Por Andrea Gorgonia Treviño
Para Alejandra
I take flight when you hold me
Is that how you show me
How it’s like to be loved?
To be loved, Aurora
Yo me estoy detenida
en tu mirar aquel
en tu mirada aquella
en nuestro amor mirándonos
–Idea Vilariño
Tengo en mente el hecho de que Ale esté manejando. Le digo que mi psicóloga, la penúltima que tuve, decía que viera la vida como una manera de recalibrar o recalcular de mis acciones o situaciones que pasaban. Platicamos de una metáfora en la vida como si fuera un mantra. La terapeuta invitaba a pensarlo como un indicador de GPS, la brújula de un mapa: al caminar por una ruta nunca te equivocas, sino que “recalibras” o vuelves a “recalcular”; nunca mantenemos un error. Le conté a Ale, quien junta sus dos manos sobre el volante, cuando hacía unos minutos había pasado por un semáforo que se puso en verde, pero que no pudimos pasar dado que dos autos se colaron en frente de ambas al invadir el carril. La oí maldecir por primera vez. Me guardé la risa, y lo sigo haciendo ahora, porque en vez de una palabra más grave dijo “papanatas”, y eso me hizo verla con (aún) más ternura.
Una vez dijo María Fernanda (me guardaré su apodo para sentirla más cerca de mí, pues aquí la presto al lector para que la conozca), mi amiga de la que siempre hablo y la amistad a la que le tengo una admiración tremenda, que si prestabas suficiente atención a lo que pasaba en tus días entonces encontrarías cosas hermosas para guardar. Lo encarno en la piel como las palabras de Mary Oliver en The Gift:
Be still, my soul, and steadfast.
Earth and heaven both are still watching
though time is draining from the clock
and your walk, that was confident and quick,
has become slow.
O bien, el regalo de estar completamente presente del poema Swan:
And did you feel it, in your heart, how it pertrained to everything?
And have you too finally figured out what beauty is for?
And have you changed your life?
El día en que lo dijo estábamos en una cafetería y un pequeño pájaro se posó ligeramente en el cableado de la luz. Ella, con su mirada puesta en el ave, me comentó que podría ver a una persona de cerca y entonces encontraría sus virtudes. Mirar es también cuidar, y guardar, para mí, es apreciar. Le dije que, si viera a una persona de cerca, probablemente me enamoraría de ella. María lo pensó, intentó decir unas palabras que nunca llegaron a emanar de sus labios y el pájaro voló. Le conté que sería enamorarme no en un sentido romántico como al que estamos acostumbrados, ese que tenemos en nuestra mente al momento de enunciarlo; pero entonces llegué a errar, pues prestar atención es ser admirado. Ser visto por el otro, de cerca, sin lupa, pero con determinación, es parecido al amar. Uno ama a lo que presta atención. Pienso en la maldición de Ale echada a volar como una ave: un salto rápido y sin capturar. En lo íntimo de conocer al otro en situaciones específicas, ya sea este viaje en el tráfico, el que vaya por mí a casa, en que atravesemos este trayecto juntas, en que la amistad sea un viaje.
Pienso en Ale con ese misma atención-amor de la cual también leía hoy. En Rituales sobre la amistad, tres escritoras que admiro se enlazan en una conversación sobre qué es una amistad, cómo es que llamamos a una amiga como tal. Se embarcan en una nave al pasado al hablar de sus amigas en la infancia; se presentan historias de recreo, salidas e invitaciones que nunca llegan, platican sobre la facilidad que tenemos con el otro para hacer amigos, y es en todo este diálogo que una de las autoras se pregunta cómo es que amamos:
“Hacia el final de la entrevista con aquel terapeuta le pregunté cómo entendemos el amor actualmente y me encantó su respuesta, como cuidado”.
