La textura de la puntuación

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Por Ricardo D. Aguirre Garza

Coma. Punto; aparte, seguido y final. Punto y coma; suspensivos y dos puntos. Guiones largos, cortos y comillas. Paréntesis, exclamaciones e interrogación. Grafías con más silencios que sonidos; con tiempos rítmicos que marcan una pauta sintáctica dando orden y cohesión a lo que leemos. Cimientos del lenguaje escrito los signos de puntuación son un eje fundamental, tanto así que todas y todos los conocemos y, en teoría, los sabemos usar. Su importancia es capital para el entendimiento, tal y como se apunta al inicio del imperdible Curso de Redacción de Gonzalo Martín Vivaldi: “Estos pequeños signos –puntos y comas-, intercalados en la escritura, son a modo de hitos que ayudan a nuestra mente a seguir el pensamiento del que escribe”. (2000, p. 7)

Ahí mismo se habla sobre la elasticidad de estas reglas —no quiebre— y se esgrima una máxima que también todas y todos debemos saber: “El escritor debe adaptar las reglas de puntuación a su temperamento”. (p. 7), a ese carácter y rasgo de quien escribe y, por supuesto, del texto mismo, porque este tiene también su temple y debe ser respetado. Pero, la cosa continúa, porque Vivaldi cita a Azorín y señala que

la puntuación tiene una base más ancha que la decisión personal, que el capricho del escritor [el temple mismo] Esa base es la psicología. […] ¿Cuestión de psicología el puntuar? Evidentemente. Varía la puntuación a lo largo del tiempo, como varía —no mucho— la sensibilidad. Varía la manera que el hombre tiene que sentir, y varía el modo de expresar ese sentimiento. (p. 8)

Punto, puntuación y sentido; coma, temperamento y psicología; reglas, lengua y Literatura, son estos los elementos que se tienen que tomar en cuenta a la hora de la redacción y, por supuesto, al momento de la lectura, pero ¿qué tanto ha cambiado el temperamento a la hora de escribir? Y, por supuesto, hay que preguntarnos ¿con qué fin?

Vivaldi también recuerda el capítulo 18 del Ulises (1922), esa bastedad de palabras infinitas que corren una y otra y otra vez páginas y páginas y páginas de muros sin un pequeño resquicio por donde nos permita dar una bocanada de aire: solo Dios puede leerlo de corrido, porque los demás mortales nos ahogamos en ese maremoto de conciencia:

Sí porque él nunca había hecho tal cosa como pedir el desayuno en la cama con un par de huevos desde el Hotel City Arms cuando solía hacer que estaba malo en voz de enfermo como un rey para hacerse el interesante con esa vieja bruja de la señora Riordan que él se imaginaba que la tenía en el bote y no nos dejó ni un ochavo todo en misas para ella sola y su alma grandísima tacaña como no se ha visto otra con miedo a sacar cuatro peniques para su alcohol metílico contándome todos los achaques tenía demasiado que desembuchar sobre política y terremotos y el fin del mundo vamos a divertirnos primero un poco Dios salve al mundo si todas las mujeres fueran así venga que si trajes de baño y escotes claro que nadie quería que ella se los pusiera imagino que era devota porque ningún hombre la miraría dos veces espero no llegar a ser nunca como ella milagro que no quisiera que nos tapáramos la cara pero era una mujer bien educada y toda su cháchara con el señor Riordan por aquí y el señor Riordan por allá supongo que él se alegró de perderla de vista y el perro oliéndome las pieles y siempre entremetiéndose para subírseme por debajo de las enaguas especialmente entonces sin embargo… (s.f., p. 652)

Aquí ¿qué temperamento tenía Joyce?, ¿qué cuestión psicológica lo ha constreñido al punto de olvidarse del oxígeno?, ¿tiene, acaso, alguna sensibilidad por el otro? Creo que Azorín acordaría con nosotros al responder que no, Joyce carece de sensibilidad para con el lector o lectora. Sabemos que el irlandés quiere doblegar a quien recibe este tsunami, aplastarlo bajo un juego estético, literaria y, por supuesto, psicológico, porque él no pretende que sigamos su pensamiento; quiere que nos volvamos la conciencia misma.

Ulises como una suerte de inicio dentro del juego narrativo-puntuacional en el siglo XX decide eliminar toda grafía; más delante lo lúdico continúa pero la eliminación de los signos no llega al exceso, pues ahora José Saramago permite la sobrevivencia de los dos más comunes: el punto y la coma. Es desde Levantado del suelo (1980) donde la marca comienza a tomar nota, pero en El evangelio según Jesucristo (1991) o Caín (2009) donde la maestría llega hasta sus últimas consecuencias: los diálogos no entran, solamente están; el punto ya no sirve como siempre sirvió el punto; la coma ha tomado una elasticidad al grado de ser punto clásico, pero no y aparte, quizá solo el seguido, pero nunca dejó de ser una coma:

