La tierra de los que faltan

Créditos de la fotografía: Roberto García.

Por Jairo Cain Sánchez Estrada

—Eran los tiempos de mayo, cuando floreaban las rosas…

Miguel venía cantando bajito, nomás para él y para el caballo. La melodía se le quebraba tantito en la garganta, como si se atorara con el polvo.

—¡Hiiiiirrrrr! —Luego resopló, ¡Brrrr!

—Caballo cabrón, me vas a quebrar todas las matas —dijo, jalándole la rienda—. Y eso que estás chiclán y te pones brioso. Así no me sirves pa’ la cultiva. Te voy a terminar capando.

—¿Qué hubo, Miguel?

—¡Quieto! —Apretó la voz Miguel. El caballo resopló, echando el aire caliente sobre las hojas tiernas del chile. Las matas se mecían bajito, como si también ellas se espantaran —. ¿Qué hubo?

Juan venía montado en una yegua bayo, con un sombrero viejo y la camisa abierta del calor. Se bajó sin apuro, mirando el surco.

—Se te está pegando bueno ese chilar —dijo—. ¿Ya casi cortas? ¿A cómo anda el kilo?

—Por los suelos, ya sabes cómo son de chingadores los coyotes —Miguel escupió a un lado, sin ver a nadie—. A como anda, no sale ni pa’ pagarle a la gente lo del corte del chile, y ya mucho menos hablar de recuperar todo lo que le he metido.

Juan chasqueó la lengua, mirando hacia el callejón de tierra suelta que se veía lejos, como una raya blanca que de rato en rato parpadeaba con el brillo de una camioneta.

—Pues ojalá y se levanten.

Se montó y le dio un golpecito con el talón a la yegua.

—¡Ora! ¡Arre, Bonita! Ahí estamos, Miguel.

—Ojalá, ojalá… —repitió Miguel, pero ya no a Juan sino a las matas, al caballo, al polvo.

Juan se alejó. El ruido de la yegua se fue apagando hasta quedar tragado por el calor seco.

—Llegó Gerardo del Norte a casarse con …

No alcanzó a rematar el verso.

—¡Pedro! ¡Hijo! ¡Ven!

—Mande, apá —corrió el niño, tropezando con los terrones.

—Agarra el caballo y ponte a cultivar, que yo voy a ir con los Chemas a platicar con el Ñoño. Cuando termines, le quitas los arreos al caballo. Cuelgas la cabezada, el horcate y el collarón en el roblito. El mecate lo dejas en el tronco. Que no se te olvide quitar y limpiar las conchas del arado. Las guardas bien. Vuelvo.

Pedro asintió con seriedad de grande.

—Está bien, apá.

—Arre, Chaparro. ¡Vamos!

El caballo resopló otra vez, pero ya obediente. Pedro sujetó como pudo con sus manos infantiles —prietas, quemadas, correosas— las manceras del arado, gastadas de tanto uso. Miguel se quedó viéndolos un momento: el niño chico dirigiendo el cuerpo huesudo del animal, los dos perdidos entre las hileras verdes. Luego se limpió las manos en el short cansado, desgastado, cortado por su mujer de un pantalón de mezclilla. Se lo quitó y lo colgó en el roble plantado en medio del cerco de alambre que rodeaba la parcela. Ese mismo roble, años atrás, había sido el bramadero del corral donde ordeñaban a las vacas; les sacaban toda la leche mientras los becerros se relamían —nomás de ver la pura goma blanca y calientita que salía de las chichotas de sus madres—. Aquellas vacas eran de don Julián, el papá de Miguel, pero tuvieron que venderlas cuando la crisis arreció feo.

Se acomodó el sombrero y echó a andar hacia el callejón. A esa hora, el sol todavía subía. No era ni tarde ni mañana: era esa hora en que el día se para tantito a ver si va a seguir siendo bueno o se va a torcer.

