Por Luis Fidel Camacho Pérez
I. Introducción: El teatro como espejo de la nación
A menudo, cuando estudiamos la consolidación del Estado mexicano a finales del siglo XIX, nos enfocamos en las batallas, las leyes o la economía. Por ejemplo, la Guerra de Reforma, la Intervención Francesa, la República Restaurada y el Porfiriato; sin embargo, ¿Qué pasaría si les dijera que la identidad de México se debatió entre música, telones y funciones de zarzuela?
Este libro nos propone una ruta distinta y a la vez fascinante: la ruta de los escenarios. La autora nos plantea que la identidad nacional no solo se legisló en los recintos parlamentarios, ni fue sólo producto de décadas de guerras intestinas e intervenciones extranjeras, sino que se “ensayó” y se “cantó” en los teatros de México. El estudio como bien señala Valentina Tovar integra de forma transversal la historia cultural y la historia política, con la propuesta de Maurizio Ridolfi que consiste en realizar un análisis cultural de la política desde la historia.
La obra se adentra en el epicentro de la Reforma y el Porfiriato para analizar cómo el teatro lírico y la zarzuela funcionaron como auténticos dispositivos político-culturales. No eran solo entretenimiento; eran herramientas de pedagogía cívica diseñadas para educar a la sociedad y definir qué significaba ser mexicano en un momento de profundas transformaciones.
II. El Dilema de la Identidad: ¿Olvidar o Integrar?
En el primer bloque de la obra, nos encontramos con un debate intelectual vibrante. La élite liberal, encabezada por figuras de la talla de Ignacio Manuel Altamirano, Vicente Riva Palacio y Justo Sierra, se enfrentaba a lo que la autora denomina el “dilema de las artes escénicas nacionales”. Según entendía Altamirano la misión de la música y el teatro era “forjar patria” y educar cívicamente, pero se enfrentaba a la contradicción de usar formas europeas para expresar contenidos nacionales.
Por un lado, existía una pulsión por la “amnesia histórica”: la idea de que, para fortalecer la identidad propia (la mexicanidad), era necesario minimizar o incluso borrar la herencia artística colonial, una tarea para nada sencilla pues borrar trescientos años de colonización hispánica era un tema complejo, sobre todo por el idioma y la religión, lo que pone de relieve que esa postura era más retórica que práctica. Aquí es donde surgen las tensiones entre la hispanofilia (el amor por la raíz española) y la hispanofobia (el rechazo a lo colonial).
Imaginemos la escena: en un México que buscaba modernizarse, intelectuales como Altamirano abogaban por un teatro que rescatara temas prehispánicos y heroicos, mientras la sociedad seguía deleitándose con la zarzuela española. Esta contradicción es el eje que Valentina Tovar escudriña, mostrándonos que la cultura nacional surgió de un debate constante entre lo que se quería ser y lo que se heredó. En la pintura, por ejemplo, se representaban temas indígenas con estética romana como en el cuadro “El senado de Tlaxcala” y el teatro lírico seguía modelos italianos o españoles aunque los temas fueran mexicanos.
III. El Centro-Norte como Protagonista: Durango y Zacatecas
Lo que hace a este libro indispensable es su descentralización. La autora nos traslada al centro-norte de México -específicamente a Durango y Zacatecas- para demostrarnos que el debate identitario no fue unívoco y tuvo particularidades en cada región.
En Durango, otrora capital de la Nueva Vizcaya, encontramos un bastión de defensa de la herencia hispana. Personajes como Antonio Gaxiola (periódicos: La Evolución, El Heraldo y El Demócrata) y Francisco Sosa y Ávila (director de La Reforma) defendieron la vigencia de la cultura española en la identidad mexicana. Para ellos, la zarzuela no era un elemento “invasor”, sino un puente cultural necesario. Estos pensadores veían a la zarzuela como un arte legítimo y positivo, digno de ser emulado y adaptado a la realidad local. De tal manera que la prensa de Durango celebraba la llegada de compañías españolas y las representaciones de teatro lírico.
