El árbol
La raíz de mis dolores, tu nombre
lleva espinas y se esparce
como cuerpo que yace en el fango.
Y habituado a él no hay reparos
en vivir manchado de nuestras sangres.
La aflicción corrompe todo lo que toca
y para que termine con la mano criminal
se debe talar desde las venas.
¿Cómo arrancar la fuente
si es la semilla y también el arma?
El vientre que da a luz es mi tumba,
es una mano que adula y castiga,
que planta mi tallo y lo corta
árbol etéreo que reprocha a sus ramas
convertirse en rizomas.
Bajo tierra yazco y sólo aquí crezco.
Morí sin morir,
hice el sacrificio,
pero un árbol sin plantar está muerto
y vaga sin dirección por el mundo
tratando de encontrar un jardinero
que lo abrace, lo procure y lo cuide.
Pero el amor lo desconoce y rechaza,
otra vez busca al árbol marchito.
Aurora funesta
Desgarra el viento del amanecer
mi alma en pedazos revela restos
de algún cuento inconcluso
que he sabido reconocer.
El cuerpo estacionado en la bruma, extraña al sueño,
florece lo funesto,
y se ha olvidado de la dicha de volver a nacer.
Despertar es una llaga mortal,
que sabe hundirme en este valle oscuro,
que me ciega y me sofoca:
Es párpado que respira sangre.
Acaricio mis velas,
quemo mis heridas
y soy ornamento de tinte impuro.
Sobre el tiempo y la memoria
Al volver el rostro opaco del día
se avista la traición de la memoria
que te indaga incluso en la lejanía
y olvida la lograda trayectoria.
Monólogo de los vivos muertos
El dialogo con tu ausencia
es ya una gastada letanía.
Por eso te tiento en la oscuridad. En aflicción
contemplo en mi cuerpo tus fisuras
y sobre mí pasan las horas.
El sueño se esconde de mí,
permanezco en la vigilia
y dirijo mis plegarias al vacío.
Mis penas lloran cansadas por una tregua.
No hay consuelo, ya nada me auxilia.
Te vas de mí y ya me reconcilio
con esa espalda inoportuna tuya.
Tu boca, autora de mi ejecución;
mi cuerpo, la ofrenda sagrada;
tus ojos, los clavos del féretro.
Y yo
Yo yazco en tu destierro, en un exilio
donde no existen las puertas de salida.
Noche eterna en tierra extranjera
Esta ciudad es tuya y yo pernocto.
Si saliera, todos mirarían. Esta cara
ya no sabe disimular los añicos y se delata
extraviada en tierra ajena.
Permanezco, como rama en un río quieto,
en esta gruta tibia. En vano busco al sueño.
En silencio habito esta musgosa cueva
para que nadie mire ni pregunte
la razón del desvarío en lengua extranjera.
Sólo el mar y el alba me circundan
hasta el cuello. En estos profundos pozos
las almas lúgubres llaman mi nombre,
con sed, ansias y avaricia me buscan.
Sobre la esperanza
Se disipa la esperanza al salir
el astro centelleante que me indica
la ausencia del tiempo y se multiplica
cada vez que no he de sobresalir.
En tus demandas que no he de lograr
advierto tus faroles que me acechan;
entre las sombras que a mi cuerpo estrechan
gritan murmullos que debo esperar.
Al terminar el sueño de la tierra
la luz sonrisas me ha de propiciar,
de tu palabra me podré exiliar:
laureada volveré de aquella guerra
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Semblanza
Brenda del Carmen Ramos Bautista (Veracruz, 2004). Estudia Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma de Nuevo León, actualmente cursa el quinto semestre. Está interesada en mejorar sus habilidades como poeta.