En ese entonces, nada más sintió que el caballo era demasiado grande y que la tierra era mucha, interminable, y que el ruido del arado entrando en el surco le temblaba en los brazos. El metal rompía los terrones apelmazados, arrancando la hierba. El olor de la tierra volteada subía denso, como si el mundo estuviera abriendo la boca.

—Despacito, Chaparro —le hablaba al caballo—. Despacito, no me vayas a meter la pata a la mata, no seas cabrón.

El caballo, cansado, parecía entender. La concha del arado iba dejando una raya negra detrás, una cicatriz negra sobre la tierra.

Desde el camino, donde ya no había Miguel, se escuchó, a lo lejos, el ronco motor de una camioneta. Luego el silencio otra vez. Luego, mucho después, los perros del pueblo empezaron a ladrar.

Primero faltó uno. Luego otro. Luego fue costumbre.

Se empezaron a oír nombres que ya no contestaban: Tomás, el del rancho de abajo. Lidia, la que se quería ir de modelo a Guadalajara.

Ellos no hablaban; pero el pueblo empezó a hablar por ellos:

“Se lo llevaron.” “Se fue al jale y nunca regresó.” “Lo subieron a una troca.” “Se fue a una entrevista y no volvió a mandar mensaje”

Las madres se quedaban con el teléfono apagado en la mano, dándole y dándole a la pantalla muda, a ver si algo prendía. Tenían el oído entrenado para distinguir, entre todos los ruidos del día, el timbre de llamada. A veces soñaban que sonaba y despertaban con la mano cerrada, agarrando la nada.

El Ñoño no se llamaba así. Se llamaba Ignacio, pero nadie le decía Ignacio, porque Ignacio sonaba a santo de calendario y él no tenía nada de santo, aunque sí algo de calendario: llegaba cada año, puntual, en el tiempo de la cosecha. Sabían que venía antes de verlo. Primero, alguna camioneta vieja pasaba por el pueblo en la tarde, viendo, midiendo, sin detenerse. Luego, al día siguiente, llegaba él con otra más nueva, de cabina doble, vidrios polarizados, música de banda a bajo volumen. No traía pistola a la vista. No la necesitaba. Tenía la panza grande, la camisa siempre limpia, los dientes amarillos de tanto fumar y la piel del rostro pozuda de tanto grano que tuvo cuando era chamaco. Al hablar, sonreía, como si todos fueran amigos de infancia.

—¿Qué hubo, Miguel? —le dijo aquel día, bajo la sombra de un camichín al lado de la loma del estanque en el terreno de los Chemas.

Esos estanques nacen nomás de escarbar un hoyo y echar la tierra para los lados; los montones van creciendo hasta parecer un cerro, y la gente les dice lomas. Luego luego brota el agua para regar las matas de chile. El problema fue que un día al canijo gobierno se le ocurrió que el agua que brotaba también les pertenecía y que había que pagar por ella.

Los Chemas estaban ahí también, medio a un lado, medio atrás, como si fueran los dueños y los ayudantes al mismo tiempo.

—Pues ya con lo que cortamos… —empezó uno de ellos.

—Sí, hombre, ya vi. Les fue bien —dijo el Ñoño, paseando la mirada sobre los sacos apilados—. El chile está bonito, se ve gordito. Pero ya ve cómo andan las cosas, Miguel. El mercado anda flojo. Mucha entrada de afuera. Los de Tampico lo están dejando caer.

Miguel sintió que se le apretaba el pecho.

—¿A cómo lo está agarrando, entonces? —preguntó.

El Ñoño dijo una cifra. Era como si hubiera dicho un insulto.

—No, pos’ así no sale ni pa’ la gente —respondió Miguel— Usted sabe lo que se gasta en agua, en los fertilizantes, en diésel. Y luego la pisca…

El Ñoño suspiró, como si también le doliera.

—Yo sé, Miguel. Si por mí fuera, yo se los pagaba caro. Si ustedes están jodidos, yo también. Pero no manda uno. Manda el mercado.

