Script de bienvenida, retención y cierre de llamada

Del archivo personal del autor.

Por Yithzack Navarro

Un tumulto de voces y luces blancas, un laberinto de mamparas. Una oficina a la que se ingresa a pesar de la falta de documentos oficiales, lugar de paso para estudiantes, gente próxima a la jubilación, desquehacerados y desertores. Un gigante teléfono fijo y una base de datos impresa en hojas de máquina; encuestas: ¿Qué opina del alcalde?, ¿Si las elecciones fueran el día de hoy, por quién votaría? Y hasta veinte minutos de los reclamos de un ciudadano asqueado: “¡No hacen nada! No sé ni para qué marcan. ¿Tú de parte de quién estás?”. Alex tenía quince años, estaba en la prepa. Algunos compañeros suyos —“privilegiados”— contaban con padres, escuela y dinero; él era “o escuela o dinero”. Le pagaban mil ochocientos pesos a la semana.

Después de aquella primera experiencia en un call center, tras un despido disciplinario y sin ánimo de estudiar, Alex buscó un empleo semejante. Había empezado a notar que sus amigos, los que iban por “el camino perdedor”, terminaban trabajando en fábricas. “En mi vida nunca he pisado una fábrica, nunca, ni un día”, dice. Por recomendación de un amigo entró a un centro de telemarketing. Tardó una semana en concretar una venta y, aun así, piensa que fue falsa. Vendían “seguros de vida basura”, productos que se activaban sin aviso y con cláusulas imposibles. “Ingenuamente, no sabía que un call center es la misma mierda que una fábrica”.

Una tarde, el personal del área de ventas llegó a las tres, marcó entrada y se retiró. Fueron a jugar billar. No les habían pagado las comisiones. Eran alrededor de quince personas, festejando haber “derrocado al sistema”. Al día siguiente, la jefa de piso los esperaba. “Si tienen algún problema, háblenlo conmigo antes que con sus compañeros, así se evitan conflictos”, les dijo. Desde entonces Alex empezó a sentir más presión: las ventas bajaron y comenzaron a llegar bases de datos viejas. La jefa fue amonestada, culpó al supervisor; el supervisor, a los agentes. Luego dejaron de enviar bases. A la semana, en la sala de juntas, les dijeron que el trabajo había terminado.

Alex pasó un año sin laborar. Jornadas eternas de Xbox se sucedían tarde y noche. “¿Qué vas a hacer de tu vida? No vas a estar aquí todo el tiempo”, le decía su madre.

A los diecinueve años, durante una caminata sin rumbo dio con un viejo edificio cerca de la Alameda. Un call center sin cubículos, con computadoras Alaska, sillas de plástico y mesas plegables. Pagaban por catorcena, en efectivo, sin prestaciones. El lugar funcionaba como sitio intermitente: Alex podía faltar una semana y volver a la siguiente como si nada. Sobrevivía con entre dos y tres cuartas partes del salario mínimo. “¿Tú crees que una mujer te va a querer así?”, lo regañó su madre.

A causa de un grupo de Facebook llamado “Ánime Monterrey”, Alex conoció a su futura esposa. “A veces uno piensa que lo que falta es motivación, y uno piensa tontamente: yo creo que lo que falta es casarme”. Tenían siete meses de novios. Al poco tiempo, Alex solicitó trabajo en el call center de su vida.

El personal amable, las instalaciones de primer nivel, el área climatizada. La capacitación la impartía alguien de traje y no con la camisa del equipo de Tigres. En la calle Florencio Antillón, esquina con Padre Mier, en pleno Barrio Antiguo, se hallaba un complejo irregular pintado de verde pistache. Para Alex, el prime de los centros de contacto, sólo por debajo de Teleperformance, la empresa casi monopólica de las campañas bilingües en Monterrey.

Alex, ya casado, entró junto a su esposa al área de atención al cliente. Tras un duro acople a formas de trabajo que desconocía —cartas compromiso y retroalimentaciones—, Julio, su supervisor, lo recomendó para el área de calidad. “Literalmente, el vato me obligó, me arrastró hasta la entrevista”. Estuvo a prueba menos de un mes y fue ascendido a ejecutivo en cuatro campañas. Las oficinas lóbregas de su adolescencia, con una vibra cercana al creepypasta de los backrooms, habían sido sustituidas por el frenesí del ser productivo: métricas transfiguradas en pizza, pasteles, dinámicas, bonos. La fortuna: cinco mil pesos a la quincena.

“Como siempre, la cosa se fue a la verga”. Su esposa pasó a manejar cuentas empresariales, él permaneció en su puesto. “Donde estaba… sentía una conexión con otra persona. Nunca había sentido algo así y eso que tuve muchas parejas”. Su divorcio se dio con una rapidez fulminante.

¡Tin, tin, tin, tin, tin, tin! Suena la campana del camión de la basura.

—Espérame tantillo —dice Alex, y abandona la silla de sala-comedor que ha sacado al porche, mientras fuma como poseso cigarros blancos y, ocasionalmente, toma uno o dos chicharrones de una bolsa que colocó sobre una mesita de vidrio.

