Por Victoria Marín Fallas[1]
Lo primero, y quizá lo que más me sorprendió de esta novela, es el contraste radical entre la protagonista, una niña, y su entorno. Este último no parece alterar su reserva interior de ternura, su pureza ni su confianza en el mundo, en el otro y en las formas de vida que la rodean. Tampoco parece desdibujar su identidad, que se reafirma en su manera de recordar y de relacionarse con lo vivo. Esto la distingue de otros personajes femeninos en estado de abandono o desconexión de los suyos, que terminan moldeándose a semejanza de algunos elementos de su entorno, como Kya, de La chica salvaje, novela escrita por Delia Owens o Akemi, del cuento “Una curiosa historia a orillas de un gran río”, de Banana Yoshimoto. La niña de esta historia toma sus precauciones, en cierto sentido su interior y sus circunstancias coinciden[2], dice el autor, pero no llega a adoptar la conducta hostil o desconfiada que cabría esperar de alguien que vive en medio de la soledad y la devastación. Tampoco incorpora a su identidad las reglas de una naturaleza casi reducida a la nada ni la crueldad que muchos podrían atribuir al devenir de las cosas.
En lugar de concentrarse en el afuera, parece avanzar una y otra vez hacia el futuro, incluso hacia lo incierto, pero caminando hacia atrás. Vuelve sobre las imágenes que conserva en su memoria, sean recuerdos vividos o construcciones de su imaginación, y encuentra en ellas modelos de cuidado y ternura. Algunos podrían interpretar esta disposición como una forma de evasión, una incapacidad para soltar o incluso una muestra de debilidad propia de la infancia, incluso de lo femenino. Sin embargo, no todo lo que llevamos del otro es necesariamente una carga ni un obstáculo para seguir adelante. Tampoco habría que entender su mirada interior como un mecanismo de evasión en sentido estricto, pues la pequeña asume el riesgo como parte de la vida y no desde la posibilidad de la muerte, aunque esta la amenace un poquito más cada día. La niña asume el riesgo sin pensarlo mucho, simplemente haciéndose cargo de ese no morir, concreta o metafóricamente, a causa de la renuncia, la depresión o la desconfianza.
Duerme, se levanta, observa, camina y sabe dónde refugiarse y cómo procurarse agua y algo para comer. Habla con aves, liebres, gatos y algunos insectos. Los tornasolados son sus preferidos. Y celebra las ligeras variaciones en los grises del mundo y sueña despierta y especula dormida.[3]
Sabe que caminar es lo único que le queda, lo único que importa, y lo hace resguardada por la memoria, junto a la compañía animal. No obstante, la niña tampoco está exenta del olvido. Se le ha concedido ese derecho, que deja espacio para que la imaginación del lector complete aquello que no se recuerda o no llega a revelarse.
Así, entre el recuerdo y el olvido, la niña va construyendo vínculos y reuniendo impresiones de lo amable y lo bello, incluso en medio del hambre, la sed y la desolación. Su recorrido la lleva desde una aparente alienación —provocada por las circunstancias, quizá por una ternura que algunos juzgarían excesiva— hasta la posibilidad de establecer nuevos lazos de amor y alegría.
Aquí hablo de una alienación aparente porque, si seguimos la reflexión de Isaac Felipe Azofeifa, los términos de alienación y autenticidad, alienación y libertad, alienación y posesión de sí resultan irreconciliables; y la niña no parece haber perdido la posesión de sí misma; por el contrario, preserva de manera consciente, aunque también instintiva, una relación con aquello que la constituye, sin cerrarse por ello a la posibilidad de nuevas experiencias. En este sentido, parece habitar una zona intermedia entre el pasado y un futuro en el que todavía es posible establecer nuevos vínculos. Esto nos lleva a pensar que honrar lo vivido no significa renunciar a lo que todavía puede vivirse ni permanecer atados a la culpa, al miedo o a lo perdido, sino darse la oportunidad de escribir otras memorias, construir nuevas relaciones con el mundo y con los demás, reconstruirse y, acaso, reconstruir el mundo.
Pero quizá lo más utópico de esta distopía sea, precisamente, la posibilidad de reconciliar al lector con el ideal de que es posible ser bueno en un entorno hostil, de que la vulnerabilidad puede ser también un escudo y una fortaleza, y de que la bondad no tiene por qué ser una maldición, un rasgo de debilidad o de carácter ingenuo.
Llevar al otro dentro de nosotros, incluso como parte importante en la configuración de nuestra propia moralidad, nos permite contemplar el mundo, la vida y la muerte con una claridad inusitada que, para el ser humano que mide, se oculta y calcula cada paso, puede lindar con el absurdo e incluso con la idiotez.
Sin embargo, es precisamente esa disposición a reconocernos en relación con el otro y con nuestro entorno la que nos permite comprender las posibilidades que implica sostener una vida, aceptar su carácter transitorio y ejercer el dominio de sí. Un dominio que no se alcanza únicamente a través de la razón —que, en su perversión antropocéntrica y egocéntrica, ha servido para justificar tanto maltrato, tanta cobardía y tantas guerras—, sino también, y principalmente, a través del reconocimiento de nuestra interdependencia y de nuestra capacidad y necesidad de comprender y cuidar al otro, al tiempo que cuidamos y nos hacemos responsables también de nosotros mismos.

[1] Filóloga y escritora.
[2] Niña rota, p.13.
[3] Niña rota, p.13.

