Otras formas de viajar

Por Eduardo Zambrano

Aunque el origen del turismo se remonta al siglo XIX, darle el atributo de industria del turismo y masificarlo, se da a mediados del siglo XX, y tal fue el empuje en ese sentido que, a partir de 1980, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) estableció el 27 de septiembre como el Día Mundial del Turismo.

Sin embargo, en esta fecha se ha venido vinculando el placer de viajar, atendiendo más a cuestiones económicas de una empresa o, en el mejor de los casos, atendiendo la importancia de éste para un país. Sin duda, el viaje, como una aventura y un conocimiento íntimo e irrepetible, escapa a los intereses turísticos, incluso es una contrapropuesta que podría prestarse a bromas, como lo hiciera la irlandesa Dervla Murphy, que recorrió el mundo en una bicicleta, y que no sin buen humor recomendara:

Elige un país, consigue una guía para identificar los lugares más frecuentados por los extranjeros… y entonces ve en la dirección contraria.

No se trata en este apunte de hacer menos los logros del Turismo, ni a nivel regional o global, es la forma más efectiva de comercializar y facilitar los viajes, eso está bien, pero mucho antes de la industria turística, estuvieron los hombres solos que se aventuraron a recorrer el mundo. Y muchos de esos hombres eran gente de letras. Paul Theroux nos lo revela:

Con el tiempo, descubrí que los viajeros más entusiastas habían sido también lectores y escritores entusiastas.

No importan los tiempos o la cultura, siempre habrá un motivo para viajar:

Si el motivo es esencialmente histórico, habrá que recordar la figura clásica de Heródoto, o ahora la de Ryszard Kapuściński, un maestro del periodismo de viaje.

Pero también están los escritores que cambian de aires por simple curiosidad, como es el caso de Mark Twain o Hemingway, o un Bruce Chatwin, donde la literatura de viajes es ya emblemática.

Y claro, los viajes como una peregrinación, un encuentro espiritual, hasta poético, como en el caso de Basho:

Demasiadas cosas estorban en un viaje. Me deshice de casi todo. Sin embargo, tuve que empacar un jergón, impermeable, plancha de piedra para fabricar tinta, pluma, papel, mis remedios, canasta con comida. Llevaba todo a cuestas, claro, con piernas inseguras bajo mi cuerpo enclenque. Estuve a punto de caer de espaldas.

Pero ahora, al contemplar este monumento que con certeza es un recuerdo de mil años, nos llegaba el sentir de los hombres de entonces. Este es el premio de las peregrinaciones, el placer de vivir. Y así olvidé las fatigas del viaje, se me aguaron los ojos.

El ya citado Paul Theroux (Massachusetts, Estados Unidos -1941) tiene un libro: El Tao del Viajero (Alfaguara 2012), donde intenta dar cuenta de este distintivo, el viaje como aventura, sí, pero no la aventura del producto turístico sino la de carácter interior, personalísima, el viaje como una forma de búsqueda o de escape, muchas veces las dos cosas juntas:

Considero el deseo de viajar una cualidad intrínsecamente humana: las ganas de movimiento, para satisfacer tu curiosidad o apacentar tus temores; para cambiar tus circunstancias vitales y transformarte en un forastero; para hacer un amigo; para apreciar un paisaje exótico; para aventurarte en lo desconocido; o para dejar testimonio de las repercusiones, trágicas o cómicas, del narcisismo de las pequeñas diferencias que sugestiona a algunos. Chéjov dijo: «Si te asusta la soledad, no te cases». Y asimismo podría decirse: si te asusta la soledad, no viajes. Los libros sobre viajes muestran los efectos de la soledad, en ocasiones lamentables, las más de las veces enriquecedores, aquí y allá sorprendentemente espirituales.

Es imposible hacer una reseña cabal de este libro, pero sí se puede visualizar entre un montón de citas y anécdotas, algunas recomendaciones básicas. Me permito reinterpretarlas:

1.El viaje que te transforma es el verdadero viaje, porque nunca vas a saber a dónde vas a llegar.

Te marchas por una larga temporada y retornas siendo otra persona: uno nunca completa del todo el camino de vuelta.