—Mira, Miguel —bajó la voz—. Ahorita andan fuertes los tratados, la competencia, todo. Los de arriba no quieren que suba el precio porque luego se les enoja el otro lado. Y yo tengo que cumplir. Ya sabe cómo está la cosa.

Miguel se quedó callado un rato. El sol empezaba a pegarle en la nuca. Pensó en Pedro cultivando, en el caballo, en los surcos limpios. Pensó en el cuaderno de la tienda, donde la cuenta del fiado iba haciendo un cerro, otro más, encima de los cerros de deudas.

—¿Y si no se lo vendo? —preguntó, sabiendo que la pregunta era casi una insolencia.

El Ñoño sonrió, pero los ojos se le pusieron fríos.

—¿Y a quién se lo vas a vender, Miguel? —dijo despacio— Si yo soy el que compra aquí.

Los Chemas miraron al suelo.

—Y luego… —siguió el Ñoño, recargando la espalda en el camichín—. Tampoco conviene andar haciendo corajes de más. Usted tiene familia. Hay gente que anda muy nerviosa. Aquí, para que uno pueda mover las cosas, hay que ir dejando contentos a varios. Ya ve cómo está el asunto.

Miguel no preguntó quiénes eran esos varios. No hacía falta.

Entendió que el precio no lo ponía nomás el mercado. Sintió que había manos que cobraban sin llevar barro bajo las uñas.

—¿Entonces qué? —remató el Ñoño—. ¿Los piscamos o no los piscamos?

Miguel pensó en decir que no. Pensó en decirle que se fuera a la chingada con su mercado y sus tratados. Pensó en decirle que prefería dejar pudrir el chile en la mata, que ya estaba cansado de trabajar para otro. Pero también pensó en Pedro, en su esposa, en la libreta de la escuela con la lista de útiles, en la niña menor que había estado tosiendo toda la semana.

—Está bien —dijo—. Haga la cuenta.

El Ñoño chasqueó los dedos. Uno de sus ayudantes sacó una libreta nueva, sin manchas. El asistente apuntó números que no correspondían a lo que había costado el agua, ni los fertilizantes, ni las horas bajo el sol. Luego guardó la pluma con rigor.

—Aquí está —dijo el Ñoño, contando billetes—. Y no se agüite. Esto se va a componer.

Miguel agarró los billetes con manos de tierra. Por un momento sintió que no estaba recibiendo dinero, sino entregando algo más. Como si cada papel fuera un pedazo de Pedro, de su tiempo, de su futuro.

Esa noche, la casa de Miguel se quedó demasiado grande. El foco del techo del cuarto principal parpadeaba de vez en cuando, como si también estuviera esperando. La esposa de Miguel atendía el comal sin hambre. Ponía tortillas sobre el disco caliente, las volteaba, las dejaba secar de más, las tiraba a un plato.

Pedro hacía como que hacía tarea, pero llevaba rato repitiendo la misma idea. Las letras se le juntaban con las grietas de la mesa.

—¿A qué horas dijo tu apá que regresaba? —preguntó la madre, sin mirarlo.

—Dijo que nomás iba a hablar con los Chemas —respondió Pedro.

Ella asintió. El nomás se le atoró en la boca.

—Capaz que se quedó tomando —dijo, pero bajito, para sí misma.

Pasó una moto por la calle. Luego un carro con música muy alta. Luego nada. El silencio empezó a pesar.

A las nueve, la madre marcó al celular de Miguel. Sonó y sonó, hasta que se cortó solo. Volvió a marcar. Ahora daba buzón.

—A lo mejor se quedó sin pila —dijo, ya sin fe—. A lo mejor…

A las diez, los perros del pueblo empezaron a ladrar hacia la carretera. A las once, pasaron dos camionetas sin placas, levantando polvo. A las doce, la casa ya estaba toda a oscuras, menos ese foco del cuarto que seguía parpadeando.

