Por Yithzack Navarro
1.
Un puente peatonal amarillo cruza la avenida Bernardo Reyes, de Lombardini y Anastasio Bustamante hacia Miguel Nieto. Debajo de la rampa que desciende hasta esta calle han colocado un armatoste de blocs, quizá para evitar que las personas se apiñen y erijan un refugio a base de cartón y cobertores; esfuerzo inútil. Improvisadas tiendas de campaña yacen en la acera, detrás de un contenedor de basura y al pie de un estacionamiento, a espaldas de la Parroquia Santa María Goretti.
Recargados o recostados en el muro de las oficinas de la parroquia, algunos hombres leen el periódico, hablan entre ellos, a ratos se ponen de pie y orinan en un mingitorio al aire libre. A la derecha, la carcasa de una Tostadería Siberia, a la izquierda la entrada a El comedor de los Pobres “Padre Infante”, al centro una puerta blanca con una rejilla a la altura de los ojos. Toco despacio, me presento con el guardia de seguridad…
Sobre el escritorio del Padre Marcos Montealvo hay dos libros abiertos boca abajo, papeles, una taza de café.
—Creo que es importante aclarar, y me gustaría contextualizar un poco: Casa INDI es una asociación civil y como tal su programa, su giro, no es solamente para personas migrantes —dice. Sus frases son pausadas, su voz serena, se expresa como uno puede imaginar que lo hace un sacerdote. —Son cuatro programas. El primero es un comedor para pobres o para todas las personas…
Afuera acaban de dar las cinco de la tarde. Un barandal chirría. Varios hombres, algunas mujeres y un travesti ingresan al comedor. El menú depende de lo que haya en el almacén.
—La comida es muy buena y hay días que, como en todas nuestras casas cuando hay una celebración, buscamos dar algo diferente. El Día del Migrante o el Día de los Derechos Humanos, se hace algo distinto —dice el Padre Marcos.
2.
El padre Montealvo explica que el segundo programa es un dormitorio para varones. Se registran diariamente y hay un cupo para 128 y puede aumentar a 250. Entran alrededor de ochenta o cien personas. Es para gente en situación de calle, o también migrantes. Un peregrinar de rostros anónimos, de las entrañas de un paso a desnivel, de los terrenos baldíos y las bancas de parques públicos a la parroquia.
Recuerdo una tarde, ya hace algún tiempo, en el municipio de Escobedo. El sol fabricaba espejismos en el horizonte. Un hombre de más de cincuenta años, con las rodillas temblando y los ojos en un cielo de escasas nubes se derrumbó a unos pasos de la estética Cecy Salón.
—¿Está bien? —le preguntó una mujer que salía de su casa.
—¿Se cayó sólo? —preguntó a su vez un ciclista a la mujer.
—Agua —dijo el hombre, despacio, dando bocanadas como un pez que va quedándose sin oxígeno.
—¿Ocupa que le hablemos a alguien?
—No, no, sólo agua, y azúcar.
Yo, hasta entonces mudo e inerte, me acerqué al sujeto y lo ayudé a ponerse en pie. Pesaba mucho, resoplando le apoyé contra un árbol y un canasto de basura. El ciclista alzó los hombros y asumiendo quizá que la situación se hallaba bajo control, rodeó a la mujer, al caído y a mí, y siguió de largo. La mujer entró a su domicilio y tras unos segundos salió de vuelta con un vaso de agua. El hombre lo bebió deprisa, cual si sus entrañas fueran tierra seca.
—Yo… iba de salida, ya me tengo que retirar —dijo la mujer, con tristes arrugas en la frente, tomando de regreso el vaso.
—Me quedo con él —dije.
Ella subió a una camioneta negra, encendió el motor y partió.
—¿Cuánto falta? —preguntó el hombre.
—¿Para qué?
—Para llegar al centro.
No supe qué contestarle. Estábamos a una distancia de al menos cuarenta minutos en carro.
—Vengo a trabajar —dijo el hombre, jadeando.
—Lo puedo llevar a donde me diga, le pido un taxi si quiere y…
—No, no, usted no me debe nada.
3.
El patrón de movilidad cambia. Migraba el varón, trazaba un camino seguro antes de mandar traer a su esposa e hijos; eso, si no desaparecía en el desierto o al cruzar la frontera. Ahora que el sueño americano tiene tintes de pesadilla, el lugar de tránsito ya es destino. El centro de la ciudad se puebla de nuevos rostros. Se forman lazos, se adoptan oficios, la lengua se nutre de nuevos usuarios.
—Somos dos sacerdotes aquí: el padre Teo y un servidor. El padre Teo es haitiano, tiene su residencia, tiene su credencial de elector y es mexicano también; él habla francés. Hay dos personas del equipo que hablan inglés muy bien, entonces quien no habla español o francés, sobre todo los haitianos, pues hablan inglés, yo hablo un poco italiano. Ahorita con nosotros hay un joven, un miembro del equipo que es brasileño, él ya trabaja con nosotros, ya tiene su tiempo refugiado y ya tiene un buen tiempo aquí en México. Y aquí trabaja. Entonces, la verdad es que las personas migrantes, pues en el paso van aprendiendo y se dan habilidades, o un traductor, o a veces con cuestión de señas, o así… —dice el Padre Montealvo.
