Por Coral Aguirre
Tengo 18 años y la lectura es mi pasión. A veces llego a enloquecer al pobre Viglizzo, dueño de la librería Pampa Mar de la calle O’Higgins en Bahía Blanca donde me abastezco, porque le exijo novedades tras novedades. Un buen día la partida me la gana él: inclinada sobre una de las mesas donde se exponen los libros recién llegados, me pregunta de sopetón, ¿Ya leyó a Borges? Corre el año de 1956 y yo, con un apetito de lecturas que me llevan a los bordes de la alta noche, en cada jornada también enloquezco a mi padre que no entiende tener una hija que sólo sabe leer sin pausa, días y madrugadas, sin la menor mesura. Me da furia responderle que no, que no lo conozco, que no lo he leído. Entonces él, con parsimoniosa ternura se acerca con un libro flaco de nombre raro: El Aleph.
Es una tarde lluviosa y gris cuando salgo a la calle con mi nueva adquisición: Tiempo propicio para las grandes lecturas. Esa misma noche estreno el nuevo don. Pero no entiendo, no entiendo, la lectura se hace dura, durísima, debo releer, debo hacer el único ejercicio válido de la inteligencia: debo connotar. Acostumbrada a Dostoiewski o a Hugo que todo lo nombran y todo lo explican, aprendo así, de a poquito, que hay otra manera de escribir y también, por supuesto, otra manera de leer, que me he encontrado una literatura diversa, reluciente de nueva, difícil de tragarse (porque me atragantaría), de una sentada. En realidad, lo que estoy haciendo es habituarme a leer de verdad. Eso me regala Borges. Él crea en mí, a la nueva lectora, y estoy segura que conmigo nacieron en mi país miles de lectores de otra filiación. Desde entonces será mi luz y mi confort, nada por debajo de su escritura fina, sinuosa, develando misterios a través de un cristal que se opaca a cada momento y vuelve a iluminarse en el párrafo siguiente. Nada obvio, torpe, sino la transparencia que dan los horizontes superpuestos.
Yo nunca fui una niña estridente cuya pasión pudiera ser la risa y los juegos. Por el contrario, los acentos del violín de mi madre, las lecturas que propiciábamos entre nosotras, la ausencia de un padre que siempre estaba en otra parte, todo ello y acaso mucho más, me lleva derechito por el camino de la melancolía. Al descubrirlo pongo al descubierto mi propia índole y desde entonces, con 18 años recién cumplidos, Borges será mi padre literario, mi guía, mi inspiración. Sus versos me sofocan “Yo estaba y estaré siempre en Buenos Aires”, me liberan y me seducen al punto que desde ahí, desde esas primeras lecturas seré su lectora incondicional. Creceré con Borges, me haré adulta a su ritmo, seré omisa como él cuando escriba, y esquiva de lo obvio, lo informativo, lo trivial. Así mis primeros escritos llevan su sello; pero por el lado negativo, No se te entiende nada, dirán mis amigos, primeros lectores. Y es cierto, por eludir la información rampante, no se me entiende nada. Pasará mucho tiempo hasta acceder a la palabra precisa, al giro lúcido, a la exacta dimensión del discurso.
Del otro lado lo que me asemeja a él, es que no habito el allegro de la palabra llana y poderosa.
En Borges la palabra se ralentiza, se espesa, se vuelve sujeto de entonaciones que van más allá de lo que se pronuncia. Ciertos giros que no se apresuran en decir sino en retener los enunciados. Su decir tiene que ver con el andante cantábile musical, con los leit-motiv, los ecos y las resonancias de algo que está fuera del tiempo o lo precede. Todo ello apunta a una pérdida, una añoranza, en fin la melancólica poética de un exiliado. Como él mismo señala en alguna parte de sus textos, El temor de lo crasamente infinito, del mero espacio, de la mera materia, tocó por un instante a Averroes. Miró el simétrico jardín y se supo envejecido, inútil, irreal.
