Por Lizbet García Rodríguez
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La columna Retratos del tiempo revisita algunos momentos de presencia de la escritora, ensayista, crítica literaria y académica mexicana Margo Glantz en la UANL.
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“De manera imperceptible fuimos llegando a la vieja Delhi, sus calles desbordadas de gente, su tráfico desmesurado, sus mendigos, sus peatones y el polvo, ese polvo sempiterno que lo asfixia todo”, relata Margo Glantz en su libro Coronada de moscas (Sexto Piso, 2012), el cual presentó en la Capilla Alfonsina Bibioteca Universitaria el 12 de marzo de 2013, junto a Minerva Margarita Villarreal y Felipe Rosete.
“…llevaba mucho tiempo planeando esta visita, al grado de que me tenía envidia a mí misma”, recoge en su memoria, y después de reflexionar las percepciones de tres viajes a La India, la escritora y catedrática mexicana dejó reposar sus vivencias para convertirlas en libro.
“Necesité un tiempo largo –de 2004 a 2011– para poder digerir todo eso y procesar la información, porque las experiencias que tuve fueron tan intensas, tan violentas, tan revulsivas y tan fascinantes que pensé necesario sintetizarlas en un libro. Y finalmente es como una Gula Roji de La India, pues muchos amigos se animaron a ir a ese país después de leerlo”, expresó la autora durante la presentación.
El título le vino a la mente justo mientras caminaba por las calles de Delhi, desde el recuerdo de los versos de la poeta peruana Blanca Varela:
…qué agua amarga en la boca
de aquel intolerable mediodía
en que más rápida más lenta
más antigua y oscura que la muerte
a mi lado
coronada de moscas
pasó la vida.
Y resultaba también de palpar la atracción ambigua, “a la vez fascinante y repugnante: un país que produce deslumbramiento ante la belleza de su gente, sus vestidos, su devoción, sus monumentos extraordinarios; y al mismo tiempo, una violencia infinita por la pobreza, la miseria, el acoso a las mujeres, la mutilación, la enfermedad a la vista de la gente; un país donde todo está a la intemperie”.
El libro, presentado en el marco de la Feria Universitaria del Libro UANLeer 2013, está dedicado por la autora a sus tres nietos (“…de su abuela, la viajera”), y cuenta con las fotografías de su hija Alina López Cámara. Sin embargo, la escritura de Glantz resulta también fotográfica:
Sobre la gran cúpula blanca, las águilas y los halcones juegan; cerca, se disputan el sitio los pichones: la excepcional blancura del mármol se ennegrece a trechos siguiendo el ritmo de las aves. Me aproximo, al fondo el verdadero mausoleo. Entro, ante mis ojos emerge inmensa, con sus tonalidades escarlata, la tumba del sultán, el soberano opiómano, pero sabio. (Glantz, 2012)
Finalmente, ambas –autora y fotógrafa, madre e hija– desde sus propias visiones, capturaron las miles de posibilidades estéticas que les ofreció el gran país y lograron una joya para los lectores, quienes pudieron intercambiar con la escritora, hacerle preguntas y conocer más sobre su proceso creativo: una escritura a cielo abierto, también un poco a la intemperie.

Admiradora de la capacidad paradójica de Alfonso Reyes: “pudo hacer miniaturas de la épica”
Algunos años antes, el 21 de mayo del 2009, Margo Glantz compartió en la UANL sus impresiones de la obra y figura del escritor regiomontano, a propósito de los festejos por el 120 aniversario de su natalicio, con la conferencia “Reyes, ameno y universal”, en Colegio Civil Centro Cultural Universitario.
“Alfonso Reyes estudió a Sor Juana, a Virgilio, Eneas, Esquilo, tradujo La Ilíada, se ocupó del cine, el teatro, la zarzuela, el mole, concentró la historia de México en una nuez y fue tan clásico que a veces pasa inadvertido”, dijo entonces la crítica literaria mexicana.
Glantz esbozó el recuerdo de Reyes, a quien pudo conocer personalmente, como “uno de los hombres más generosos, eruditos y democráticos”. Después continuó:
“Lo veía pasar en el Colegio de México, yo era muy joven, pero recuerdo esa época en que él dirigió el Colegio, no se sentía nada de rigidez, y sin embargo había un orden extraordinario; era bonachón, sabio, apantallante, pero a la vez sencillo, recuerdo haber visto en su escritorio, debajo del vidrio, un retrato de Silvana Mangano sacado de la película Arroz amargo, muestra de que también tenía su corazoncito.”
