi que hace unos momentos viste en brasiere y bragas bailando arriba de un banco entre las llamas. La imagen aún está tan presente que te sonrojas con solo mirarla a la cara.
–¿Vas a la tienda? –te pregunta con su voz modosita.
–No –desvías la mirada nerviosamente
–Bueno, ¿me acompañas?
Y, antes de que le respondas que sí o que no, te vuelve a hacer otra pregunta. Mirándote las manos ensangrentadas.
–¿De dónde sacaste ese clavo enorme?
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Semblanza
Ivonne Acosta Neira (Saltillo, Coahuila). Es egresada del Colegio de Letras Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Se ha especializado en la literatura contemporánea y medios impresos. Actualmente desarrolla una línea de investigación sobre el suplemento cultural Aquí Vamos, en el que analiza cómo la escritura joven desafía las formas tradicionales del periodismo y la crítica literaria. Su trabajo busca trazar puentes entre lo literario y lo cotidiano, siempre con ojo crítico y curiosidad insaciable.

