“Los bárbaros, el rey, la Iglesia. Los nómadas del noreste novohispano frente al Estado español” de Carlos Manuel Valdés

Del archivo personal del autor.

Por Luis Fidel Camacho Pérez

Acerca del autor

Carlos Manuel Valdés Dávila es un historiador norestense con un profundo compromiso social. Nació en Saltillo, Coahuila, México, en 1944 y ha contribuido notablemente a la historiografía del noreste de México, especialmente a los estudios del periodo novohispano, mediante la investigación, la docencia, la divulgación y clasificación de archivos históricos. En el año 2025, la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC) otorgó a Valdés Dávila la distinción como Profesor Emérito, tras 25 años como docente en la institución. Fue también fundador de la Facultad de Ciencias Sociales y de la Licenciatura en Historia de la misma universidad. Se doctoró en historia en la Université de Perpignan en Francia.

Antes de dedicarse al estudio del pasado, colaboró con instituciones gubernamentales que le permitieron tener un primer contacto con los indígenas. El Banco de Crédito Rural del Noroeste lo contrató para convencer a los seris de Sonora de aceptar un préstamo agrícola, en aras de modernizar su sistema de subsistencia. Como esto no encajaba en la cosmovisión de los seris, rechazaron la propuesta. Dicho contacto con los pueblos originarios motivó a Valdés Dávila a posicionarse a favor de ellos, y por medio de un estudio sobre tal grupo, trató de convencer a la institución de no realizar el proyecto. El Crédito Rural hizo caso omiso e hizo efectivo el préstamo; no obstante, no se cosechó ni un kilogramo de trigo. Posteriormente, enseñó a leer y a escribir en algunas comunidades indígenas de San Cristóbal de las Casas, en Chiapas, y ayudó a crear algunas cooperativas. Más tarde, fundó y dirigió el Centro de Documentación Regional de la UAdeC (1986-1988) y un año después fue invitado a dirigir el Archivo Municipal de Saltillo, en Coahuila (1989-1994). Desde entonces comenzó a interesarse en el estudio del pasado novohispano, especializándose en las sociedades históricamente marginadas como los esclavos africanos y los indígenas nómadas.

Sobre cómo se construyó la obra

Los bárbaros, el rey, la Iglesia se compone de tres capítulos: 1. Los aborígenes; 2. Los indios frente a la Corona y 3. Los indios y la Iglesia, además de una introducción y una conclusión. El problema histórico que plantea el autor, recae en una de las grandes preguntas de la obra: ¿es posible hacer una historia de quienes no dejaron testimonios escritos sobre sí? Valdés busca revelar quiénes eran -mediante los testimonios escritos y vestigios arqueológicos- y reconstruir la época, sus instituciones y acontecimientos. Existen registros y crónicas realizadas por religiosos, militares y civiles sobre quiénes eran estos grupos de nómadas y seminómadas. Por ello, el autor advierte que deben cuestionarse las fuentes: lo mencionado por los hispanos en sus registros y crónicas, al margen de la arqueología. “No hay duda de que escribían sobre el otro”,[1] pero también se pregunta si esto puede utilizarse para crear un perfil etnográfico. Concluye que el pasado del objeto de estudio debe deconstruirse: esto consiste en descomponer una “historia” en piezas, para someterla críticamente a miradas heterogéneas. “Lo que dice, lo que esconde, quién opina, a quién se dirige, a quién beneficia o perjudica, para qué sirve, por qué se conservó, quién habla a través de él, cuáles son sus ausencias, qué simbolismos aparecen, por qué fue olvidado, quiénes lo recuerdan”.[2]

De tal forma, para lograr hacer una historia de los dominados se tiene que escribir la de sus dominadores. En su marco referencial podemos ver la influencia francesa de Michel de Certeau y Roger Chartier;[3] pero también la norteamericana con James C. Scott y su aproximación teórica para entender el pasado indígena, partiendo de lo que denominó “el discurso oculto”.[4] Esto lo complementa con los discursos públicos encontrados en la arqueología. Por medio de este enfoque analizará las fuentes tanto de archivo, como crónicas, y libros de la época. También subraya la importancia de recuperar el sentido de utilización de los documentos en el momento de su escritura y de las condiciones en que se produjeron. En ocasiones proporcionan poca información, sea falseada en función de intereses particulares y pueden resultar contradictorios. ¿Quién generó el documento? ¿a quién iba dirigido? Por ello, también se acerca a la propuesta hermenéutica gadameriana. En suma, la investigación busca deconstruir lo escrito sobre los indígenas para rescatar lo que pudieron haber sido, poniéndolos como sujetos protagonistas de la historia -antes y durante la dominación española-, sin idealizar a las etnias, ni avalar la mirada prejuiciosa de la civilización hispana.

