Por Elena S. Gaytán
¿Cómo se come un mango sin parecer primitiva? Quedé con este chico la otra noche, después de un cóctel tras la inauguración de una muestra de arte. Me invitó a salir luego de una plática trivial.
Estoy en su habitación de hotel, nerviosa, con lencería de encaje y un vestido rojo de espalda escotada. Fui únicamente por sexo, porque me dejó en claro que eso era lo que quería. Había terminado la relación con su esposa dos meses antes y estaba en proceso de divorcio. Él no había tenido sexo desde hacía más de medio año. La situación lo carcomía.
Dicen que Monterrey se parece a Nueva York. Probablemente. Nunca he ido allá, pero él sí. Se mudó a la Gran Manzana unos quince años atrás, porque aquí había pocas oportunidades para ser un gran violinista.
—Nueva York del Tercer Mundo —dice maliciosamente.
Hablar mal de mi ciudad me provoca el mismo enojo que siente Carrie Bradshaw cuando alguien menosprecia Manhattan.
—Sí —respondo escuetamente.
Le acaricio el cabello; me detengo enseguida.
«¿Eso se hace cuando no se ama? Perdón. ¿Eso se hace cuando no se quiere amar?»
No he amado a nadie en cinco años. Tal vez sea mi culpa. Es aburrido estar soltera. Hago algunas cosas interesantes, claro, pero no cojo a diario. Es tan difícil para mí mantenerme enamorada: es que soy una snob empedernida.
Él es culto. Vine a él porque es culto. Sabe de música y arte. Tiene una buena cantidad de seguidores en Instagram: el punto medio entre lo banal y lo excelso.
No estoy muy segura de qué estoy logrando con mi vida, pero sí sé que tengo sexo con el intelectual de turno. Él es una joven promesa —de esas cercanas a los cuarenta años— de la música de repertorio.
Tengo en mi mente, sin embargo, la imagen de su esposa: espigada y rubia, según cuenta.
«Tal vez le huela la boca», «tal vez tape el baño», «tal vez es solo la monotonía, el ocio… lo de siempre que arruina matrimonios».
El matrimonio suele parecer un vestido bonito y caro, como recién comprado en una tienda Versace. El asunto, creo yo, es que no dura mucho la ilusión. Se desgasta. Entonces ves a tu pareja sin nada puesto, desnudo.
Nos besamos en la boca y el momento se vuelve demasiado romántico, pero entonces él recuerda su inquebrantable regla de oro: mete y saca, mete y saca. Tras esa decisión, intento verme a mí misma en una película de Paul Verhoeven.
Hace tiempo vi Showgirls y yo sí hubiera seguido como protagonista de Goddess. Le habría dicho a mi amiga que abriera una tienda, que aceptara el dinero. Luego podríamos reservar la habitación más alta del hotel más costoso de la ciudad y así ver los edificios, los automóviles y el cielo desde lo más alto. La humanidad podría olvidarse al estar tan lejos del suelo. Seríamos ella y yo, consolándonos ante lo inconsolable.
Él vino a la ciudad a trabajar, así que tomará su vuelo de regreso mañana en la tarde. Yo tendré que irme a casa antes. Está bien.
Dice que le gusta mi perfume.
—¿Cuál usas? —pregunta.
—Miss Dior —miento… En realidad, no estoy segura de que haya mentira si uso un dupe de Miss Dior. A lo mejor son las feromonas del perfume las que seducen a hombres como él, aunque sea por un rato, antes de marcharse para siempre.
Pidió vino del caro. Solo dijo: «Trae el vino más caro». Aprendí que el arte suele dejar dinero cuando accedes a posiciones privilegiadas. No hay lugar para el artista militante en el país, es un engaño. Conozco a artistas con apariencia terrible, outfits terribles, zapatos terribles, todo terrible. Él no.
«¿Por qué Nomi Malone no se quedó con Zack?», pienso.
«Pudieron ser felices juntos». Dios sabe que se puede ser feliz con dinero.
Estoy en un hotel de cinco estrellas con astros luminosos reflejándose en las ventanas. Escucho la suave melodía del violín y todo lo que podría ser… todo lo que pude ser… No pienso en mis problemas. Me embriago en el momento.
«¿Por qué Nomi Malone huyó de Las Vegas?».
«¿Por qué siempre es el infierno ser puta?».
—Hace tiempo vi Showgirls, ¿por qué le cayó tanto odio? Le arruinó la carrera a Elizabeth Berkley, pero a Kyle MacLachlan no… —le digo al músico virtuoso que ha pasado su lengua por toda mi feminidad momentos antes.
Prosigo—: Es que… Nomi dice que se encuentra a sí misma al final de la película, pero siempre supo que no era una puta, ¿sabes? No era puta ni prostituta. Cuando se le montó a Zack, desnuda, trabajaba. No quería fama ni dinero, quería dejar en claro quién era, siempre lo supo, pero en Las Vegas le decían que era una zorra. Va a Los Ángeles a probar si no le insisten con lo mismo… No veo por qué las críticas.
—No he visto esa película —responde él, sin interés.
Me besa el cuello y va bajando por mi cuerpo, pero yo no puedo dejar de pensar en la experiencia de Nomi Malone.
—Es una gran queja a la estructura patriarcal —lo interrumpo, mirándolo a los ojos—. Los personajes sexualizan a Nomi Malone en toda la película y no la dejan hacer más que desempeñar tareas sexuales. El sexo es moneda de cambio. Es decir, en la más mínima interacción que tiene, Nomi es etiquetada como puta… solo por respirar.
Agrego:
—Nadie debería ser sexualizada de esa manera. Y Nomi no se cansa de dejarlo en claro. Va a Los Ángeles libre de sentir vergüenza por su pasado. Un trabajo es un trabajo. Coge sin coger. Ni siquiera por fama, dinero o éxito: coge por amor.
Él, sin embargo, sigue penetrándome.
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Elena S. Gaytán (Monterrey, 1997). Estudió Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras UANL, de la que se graduó en 2020. Fue parte de la penúltima generación del Taller de Redacción El Norte, de Grupo Reforma, en 2018. Posteriormente fue cronista social para La Silla, de dicho periódico, hasta 2022. Desde entonces es periodista cultural para la sección Vida, de El Norte.