Señor, dime, Calla, no preguntes más, la hora llegará, ni antes ni después, y entonces sabrás qué quiero de ti, Oírte, Señor, es obedecer, pero tengo que hacerte una pregunta más, No me aburras, Señor, es preciso, Habla, Puedo llevarme mi oveja, Ah, era eso, Sí, era sólo eso, puedo, No, Por qué, Porque la vas a sacrificar como prenda de la alianza que acabo de establecer contigo, Esta oveja, Sí, Te sacrificaré otra, voy hasta donde está el rebaño y vuelvo en seguida, No me contraríes, quiero ésta, Pero, Señor, ésta tiene un defecto, tiene la oreja cortada, Te equivocas, la oreja está intacta, fíjate bien, Cómo es posible, Yo soy el Señor y al Señor nada es imposible, Pero ésta es mi oveja, Te engañas de nuevo, el cordero era mío y tú me lo quitaste, ahora paga la oveja aquella deuda, Sea como quieres, el mundo todo te pertenece y yo soy tu siervo, Sacrifícala o no habrá alianza, Pero, mira Señor, que estoy desnudo, no tengo cuchillo ni puñal, estas palabras las dijo Jesús lleno de esperanza de poder salvar aún la vida de la oveja, y Dios le respondió, No sería yo el Señor si no pudiera resolverte esa dificultad, ahí tienes. Apenas dichas estas palabras, apareció a los pies de Jesús un cuchillo nuevo, Rápido, empieza, tengo otras cosas que hacer, dijo Dios, no puedo quedarme aquí eternamente… (2006, p. 291)

Aquí cabe de nueva cuenta la pregunta sobre el temperamento y el sentimiento: la intención del Premio Nobel de Literatura portugués obedece a un orden melódico, a una cadencia rítmica que recae en la morfología, un estilo literario que nos desliza por la narración como si todo estuviera unido con una sola nota que atraviesa la obra.

A partir de este autor, el salto tomó otras direcciones, porque aunado a la supresión de la mayoría de los signos de puntuación Jon Fosse pretende construir una melodía gracias a la constante repetición, ese ir y venir que genera una especie de vals, un compás de ²/₄ donde se avanza poco a poco, pero el ir no es lo importante, porque el peso recae en ese andar indeciso y meditabundo. Ya desde Rojo, negro (1983) el Nobel noruego comenzó su experimentación, hasta darle mayor cohesión en Mañana y Tarde (2000), o llevarlo hasta el límite en las 1,200 páginas sin ningún punto en Septología (2019-2021). ¿Y la intención? Aquí, me atrevería a decir que es la suavidad, la ternura, la neblina, el ir de la conciencia y el infinito de la memoria, sea o no inventada. Por ejemplo, es imposible leer la historia de Johannes sin tener un ápice de sentimiento, y no solamente por la trama, sino porque la semiótica de los puntos —sustituidos por el silencio— genera una neblina que atrae al lector o a la lectora a continuar el flujo del ritmo, a deambular por un paraje melancólico, tierno y triste:

¿Qué te pasa? dice Peter

y Johannes se pasa al otro costado y suelta el señuelo y el señuelo se para, se queda ahí inmóvil, alrededor de un metro por debajo del barco. Mira que, piensa Johannes, mira que, piensa, y vuelve a recoger el sedal y empieza a enrollarlo

¿Ya no quieres pescar con seda? dice Peter

No, dice Johannes

Bueno, tú verás, dice Peter

y Johannes piensa que tampoco puede decirle a Peter que el señuelo se niega a hundirse en el agua, que se detiene a un metro de profundidad y se queda ahí parado sin que haya nada que lo pare

¿Tu señuelo se niega a hundirse hasta el fondo? dice Peter

Sí, dice Johannes

y sacude la cabeza

Pues eso no está bien, dice Peter

y Johannes levanta la vista y ve lágrimas en los ojos de Peter

No está bien, no, dice Peter

Me duele oír eso, dice

El mar no te quiere, dice

y Peter se enjuaga las lágrimas

En ese caso no te queda más remedio que quedarte en tierra, dice Peter (2023, pp. 61-62)[1]

Para Vivaldi el temperamento es ley, y debemos entenderlo así. Pero no el del escritor o la escritora, sino el carácter y los rasgos de la obra misma. Para Joyce, Saramago y Fosse, el temperamento de la puntuación recae en el espíritu mismo de la obra, en lo que habita en ella y lo que busca comunicar. Es por eso que debemos aprender a leer aquello que nos está diciendo el texto mismo, tanto en nuestro papel creador como receptor, y permitir que florezca su respiración.

Dejémonos llevar por la sutileza de omitir algunos signos y deambular lentamente en la memoria y la tragedia; o formemos parte de la agresión de puntuar cada frase y correr hasta el cansado final: hagamos del mismo temperamento una obra, un juego, una textura. Pero permitámonos leer solamente puntos, comas o nada; logremos apreciar la plasticidad del lenguaje, y, por qué no, intentemos ampliar esos límites hasta perder la noción o el entendimiento mismo, pues eso, paradójicamente, es lo que magnifica su esencia.


[1] ¿No es, acaso, tristísimo este momento, pero cargado con toda una textura de ternura y levedad? He de confesar que lloré con Mañana y tarde y estoy seguro que ese sentimiento tiene una directa relación con los signos de puntuación; con ellos se me hubiera pausado las lágrimas.

PD. Con conocimiento de causa decidí citar este pasaje en específico, tanto por la gravedad del momento y la del texto, tanto por la aparición de uno de los nueve puntos que aparecen a lo largo de las 102 páginas de la novela.