“La combativa naturaleza de la autonomía”

Fotografía tomada de Vida Universitaria de la UANL.

Por Américo Salazar Matrón

Introducción

Hoy es común escuchar, casi como un portento —o como un apellido incómodo—, la palabra autonomía acompañando a las instituciones, como si se tratara de una cualidad dada por sentada dentro del sistema democrático sobre el que decimos erigirnos como sociedad mexicana contemporánea. En ese uso reiterado, la autonomía parece haberse vuelto un adjetivo decorativo: una fórmula que se invoca sin mayor reflexión sobre su contenido, su alcance o su fragilidad. No obstante, en la misma medida en que su presencia se ha normalizado en el discurso público, también se ha intensificado la inquisición en torno a su valía, su naturaleza y, sobre todo, su utilidad real.

Conviene, entonces, como ejercicio necesario en estas páginas, pensar, recordar y reconcebir la autonomía, que es, para bien de algunos y para desgracia de otros, una tesis todavía central de la vida pública del país. Debe recordarse que, por fatalista que parezca la afirmación, el poder tiende de manera constante a seguir una corriente hacia su concentración. Así como un río desciende inevitablemente hacia su cauce, el poder se derrama, escalón por escalón, hasta aproximarse a su acumulación total.

Por ello, la autonomía no puede entenderse como un estado natural de la sociedad ni como una condición política espontánea, sino como un dique de contención: una construcción deliberada que busca desviar el cauce del poder y frenar el hundimiento institucional. Desde esta perspectiva, la autonomía es una tensión permanente, conflicto administrado y límite incómodo.

Dilucidada su naturaleza contradictoria, resulta indispensable abordarla desde tres frentes distintos, pero íntimamente vinculados entre sí: la autonomía personal; la autonomía en una sociedad democrática; y la autonomía como eje rector del pensamiento en las instituciones de educación pública. Para comenzar, es necesario volver la mirada hacia su dimensión más íntima y, quizá, más exigente: la autonomía personal.

I. Autonomía personal

La autonomía personal no constituye el estado natural del individuo ni una consecuencia automática del paso del tiempo. No se alcanza por simple convalidación de la adultez ni por la acumulación de experiencias vitales. Antes bien, debe entenderse como una conquista de la existencia. Se lucha, se disputa y, en no pocas ocasiones, se arrebata. Es el fruto de una batalla que no siempre es libertaria en el sentido romántico del término, pero sí lo suficientemente consciente para asumirse como responsabilidad.

En ese tránsito, cuando el individuo comienza a romper la tela de la dependencia contextual que lo sostiene, se enfrenta a un proceso doloroso y crudo: el de reconocerse, aceptarse y, quizá lo más difícil, soportarse a sí mismo. La autonomía verdadera no es una transición cómoda entre etapas de la vida ni un ejercicio superficial de elección cotidiana. Hay quienes viven, envejecen y mueren sin haberla alcanzado nunca; y hay quienes, en cambio, se fuerzan a ejercerla, disputarla y honrarla desde muy temprano.

Quien lucha por su autonomía no solo se enfrenta a un ejercicio de introspección, sino a una autodestrucción parcial de lo que creía ser. Toda autonomía auténtica exige la ruptura de certezas, la renuncia a identidades heredadas y el abandono de dependencias que, aunque seguras, resultan asfixiantes.

Ahora bien, esta búsqueda no debe confundirse con la autoexploración adolescente que se limita a decidir gustos, preferencias o hábitos. Todo lo contrario. El autodescubrimiento doloroso que reclama la autonomía exige una valentía de otro orden. Implica la disposición de contrastarse frente a la oscuridad total: ese momento en el que el individuo se permite fracturar los sistemas normativos y axiológicos heredados.

Ahí reside la verdadera autonomía personal. No en la libertad absoluta —siempre inalcanzable—, sino en la capacidad de desprenderse, de manera consciente, de las influencias impuestas durante la primera etapa de la vida, para construir por cuenta propia una nueva virtud axiológica y cosmovisión, tanto hacia el exterior como hacia el interior del ser.

Por ello, la autonomía personal no debe caer en el relato romántico de la “búsqueda de uno mismo”, pues hacerlo implicaría una irresponsabilidad ontológica. La autonomía no es una narrativa de autoafirmación complaciente ni un ejercicio estético de identidad. Es, ante todo, una experiencia de fractura. Y como toda fractura natural, como la de un hueso, , inflama, duele y molesta.

La autonomía es combativa por naturaleza. Y en el ámbito personal, lejos de atenuarse, se manifiesta con toda su crudeza.

II. Autonomía en la vida democrática

Es en este segundo frente donde se manifiesta con mayor claridad la dimensión pública de la autonomía. Como se señaló al inicio, el poder tiende a correr río abajo, hacia su concentración, acumulación y ejercicio absoluto. Frente a esta inclinación natural de lo autocrático, la sociedad ha recurrido a la figura de la autonomía como una ficción jurídica y social deliberadamente construida.