Lo percibió también muy sistemático, no dejaba de escribir, de leer, charlaba mucho, mantenía correspondencia con sus amigos y probablemente escribía como hablaba, florido, prolífico, con una impresionante profusión de imágenes:
“En los textos de don Alfonso uno encuentra siempre cosas sorprendentes, su poesía, que trabajó poco, es de una limpidez, de una perfección, hay una serie de elementos tanto sintácticos como retóricos casi imperceptibles, pero están allí.”
Y habló de su prosa, el uso de metáforas, de palabras tan gráficas como “palpitar”, la destreza para hacer de la Historia algo corpóreo, o para sintetizar en unas cuantas líneas lo que pareciera imposible de sintetizar; expresó Glantz, además, su admiración por la capacidad paradójica de Reyes para juntar lo gigante con lo pequeño, “hacer miniaturas de la épica”, dijo.
“Tenía una sabiduría inmensa, manejaba la escritura con una erudición impresionante, pero al mismo tiempo su prosa es muy amable, no la garigolea, es un gran prosista pero no es un prosista farragoso, barroco, a veces utiliza ciertas medidas para manejar su prosa, por ejemplo, en Visión de Anáhuac trata de reproducir un poco el idioma del siglo XVI, de los conquistadores y los cronistas, un idioma quizás más florido, pero en general trata de no ser abstruso, es un autor muy vivo.”
La profesora emérita de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, hizo notar el incesante fluir de textos en la vida de Alfonso Reyes, quien alguna vez resumiera su vocación: Escribo conforme voy viviendo. Escribo como parte de mi economía natural.
Pero es consciente Margo Glantz de que Reyes podría ser un autor más leído: “Haberlo convertido en estatua colocada para siempre en una glorieta o en un crucero no ha ayudado para que lo leamos y difundamos como debiéramos; justamente don Alfonso, que se negaba a la monumentalidad. A él le interesa ser ameno para ser legible, y entablar un dialogo creativo, inteligente, pleno, ágil y vivo con los lectores, lo consiguió siempre y es por ello un ejemplo de humanidad y de escritura”.
Sobre la literatura de estos días consideró que hay productos muy interesantes, una escritura diversa, sin tanta reverencia por el idioma, y con muchos intentos de desacralizarlo.
“Reyes estaba muy vinculado con patrones occidentales de la cultura grecolatina, y si vemos a gente como Martín Luis Guzmán, Julio Torri y otros autores que pertenecían al Ateneo de la Juventud, vemos que en todos hay un cuidado muy particular por la prosa, limpia, instrumental, creo que sigue habiendo gente que trabaja mucho los siglos de oro, los clásicos, pero a los escritores jóvenes no les interesa demasiado.”
Tras una profusa obra de novelas, cuentos, ensayos, crítica, premios como el Xavier Villaurrutia, el Premio Universidad Nacional, el Sor Juana Inés de la Cruz, el Premio Nacional de Ciencias y Artes, y una extensa vida académica, Glantz recibió en 2010 el doctorado Honoris Causa por la UANL, y en 2019 ganó el Premio Nuevo León Alfonso Reyes.
Es miembro de la Academia de la Lengua desde 1995 y autora, entre otras, de Zona de derrumbe (Beatriz Viterbo, 2001), Síndrome de naufragios (Mortiz, 1984), Las mil y una calorías, Novela dietética (Premià, 1978), y Onda y escritura, jóvenes de 20 a 33 (Siglo XXI, 1971), que le dio nombre a una corriente literaria surgida en la década de los 60 por jóvenes buscadores de una ruptura con la literatura tradicional.
“Traté de definir, de caracterizar, cernir un movimiento que me parecía de una importancia muy particular, liberó mucho la escritura de construcciones que tenía, pero la liberó tanto que la manoseó, la volvió posible para mucha gente que no sabía escribir pero creyó que podía hacerlo como los de La Onda. Después, los que formaron parte de ese movimiento, me vituperaron porque decían que yo los encajoné, pero pienso que fue un texto importante”.
Gran parte de la obra de Margo Glantz puede consultarse en el acervo de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria de la UANL.