  1. Los aborígenes

En este primer capítulo, se encarga de dejar en claro quiénes eran estas etnias que habitaron el noreste de México. Empleando la arqueología y lo dicho por escribanos y cronistas sobre cómo se conformaron socialmente las naciones y rancherías[5], su lengua, territorialidad, religión, poder, muerte. De tal modo que hace una distinción de las diversas sociedades nativas en el vasto territorio del noreste. En cuanto a su religión, no se tiene mayor información más que la referida por los hispanos, siempre descrita desde “el desprecio”, afirma Valdés. Los sistemas de creencias de las etnias variaban de un territorio a otro. Mientras que algunos daban importancia a las cabezas de los ciervos,[6] como fue el caso de los indios laguneros, otros realizaban minuciosas observaciones del cosmos, comprobables en los vestigios rupestres y petroglifos, como es en el caso del sitio arqueológico de Boca de Potrerillos en el municipio de Mina, Nuevo León.

Además, entre los nómadas existió una veneración a las estrellas del crepúsculo y del amanecer. Para el caso de Texas y Tamaulipas -que fueron tardíamente colonizadas-, los españoles y sobre todo los evangelizadores, se encontraron con aborígenes que se oponían al cristianismo, presentando sus propias creencias, por ejemplo: “por donde sale el sol es el camino que ellos tenían para ir al cielo, cielo que habían construido sus antepasados”. En cuanto a la alimentación se sabe que las sociedades nómadas vivían de la caza y de la recolección. Los aborígenes del septentrión lograron extraer de las plantas y animales la cantidad suficiente de nutrientes para seguir con vida y reproducirse biológica e ideológicamente. Por ejemplo, las tunas aportan carbohidratos gracias a las semillas que al ser consumidas y al ser defecadas por los humanos se vuelven fértiles. Esto explica la existencia del Gran Tunal, que tuvo 800 kilómetros de largo por 200 de ancho. Este mismo fruto era secado al sol, para después molerlo y dar forma a una especie de harina con la que se hacía un tipo de torta o pan, que era almacenada y trasladada sin dificultad.

Otro aspecto importante de la forma de vida de las etnias fue el mitote, entendido como un mecanismo ceremonial para sellar alianzas, intercambiar jóvenes de ambos sexos y compartir áreas de recursos de subsistencia. Se precisa que podía ser una ceremonia para buscar cónyuge, un encuentro entre rancherías o naciones que compartían cosas en común: una lengua,[7] un territorio ancestral y deidades. Había lugar para practicar curaciones y donde los ancianos pronunciaban discursos. También se consumían plantas alucinógenas como el peyote, que producían estados alterados de conciencia, inclusive en esta celebración se preparaban para la guerra o la paz. Alonso de León describió cómo los nativos bailaban en círculos alrededor del fuego “tan juntos que la barriga del uno va topando en las nalgas del otro; sin discrepar un punto el uno del otro, cuatro o seis horas sin cesar”.[8] En cuanto a su apreciación de la muerte existen pocas fuentes que permitan construir un relato verosímil; no obstante, los hallazgos arqueológicos en cementerios dan cuenta de que imaginaban una vida posterior, pues los cadáveres eran adornados y se incluían sus armas, comida y un tipo de calzado ritual. Por los registros de los jesuitas, se sabe que en la tribu de los pachos no aceptaban ver morir a sus enfermos, quienes se apartaban del grupo para morir solos y evitar que su espíritu estuviera vagando, asimismo creían que, si veían morir al otro, su fantasma los atormentaría. Finalmente, concluye que es posible mostrar que los nómadas tenían una vida comunitaria, un ideal estético, creencias, costumbres, placeres, fatigas, dolores, normas y valores que les otorgaban una visión racional del mundo antes y durante el contacto con los hispanos.

  1. Los indios frente a la Corona

Este capítulo sigue el enfoque del anterior y consiste en reconocer la presencia del Imperio español a partir de la “existencia, signos, éxitos y fracasos de los propios indios”. ¿Cómo descubrieron los indios el Estado español? ¿cómo se vieron envueltos en sus mecanismos de dominación? ¿fue consciente o no? Valdés considera que la monarquía hispánica fracasó en su intento de evangelizar y asimilar culturalmente a los pueblos nómadas. “España no los conquistó ni económica ni ideológicamente, aunque sí los aniquiló, puesto que finalmente desaparecieron del mundo como sociedades y como culturas”.[9] La monarquía hispánica estaba consciente y al tanto de que los pueblos nómadas se resistieron a ser reducidos. Incontables veces desobedecieron y se rebelaron. Por lo que no había otra forma de dominarlos más que haciéndoles la guerra. En este sentido, la investigación busca descubrir la percepción hacia la presencia e instalación de la Corona española, desde el desconcierto de las etnias ante el esclavismo, la encomienda, la apropiación de las fuentes de agua, la irrupción en sus terrenos de caza, las enfermedades y la condena de su sistema de creencias y prácticas rituales.