4.
El modelo de intervención de Casa INDI es de ayuda humanitaria, acceso a derechos e inclusión social, en contraste, el hervidero de odio que son las redes sociales; aquellos que en el transporte público usurpan acentos centroamericanos y piden limosna; indigentes fuera de sí que se lanzan al tráfico y asestan manotazos al cofre de los coches. Entre los escombros de la torre de Babel, para algunos, el mestizaje que nos dio origen es una blasfemia.
—La vez pasada fueron dos personas a la casa, querían ropa o dinero. Y no sé si yo esté mal, pero a mí me caga la gente que no es de aquí… —dice un empleado, a mitad de turno, ansioso por un cigarrillo.
La oficina donde labora se halla a tres cuadras de una estación del metro. Hace alrededor de dos horas y media de su casa al trabajo. Tiene un breve historial de meterse en riñas con indigentes y mientras habla mira en todas direcciones.
—Gran parte de mi molestia es porque al menos yo tengo idealizado al habitante del sur del país como alguien que solo vive de los programas sociales, que busca que el gobierno le dé dinero —dice—. Y en cuanto a los extranjeros, vienen y exigen derechos que otros mexicanos nunca recibieron por parte del gobierno, si ellos buscan ayuda para sobrevivir también la necesitan los demás mexicanos que viven en la calle o en la pobreza. Y sobre el sentimiento de rechazo de los regios a los foráneos, es precisamente porque la gente de aquí sabe que el dinero se consigue con chingarle a la chamba, no estirando la mano.
5.
El tercer programa de Casa INDI es el Ambulatorio. Tiene espacio para diez personas y la estancia es más prolongada y difícil, por cuestiones de salud.
—Casa INDI la verdad es que es una casa conocida. A veces para bien y a veces para mal. Hay quien sabe que aquí se ayuda a las personas, pero no conocen bien los perfiles o cuáles son los programas que nosotros tenemos. Han venido a traer personas y las dejan aquí. Obviamente eso es un delito, no se puede, es abandono. Pero cuando esto ha ocurrido nosotros lo denunciamos, porque vienen y los tiran, así literal… —continúa diciendo el Padre Marcos. —Entonces alguna ocasión me tocó una persona que no podía valerse por sí misma, no podía sostenerse, traía una cuestión de los pies bastante delicada y un tumor bastante pronunciado. Le dije, oye, ¿Y cómo te enteraste? Y me contestó: «No, pues es que un amigo me dijo que si me traía aquí a la Goretti me podían ayudar». Pero él tenía la idea, o pensaba que aquí era un anexo. Hay toda esta, a lo mejor, información, conocimiento, a veces no muy exacto de lo que nosotros hacemos y lo que saben es que aquí es un espacio de ayuda humanitaria y piensan que recibimos de todo y pues desgraciadamente no podemos ayudar a todos, tenemos un cierto perfil como toda institución, tenemos que delimitar bien los servicios que ofrecemos si no sí está más complicado.
6.
El cuarto programa es el albergue El Buen Samaritano, este se halla en la colonia Nueva Morelos, junto a la clínica 25 del IMSS. Responde al modelo de intervención de Casa INDI. Ahí, las personas residen desde tres meses hasta un año, se les acompaña a la COMAR, se les apoya a que hagan un proyecto de vida.
Casanicolás, en Guadalupe; Casa Monarca, en Santa Catarina; y Casa INDI, en Monterrey. La casa a mitad del trayecto, como un oasis, un refugio, ahora cuadrante de origen, página en blanco. La ciudad de paso que se torna hogar, pese a la rabia y el comentario xenófobo tras bambalinas. El claroscuro en el porvenir de los peregrinos, una historia en común que nos hermana.
Me despido del Padre Marcos. Afuera hay cierta quietud, la calma modorra de la cotidianidad. Unos perros juegan con un hueso, algo que parece ser la mandíbula de un ancestro suyo. Un hombre y una mujer joven cruzan la calle con dirección a los refugios de cartón, él lleva en la cabeza una gorra de capitán de barco. Adán y Eva a la deriva.
Atrás queda la Parroquia Santa María Goretti, allí, desde el 25 de diciembre de 1959. La imagino entre los rieles del ferrocarril, al comienzo de su existencia, con su techo de lámina de dos aguas. Una promesa que fluye en todas direcciones, a 1.6 kilómetros de la Central de Autobuses, instante perpetuo donde dan inicio otros relatos.
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Semblanza
Yithzack Navarro (Monterrey, Nuevo León, 1992). Egresó del diplomado en escritura creativa de la escuela NOX. Ha colaborado en el suplemento cultural El Ventanillo de Interfolia, en Revista Saranchá. Atisbos de literatura iberoamericana y en la Revista Marabunta.

