La sutura en las alas de una poeta peruana

Por Eduardo Zambrano

El 10 de agosto de 1926 nació en Lima, Perú, la poeta Blanca Varela. Ahora que estamos en el aniversario de su centenario de vida, habrá que recordarla con esa vitalidad que tanto la caracterizó.

Vinculada a la literatura de su país, colabora desde joven con Emilio Adolfo Westphalen en la revista Las Moradas. Para 1948 (a los veintidós años) estaba ya en París, y acompañada por Octavio Paz se adentra en el círculo de escritores y la vida artística de la capital francesa. No obstante, su primer poemario, Este puerto existe, aparece hasta en 1959, editada por la Universidad Veracruzana y prologada por el mismo poeta mexicano.

Para los comentarios y la selección de poemas de este homenaje, me estoy apoyando en la edición de Donde todo termina abre las alas (Poesía reunida, 1949-2000) (Galaxia Gutenberg /Círculo de Lectores, 2001), el cual cuenta con el prólogo de Adolfo Castañón y el epílogo de Antonio Gamoneda. En dicha edición también se incluyó su último poemario, El falso teclado (2000), que no aparecería como libro independiente hasta 2016.

Toda la lírica de Blanca Varela apenas y se acerca a los doscientos poemas. En la contraportada del libro, la voz crítica de Paz, así lo refiere:

Con el instinto del verdadero poeta, sabe callarse a tiempo. Su poesía no explica ni razona. Tampoco es una confidencia. Es un signo, un conjuro frente, contra y hacia el mundo… una exploración de la propia conciencia.”

Desde sus primeros versos en Este puerto existe, se hace evidente esa plenitud que a su vez nos colma y nos abisma, y la poeta resuelve esa aparente contradicción bajo el asombro que visualiza como una charca abierta por la luz:

 

FUENTE

 

Junto al pozo llegué,

mi ojo pequeño y triste

se hizo hondo, interior.

 

Estuve junto a mí,

llena de mí, ascendente y profunda,

mi alma contra mí,

golpeando mi piel,

hundiéndola en el aire,

hasta el fin.

 

La oscura charca abierta por la luz.

 

Éramos una sola criatura,

perfecta, ilimitada,

sin extremos para que el amor pudiera asirse.

Sin nidos y sin tierra para el mando.

 

Para su segundo poemario, Luz de día, Blanca Varela entra en una especie de toma de conciencia: “¿De qué pérdida claridad venimos?”. De hecho, se sabe más allá del impulso vital de la primera juventud; pero no teme asomarse a las estancias vacías que dejan las palabras con el tiempo, o todavía más, la poeta, como bien titula Adolfo Castañón en el prólogo del libro, se adentra en el oficio (en las palabras mismas) “como una conquista del silencio”:

 

ASÍ SEA

 

El día queda atrás,

apenas consumido y ya inútil.

Comienza la gran luz,

todas las puertas ceden ante un hombre

dormido,

el tiempo es un árbol que no cesa de crecer.

 

El tiempo,

la gran puerta entreabierta,

el astro que ciega.

 

No es con los ojos que se ve nacer

esa gota de luz que será,

que fue un día.

 

Canta abeja, sin prisa,

recorre el laberinto iluminado,

de fiesta.

 

Respira y canta.

Donde todo termina abre las alas.

Eres el sol,

el aguijón del alba,

el mar que besa las montañas,

la claridad total,

el sueño.

 

Ya de vuelta en su natal Lima, Blanca Varela cruza los cuarenta años dentro de los convencionalismos de la familia y de la sociedad. Valses y otras falsas confesiones da cuenta de esta insurrección ante lo cotidiano, y el poema surge entonces con un gesto de dolorosa ironía, y su poema “Nadie sabe mis cosas” se lo dedica a una línea sin nombre, quizá a ella misma que se sabe esclava, náufraga, fantasma:

 

1

 

a ti capaz de desaparecer

de ser atormentado por el fuego

luminoso opaco ruin divino

 

a ti

fantasma de cada hora

mil veces muerto recién nacido siempre

 

a ti capaz de hacer girar la llave

de inventar el sol en un cuarto vacío

 

a ti ahogado en un océano de semejanza

náufrago de cada mañana

esclavo propietario de zapatos periódicos

algunos libros

tal vez padre o hijo

guardián de resecos jardines de aves de paso

 

a ti

observador de la tarde

infatigable lector del reloj del sueño

de la fatiga del tedio de la esposa

a nadie sino a ti

 