Al mismo tiempo, pone énfasis al proceso esclavista, destacando las peculiaridades presentadas en el Nuevo Reino de León. A decir del autor, esta región poseía una cualidad estratégica: estaba alejada de la capital del virreinato, de la Audiencia, y la diócesis, lo que facilitó la captura de naciones para ser llevados en collera al puerto de Pánuco y de ahí a Las Antillas. Las quejas de religiosos no se hicieron esperar, personajes como Bartolomé de las Casas advirtieron sobre los excesos de dicha práctica. También Alonso de León y Juan Bautista Chapa lo señalaron en sus crónicas. Esto llegó a oídos de la reina que, por medio de cartas, señaló que se castigara el abuso ejercido a los naturales tanto por civiles como religiosos. Ordenó a los gobernadores de la Nueva Vizcaya, Nuevo Reino de León y Nueva Galicia que rescataran a los indios esclavos y se enviaran a sus lugares de origen. A finales del siglo XVII el obispo de Guadalajara también denunció ante el rey, el maltrato a los aborígenes reducidos en haciendas de Tampico y del Nuevo Reino de León. El rey ordenó que se investigara, e inclusive el obispo excomulgó al gobernador de ese reino. No obstante, la omisión era la norma; el aparato burocrático se había formado para permitir estos abusos sin tener consecuencias, las leyes y ordenanzas quedaban en el papel. “La desviación de las normas se acepta como algo normal, creándose una subcultura que no se enfrenta a la cultura general, declarada, oficial, sino que permanece al margen; y se legitima por la práctica”.[10] El fenómeno esclavista sólo se terminó con la extinción de los nómadas. En este aspecto, los españoles crearon una imagen del indio que les impidiera sentir lástima o culpa por el estado de ultraje al que los habían sometido.

3. Los indios y la Iglesia

Mediante lo escrito por la Iglesia y sus miembros -regulares y seculares- busca construir la historia de los pueblos originarios de la región. Este enfoque pretende que el análisis de los textos o fuentes no revele una “verdad histórica”, sino la lógica de los acontecimientos, o bien aquello que quienes los redactaron buscaban que se creyera que había sucedido. Al igual que otros historiadores, se considera que la Iglesia fue un aparato del Estado monárquico para la dominación cultural de los nómadas en las fronteras hispánicas. Valdés propone pensar a la Iglesia como una institución hipócrita que escondió “las fauces del lobo tras la piel de un cordero”. En ese sentido entiende por Iglesia: “a la jerarquía, la doctrina, el derecho canónico, las diversas instancias -diócesis, parroquias, colegios, misiones-, las reglas y dogmas que la rigen… y todos los efectos que producen en las mentes y cuerpos de quienes la asumen como instancia teológica, cultural y social”.[11]

Para los pueblos originarios la Iglesia fue una entidad material con algunos aspectos mágicos y en ella brillaba la figura del sacerdote. Ante él la subordinación o sumisión -en algunos casos- de conquistadores y gobernantes. Las naciones del noreste no desconocían este aspecto mágico religioso, pues en la región la presencia humana data de 1200 años.  El debate religioso acerca de los nómadas dio un vuelco en una cárcel de España cuando Francisco Tenamaztle[12], dirigente de la resistencia caxcán se encontró con Bartolomé de las Casas. Es así que, la intelectualidad eclesiástica centró su atención en el problema que representaban los abusos hacia los nómadas, por ello desarrolló notables discursos de carácter retórico, teológico y filosófico en defensa del indígena. Ante esto la Iglesia mexicana convocó al Concilio Tercero Provincial Mexicano en 1580, donde el tema central fue la Guerra Chichimeca (1550-1600), la esclavitud, la encomienda, el poblamiento, los sacramentos, las lenguas, las misiones, etc. Aunque esto tuvo un impacto limitado al momento de cambiar lo que aconteció en la realidad. Valdés se cuestiona ¿por qué la Iglesia le parecía necesario definir su papel ante los súbditos del rey? Se trataba de una misión que entregaba el papa a los reyes de España y Portugal para que llevaran el Evangelio al Nuevo Mundo por medio de un acuerdo al que llamaron Regio Patronato, ahí el rey ingresa en la Iglesia no como devoto sino como quien tomaba las decisiones.

