Por Víctor Barrera Enderle
Leo la monumental biografía de Goethe escrita por Rüdiger Safranski. Me detengo, sin embargo, en un punto en apariencia secundario, pero que despierta todo mi interés. Escribir la vida de alguien que intentó, con todas sus fuerzas y talentos, confeccionar su existencia a la medida de sus pensamientos y emociones, no es tarea fácil. El biógrafo compite con una obra insuperable: Poesía y verdad. Este libro de Goethe se disputa hombro con hombro la corana del género con otras dos piezas excelsas: las sendas confesiones de San Agustín y Rousseau. El viraje esencial consistió para el escritor en entender que el trabajo literario no se reducía solamente a la confección de poemas y novelas, de manera que se podía extender mucho más allá. Safranski lo expone así: “En medio de tanta creatividad, tiene siempre conciencia de que las obras literarias son solamente una dimensión, y que la otra dimensión es la vida misma. También a ella quiere darle el carácter de obra”. Hago un contraste con otra biografía leída hace algunos meses: la de Kant, cuyo autor, Manfred Kuehn, experto en el idealismo alemán, se enfrentó con la situación opuesta: buscar la vida en alguien que parecía no tenerla (todos conocemos el lugar común: el sujeto rutinario hasta la náusea, que jamás sobrepasó los límites de su ciudad) para mostrar una existencia compleja y rebelde, muy alejada de la versión propagada por sus antiguos hagiógrafos.
Goethe, por el contrario, buscaba la forma de la vida, o, mejor, darle a la vida una forma determinada y otorgarle la estructura de creación literaria (principio, medio y final). Poesía y verdad surgió de la demanda de los editores de su obra poética. Con esfuerzo notable, habían logrado reunir, en doce volúmenes, la totalidad de los versos del autor del Fausto. Siguiendo un enfoque lineal, los editores se percataron que entre una obra y otra había lagunas, espacios de silencio que sólo el autor podía llenar, así que solicitaron, por carta, la ayuda del poeta para poder “ordenarlas con arreglo a ciertas relaciones íntimas, en orden cronológico, y confiarnos también con cierta coherencia las circunstancias de la vida y del ánimo que proporcionaron la materia para las mismas, así también los ejemplos que sobre usted influyeran, sin olvidar tampoco los principios teóricos a que usted se ajustara”. Con ese propósito, Goethe comenzó, en 1811, la redacción de Poesía y verdad y del comentario y la explicación pasó a la autobiografía: “Todo esto querría yo irlo especificando poco a poco para dar gusto a mis buenos amigos; sólo que estos desvelos y consideraciones fuéronme llevando cada vez más lejos…” Completar las cuatro partes de su autobiografía le llevó más de veinte años.
Lo sorprendente es que este libro solamente abarca los primeros 26 años de la vida del poeta. La etapa de cimentación de la personalidad. Las Conversaciones… con Johann Peter Eckermann, sostenidas a partir de 1823, nos pueden ayudar a completar el registro de su vida. El contraste puede resultar iluminador: en Poesía y verdad, Goethe es el propio objeto de estudio: el escritor maduro analiza al poeta en ciernes; en las Conversaciones, Eckermann nos describe una personalidad poliédrica y hasta contradictoria: “Puede compararse el espíritu de este hombre extraordinario con un diamante de muchas facetas, en cada una de las cuales se refleja un color diverso. Goethe era distinto según las circunstancias y las personas, por lo cual yo sólo puedo decir modestamente: he aquí mi Goethe”.
En esos años juveniles, que lo llevaron de su natal Fráncfort a Leipzig y de Leipzig a Weimar, ocurrieron muchas cosas trascendentales. Entre ellas, sucedió algo que tal vez ni él mismo reparó en ese momento (por considerarlo en estado germinal). Luego de una decepción amorosa y de una larga enfermedad, Goethe le escribió una larga, larguísima carta a su amigo Ernst Wolfgang Behrisch contándole sus penurias, en la postdata añadía, más para él que para su destinatario: “Mi carta contiene un hermoso germen para una obrita”. Tiempo después se asomaron por las vitrinas de las librerías ejemplares de una novelita titulada Las cuitas del joven Werter. El resto es historia literaria.

