Al vuelo, espinas.
Por Ángel H. Candelaria Aquel dos mil veintiuno era verano, y destacaban los cuarenta grados por sobre la calzada y notábase ese remblar de vidrio muy por encimita del pavimento. Estaba por egresar de la licenciatura y, como buena criatura de Dios, buscaba algún lugar a bien dispuesto con aire acondicionado que me guareciera de…