Y sin embargo, en medio de ese desasosiego, la poesía vuelve para rescatar a la esposa, a la madre que ve jugar fútbol a sus hijos:

 

juega con la tierra

como con una pelota

 

báilala

estréllala

reviéntala

 

no es sino eso la tierra

 

tú en el jardín

mi guardavalla mi espantapájaros

mi atila mi niño

 

la tierra entre tus pies

gira como nunca

prodigiosamente bella

 

Vargas Llosa en su momento lo dijo: su poesía, la de Blanca Varela, es una “forma secreta de existencia más libre, más pura y más bella que la de la vida común y corriente”. En Canto villano se nos refiere al villano como lugareño, como uno de entre tantos que, en su intimidad, da cuenta de un vergonzoso destino; pero la gran poeta peruana lo canta con una voz entrecortada por la rabia, un coraje contenido en un ritmo, en imágenes deslumbrantes. En el poema que da título al libro atendemos una sobremesa solitaria:

 

y de pronto la vida

en mi plato de pobre

un magro trozo de celeste cerdo

aquí en mi plato

 

observarme

observarte

o matar una mosca sin malicia

aniquilar la luz

o hacerla

 

hacerla

como quien abre los ojos y elige

un cielo rebosante

en el plato vacío

 

rubens cebollas lágrimas

más rubens más cebollas

más lágrimas

 

tantas historias

negros indigeribles milagros

y la estrella de oriente

 

emparedada

y el hueso del amor

tan roído y tan duro

brillando en otro plato

este hambre propio

existe

es la gana del alma

que es el cuerpo

 

es la rosa de grasa

que envejece

en su cielo de carne

 

mea culpa ojo turbio

mea culpa negro bocado

mea culpa divina náusea

 

no hay otro aquí

en este plato vacío

sino yo

devorando mis ojos

y los tuyos

 

Sin duda, para 1978, Blanca Varela alcanza con estos versos una plenitud poética que, sin embargo, no sería premiada ni reconocida hasta mucho más tarde. Al menos, en 1986, el Fondo de Cultura Económica reúne su poesía con el mismo título de Canto Villano, pero no sería sino hasta 1993 que aparece el título de Ejercicios materiales: un poemario que apenas circula en su país y que gravita en disertaciones e instrucciones poéticas que animan, en la materialidad del cuerpo, un camino hacia la espiritualidad.

El carácter mediador del cuerpo con la divinidad (“pienso en esa flor que se enciende en mi cuerpo”) no es fácil, de ahí que los ejercicios materiales, en ese poema que da título a todo el conjunto, se nos plantee como pruebas, retos, sutiles advertencias que debemos considerar. Transcribo dos instancias:

 

convertir lo interior en exterior sin usar el

cuchillo

sobrevolar el tiempo memoria arriba

y regresar al punto de partida

al paraíso irrespirable

a la ardorosa helada inmovilidad

de la cabeza enterrada en la arena

sobre una única y estremecida extremidad

[…]

conocerse para poder olvidarse

dejarse atrás

una interrogación cualquiera

rengueando al final del camino

un nudo de carne saltarina

un rancio bocadillo

caído de la agujereada faltriquera de dios

enfrentarse al matarife

entregar dos orejas

un cuello

cuatro o cinco centímetros de piel

moderadamente usada

un atadillo de nervios

algunas onzas de grasa

una pizca de sangre

y un vaso de sanguaza

sin mayor condimento que un dolor

casi humano

 

También en 1993, pero ahora en Madrid, aparece El libro de barro. Sobre dicho título se nos dice lo siguiente en el prólogo de su poesía reunida: “es un cuaderno escrito sobre la arena de los días pasados o perdidos. Lo compone un reloj de veintitrés poemas que da las horas del olvido y las horas de la memoria. Se trata de un diario escrito para desenterrar el origen…”; pero este diario, esta narrativa o bitácora existencial, está resuelta bellamente y divaga en una lírica que sondea la oscuridad del misterio: “La mano de dios es más grande que él mismo”. Para estos tiempos (1993-1994) la poeta ha cruzado ya los sesenta años, entonces, esta búsqueda del sentido y del sinsentido de la vida tiene la marca de lo que empieza a marchitarse:

 

Llevar la decrepitud como una flor. O como una corona. Es envidiable el otoño, la segura y hermosa dignidad con que se acuestan las hojas de los árboles sobre la tierra.