Se trata de una herramienta incómoda pero necesaria para contrarrestar el influjo de la tiranía. La autonomía no nace como un accesorio de la institucionalidad; es, más bien, ese auditor incómodo, la inquisición permanente de la resistencia, por contradictorio que ello resulte.

En tiempos recientes, esta tensión se ha vuelto cotidiana y pública. Se libra una escaramuza constante entre quienes defienden la autonomía democrática y quienes, envilecidos por la narrativa autocrática, consideran que los frenos y contrapesos al poder no son contención, sino estorbo.

Es aquí donde, una vez más, la autonomía se enfrenta a la oscuridad. ¿Es la autonomía democrática, en una sociedad ideal, la virtud garante de la cohesión política? ¿O resulta, por el contrario, una abominación burocrática que entorpece la legitimación del poder?

Lo cierto es que la autonomía, como virtud pública, no es en sí misma un redentor impoluto del Estado de derecho, pero tampoco es una maleza institucional. Es una figura claroscura, incómoda e imperfecta, pero indispensable para la contención fáctica del poder corruptor.

III. Autonomía universitaria

Finalmente, cuando se aborda la autonomía en su vertiente universitaria, esta se presenta, en primer término, como un derecho: una garantía concebida para resguardar el pensamiento como bien primigenio de la condición humana.

Mientras la autonomía personal persigue la construcción de una nueva concepción del ser, y la autonomía institucional busca frenar la deriva autocrática del poder, la autonomía universitaria combina ambas nociones para erigirse como la capacidad de pensar, crear y proponer desde la libertad, en ausencia de presiones externas que vicien o condicionen el desarrollo del conocimiento.

Si bien su impacto material es limitado al ámbito que ocupa la institución que la ejerce, su trascendencia es profunda y duradera. Los grandes avances científicos, tecnológicos y sociales de la humanidad pueden rastrearse, en no pocas ocasiones, a espacios universitarios que gozaron de libertad intelectual efectiva.

Aunado a ello, la existencia misma de las universidades públicas en México no es producto de la casualidad ni de un cúmulo de buenas voluntades, sino de gestas intelectuales de gran calado. Figuras como José Vasconcelos para la Universidad Nacional Autónoma de México, o Alfonso Reyes —quien desde Brasil emitió un voto decisivo para la creación de la hoy Universidad Autónoma de Nuevo León—, comprendieron que la libertad de pensamiento no debía concebirse como una garantía opcional, sino como una virtud transformadora de la existencia.

Aunque ninguno de ellos formuló la autonomía universitaria en los términos jurídicos actuales, sí compartieron la convicción de que el pensamiento libre constituye una fuerza capaz de reconfigurar sociedades enteras.

Por ello, la autonomía universitaria no es solo una condición administrativa que habilita la autogestión. Es, en última instancia, la oportunidad de toda una ciudadanía para repensar su propia existencia. Y por esa sola nobleza, merece ser defendida.

Conclusión

La autonomía —en cualesquiera de sus vertientes— no representa un estado natural de las cosas. Es, por el contrario, una decisión que implica tensión, ruptura y desgaste; una apuesta por incomodar el orden establecido para, a través de esa incomodidad, reconstituir la existencia que hoy conocemos, y es ahí donde demuestra su verdadera y combativa naturaleza.

La vía fácil de la autonomía es perderla. Mantenerla viva, como garantía social, reivindicación personal y libertad intelectual, exige un esfuerzo constante: una aberración perpetua del poder que, fiel a su naturaleza, siempre busca fluir cuesta abajo.

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Semblanza

Américo Salazar Matrón (Nuevo León, 2004) académico, columnista y ensayista. Es Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), con formación continua en temas jurídicos, políticos y ambientales. Es autor de investigaciones como “El fenómeno de las personas desaparecidas en el Estado de Nuevo León” (Universidad La Salle, 2023), “El cambio climático como amenaza para los derechos humanos” (UNAM, 2024), “La educación como instrumento para la procuración del desarrollo sustentable y los derechos humanos” (Tirant Lo Blanch, 2025) y “Políticas públicas y derechos humanos: La respuesta del VIH/SIDA en México” (Revista Lechuzas, 2026). Como ponente, ha expuesto en el primer Foro Latinoamericano sobre Cambio Climático de la UNAM (2023) y en el primer Coloquio Latinoamericano de la Maestría de Estudios Regionales en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (2026). Entre sus reconocimientos y becas, fue finalista de la I Beca Global RISE de la Universidad de Oxford (2023) y obtuvo una Mención Honorífica en el certamen universitario Curva Abierta: Leyendo a Alfonso Reyes (2025) por su ensayo “Los tres nacimientos de Ifigenia cruel”.