2. Los viajes de placer como algo deseable, tal vez, pero igual perfectamente prescindibles.

Había llegado al Bajo Egipto… anticipando penurias y preparado para cualquier desastre. La felicidad estaba descartada, pues aunque deseable, en los viajes es un tema baladí; por todo ello, África parecía el lugar perfecto para una larga travesía.

3. Recorrer el mundo con actitud de peregrinar hacia el asombro.

De vez en cuando, en un viaje algo imprevisto ocurre que transforma toda la naturaleza del itinerario y que luego permanece con el viajero. Burton viajó a La Meca disfrazado, como si fuera una broma, pero cuando al fin llegó a la Kaaba, el escéptico se emocionó de veras. A veces, me parece que hay una búsqueda esencial en todo viaje, la búsqueda de lo inesperado.

4. De preferencia viajar solo. Escuchar nuestra propia respiración para valorar la experiencia de estar en tránsito.

El viaje alcanza su máxima expresión en soledad: para ver, examinar y valorar, tienes que estar solo y a tu aire. Otras personas pueden confundirte: solaparán tus impresiones peregrinas con las suyas; si son una buena compañía obstruirán la vista, y si son aburridas corromperán el silencio con banalidades…

5. El turista se vuelve visible en un selfi. En cambio, el viaje es como un acto de magia donde uno desaparece.

La invisibilidad, la condición normal del viajero maduro, es mucho más útil que la notoriedad… El viaje es un truco de desaparición…

6. Preparar un viaje no significa hacer maletas, sino aprender antes del lugar que se va visitar.

Viajar desconociendo la historia de una región te incapacita para entender los “porqués” de las cosas y las personas…

7. Caminar. No hay otra forma de conocer y reconocerse en lo que se va conociendo, que “sendereando”.

Caminar era la antigua forma de desplazarse, la más esencial, y tal vez la más reveladora… Andar es un acto espiritual, caminar solo induce a la meditación.

8. No se trata de viajar mucho o por mucho tiempo, sino de vivir el viaje con plenitud.

La experiencia viajera más intensa no tiene por qué ser la más larga. D.H. Lawrence pasó diez días en Cerdeña con su esposa, y escribió todo un libro sobre aquel viaje.

Está claro que este libro incide principalmente en la literatura de lengua inglesa, pero igual en nuestro país y en Hispanoamérica, hay toda una tradición de literatura de viajes, comenzando por la referencia de Ernesto “Che” Guevara.

En México, Vicente Quirarte, del cual llevamos aún el luto, igual nos dejó un legado de libros al respecto, páginas donde se destaca ese ir al encuentro, ese transitar a lugares donde nació o fincó su obra un escritor:

Los libros nos impulsan al viaje, lo esbozan, lo preparan, lo provocan. Son responsables de que vayamos en busca de vivísimos fantasmas, autores que han modificado nuestra existencia, ya con el talento de su obra, ya con el genio de su vida.

Viajar es fundamental, nos dice sin titubeos la voz de Margo Glantz, pero no solamente el viaje como un generador de recuerdos, fotografías, memorias, el viaje (sobre todo) como motor de nuestras vidas:

Si no viajo siento que mi vida no tiene sentido, y me gusta mucho tener viajes en el futuro y siento que tengo futuro si tengo viajes.

Otras referencias obligadas en la poesía mexicana que se escribe hoy por hoy: Elsa Cross y Marco Antonio Campos. En el caso de Campos hay libros donde el viaje es el eje temático y principal protagonista de su poesía, por citar algunos:

De paso por la tierra (1998), Viernes en Jerusalén (2005), Dime dónde, en qué país (2010).

En el caso de Elsa Cross, los registros de viaje se terminan integrando a la intimidad espiritual de la poeta: Poemas desde la India (1993) y en su tránsito por Grecia, Cuaderno de Amorgós (2007). En un libro más reciente, Isla Negra (2023), hay también una sección que registra la luz, esa otra luz, que ilumina a los viajeros ensimismados en el asombro. De su poema “Amanecer en Kalamata”, van estos versos:

 

Como bandadas de patos migratorios

las casas se apilan blancas

                                             a la orilla.

 

El mar

             inmóvil

      -como aceite-

refleja el claroscuro de los montes.

 

La música de una lengua

                                  emerge del sueño.