Detrás de una tela mosquitera, un gato amarillo nos observa. Se llama Wero y es uno de los seis gatos que Alex y su esposa Patricia han adoptado a lo largo de los años. Cuatro viven dentro de la casa; dos afuera.

Junto a nosotros hay un colchón que Alex dice “está miado”. Por ello espera el camión de la basura; a cambio de cien pesos le pedirá a los trabajadores que se lo lleven.

—¡Pa! —grita Alex—. Ya lo van a recoger, sal.

A los pocos segundos, un hombre de cincuenta y cinco años aparece bajo el umbral de la puerta de entrada. Usa shorts y sandalias; es alto, camina lento hasta el cordón de la banqueta y se pone a hablar con un trabajador de la basura. “Claro, sí, na’ más espéreme porque nos está checando el supervisor, pero sí…”, se alcanza a escuchar. El padre de Alex es idéntico a él, con excepción del ceño y los ojos. Tiene el semblante de un guardia de seguridad mal encarado, aunque no es hosco.

Una vez que retiran el colchón, don Alejandro regresa al interior de la casa, donde le espera una diadema y un minimalista equipo de cómputo. Tiene ya casi un año que labora en home office junto a su hijo y su nuera, para un call center.

Alex sospecha que debido a su antigüedad, la empresa comenzó a esforzarse cada vez más en hacer que renunciara. Tenía ocho años laborando con ellos. Como si fuera serpientes y escaleras, desfiló arriba y abajo por una gran cantidad de puestos, desafiando coordinadores, presenciando declives, alzas, escándalos y ataques de nervios. El palacio esmeralda que atestiguó su paso de la adolescencia a la adultez era ahora un castillo de naipes, un calvario de rotación de personal para cualquier departamento de Recursos Humanos.

Patricia, entonces su novia, lo siguió en la deserción. El día que ambos presentaron su renuncia, rumbo al metro, Alex vio un teléfono en un cartel, ajustado con cinchos al barandal negro de una casa antigua. El edificio se alargaba como un rectángulo de pie, semejante a un boceto de Tim Burton. Tomó nota, sabía que la euforia por la libertad apenas duraría. “Creo que ninguno de los dos quiso demostrar que nos sentíamos mal y preocupados”.

A inicios de la pandemia Alex solicitó informes en el teléfono que guardó, prometieron devolverle la llamada, y lo hicieron. Fue a entrevista. El lugar estaba limpio, los cables de ethernet circulaban por las paredes a manera de sistema linfático. Lo recibió un guardia de bigote canoso y buen porte. Sin embargo, la oficina lucía fantasmagórica. Alex pensó que se encontraba en las instalaciones de alguna secta dedicada a las estafas piramidales. Salió a su encuentro un hombre, vestido casual, usando un cubrebocas del Joker. Le hizo unas cuantas preguntas y horas más tarde, se comunicó con él para confirmar su asistencia a la capacitación al día siguiente.

El cielo: veinte llamadas por turno, cuando por años sobrevivió tomando alrededor de doscientas; uso permitido del celular; script flexible; jerarquías difusas. “Creo que no todo se trata de tener un jale que puedas presumirle a la gente. La idea es tener uno que te haga sentirte bien contigo mismo, que te dé tiempo para ti y tu familia”. En aquel prototipo de call center, Alex formó lazos, se permitió descansar cual veterano sobre una mecedora, sin más qué hacer que extraviarse en los atardeceres. Y fue ahí —piensa—, cuando bajó la guardia, que empezó a sentir una protuberancia en un testículo.

Antes de acudir al seguro social, se hizo un chequeo en un laboratorio. Recuerda su miembro envuelto en papel higiénico, el gel, similar al que untan en la barriga de las embarazadas. “Te voy a ser sincera, eso que tienes ahí no es inflamación, no es un quiste, es un tumor. Si vas a hacer algo, tienes que hacerlo rápido porque esos tumores son muy agresivos” le dijo la doctora. Tenía 28 años. “Ya mamé”, pensó Alex.

Dos segundas opiniones más tarde, llantos silenciosos, un stand by, la mente en blanco frente a la incertidumbre, y una cirugía de la que salió indemne, Alex, se reincorporó a la oficina, solamente lamentando la única decisión que la enfermedad le robó: tener hijos.

Script. Presentación.

Cliente habla a toda prisa, o tartamudea. Desconoce su teléfono, domicilio, número de contrato, nombre. Llama a ciegas.

Script. Motivo del contacto.

Cliente hace preguntas imbéciles o elucubra teorías conspirativas bien fundamentadas. Es un hombre joven de voz tersa, una anciana déspota, una chica de tono dulzón, un don nadie que asegura conocer al dueño de tal o cual cosa, una oficinista con burnout.

Script. Desarrollo, solución o creación de una necesidad.

Cliente se descose en agradecimientos, o cuelga el teléfono sin decir adiós, amaga con incendiar corporativos, te bendice, chilla como una rata, o pretende que seas un autómata.