Por lo tanto, esta expresión artística se utilizó como un medio para reforzar la identidad local y celebrar la herencia española. Es decir, se integró en los festejos cívicos y se consideró como parte de la civilización y la modernidad regional. Por ejemplo, durante el Centenario de la Independencia, la zarzuela fue central en las celebraciones y se compusieron piezas que exaltaron la labor de los frailes durante el poblamiento y colonización del país. Articulando su identidad en torno a la aceptación de la hispanidad.
Por el contrario, al cruzar a Zacatecas, el panorama cambia. Bajo el gobierno de Jesús Aréchiga, el estado se convirtió en un laboratorio de liberalismo ortodoxo y anticlericalismo. Intelectuales como Luis G. Ledesma (periódicos oficiales) y Francisco Guerrero (El Liberal) veían en la Iglesia y en la herencia española obstáculos para el progreso. En Zacatecas, el teatro se convirtió en un campo de batalla: se cuestionaba si la zarzuela debía permitirse en las fiestas patrias o si, por el contrario, debía promoverse un arte que mirara exclusivamente hacia el pasado indígena.
En ese sentido, la zarzuela fue más bien tolerada como entretenimiento, pero no se le otorgó el mismo valor identitario. Aunque durante las celebraciones cívicas la zarzuela era común, la prensa local insistía en la necesidad de crear un arte verdaderamente nacional al mismo tiempo que criticaba la influencia clerical española. De modo que la identidad se configuró en torno al liberalismo.
Esta comparación regional es fundamental: nos revela que México, en su construcción, fue (y es) un mosaico de identidades regionales que negociaban su lugar en la nación desde sus propias prensas locales y liceos literarios.
IV. El Centenario de 1910 y la Reconciliación
Hacia el final del libro, la investigación alcanza su clímax en 1910, el año del Centenario de la Independencia. Es un momento de rituales cívicos monumentales, promovidos desde la presidencia de Porfirio Díaz.
La autora analiza cómo, en medio de la “pompa porfiriana”, la zarzuela y la ópera histórica -como “Nicolás Bravo o la Clemencia Nacional”– sirvieron para construir mitos nacionales. Pero hay un giro interesante: en lugar de un rechazo total, vemos una reconciliación simbólica con España.
Las élites de la Ciudad de México y Durango utilizaron las artes escénicas para enviar mensajes de hermandad y perdón. Obras como “México en cinta” o “Viva la Independencia” se presentaron en teatros donde convivían la colonia española y la élite mexicana, demostrando que, para 1910, la nación mexicana se sentía lo suficientemente madura como para integrar su pasado hispano en un discurso de modernidad. El teatro, así, cerraba un ciclo de cien años de búsqueda identitaria.
V. Reflexión Final y Conclusión
Para concluir, la investigación de Valentina Tovar nos deja una lección vigente: la identidad nacional no es un producto terminado, sino un proceso de diálogo complejo. A través del análisis de la prensa, los programas musicales de figuras como Fernando Villalpando y los debates de historiadores como Elías Amador, el libro nos demuestra que la cultura es un espacio donde se negocia el poder.
Este libro no es solo para historiadores interesados en el arte o la música; es para cualquiera que desee entender cómo las regiones del norte de México reclamaron su derecho a definir qué significaba ser mexicano. Valentina Tovar nos hace volver a escuchar a aquellos intelectuales que, desde una butaca de teatro o una redacción de periódico en Durango o Zacatecas, ayudaron a imaginar el México que querían construir y lo pueden consultar en la salada de Literatura de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria (UANL).
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Semblanza
Luis Fidel Camacho Pérez. Es Licenciado en Historia y Estudios de Humanidades por la Facultad de Filosofía y Letras y Maestro en Ciencias Políticas por la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ha publicado artículos en revistas nacionales y extranjeras y capítulos de libros sobre historia de las religiones, las relaciones laborales y revolucionarias, y recientemente sobre la vida del general Mariano Escobedo. Actualmente estudia el doctorado en Historia en la Universidad Autónoma de Zacatecas y colabora como editor en Interfolia y El Ventanillo. Suplemento cultural de Interfolia de la Capilla Alfonsina de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

