Esto podría pasar cualquier jueves

Créditos de la fotografía: Roberto García.

Por Mariana Ayala

Esa mañana me despertaron lo gritos de una mujer, su voz venía de lejos. Me quedé bocarriba en mi cama mirando el techo, esperé a que algo pasara, pero no pasó nada y los gritos no se detuvieron. Después de pensarlo un rato me puse de pie, el piso estaba frío y húmedo a pesar de que era verano. Caminé sin zapatos lo más despacio que pude hasta la ventana que da al exterior, entreabrí la cortina y pude ver que la calle estaba llena de personas, algunas eran nuestros vecinos, todas caminaban lento, al parecer sin rumbo, aún en pijama. Algunos parecían estar hablando solos, babear. Una de ellas era quien gritaba, era difícil saber si era de felicidad o dolor. Me estiré un poco para ver mejor la calle, pero mi hermana me jaló el brazo y me tapó la boca para que no gritara.

Cuando estuvo segura de que me quedaría en silencio me soltó. “¿Son zombis?”, me atreví a preguntar, “¿Qué van a ser zombis? Si esto no es una película, además los zombis están ensangrentados, son violentos, a la gente que está afuera le pasa otra cosa”. Pensé que tal vez la gente de afuera se había hecho mayor de la noche a la mañana. Hace unos años mi abuelo antes de morirse se paseaba por su casa hablando solo, en pijama o en calzones cuando nadie lo obligaba a vestirse. Un día le pregunté a mamá porqué le pasaba eso al abuelo y ella me contestó que es algo que le pasa a la gente mayor, y me dijo lo mismo de nuestra vecina Emilia, cuando le pregunté por su amabilidad, así que no entiendo bien, ella no es como el abuelo, ella sí sabe quién soy, se pone muy contenta cuando la saludo y me presta mucha atención cuando platico con ella, aunque no siempre sé qué decirle. Si los de afuera no eran violentos, pero están confundidos, ¿Se volvieron mayores?, ¿Qué significa eso de ser gente mayor?

Mi hermana y yo fuimos a buscar a mis padres. Los encontramos mirando por la ventana de enfrente igual de sorprendidos que nosotras. Ese día no fuimos a la escuela, papá y mamá no fueron a trabajar, nos quedamos encerrados en la casa a esperar. No sé qué debíamos esperar, pero ahí estábamos, los cuatro en silencio hasta que papá comenzó: “¿Será contagioso, a quién le hablan?” Vi a mamá perder la paciencia y dejarlo en silencio después de un grito: “¡Yo qué voy a saber!” Después mamá comenzó a llorar, no sé si lo hizo porque se arrepintió de gritarle a papá o si le pasaba algo más, me sentí mal por ella, pero también me dio gusto que todo volviera a estar en silencio porque comenzaba a sentir miedo.

A mi hermana se le ocurrió preguntarle a su teléfono qué estaba pasando allá afuera, ella es así, lo hace todo el tiempo, le gusta preguntarle a su teléfono cosas que los adultos no le pueden contestar. Incluso le pregunta primero al teléfono y después a los adultos, así cada respuesta es como contestar un examen y el teléfono un libro con todas las respuestas.

Estuvo presionando la pantalla y nos dijo que no había señal.  Así que, sin señal ni respuesta a lo que estaba pasando, prendimos la televisión. Casi nunca la usamos a menos que sea para ver una película, pero esta vez no era así. Mamá recuperó sus ganas de hablar mientras cambiaba el canal y empezó a decir que todo estaba muy mal, que debía ser un error, una pesadilla, pero no lo era, al menos yo no estaba durmiendo.

En la tele la señora de las noticias hablaba de otras cosas, los bombardeos al otro lado del mundo, el clima, accidentes, pero no decían nada sobre las personas en nuestra calle. En ese momento pensé que seguro era una broma de los vecinos o tal vez habían organizado algo sin invitarnos porque mis papás nunca tienen tiempo y mi hermana es insoportable. Papá dijo que tal vez era algo muy local, “muy”, lo repitió como para subrayar la palabra. Tomó su teléfono e intentó hacer una llamada, pero no pasó nada. No sé si no le contestaron o la llamada no salió, después intentó con el de mamá y el resultado fue el mismo. Finalmente le pidió a mi hermana que le entregara su teléfono, pero ella se negó, resistió con todas sus fuerzas a soltarlo, después de gritar, manotear y llorar, le dio su celular a papá, él había ganado y presionaba la pantalla con torpeza.

