Por Eduardo Zambrano
Desde hace tiempo que valoro más como lector de poesía aquella que goza de plena libertad lírica y no hace alianzas, o no se rinde ante otro tipo de discursos. Esto no significa que no valore los poemarios de corte narrativo o los monotemáticos (tan premiados en México en los últimos años), tampoco demerito a los que ofrecen un lenguaje de línea directa ni a los que nos coquetean con aquello de la intelectualidad; de igual forma pasa con aproximaciones minimalistas o los que colindan con una mística, aplaudo, claro, si tienen un oficio. Pero insisto, disfruto de sobremanera los aires poéticos limpios, los que solo se respiran en la altura de un verso que no tiene más compromiso que con su propia vitalidad.
Carmen Violeta, la chica chilena que llegó hace años a la ciudad de Monterrey con esa misma vitalidad, es una poeta que siempre me ha cautivado. Volver a leerla en su poemario La casa que huye (Ediciones Moneda/Editorial Universitaria de la UANL, 2026) ha sido un reencuentro inesperado que tanto me entusiasma, como me conmueve:
ANTES DEL DOLOR
Qué ordenadas éramos
antes del dolor
qué prolija nuestra letra
en cuadernos impolutos
bien hecha la partitura
en la cabeza
dibujadas las letras
sin borrones
cuán en su lugar
me parecía el mundo
y yo en él
Carmen no necesita ser explícita y decirnos cuál es su dolor, pero sí me dice, con una claridad apabullante, cuáles son los míos; ahí está la gran poesía, la que permea sensibilidad en los lectores. Lo mismo sucede con sus tarjetas postales de viajes, unas líneas que nada tienen que ver conmigo, pero me hacen ver lo bello de un paisaje, o más aún, cómo ese paisaje me conmueve de tan solo presentirlo, y me transporta entonces a una vista esplendorosa desde “Santiago”:
la cordillera
iluminada en invierno
transparente
recordatorio insular
mausoleo del día
grafiteada por la nieve
columna marginal
la cordillera
me sube al pecho
a la garganta
la cordillera o yo
una de las dos es triste
y le echa la culpa a la otra
En estos dos poemas se entrevé un dejo de saudade, por un lado, una sencilla disertación sobre cómo nos cambia el dolor con el paso del tiempo; en el otro, el reencuentro nostálgico con una majestuosa postal de la cordillera andina. Se alterna entonces el recogimiento íntimo y el asombro paisajístico.
De hecho, gran parte de esta “casa que huye” se cimienta precisamente en estas alternancias:
“María de los Ángeles” es un poema narrativo.
“Building cut de Gordon Matta-Clark” es un guiño intelectual o experimental.
“Una visita” es una simpleza de lo cotidiano.
“Gaza” es un poema solidario con hondura histórica de nuestros tiempos.
Incluso en el poema breve se alterna el espíritu severo del aforismo: “que no se pare un dios sobre tu techo / podría tu morada venirse abajo…” con unos versos apenas susurrados en el vecindario del haiku:
un árbol abandonado
y una casa abandonada
se acompañan
Alternancia de recursos temáticos y de género, insisto, la poeta hace alianzas con otro tipo de discursos, pero no sacrifica el espacio de libertad de su propia lírica, una apuesta que ha sostenido también a la par de su larga trayectoria como editora y promotora cultural.
Los que conocimos y conocemos a Carmen, tenemos además una visión parcial, pero de alguna forma compartida, de los espacios de luz y recuerdos que alternan en estas páginas. Leerle ahora, es releerme igual en aquellas instancias que compartimos en algunos proyectos, foros, convivencias.
Cierro este apunte, con el que es evidentemente el ars poética más visible en el libro, una convicción (conmovedora) para hacer habitable con palabras, lo que sabemos es dolorosísimo en nuestro interior, en nuestra casa:
HACER OBRA
no aspiro al poema monumental
mi altura máxima la da el palo del circo
el valor del acróbata
que sobrevive a su caída
o el del barco
para avistar tierra
tampoco me conforma el poema efímero
quiero hacer obra
si requiere cimientos cavo
si requiere vigas estructuro
si requiere bóveda trazo
si ventana sol
quiero hacer obra
no autorretrato
ni copia de mi mano
ni lápida para epitafio
quiero hacer un lugar como yo
pero habitable
hecho de donde he sido
y lo que ha sido en mí
para partir de él ligera
Cada uno de estos poemas son habitaciones de esta casa que huye, la invitación que se le hace al lector no es propiamente un recorrido para leerla (conocerla) sino habitarla; y sólo en el misterio y en el asombro de sentirnos vivos, es posible habitar una casa que huye, “el misterio (dice Carmen) es una forma de volver a ocupar el mundo”.
Adenda.
No fue fácil cerrar este apunte y dejar en la mesa muchas otras notas y reflexiones que se abrieron con este poemario, tan solo este último poema que cito, “Hacer obra”, me daría de qué hablar largamente; por ahora no es posible, pero seguro habrá otras instancias, otros lectores también para continuar conversando.

