El hombre que perdió su sombra
Aquel soleado mediodía en que, horrorizado, se dio cuenta de que había perdido su sombra. Menélaos Grilakis, aturdido por el inesperado acontecimiento y perplejo, cual marido traicionado, permaneció inmóvil durante varios minutos en la acera de la calle Tsimiskí, como si esperara a que su sombra regresase arrepentida. Diez minutos más tarde, decidió que la inmovilidad nunca es remedio (a no ser que quieras esconderte de una leona en la sabana, en ese caso también con reducidas posibilidades de salir exitoso) y se puso a buscarla en las calles aledañas y bajo los carros aparcados. Tres días con sus noches duró el martirio –martirio doble–: por un lado, la angustiosa búsqueda de su sombra fugitiva; por otro, la envidia por las livianas y fieles sombras de los otros bajo el ardiente sol del verano o las deslumbrantes luces de faroles y carros de la noche.
Al cuarto día, la sombra regresó como si nada –de nuevo a pleno mediodía, como cuando se marchó–, negándose a darle a Menélaos cualquier clase de explicación. Así que, por qué razón darla nosotros, querido público lector, a quien levemente engañamos con el título, puesto que, aunque la verdad duela, las rupturas alimentan siempre la literatura, raramente los reencuentros…
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Tres minutos
Entró en el baño con la toalla y el cepillo de dientes por estrenar que le había dado ella. Antes de abrirlo, leyó las instrucciones: Cepille 3 minutos. Coloque el cepillo en un ángulo de 45 grados. Haga movimientos suaves y circulares de encías a dientes. Limpie el interior y el exterior, así como la lengua. Por último, escupa.
Lo puso en la repisa a sus espaldas. No quería desprenderse aún de su sabor.
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Rojo, verde, rojo
Cuando cada tarde me saca de paseo Rodri por las calles de Salónica (literalmente, pues se niega a consentir cualquier cambio de ruta), nos cruzamos (si se puede decir así), en la esquina de las calles Egnatía y Venizelou, en el balcón de la primera planta de un bloque de pisos, con un señor de avanzada edad que, en pijama, va sin parar de aquí para allá en el citado y amplio balcón, hablando solo: «Rojo, verde, rojo…», sin cesar.
Con el tiempo, comprendí que se refiere a luces de un semáforo que ya han perdido, sin embargo, todo su sentido (si es que alguna vez lo tuvieron), al menos la roja, porque nada interrumpe la marcha de este extraño caminante que sigue imparable su camino sin llegar nunca a ninguna parte.
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La mesa de la cocina
Nació en una época en la que la mesa de la cocina era, mañana-mediodía-noche, el centro (o tal vez el epicentro) de la casa. Ninguno de los ocho miembros de la familia faltaba nunca por ningún motivo (exceptuando enfermedad o viaje) a la sagrada cita. La mesa tenía jerarquía, bromas, silencios, broncas, anuncios, ruido, a veces invitados e invitadas. Al acabarse la comida, venía siempre la obligación: de la escuela, en la mañana; de callar, a mediodía; de inmediato reposo, en la noche.
A medida que crecía, más le molestaba el papel predominante de la mesa de la cocina: su obligatoriedad, las conversaciones, la pirámide de poder, incluso la comida misma. De adolescente, comenzó a comer presente-ausente, leyendo el periódico o alguna revista (algo que sacaba de quicio a su padre), sin tomar parte en pláticas, reprendiendo las prestaciones culinarias de su madre…
En cierto momento todo eso acabó. Se marchó de casa. Conscientemente, adonde quiera que fuese, nunca se hizo con una mesa de cocina: comía en el sofá, en la oficina, fuera… Las pocas veces que invitó a comer a la gente, lo hizo en el salón (tomándose una pequeña venganza de lo inaccesible de los salones de la infancia).
En algún cajón todavía guarda, como en una hibernación eterna, el mantel bordado que le dejó de ajuar su madre.
Traducción del griego de Eduardo Lucena
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Semblanzas
Konstantinos Paleologos es catedrático de Traductología Aplicada y Literatura Española en la Universidad Aristóteles de Salónica, escritor de minificción y ensayo literario y traductor de literatura escrita en español al griego (Federico García Lorca, Juan Emar, Miguel Delibes, Mario Vargas Llosa, Juan Villoro, Emiliano Monge, Marta Sanz, entre otr@s).
Eduardo Lucena (Córdoba, España), ha realizado estudios en Filología Hispánica. Desde 2008 reside en Atenas. Es actor, director del grupo de teatro de estudiantes de español «Teatropía» y traductor de textos literarios.

