Poemas de Victoria Marín Fallas

Créditos de la fotografía: Vincent Rodríguez.

I

Claridad siempre al dorso de un poema,

cuya visión recoge y aguarda

el peso de mí misma.

 

Defender la distancia

que media entre jardines,

tomar parte silenciosamente

sin pretender llegar al otro

en nosotros

                    disgregado.

 

II

Nunca fue tan perfecta ni tan dulce

como cuando ejecutó con extraña fuerza la caricia

palpitando en mis ojos abiertos

que, de tan verdes,

se volvieron la negra

y lejana luz

de algún sueño.

 

Ella prometió:

«Todo estará bien».

Pero yo sabía

que no era cierto.

 

Ese día cambié la piel y la carne

por la huella de su ausencia

entre las cosas.

 

Desde entonces,

me siento a esperar

donde los demás corren,

en ese hogar que ya no habito,

entre los juncos y la hierba alta.

 

Bebo de mí misma

en un aleteo cada vez más lento,

como quien reconoce la proximidad de la horca,

mientras erige una nueva estela.

 

Temo el soplo del alba,

la superficie de los lirios,

el eco de sus pasos sobre la hierba,

mi torpeza de pájaro herido,

los hombres que me han amado,

las mujeres revenando en mis sueños,

su reflejo redondo al revés de mi pecho,

cada amanecer inextinguible,

las sombras,

los atardeceres que conmigo andan,

su salto vacío

y el reflejo de mi rostro

en el anillo ocular de la noche.

 

III

Para descifrar el dolor

hay que beber la sangre

de quienes se rehúsan a morir.

Su vértigo está en los pantanos,

en las esquinas que nadie hurga,

sepultado bajo la esperanza y el luto del pobre

—quizás también del hombre recto—.

 

Con sus manos debes abrirte la cabeza y mirar,

prestar  oídos —los suyos—

al canto de la mujer desangrada por el tedio

que yace en el fondo del estanque.

Ella sabrá dar con el ser más triste

para que puedas amarlo ferozmente,

agotando los deseos y la ira

hasta quedar en los huesos.

 

Entonces, será necesario

 canjear tu vista por la suya

y darle una puñalada limpia,

respirar revestida de él o de ella

y engendrar sola un vacío blanco,

absoluto e  invencible,

que se tragará

el sol y la plata de tus días.

 

IV

(Anima hominis)

De alguna manera

siempre somos lo que amamos

o hemos odiado 777 veces.

 

 

 

Créditos de la ilustración: Noelia Equivel Arias.

VI

Agua por dentro

y por fuera.

 

El aguacero

la mirada triste

la vejez

y la soledad.

 

La soledad crea lugares extraños

el rigor en las manos del padre

la transparencia de la madre.

 

Su cuerpo los piensa

reza

mecánicamente.

 

Tiene la cabeza

en todo

menos en los santos

 y en el cielo.

 

Gardenias

una tarde lluviosa

el vestido lila

que cuelga

a un lado de la puerta.

 

Quisiera usar ese color

el color de las que fueron lilas

el color de sí misma

hace tanto.

 

Su imagen

también es un lugar

que se agita con el viento.

 

Tiene afán de atosigar

los rostros

y la sangre

de los muertos.

 

El viento anuncia

la llegada de los padres.

 

VII

Morir no lo es, levantarse

es la palabra.

Ingeborg Bachmann

Alguna vez pinté fisuras sobre mi puerta

espacios para imaginar y no sentir.

 

Dentro las niñas nombraron la pregunta mujer,

cielo y espuma.

 

Sigo embelesada.

Receptiva.

 

Una casa vacía no puede evitar el hacha,

la antorcha o la tizna.

Encontré sus partes dentro de mí.

 

La luz se convirtió en hematoma,

rumbo a la memoria, los amigos.

 

Era tan bueno estar allí,

incluso cuando la floración era imposible.

Pero cada cierto tiempo hay que romper la rueda,

enfrentar la muerte y su ojo dorado.

 

Solo la crucifixión lo hace posible. 

De nada sirve envidiar los nidos de las aves pequeñas.

 

Habrás de consumirte,

te volverás más fuerte,

más fiera.

 

Inclina tu cabeza en el altar del Sol

y tu propia desnudez.

Luego contarás cómo se alzó.

 

VIII

(Muchacha tebana)

Reclino mi cabeza junto a la adormidera

y pienso en ella.

Pienso en ella

y calla el temblor de la imagen.

 

Todo, incluso el silencio,

reanima la conciencia

que hace ver los caballos del infierno

muchísimo más blancos,

más tristes

y pequeños.

 

Ahí donde la encrucijada se abre,

el polvo acaricia sus cabezas,

humano corazón.

 

Madre

Padre

Hermano

eran su único deseo.

 

Los mira a los ojos con dulzura,

pero ve más de lo que debe,

hace y dice el doble.

 

No nací para odiar,

sino para amar.[1]

 

A causa de su fuerza,

“el lado flaco de una mujer”,

fue censurada y maltratada,

molida en el lecho de la menta,

y el álamo blanco.

 

Intra muros a veces la siento,

ímpetu gemelo más allá de los márgenes,

sacerdotisa,  niña furiosa,

la misma opresión en el pecho.

 

Hay algo en ella que también me habita

empuñando días como este,

cuando llueve y las moscas son turba,

cuando nada puede consolarme

y tampoco lo quiero.

 

IX

Ando para habitar la falta,

teñir mis pies con lavanda y artemisa,

por un golpe de amor en el omóplato

y la ternura enroscada en una vieja falda.

 

Allí, donde la herida se abre

debieron crecer violetas, alas

para sortear corrientes de aire caribe

y trenzar astros erizando el mar.

 

Dicen que su soplo feraz desgarra la muerte

y echa por tierra la herencia bruta,

el callado asido a la memoria,

esbozos titilando en los bolsillos

donde antes hubo mariposas.

 

Ando para dejar caer mi voz en el aljibe

y encontrarla entre marismas

frente al silencio de Dios

que hiende mi pecho y planta esta manía errante.

 

Llevo dentro el hogar del fuego, la noche,

 mi elogio a la sombra.

*

*

*

                                      A Marina

Cuántas veces desperté

en su modesta casa,

acurrucada en la ceguera

victoriosa de la infancia.

En medio de la luz que infunde

hacia su propio tallo,

esa que ha de abrirse en el abismo

y me abraza para que, incluso ahora,

pueda sentir su cuerpo idéntico a la vida,

el privilegio de crecer recostada en su regazo.

 

“Santica” me decía cuando era buena,

“chiquilla” si abrazaba las muñecas

y sus voces al declinar el día.

 

Sus palabras son invocación silenciosa

de la cual emerjo siempre

mucho más diáfana.

 

Vuelve mi pensamiento a aquellos lugares,

al sueño y al soñar

donde ella escucha

y yo soy la que canta.

 

Ella esconde la palabra.

Su latir es el tiempo, chispa verde,

música perfecta de la naturaleza

y sus ciclos.

 

Ella, un astro luminoso y lejano.

Reaparece en la dicha o en el llanto

como lámpara que se prende

en todo lo que amo.

*

*

*

Semblanza

Victoria Marín Fallas (San José, Costa Rica, 1991) es filóloga, poeta, narradora y ensayista. Actualmente dirige el medio costarricense Revista Virtual Quimera y la editorial Ave Nocturna. Ha publicado en antologías y revistas nacionales e internacionales. Es autora de La Edad de Hierro (Medusa Editores, 2022).


[1] Sófocles, Antígona.