Es envidiable el invierno de esas latitudes donde la nieve y el silencio se parecen a la sabiduría que nos seduce por su ausencia de sombra.

 

En 1996 fallece uno de sus hijos en un accidente aéreo. Tres años más tarde aparece su último poemario que publicará en vida: Concierto animal. Las páginas y los versos de este libro son desencantados, no propiamente escritos para resignarse, sino dentro de un proceso de aceptación de las cosas, un aprendizaje sufrido, no humillante, pero amargamente humilde, una disciplina ascética ante la fatalidad:

 

Morir cada día un poco más

recortarse las uñas

el pelo

los deseos

aprender a pensar en lo pequeño

y en lo inmenso

en las estrellas más lejanas

e inmóviles

en el cielo

manchado como un animal que huye

en el cielo

espantado por mí

 

En Concierto animal la condición humana es puesta a prueba, pues en el poema que cierra el conjunto las imágenes son de alguna forma apocalípticas y de estirpe surrealista, dolorosamente espirituales desde su propia materialidad, sucia, terrena:

 

El animal que se revuelca en barro

está cantando

amor gruñe en su pecho

y en sucia luz envuelto

se va de fiesta

 

de allí que el matadero

sea el arco triunfal

de esta aventura

y en astrosa apariencia

se oculten la salud y la armonía

y la negra avellana

sepulta en el gargüero

lance rayos azules a los vientos

 

engastado en la mugre

diamante singular astro en penumbra

encuentra y pierde a dios

en su pelambre

connubio de atragantada melodía

y agonía gozosa

 

se necesita el don

para entrar en la charca

 

Los trece poemas de El falso teclado termina por cerrar el conjunto conformado de su poesía reunida. La poeta llega a tal grado de desprendimiento de lo conceptual y de las sofisticadas sabidurías, que incluso sabiéndose ya en el tránsito a la muerte, vuelve el oído (una vez más) al canto villano y al concierto animal que le acompañaron en vida:

 

NADIE NOS DICE

 

nadie nos dice cómo

voltear la cara contra la pared

y

morirnos sencillamente

así como lo hicieron el gato

o el perro de la casa

o el elefante

que caminó en pos de su agonía

como quien va

a una impostergable ceremonia

batiendo orejas

al compás

del cadencioso resuello

de su trompa

 

sólo en el reino animal

hay ejemplares de tal comportamiento

cambiar el paso

acercarse

y oler lo ya vivido

y dar la vuelta

sencillamente

dar la vuelta

 

Entrando ya al siglo XXI los reconocimientos a la obra de la poeta peruana empiezan a llegar. Destaco el primero y el último, sin duda, los más significativos:

2001 – Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo.

2007 – Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

Pero más allá de esta racionalización oficial para reconocer una trayectoria, están también las voces de los poetas, sus colegas. De entrada, cito una línea de Antonio Gamoneda que aparece en el epílogo de la poesía reunida y editada en Galaxia Gutenberg. En esta línea no se destacan los logros, sino la búsqueda permanente: Permanecer en lo imposible: esto es el destino. Ha sido inútil la sutura negra.

De los escritores contemporáneos peruanos que han abordado y estudian la poética de Blanca Varela, está el lingüista y también poeta Mario Montalbetti; y lo traigo a modo para retomar el punto ese de la “imposibilidad”, pero no es propiamente un no poder expresarse, sino el expresarse cabalmente a través de una literalidad imposible. Ésa es en esencia la gran poesía que hoy se invita a releer.

A cien años de su nacimiento, reconocemos a la gran poeta Blanca Varela (1926-2009) por mantener una voz que argumenta con el asombro de lo paradójico, por sus imágenes que husmean en medio de la realidad, imágenes que cautivan por esa literalidad que se nos escapa de las manos:

 

MEDIA VOZ

 

la lentitud es belleza

copio estas líneas ajenas

respiro

          acepto la luz

bajo el aire ralo de noviembre

bajo la hierba sin color

bajo el cielo cascado y gris

          acepto el duelo

y la fiesta

 

no he llegado

no llegaré jamás

en el centro de todo está el poema

intacto sol

ineludible noche

 

sin volver la cabeza

merodeo su luz

               su sombra

animal de palabras

husmeo su esplendor

su huella

            sus restos

todo para decir

que alguna vez estuve

atenta desarmada

                                        sola

casi en la muerte

casi en el fuego

Título disponible en el Fondo Eduardo Zambrano.