Por Ángel H. Candelaria
Aquel dos mil veintiuno era verano, y destacaban los cuarenta grados por sobre la calzada y notábase ese remblar de vidrio muy por encimita del pavimento. Estaba por egresar de la licenciatura y, como buena criatura de Dios, buscaba algún lugar a bien dispuesto con aire acondicionado que me guareciera de aquella cruentísima canícula. No ha de sorprender a nadie que siendo de la especie que soy terminara en la única librería sobre el corredor comercial de la calle Morelos solamente para matar el tiempo y tomar un respiro. Fue ahí, en ese momento, que muy al fondo del negocio, casi arrumbado en un huequito de hasta abajo de la última estantería, aguardaba; y en la tolondrada prisa de quien recién tomaba un poco de vida fuera de casa después de tanto encierro, tomé por sorpresa un pequeño volumen rojo que en la contraportada predijo “Probar el fruto / y saber / que eres tú”. Fue tal mi sobresalto que, con lo poco que traía en el bolsillo, pasé directo a la caja para que de inmediato me dijeran, muy amablemente, esto no aparece en el sistema… dame veinte pesos. Entonces no sabía que entre las manos tenía una señal, alada y ponzoñosa, de la que no habría de volver por mucho tiempo. Señal primera.
En el conjunto que compone la obra de Minerva Margarita Villarreal, Adamar (Verdehalago / Conarte, 1998) supone el pliegue a donde embona la contemplación y el arrebato. Si bien suele decirse que la mística es uno de los intereses primordiales de la poeta, por no decir el principal, esto termina por sesgar y cercenar las resultas del lenguaje de donde zarpan y co-patrian con dicho título libros como La paga común del corazón más secreto (1995) o incluso Epigramísticos (2008), donde el ejercicio poético mana, sí del oficio y la pulsión, pero también del hábito de otras lecturas. Podríamos decir que, en un afán por re-vitalizar una tradición, la suya propia, la poeta sublima a través de la palabra alguna extraña investidura de que ha sido contagiada por otras voces, otros hábitos, con que tropezó alguna u otra vez. Sin embargo, esto no es que se trate de una simple repetición formal o temática, se trata más bien de una especie de pauta con la que el poema atosiga constantemente al poeta: es, mejor dicho, la agencia de su espíritu.
En este sentido, Adamar, como se intuye a partir del título, oscila sobre las potencialidades del amor, mas el amar del que van estos poemas no es ya paisaje sonrosado de suavidad, sino aquel amor que clama más allá de la carne. Al respecto, José Javier Villarreal (2020) apunta “Minerva había revisitado cierto Siglo de Oro. San Juan ejerció una poderosa presencia. Las aguas eran otras y parecía que no necesitaba de velero para poder navegar. Amar con doble fuerza, amar mucho fue la lección y el aprendizaje que hizo suyos.”. Así reconocemos la manera en la que la obra irrumpe entonces y la fuerza con la que se conserva. A estos efectos, el libro se compone en seis apartados enmarcando, quizás, la influencia o la distancia del amor en una suerte de relación triangulada entre la voz, que es quien principalmente mira, la sed y el bien amado: Misterios, Arborecer, Sembrados pensamientos, Desvivirse, No me hables de la muerte y Adamar.
Ahora bien, aquel viente veintiuno lo que me dejó absorto fueron finalmente algunas coincidencias. El hallazgo del volumen rojo supuso nada menos que el punto de encuentro entre lecturas atropelladas de George Bataille y Mircea Eliade, al respecto del erotismo y lo sagrado, señal segunda, y la entonces constante preocupación por divisar, acaso un ínfimo, el ápice, de cualquier posibilidad de una vida laboral estable, y que culminarían, algunos años después, a la vera de Chantal Maillard, de quien me sirvo para entonar estas notas y volver a la mirada que del amor hace la poeta. En su obra La razón estética (2018)Maillard apunta:
Lo artístico no tiene ya que ver con la producción material como una disposición interior capaz de proyectarse en la mirada o en la acción, la capacidad de organización de los elementos por parte de un sujeto que es receptor al tiempo que creador. El artista de hoy es más que nunca un vidente: hallar el objeto es verlo como tal, y esto no es otra cosa que proyectar el gesto en el que la consciencia se es a sí misma siendo lo otro en la unidad del instante. Artista es aquel que se sitúa en el límite: allí donde la visión del ensamblaje es posible.(pág.236)
Esta idea supone una vía de acceso a pensar el andamiaje de Adamar: el límite. Y es que, cuando decimos que la obra es una bisagra es porque, a mi parecer, establece precisamente un estado de sitio en la trayectoria de la poeta. En el caso particular de Adamar, la voz lírica enuncia tanto desde el espacio cotidiano como desde el espacio del encuentro y, asimilando la mística del siglo de oro español, como ya señalaba José Javier Villarreal, es capaz de re-visitar el motivo de los santos, pero deja tras de sí otra clase de gestos. En estos poemas, aquel fin último de la vía mística, el éxtasis que deja estigma en aquel cuerpo que contempla, que padece, es acotado con recato y cierto dejo de malicia.
Si se lee detenidamente, la mística en Adamar es el punto donde se enfoca el poema, pero su objeto realmente es el silencio: la no-presencia. De esto somos testigos puesto que, según van pasando las páginas, el yo lírico se dirige a ese otro vértice del triángulo, a un otro del que se encuentra a la espera y, como si en la sed fuera la luz, que en ningún momento llega, más bien se intuye, con sorna, se abronca y se presagia. Como en:
Ah, el reino de las decapitaciones
al viento lanza
esa cabeza que busca en tus cristales el llanto
del origen.
Ahogarse el amor puede porque lluvia no cesa
si tu coz me abandona.
Hielo, hielo es la espada del miedo,
granizo que golpea
en este rojo lecho.
Ah, pero en aras de abril,
cuando las rosas concentren su aroma
seré cada pétalo arrancado,
cada sí o no del azar melancólico,
cada cabeza que busca en tus cristales
el llamado. (pp.74)
Es este sutil rumor de mundana consciencia la que invita a reconocer en estos poemas otra cara del amor, acaso una más real, más villana, sedienta.
Al final ignoro realmente si es que hubiera razón alguna por la que llegué a Adamar pero heme aquí. Han pasado cinco años. Me he mudado de ciudad y en mi primera visita a una librería en una tarde de ocio he vuelto a encontrar, casi arrumbado en un huequito de hasta abajo de la última estantería, un volumen, ahora blanco, que presagia aquello que, en cierta medida, sigo ignorando. Toco una vez más. Pido respuestas. Responde:
El soplo de mi amado me dio vida, después me disgregó. Materia del espíritu que sueña. (pág.54)
REFERENCIAS.-
Maillard, M. (2018) La razón estética (2°ed.), Galaxia Gutenberg
Villarreal, J. (2020) “Tras la huella de la luz. Minerva Margarita Villarreal (1957-2019)” en Luvina. Revista Literaria de la Universidad de Guadalajara. Disponible en: https://luvina.com.mx/tras-la-huella-de-la-luz-minerva-margarita-villarreal-1957-2019-josa-javier-villarreal/
Villarreal, M. (2003) Adamar (2°ed.) Verdehalago & Conarte