 

Una reverberación,

hilos brillantes

                          traspasan la oscuridad.

 

Ruido de pájaros,

un olor de tomillo-

               ya sabidos también

                                            y siempre nuevos.

 

Las casas de arriba

                       son cabras dispersas por el monte.

La luz destella en los anchos olivares.

 

El oleaje cobra nitidez

y rompe contra las barcas

                               el silencio

                   abriendo el día.

 

“El silencio abriendo el día” es un registro que no solo cierra el poema bellamente, además pareciera abrir una conversación, algo no dicho en donde el lector ya no tiene cabida, algo que se queda para disfrute propio del que contempla su viaje.

Nada más lejano al bullicio de las hordas turísticas que esta poesía.

Que ahora se celebre el Día Mundial del Turismo está bien, que su agenda tiene como foco a la “Inteligencia Artificial para rediseñar el sector”, excelente. Pero siempre habrá otras formas de viajar, el viaje también como una desventura, una odisea, ahora que la Odisea (la película) ha puesto en primer plano el tour literario de la leyenda de Ulises. Y esto me lleva de vuelta a nuestro poeta Marco Antonio Campos, transcribo uno de sus versos memorables donde también aparece Ítaca, el destino postergado, la invitación inaplazable y una vez más aplazada para seguir conversando con la vida, en el mar de nuestra memoria, de la tradición literaria, del mito:

 

CEFALONIA

 

Era agosto. Era 1988.

Yo veía desde lejos, como si estuviera

en cubierta, la línea verde, la línea larga

verde y sinuosa de la isla de Ítaca.

Oía el silbido de las embarcaciones

a punto de partir.

 

Bajo el sol en fuego de las cuatro de la tarde

a diario subía la colina para contemplar Ítaca

y oía los versos de los líricos arcaicos en el murmullo

de plata de los olivos. E imaginaba Ítaca.

 

En los caseríos de la isla miraba a las ancianas

tejer asiduas a la hora del atardecer y a los viejos

hablar como sólo lo hace el rumor de las olas.

Oía pláticas de los ancianos (que me sonaban

pero no entendía) frente a puertas y ventanas

de pequeñas casas albas que fulguraban más

con la fulguración del sol. E imaginaba Ítaca.

 

Con dos barcelonesas en las noches

cenaba cordero y ensalada,

mal gustaba del vino de resina, y decía que sí,

con seguridad decía que al día siguiente

me embarcaría hacia Ítaca: me esperaba el barco

en el que iría a la isla que era el final de la navegación.

La isla donde pensaba llegar. La isla

donde siempre pensé llegar.

 

Pero al alba siguiente posponía el viaje

para el alba siguiente y al alba siguiente

para el otro día. Mientras tanto,

subía a diario las colinas, visitaba en el bus

precipitados pueblos, saludaba

de mañana a los recién llegados,

los despedía al partir, y miraba

de tarde desde la colina

la costa esmeralda y ligeramente sinuosa

de la isla de Ítaca.

 

Más recientemente, apenas hace unos meses, leí otro poema de Campos: “Lo que buscaba”, lo que el poeta buscaba en sus viajes. Al final hay una especie de ensimismado desencanto:

 

Viajé –digo, oigo, lo dice el mirlo, oigo-, hallé un mundo

por el mundo, pero desgraciadamente, tristemente,

no fue lo que buscaba.

 

De alguna u otra forma, estos versos tocan nuestros propios viajes, nuestras propias vidas. Cada lector guardará en su intimidad, aun sin tenerlo claro, aquello que buscaba.

Es imposible participar del mundo en forma cabal, ni siquiera mínimamente, no hay tiempo ni palabras para hacerlo nuestro, los viajes nos permiten sentirnos jóvenes, es una práctica vital… pero ahí tampoco está el secreto de la eterna juventud. Se envejece, el horizonte para seguir el camino se estrecha y se llena de sombras.

No he podido confirmar la fuente, pero en uno de mis cuadernos de viaje encontré unas líneas que atribuyo a Elias Canetti; cierro entonces este apunte con esa cita del Nobel escritor, un hombre que por vicisitudes de familia, por estudio y trabajo, huyendo de la guerra o felizmente guiado por el entusiasmo de su oficio, lo declaró alguna vez sobre una amistad o un personaje, o quizá se lo dijo así mismo:

Él había besado el viejo libro de viajes, se lo puso como almohada… y falleció.

