Por Víctor Barrera Enderle
La certeza del final es materia literaria (amores perdidos, vidas segadas, viajes interrumpidos, crónicas de las más variadas agonías, súbitas epifanías, guerras perdidas o ganadas); lo ha sido siempre. Lo inusual es anunciar el fin de la escritura. El novelista suele poner punto final a sus historias, pero no al acto de redactar novelas. La muerte suele sorprender al escritor en su mesa de trabajo y los papeles inéditos alargan la producción post mortem. Julian Barnes, previniendo ese desenlace trillado, le dice adiós a la literatura en vida. Despedidas es el título en español de su última entrega. El nombre original del libro, Departure(s), nos da una idea más precisa: “partidas”, “salidas”. ¿Autobiografía, novela, nota sobre la mesa o ensayo sobre la memoria y la vejez? Como sucede con este autor: un poco de todo.
Barnes parte de un concepto: Recuerdo Autobiográfico Involuntario, cuyas siglas en inglés (IAM), remiten a la afirmación: “yo soy”. “La memoria, como nos repetimos a menudo, es identidad”, nos advierte el narrador. La súbita aparición de este tipo de recuerdo, ¿nos permitirá acceder a parte de nuestra existencia que habíamos olvidado, o creíamos haber olvidado? ¿Es suficiente detonación para escribir sobre nuestro pasado, para reinventarlo o para crear una novela? Al paso de las primeras páginas, y de manera sencilla y sin dramatismo, el autor anuncia que éste será su último libro. La magdalena y el té, esa combinación explosiva para la liberación de los recuerdos, sirvieron a Proust no sólo para escribir En busca del tiempo perdido, sino para establecer una división entre memoria voluntaria e involuntaria. Para el escritor francés, la memoria involuntaria nos conecta con la esencia de nuestro ser, realidad íntima y trascendental. A Barnes esta división no lo convence del todo: “Quizá mi escepticismo provenga del hecho de que yo nunca en la vida he tenido un recuerdo tan trascendental. He subsistido con los secos mendrugos del recuerdo voluntario”. Y páginas más adelante aclara: “Soy consciente de que he hablado bastante de Proust en este libro. Y ni siquiera soy proustiano. Quizá se note, porque, como más arriba, lo cito sobre todo para discrepar de él”.
Y en verdad lo hace. Despedidas intenta regresar, pero se desvía. Siempre el desvío. Barnes el autor y Barnes el narrador padecen un tipo de cáncer en la sangre. La conciencia del inevitable final alimenta la escritura. La historia de Stephen y Jean, amigos del escritor en la adolescencia, cuyo amor juvenil se interrumpe por más de cuarenta años, para retomar, de nuevo infructuosamente, en la madurez, sirve de pretexto para reflexionar otra vez sobre los límites de la ficción, sobre la percepción de la realidad y sobre lo efímero de la existencia. En su prosa no hay, en efecto, ni magdalenas ni tazas de té, pero sí restos de lecturas y arqueología literaria. Como en El loro de Flaubert (1984), una de sus primeras novelas, cuando evocaba una carta del autor de Madame Bovary a Louis Colet: “los mayores acontecimientos de mi vida han sido ciertas ideas, algunas lecturas, determinadas puestas de sol en Trouville a la orilla del mar, y conversaciones de cinco o seis horas con un amigo que ahora he perdido…” Barnes se obsesionó con Flaubert porque fue un escritor que quiso borrase (a diferencia de Proust), esconderse detrás de su obra. Durante años buscó sus huellas: fue tras ese mítico loro verde de “Un corazón sencillo”, que también obsesionó al cuentista chileno Juan Emar.
La partida implica un destino; en este libro el destino es lo de menos. La preocupación de dejar algo inconcluso desaparece. No vendrán nuevas oportunidades de contar. Barnes se despoja de cualquier oropel retórico y nos habla a los lectores con franqueza: ya no hay nada qué perder. En algún momento él se irá y sólo quedarán sus libros. Ha hecho las paces con eso y se ha despedido sin drama. Me parece un cierre digno de su estilo literario.

