I
Claridad siempre al dorso de un poema,
cuya visión recoge y aguarda
el peso de mí misma.
Defender la distancia
que media entre jardines,
tomar parte silenciosamente
sin pretender llegar al otro
en nosotros
disgregado.
II
Nunca fue tan perfecta ni tan dulce
como cuando ejecutó con extraña fuerza la caricia
palpitando en mis ojos abiertos
que, de tan verdes,
se volvieron la negra
y lejana luz
de algún sueño.
Ella prometió:
«Todo estará bien».
Pero yo sabía
que no era cierto.
Ese día cambié la piel y la carne
por la huella de su ausencia
entre las cosas.
Desde entonces,
me siento a esperar
donde los demás corren,
en ese hogar que ya no habito,
entre los juncos y la hierba alta.
Bebo de mí misma
en un aleteo cada vez más lento,
como quien reconoce la proximidad de la horca,
mientras erige una nueva estela.
Temo el soplo del alba,
la superficie de los lirios,
el eco de sus pasos sobre la hierba,
mi torpeza de pájaro herido,
los hombres que me han amado,
las mujeres revenando en mis sueños,
su reflejo redondo al revés de mi pecho,
cada amanecer inextinguible,
las sombras,
los atardeceres que conmigo andan,
su salto vacío
y el reflejo de mi rostro
en el anillo ocular de la noche.
III
Para descifrar el dolor
hay que beber la sangre
de quienes se rehúsan a morir.
Su vértigo está en los pantanos,
en las esquinas que nadie hurga,
sepultado bajo la esperanza y el luto del pobre
—quizás también del hombre recto—.
Con sus manos debes abrirte la cabeza y mirar,
prestar oídos —los suyos—
al canto de la mujer desangrada por el tedio
que yace en el fondo del estanque.
Ella sabrá dar con el ser más triste
para que puedas amarlo ferozmente,
agotando los deseos y la ira
hasta quedar en los huesos.
Entonces, será necesario
canjear tu vista por la suya
y darle una puñalada limpia,
respirar revestida de él o de ella
y engendrar sola un vacío blanco,
absoluto e invencible,
que se tragará
el sol y la plata de tus días.
IV
(Anima hominis)
De alguna manera
siempre somos lo que amamos
o hemos odiado 777 veces.

VI
Agua por dentro
y por fuera.
El aguacero
la mirada triste
la vejez
y la soledad.
La soledad crea lugares extraños
el rigor en las manos del padre
la transparencia de la madre.
Su cuerpo los piensa
reza
mecánicamente.
Tiene la cabeza
en todo
menos en los santos
y en el cielo.
Gardenias
una tarde lluviosa
el vestido lila
que cuelga
a un lado de la puerta.
Quisiera usar ese color
el color de las que fueron lilas
el color de sí misma
hace tanto.
Su imagen
también es un lugar
que se agita con el viento.
Tiene afán de atosigar
los rostros
y la sangre
de los muertos.
El viento anuncia
la llegada de los padres.
VII
Morir no lo es, levantarse
es la palabra.
Ingeborg Bachmann
Alguna vez pinté fisuras sobre mi puerta
espacios para imaginar y no sentir.
Dentro las niñas nombraron la pregunta mujer,
cielo y espuma.
Sigo embelesada.
Receptiva.
Una casa vacía no puede evitar el hacha,
la antorcha o la tizna.
Encontré sus partes dentro de mí.
La luz se convirtió en hematoma,
rumbo a la memoria, los amigos.
Era tan bueno estar allí,
incluso cuando la floración era imposible.
Pero cada cierto tiempo hay que romper la rueda,
enfrentar la muerte y su ojo dorado.
Solo la crucifixión lo hace posible.
De nada sirve envidiar los nidos de las aves pequeñas.
Habrás de consumirte,
te volverás más fuerte,
más fiera.
Inclina tu cabeza en el altar del Sol
y tu propia desnudez.
Luego contarás cómo se alzó.
VIII
(Muchacha tebana)
Reclino mi cabeza junto a la adormidera
y pienso en ella.
Pienso en ella
y calla el temblor de la imagen.
Todo, incluso el silencio,
reanima la conciencia
que hace ver los caballos del infierno
muchísimo más blancos,
más tristes
y pequeños.
Ahí donde la encrucijada se abre,
el polvo acaricia sus cabezas,
humano corazón.
Madre
Padre
Hermano
eran su único deseo.
Los mira a los ojos con dulzura,
pero ve más de lo que debe,
hace y dice el doble.
No nací para odiar,
sino para amar.[1]
A causa de su fuerza,
“el lado flaco de una mujer”,
fue censurada y maltratada,
molida en el lecho de la menta,
y el álamo blanco.
Intra muros a veces la siento,
ímpetu gemelo más allá de los márgenes,
sacerdotisa, niña furiosa,
la misma opresión en el pecho.
Hay algo en ella que también me habita
empuñando días como este,
cuando llueve y las moscas son turba,
cuando nada puede consolarme
y tampoco lo quiero.
IX
Ando para habitar la falta,
teñir mis pies con lavanda y artemisa,
por un golpe de amor en el omóplato
y la ternura enroscada en una vieja falda.
Allí, donde la herida se abre
debieron crecer violetas, alas
para sortear corrientes de aire caribe
y trenzar astros erizando el mar.
Dicen que su soplo feraz desgarra la muerte
y echa por tierra la herencia bruta,
el callado asido a la memoria,
esbozos titilando en los bolsillos
donde antes hubo mariposas.
Ando para dejar caer mi voz en el aljibe
y encontrarla entre marismas
frente al silencio de Dios
que hiende mi pecho y planta esta manía errante.
Llevo dentro el hogar del fuego, la noche,
mi elogio a la sombra.
*
*
*
A Marina
Cuántas veces desperté
en su modesta casa,
acurrucada en la ceguera
victoriosa de la infancia.
En medio de la luz que infunde
hacia su propio tallo,
esa que ha de abrirse en el abismo
y me abraza para que, incluso ahora,
pueda sentir su cuerpo idéntico a la vida,
el privilegio de crecer recostada en su regazo.
“Santica” me decía cuando era buena,
“chiquilla” si abrazaba las muñecas
y sus voces al declinar el día.
Sus palabras son invocación silenciosa
de la cual emerjo siempre
mucho más diáfana.
Vuelve mi pensamiento a aquellos lugares,
al sueño y al soñar
donde ella escucha
y yo soy la que canta.
Ella esconde la palabra.
Su latir es el tiempo, chispa verde,
música perfecta de la naturaleza
y sus ciclos.
Ella, un astro luminoso y lejano.
Reaparece en la dicha o en el llanto
como lámpara que se prende
en todo lo que amo.
*
*
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Semblanza
Victoria Marín Fallas (San José, Costa Rica, 1991) es filóloga, poeta, narradora y ensayista. Actualmente dirige el medio costarricense Revista Virtual Quimera y la editorial Ave Nocturna. Ha publicado en antologías y revistas nacionales e internacionales. Es autora de La Edad de Hierro (Medusa Editores, 2022).
[1] Sófocles, Antígona.