Entonces, la madre se sentó a la orilla de la cama. Agarró el celular una vez más. Vio la pantalla negra.

—Miguel… —dijo, como si ese nombre pudiera atravesar el aparato y las brechas—. Regresa.

Pedro dejó al caballo debajo del roble, colgó la cabezada, el horcate y el collarón como su padre le había dicho muchas veces. Limpió las conchas del arado, una por una, hasta que el metal brilló un poquito bajo la costra reseca. Luego se sentó en un pedazo de tronco a descansar. Escuchó el rumor del callejón: una camioneta, luego otra. A lo lejos, en el pueblo, unos cohetes tronaron. Era cumpleaños de alguien o fiesta de algún santo.

Pedro llegó con las manos llenas de polvo y los ojos llenos de sol. Entró a la casa cuando ya el sol se recargaba sobre el cerro. Sobre la mesa, su madre había dejado una libreta nueva.

—Es pa’ la escuela —dijo ella, viendo sus ojos—. Me la fiaron en la tienda.

La libreta olía a papel fresco, a libro nuevo, a promesa.

Pedro la abrió con cuidado. Las rayas azules estaban tan derechitas que le dieron miedo.

—Tu apá no ha llegado —dijo la madre, revolviendo en el comal—. Seguro viene más tarde. Pero no te preocupes por eso, tú nomás fíjate en la escuela.

Pedro asintió. No sabía bien qué era no preocuparse. Pero esa libreta nueva, con su olor a tinta, le dio por un momento la sensación de que las cosas podían enderezarse.

Agarró un lápiz corto y se puso a escribir su nombre en la primera hoja. Lo hizo despacio, como si ese acto, simple, también fuera un cultivo: sembrar letras sobre la raya blanca.

Pedro   

Pedro Miguel   

Pedro Miguel G.

Sin saber de dónde le goteó la idea en el coco, escribió más abajo, con letras más pequeñas:

La tierra de los que faltan.

Su madre, de espaldas, murmuró:

—Quién sabe dónde anda tu apá.

Las palabras se quedaron colgando sobre la mesa. Afuera, la tierra callaba.

Yo sé de peso. Del peso de un cuerpo cuando entra. Del peso de la lluvia cuando cae donde no la esperan. Del peso de un silencio cuando se asienta en una casa. He visto pasar muchas cosas por encima de mí: arados, botas, caballos, tractores, balas. He sentido en mi piel seca el paso de camiones llenos de chile que se van lejos, y el de camionetas con hombres que no regresan. De un tiempo para acá, me han pedido menos maíz y más silencio. Menos cosecha y más olvido.

Los años se fueron desgranando igual que las milpas. Uno tras otro, secos, algunos gordos, otros flacos. Pedro creció entre surcos, deudas y libretas llenas.

Para cuando lo aceptaron en la universidad, Miguel ya era un faltante en la casa. La silla seguía puesta, nadie la movía.

En el pueblo, la madre vieja de Pedro volvió a la parcela. Se sentó bajo el mismo roble donde antes colgaban la cabezada, el horcate y el collarón del caballo Chaparro. Miró el chilar seco, ahora pura maleza. Sus manos, arrugadas, tocaron el suelo.

—Te los tragaste —le dijo a la tierra.

Pero la tierra no respondió.

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Semblanza

Jairo Cain Sánchez Estrada (Escuinapa, Sinaloa, 1991) es ingeniero en Mecatrónica por la Universidad Politécnica de Sinaloa; maestro en Ciencias en Ingeniería Electrónica y Computación; y doctor en Ciencias de la Electrónica y la Computación por la Universidad de Guadalajara. Profesor de la UdeG, adscrito al Departamento de Ciencias Computacionales. Ha publicado en Computational and Mathematical Methods in Medicine (2021), International Journal of Control, Automation and Systems (2023), Mathematics (2025) y Journal of the Franklin Institute (2026). Integrante del SNII, nivel C.