Script. Despedida.

Entre llamadas, don Alejandro lee la biblia, en particular disfruta la historia de Sansón. Estudió una carrera en mecánica automotriz y posee un largo currículum en mantenimiento. Ahora le resulta extraño permanecer estático, frente al destello azul marino de una pantalla.

—…tienes que ir perdiendo el miedo a las cosas. Como quiera, en cualquier trabajo que hagas te llevas el servicio al cliente. —Suena en su teléfono celular el sonido de una notificación. —Mi esposa a veces me manda reflexiones —dice, ajustándose los lentes de lectura y colocando el móvil a unos centímetros del pecho, sosteniéndolo con el brazo estirado en un ángulo de treinta grados.

Su estación de trabajo está junto a la pared, a su lado izquierdo inician las escaleras; hacia arriba, se vislumbra un mural inconcluso de un cerezo, santuarios japoneses y un retrato aleatorio de Arturo de Córdova.

—Hay días que está bien tranquilo y otros… —alcanza a comentar don Alejandro, antes de que el timbre del teléfono lo interrumpa.

Afuera se escucha el claxon de una moto. Patricia aparece en la sala, me saluda y dispone dos mesas de madera frente a un sillón forrado de plástico. Alex, detrás de ella, prepara el efectivo para pagarle al repartidor, ahuyenta a Foggy (uno de los gatos) de la entrada y sale a recoger la cena. Wero se pasea por encima de los muebles, pasa junto a mi antebrazo y salta al escritorio de don Alejandro.

—Es bien chiflado, na´ más llega gente y… ¡Bájate! —le ordena Alex al Wero. Como es de esperarse, el animal finge demencia.

Alex reparte hamburguesas, se sienta junto a Patricia y enciende el televisor. En la pantalla se despliega el logo de Disney Plus. Don Alejandro, en plena hora pico de llamadas despacha a un cliente tras otro sin siquiera tocar el empaque de unicel que resguarda su comida.

Entre maullidos, el matrimonio mira Los Simpson, las temporadas de la edad de oro. La escena remite a la nostalgia millenial, cuando a la familia amarilla, por tv abierta, la seguía Futurama.

—En los tiempos muertos, como te digo, en este tipo de trabajos es cuando más he empezado a agarrar el hábito de la lectura. Casi no uso internet, a veces veo YouTube, videos de reparaciones o de repostería… Me gusta mucho. —Pausa el sistema de llamadas, el compañero en turno, a kilómetros de distancia, se encargará de contestar durante el break de don Alejandro. —Mira, esos dibujos los hizo mi hija —dice, señalando el cerezo de las escaleras, como si hubiera olvidado mencionarlo antes. —Alex también dibuja. No sé de quién lo sacaron.

Es verdad, Alex posee un sketchbook donde garabatea formas inconexas que más tarde pinta con lápices de colores y después, cual escultor, descifra el sentido de las líneas en bruto, une trazos, aparecen sobre el papel bestias, alienígenas, hombres que gritan, criaturas con las cuencas de los ojos vacías.

Tras el cáncer, y después de migrar del edificio púrpura a una casona que la empresa remodeló durante dos años, las reformas laborales, la mala administración y la pandemia dinamitaron el centro de contacto donde Alex más cómodo se había sentido. Patricia y él se hallaban entre las filas de empleados que RH abandonó en un limbo de promesas, aún y cuando a diario atestiguaban recortes de personal, que más bien semejaban masacres, departamentos dándose a la fuga con el mobiliario del site, macetas e incluso montones de papelería. Finalmente, el 31 de diciembre del 2022, sin mediar palabra, a través de un tercero les hicieron saber que la empresa llegaba a su fin. Cuando el desempleo se tornó inminente, una persona moral en pañales adquirió la operación. Alex y Patricia fueron enviados a contestar llamadas al amparo del fantasma de la etiqueta telefónica, el tedio, el hastío, el trato con las peores personas, con las mejores personas…

—Yo creo que somos de las últimas generaciones que, a lo mejor y tal vez, se van a retirar de este negocio. Quizá lleguemos a los cuarenta y tantos antes de que la IA abarque todo. Tenemos trabajo gracias a la gente que se rehúsa a usar la tecnología. Yo soy usuario de Grok, porque es antiwoke. Es más camarada, da su opinión neutral. Cada IA tiene su ideología —dice Alex, y expulsa el humo de un cigarrillo como si estuviese a mitad de una meditación guiada. —Es que, te digo: la IA no se enoja, no se resiente porque le elevas la voz, como nosotros. No sé si sea pesimista, pero yo no tengo planes, mi idea es seguir trabajando en algo que no me quite tanto tiempo, comprarme lo que quiero y si acaso ir a viajar —dice, y escupe al suelo.

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Semblanza

Yithzack Navarro (Monterrey, Nuevo León, 1992). Egresó del diplomado en escritura creativa de la escuela NOX. Ha colaborado en el suplemento cultural El Ventanillo de Interfolia, en Revista Saranchá. Atisbos de literatura iberoamericana y en la Revista Marabunta.