A manera de corolario

Los bárbaros, el rey, la Iglesia no es solo una reconstrucción del pasado nómada del noreste novohispano; es un ejercicio de justicia historiográfica. Esta metodología combina la deconstrucción de las crónicas con la evidencia arqueológica, Valdés Dávila reivindica la subjetividad de estos grupos históricamente silenciados. El bárbaro no era un ser carente de orden, sino un sujeto con cosmovisión compleja, cuya resistencia puso en jaque las estructuras de dominio de la Corona y la Iglesia. La investigación pone de relieve que la historia de los dominadores está incompleta si no se lee entre líneas el “discurso oculto” de los dominados. En suma, las fuentes de archivo sobre los grupos nómadas del noreste suelen ser una trampa: un registro escrito por la mano que sostenía el arcabuz o la cruz. El historiador nos invita a mirar los archivos no como espejos de la realidad, sino como filtros de poder. Finalmente, recuperar la historia de los habitantes originarios del noreste de México no solo enriquece la discusión historiográfica del periodo novohispano, sino que nos hace cuestionarnos qué otros silencios persisten en la memoria colectiva actual.

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Semblanza

Luis Fidel Camacho Pérez. Es Licenciado en Historia y Estudios de Humanidades por la
Facultad de Filosofía y Letras y Maestro en Ciencias Políticas por la Facultad de Ciencias
Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ha
publicado artículos en revistas nacionales y extranjeras y capítulos de libros sobre historia
de las religiones, las relaciones laborales y revolucionarias, y recientemente sobre la vida
del general Mariano Escobedo. Actualmente estudia el doctorado en Historia en la
Universidad Autónoma de Zacatecas y colabora como editor en El Ventanillo. Suplemento
cultural de Interfolia de la Capilla Alfonsina de la Universidad Autónoma de Nuevo León
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Referencias

Certeau, Michel de. 1985. La escritura de la historia. México: Universidad Iberoamericana.

Chartier, Roger. 1998. Au board de la falaise. L’histoire entre certitudes et inquiétude. París: Albin Michel.

Scott, James C. 2000. Los dominados y el arte de la resistencia. Discursos ocultos. México: Era.

Valdés, Carlos Manuel. 2022. Los bárbaros, el rey, la Iglesia. Los nómadas del noreste novohispano frente al Estado español. México:  Fondo de Cultura Económica.

León, Alonso de. 1985. Relación y discursos del descubrimiento poblacional y pacificación de este Nuevo Reino de León; temperamento y calidad de la tierra. En Historia de Nuevo León con noticias sobre Coahuila, Tamaulipas, Texas y Nuevo México. Monterrey: R. Ayuntamiento.


[1] Carlos Manuel Valdés. Los bárbaros, el rey, la Iglesia. Los nómadas del noreste novohispano frente al Estado español (México:  Fondo de Cultura Económica, 2022), 31.

[2] Valdés, Los bárbaros, el rey, la Iglesia, 35.

[3] Sobre las huellas encontradas y la ausencia de quienes la imprimieron, véase: Michel de Certeau, La escritura de la historia (México: Universidad Iberoamericana, 1985), 17. Quien analiza las relaciones sociales, las racionalidades y las estrategias comunitarias, parentales, familiares e individuales está Roger Chartier, Au board de la falaise. L’histoire entre certitudes et inquiétude (París: Albin Michel, 1998), 16-17.

[4] James C. Scott, Los dominados y el arte de la resistencia. Discursos ocultos (México: Era, 2000).

[5] Términos utilizados por los colonizadores descritos en las fuentes primarias. Hacia 1690 el cronista Juan Bautista Chapa mencionó la existencia de 388 naciones indias tan solo en el Nuevo Reino de León.

[6] El ciervo era un animal sacralizado y aparece representado más de 2800 veces en grabados y pinturas rupestres en Coahuila y Nuevo León. Valdés, Los bárbaros, el rey, la Iglesia, 17.

[7] Valdés Dávila propone la existencia de cuatro familias lingüísticas: coahuilteco, zacateco, concho-salinero y cuachichil, Los bárbaros, el rey, la Iglesia, p. 88.

[8] Alonso de León, “Relación y discursos del descubrimiento poblacional y pacificación de este Nuevo Reino de León; temperamento y calidad de la tierra” Historia de Nuevo León con noticias sobre Coahuila, Tamaulipas, Texas y Nuevo México (Monterrey: R. Ayuntamiento, 1985), 24.

[9] Valdés, Los bárbaros, el rey, la Iglesia, 159

[10] Valdés, Los bárbaros, el rey, la Iglesia, 201.

[11] Valdés, Los bárbaros, el rey, la Iglesia, 240.

[12] Guerrero indígena que luchó en la Guerra del Mixtón (1541-1542).

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