Ante esta atrevida propuesta, tan provocadora (tan linda) como horrorosa y perversa, no me queda más que sugerir algunos libros y compartir algunas citas literarias, líneas donde escritores y poetas (desde sus espacios creativos) nos extienden algunas experiencias y recomendaciones, de cierto no más seguras ni cómodas, pero sí más gratificantes.

Cuando entreví en una nota de que el autor había leído unos trescientos cincuenta libros para escribir y llenar de citas al estaba seguro

Un gran viaje nos atemoriza, celebra en nuestros nervios el deseo de huir de todo.

(José Barroeta)

…

…

Viajar es la única manera de cambiar (suspender) los malos hábitos.

Viajar sale caro, pero no viajar sale carísimo.

(Ramón Edler)

…

…

Los recuerdos de viajes pueden permanecer toda una vida, pero esas memorias tienen una mayor trascendencia, pues confieren los mismos beneficios que el viaje original, esto es, forjan empatía, amplían perspectivas y nos repiten, una y otra vez, lo que hay de común en nuestra humanidad.

(Peter Kujawinski)

Ahora la recomendación de un libro fundamental para los que entienden el viaje no como un modelo de esparcimiento, incluso más allá de lo que es propiamente una aventura; el viaje como camino, un camino que solo puede ser recorrido si lo convertimos en uno mismo; me refiero al título:

El Tao del viajero, de Paul Theroux (Alfaguara, 2017).

Obvia decir que en su momento este libro me acompañó en un largo viaje; más aún, hasta la fecha es una compañía de primer orden cuando vuelvo a salir de casa. Desde el prólogo del libro se nos invita en ese sentido y destaca ‘la importancia del otro lugar… y transformarte en un forastero’. Además, se hacen unas anotaciones importantes:

La literatura viajera es la más antigua del mundo; el relato del nómada que comparte con la gente convocada alrededor del fuego tras su regreso… el viaje siempre desafía a la mente, e incluso cundo se pasan más dificultades, puede ser alumbrador.

Pero lo más atractivo de este libro, es que el autor no sólo nos habla desde su propia experiencia, sino de muchas lecturas donde coinciden, en un índice alfabético, más de cuatrocientos registros entre nombres de lugares y nombres de escritores o referencias literarias. Comparto citas del propio

                                    Leer, viajar y escribir forman parte de una misma práctica vital;

sobrepasar la fatalidad de lo perecedero de una experiencia entrañable, gracias al poema.

(Agustín García Gil Castillo)

Asistencia al viajero

Citas de Paul Theoroux*

Viajar desconociendo la historia de una región te incapacita para entender los “porqués” de las cosas y las personas…

Considero el deseo de viajar una cualidad intrínsecamente humana: las ganas de movimiento, para satisfacer tu curiosidad o apacentar tus temores; para cambiar tus circunstancias vitales y transformarte en un foráneo, lo más semejante a un desconocido…

Viajar para hacer un amigo; para apreciar un paisaje exótico; para aventurarte en lo desconocido; o para dejar testimonio de las repercusiones, trágicas o cómicas, del narcisismo de las pequeñas diferencias que sugestiona a algunos.

Chéjov dijo: «Si te asusta la soledad, no te cases». Y asimismo podría decirse: si te asusta la soledad, no viajes. Los libros sobre viajes muestran los efectos de la soledad, en ocasiones lamentables, las más de las veces enriquecedores, aquí y allá sorprendentemente espirituales.

La experiencia viajera más intensa no tiene por qué ser la más larga. D.H. Lawrence pasó diez días en Cerdeña con su esposa, y escribió todo un libro sobre aquel viaje.

Elige un país, consigue una guía para identificar los lugares más frecuentados por los extranjeros… y entonces ve en la dirección contraria.

Caminar era la antigua forma de desplazarse, la más esencial, y tal vez la más reveladora…

Te marchas por una larga temporada y retornas siendo otra persona: uno nunca completa del todo el camino de vuelta.

*Frases tomadas de su libro el Tao del viajero.