Mientras ellos discutían, decidí salir al patio a ver cómo estaba Crack –mi perro-, el mejor perro de todos. Él estaba ahí, con las patas puestas en la barda que compartimos con la casa de la señora Emilia. Caminé despacio para poder ver qué estaba haciendo tan quieto y concentrado, entonces pude ver que la señora Emilia estaba en su patio también, lo supe porque habían abierto un hueco en la pared, ¿o ya estaba ahí antes y yo no me había dado cuenta? Crack conversaba con ella o tal vez era la señora Emilia la que hablaba como perro y parecía que conversaban. Yo nunca había visto hablar a un perro, y pensé que eso convertía oficialmente a Crack en el mejor perro de todos. ¿Qué dirían papá y mamá si les avisaba, les interesaría?, seguramente me regañarían por haber salido en medio de todo esto sin avisarles, por eso decidí regresar adentro muy despacio sin hacer ruido y sin intención de decirles nada de lo que acababa de ver. Me senté en el sillón a ver la televisión, porque seguía encendida, aunque nadie la estaba viendo, cambié el canal y había una caricatura vieja, no entendí muy bien de qué trataba, pero salía un gato que parecía mitad hombre o tal vez un hombre con cara de gato, tenía botas y un calzoncillo celeste, llevaba una espada y hablaba con otros de su especie. Pensé que quien dibujó eso seguramente, igual que yo, un día había visto hablar a su perro o a su gato y por eso dibuja esas cosas. Cuando crezca si aprendo a dibujar bien yo debería hacer una caricatura sobre perros que hablan con mujeres por huecos en las paredes porque los gatos no me gustan tanto.

No pasó mucho tiempo cuando empecé a pensar en el desayuno, hasta ese momento nadie se había tomado la molestia de comer o preparar algo, tal vez debía ser yo quien se los recordara, pero mamá, papá y mi hermana seguían discutiendo por el teléfono, e intentando calmarse mientras se alteraban más subiendo la voz entre ellos, traté de decirles que era hora de desayunar, pero me ignoraron por completo. Antes de insistir me di cuenta de que en la pantalla habían desparecido los hombres gato y ahora la imagen en la tele era roja con negro. Mi familia no se dio cuenta cuando apareció un señor para hablarme, me dijo algo sobre una emergencia, armas, que había mucho peligro, que era un ataque terrorista, que todos nos íbamos a morir y que lo mejor que se podía hacer era quedarse en casa hasta nuevo aviso. Llamé a todos para que también escucharan al señor, que en ese momento repetía lo que acababa de decir, pero me ignoraron. Lo único que se me ocurrió fue gritar, repetir lo que acababa de escuchar una y otra vez; en ese momento por fin parecían olvidarse de ellos mismos, de sus teléfonos y me miraron, como nunca lo habían hecho en toda mi vida.

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Semblanza

Mariana Ayala Vargas. Mexicana. Escritora, promotora y apasionada de los libros y la lectura. Estudió Arte y Diseño y tiene una Maestría en Humanidades. Ha trabajado proyectos de libros a nivel nacional e internacional y como tallerista en temas relacionados a la materialidad del libro, lectura de imágenes y palabras. Conduce el programa de radio Litoralen tecsound radio 94.9fm. Es autora de los libros La ruta (2023) publicado por el Fondo Editorial de Nuevo León y seleccionado para el catálogo del primer club de lectura de las ODS capítulo México 2025. Y Criatura(2024), obra ganadora de Alas de lagartija 2024, concurso convocado por La Secretaría de Cultura federal de México, a través del programa nacional Alas y Raíces. Es ganadora del premio Bellas Artes Juan de la Cabada 2025 por su obra inédita Los que nunca mueren, que actualmente se encuentra en proceso de publicación.  Contacto: https://mariana-ayala.com