Toda melancolía tiende a sentir el peso del tiempo como pérdida, como desajuste, o como paréntesis, la melancolía carece de la fuerza para ir más lejos de sus propios impulsos, y los impulsos de la melancolía son apenas visibles en el lenguaje, la memoria y la conciencia, si algo tiene Borges en su letra es eso que se ha perdido o se ha encontrado o diversificado de manera distinta no predecible, de manera espontánea y casi sin razón de ser, Borges es el gran decidor de lo perdido y lo recuperado pero no completo, sino en pedazos, en girones. Desde sus primeros tiempos y su entusiasmo por los cuchilleros de los bajos fondos de Buenos Aires, él va en busca de un tiempo perdido, ilusorio, que no obstante, cree pertenecerle porque lo ha visto o lo ha soñado, a causa de ello, su decir nunca es jarana, expresión de humor y alegría estridentes, nunca es ruidoso, su decir es pura suavidad, pura añoranza, se queda en el atardecer de los barrios porteños o en el atardecer de los amores. Cuando leo a Borges se me aparece un universo lleno de resonancias íntimas y cuando digo íntimas quiero decir la infancia, la adolescencia , los primeros sueños, los primeros amores, las primeras desgarraduras. Borges no es satírico ni es romántico, ni es burlón, en todo caso es irónico y su ironía se ejerce sobre sí mismo, sobre su propia historia , sus propios duelos y sobre todo, sus propios hallazgos.
Cuando dice “la Recoleta” está diciendo su muerte y cuando dice “el barrio”, “la esquina”, o “la calle”, alude a una insoportable necesidad de ser de allí , de estar allí, de pertenecer al sitio que le ha sido confiado para, imaginándolo, volverlo suyo.
Criado como un inglesito, sobreprotegido por su madre, educado como quien va a ir a las grandes universidades, él desdice todo eso con su inclinación a los barrios porteños y sus más oscuros rincones, El puente Alsina y más allá la inundación.
Borges tiene una contradicción insoportable -pudiera decirse- entre su ámbito familiar, su educación, su cultura, y esas calles de Buenos Aires que suele recorrer al atardecer con sus amigos en busca de vaya a saber qué novedades o qué diferencias. No sólo puente Alsina lo seduce, lo seducen los barrios del sur, Santiago del Estero, Belgrano, San Telmo y por eso mismo es más porteño que cualquier habitante de Buenos Aires y más argentino que cualquier ciudadano de La Pampa. Hay un desgarramiento feroz entre los cuidados jardines ingleses y los yuyos que crecen entre las piedras y el asfalto de los caseríos. ¿De qué está hecho un hombre con tales contradicciones? ¿Cómo se puede ser un erudito de Harvard y un trashumante de las oscuras esquinas de los bajos fondos porteños?
Borges lleva en su propio organismo esta dimensión feroz de lo bárbaro y lo culto, de La Pampa y el rascacielos, de la metrópoli y el barrio de calles disparejas. Borges nos confirma nuestra propia identidad, nuestra identidad hecha de luces y sombras de sabiduría y barbarie. De América y Europa.
Este argentino sabelotodo, pedante, agresivo, pero, también -o, al mismo tiempo- la sombra de aquel hombre que para igualar los tantos… mató a su hermano. El Borges que se sabe la divina comedia de memoria, también se sabe los tangos del burdel y las orillas. Y así, Borges nos representa, nos encarna de alguna manera, precisamente por reunir esas dos instancias: lo culto y lo bárbaro, lo salvaje y lo sofisticado. Paradigma de los contrastes y los opuestos, en su obra, su poesía o sus ensayos, dibuja un argentino de todas y ninguna parte, un argentino ecléctico, ferozmente curioso, aislado y multitudinario. Por eso cuando leemos a Borges no sabemos si seducirnos por sus milongas o por su erudita condición de habitante del mundo, cita a Shakespeare como si citara a Juan Moreira y a Juan Moreira como citara a Dante, en la curiosa índole de nuestra identidad se ensancha y se estrecha y por eso nos pertenece tanto. Es cierto, el argentino es un ser melancólico que mira hacia atrás como si hubiera perdido algo en el camino y, al mismo tiempo, es ese ser humano insaciable que va detrás de los horizontes para atrapar aquello que aún no le pertenece.
Jorge Luis Borges entonces, el más cosmopolita de nuestros escritores, se vuelve por lo mismo el más íntimo, el más propio, el más señero, de nuestra condición identitaria. Con él nuestra identidad florece en contrastes, en iluminaciones, en contradicciones inimaginables y, como le gusta decir a él “en todos los hombres” -que es, un solo hombre-, el que siempre está solo.
Por eso su melancolía, hija del páramo, la soledad y la extranjería.
Mayo de 2026

