Por Víctor Barrera Enderle
Nunca fui adepto a la decoración (algo que todavía lamento); sin embargo, la disposición de los muebles en el hogar durante mi infancia significó el primer mapa que tracé de la realidad. Todavía lo puedo evocar sin problema. Ahí estaba, por ejemplo, en una de las paredes del comedor, muy cerca de la cocina, la alacena; y, justo al lado, en eterna mancuerna con ésta, se hallaba el trinchador: repositorio de cubiertos de toda índole. Los sillones y sofás marcaban las coordenadas de la sala; el televisor, verdadero armatoste de la era cuaternaria, ejercía su dominio desde un rincón; a mí, sin embargo, me llamaba más la atención la consola por su multifuncionalidad: tenía compartimentos secretos, diversos niveles, licorera, bocinas, radio y tocadiscos. ¡Vaya artefacto tan interesante! Ejercicio moderno de ergonomía. Un poco después, llegaron los videojuegos y la consola dejó, poco a poco, de ser ese mueble estrafalario para reducirse a una caja de plástico llena de tecnología.
Lo confieso, los videojuegos nunca me engancharon. Llegué a jugar Space Invaders y Combat en el Atari que compartía con mis hermanos (y que ellos se disputaban salvajemente). Pero hasta ahí; ni siquiera me atrapó el Pacman. Esto no quiere decir que tenga algo en contra del ocio y el divertimento invertido en el llamado tiempo libre, al contrario: he tratado de vivir mi vida en esa temporalidad heterogénea, tejiendo una larguísima bufanda con los recreos de la escuela, los sábados y domingos, las vacaciones, los días feriados, las pausas entre las clases, los recesos entre las juntas, etcétera.
En éstas y en otras cosas pensaba mientras leía el ensayo La maravillosa utilidad de lo inútil. Disertaciones sobre los videojuegos, de Luis de Loera, publicado recientemente por la Editorial An.alfa.beta. Reconozco, como adelanté arriba, mi absoluta incompetencia en materia de videojuegos; sin embargo, conozco un poco acerca de los ensayos, y sé cuándo estamos ante uno bien logrado. Este es el caso.
Una de las trayectorias más productivas del ensayo va de lo particular a lo general, de lo terrenal a lo universal. Parte de algún hecho concreto, pero termina hablando de algo más. Ortega y Gasset, en sus Meditaciones del Quijote de 1914, definió a este género literario como “la ciencia, menos la prueba explícita”. A mí me gusta pensar que el ensayo es la prueba de algo que no podemos explicar salvo por medio de la experiencia. Luis de Loera escribe desde su experiencia y su relación personal con los videojuegos para terminar hablando de la contradictoria condición humana. Y si Aristóteles rebatía la tesis negativa de Platón acerca de la literatura (acusándola de ser simple mímesis), al afirmar que la imitación es fundamental en la formación de las personas, lo propio hace el ensayista: “Dado que los juegos no son exentos de las leyes que gobiernan la realidad, jugar es un campo de experimentación de la vida misma, cuyas conclusiones son la apertura a un ejercicio de reflexión ontológico y hermenéutico de nuestro propio mundo”.
La maravillosa utilidad de lo inútil está dividido en cinco capítulos más la introducción y el epílogo; cuenta además con un prólogo de Hiram Ruvalcaba que sirve de puerta de entrada y ayuda a derribar mitos y lugares comunes, remarcando, de paso, la cercanía entre la literatura y los videojuegos. En rigor, estamos ante un libro orgánico que sigue y alimenta su propia argumentación. Una de sus principales detonaciones es la lectura a contrapelo del lugar común que asocia a los videojuegos con la pérdida del tiempo, o, peor aún, que los denuncia como vía para el embrutecimiento o para la generación de violencia. ¿Cómo rebatir esas acusaciones? El alegato del ensayista no nace de impulso o capricho alguno, sino de la reflexión, la pausada reflexión ensayística; así, evita la apología y se concentra en la disertación sobre la relación de los seres humanos con el tiempo, con la ética y con diversas formas de autoconocimiento.
El ensayista entiende el ocio como una oportunidad para el diálogo, para la reflexión y, finalmente, para conocernos a nosotros mismos. En ese proceso, el juego ha sido parte esencial del desarrollo humano desde tiempos inmemoriales; de ahí las referencias a pensadores como Huizinga, Gadamer, Cioran y Wittgenstein. Para el caso concreto de los videojuegos, Luis de Loera reconoce sin ambages la condición dual que los envuelve: la actividad lúdica y la lucrativa. Hay algo más, por supuesto, la función que cumple la ficción en nuestra formación como personas. “Dentro de la ficción de un videojuego, radica un potencial vínculo humano: se sigue un hilo narrativo, el jugador toma decisiones que tienen consecuencias”. Al jugar caminamos por la delgada línea que separa la astucia de la trampa, la sabiduría del engaño.
No podría alargarme, como quisiera, en las reflexiones e ideas que le han proporcionado a Luis de Loera diversos videojuegos a lo largo de su vida. Ya he expuesto las razones. Me quedo, sin embargo, con la imagen de esa antigua consola familiar e imagino al ensayo como una de ellas: peculiar mueble literario, lleno de recovecos, funciones anacrónicas, y posibilidades de seguir imaginando la maltrecha condición humana.