Avanza la marcha en el camino con Ale, me dice que su novio le ha dicho que la conoce como la palma de su mano. Me da risa que ella lo detuvo y le dijo que no era así. Preguntó por su banda favorita en la secundaria y él no supo decirlo. A decir verdad, ni si quiera conocía a My Chemical Romance, lo que, a la Andrea, mi yo de 11 años que salió a relucir en ese momento se ofendió un poco. Mi canción favorita a esa edad era Disanchanted de la misma agrupación. Se me escapó el pensamiento de una versión donde recreamos el pasado y Ale se hubiera sentado a mi lado durante el receso para compartir lonche y hablar de MCR. Tal vez no, pero me reconforta tener todo el presente para nosotras. Me da un poco de ternura que un dato tan esencial ahora lo sepa una amistad, antes que una pareja. Lo guardo como los CD’s que compraba en ese entonces en una caja sobre la memoria. ¿Cuántas son las primeras veces que tenemos con nuestros amigos, qué heridas son las primeras que mostramos, o nos hacemos entre nosotros, antes de llegar al amor romántico, sino vivirlo con un amigo? Si me lo preguntaran, una relación o noviazgo sería el inicio-fin de un trayecto, pero la amistad sería ese espacio lado a lado en el que nos podemos reflejar y acompañar.
Suavemente, ella pasa Avenida Madero, gira a la izquierda, trato de decirle el camino replicando lo del mapa que recalcula las rutas, pues yo también le temo a tener el volante en las manos (metafórica y literalmente). Platicamos de cosas extrínsecos, del clima, las compras que hemos hecho, el trabajo, por qué no nos vimos en el club de lectura al cual me invitó y me sirve de excusa para verla más seguido. Llegamos al café que queríamos. No lo sabía, pero me consiguió una edición especial de un libro que hace años quería. Me maravilla la soltura con la que entrega estos regalos, pues lo veo como entregarse a voluntad llena. ¿Qué es amar en la amistad? Amar en la amistad es así: hacerlo sin dudas, ni tibieza, sino con la presentación de tener nuestro corazón sobre las manos. Amar no es otra forma más que mirar, escuchar con atención. Decía Jazmina Barrera: “Siempre pensé que la amistad era un vínculo más duradero y más importante que cualquier otro”, y lo sé en este momento, viajando a 60 kilómetros por hora, pero a una frecuencia estática y mantenida en el sentir.
Pide un matcha de fresa que no me atreví a aventurarme en probar, pruebo el latte honey que dudé en tomar, nos termina gustando la bebida de la otra e intercambiamos. Terminamos hablando de la carrera, de cómo nos conocimos en un taller de edición puesto que ambas amamos esa parte del mundo literario. Me dice que recuerda mis comentarios (pulcros y puntuales), y no puedo evitar pensar en que exagera. Me maravilla cómo pasa de un tema a otro, de cómo encuentra un libro de una autora que habla sobre la imagen y la palabra y de cómo termina hablando de un viaje a Estados Unidos. Un tema se transforma en otro como una ave que salta de un nido y aprende a volar. La conversación es ese viento gélido que pasa por sus alas, y ambas caemos hacia un sentido de compañía sin igual.
De regreso me muestra su top de canciones de Aurora y me habla de amor, de cómo el ser que es más humano debe ser aquel que cuide, experimente, que sea genuino. No sé por qué, pero lejos de sentirme pequeña por no saber, me siento totalmente dispuesta a aprender de ella, me parece la persona más inteligente del mundo y me recuerda de esa admiración que tenemos a los padres cuando recién crecemos y tenemos toda clase de dudas sobre el mundo. Tú preguntas, el otro responde. Tenemos un saber compartido. El camino a casa se hace corto, mucho más que todas esas avenidas que dejamos atrás, volamos al nido de vuelta y llega la hora de separarnos. Le digo a Ale una verdad: que la quiero. Bromea con hacer un ensayo de esto. Hélène Cixous alguna vez dijo: “Escribir es un gesto del amor. El gesto”. Y confirmo que es amor que ella sepa que llegaré a casa y escribiré de ello, más aún, creo que es amor saber que ella me esté leyendo en este momento.

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Semblanza
Andrea Gorgonia Treviño (Monterrey, 1999) es Licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Formó parte de la tercera generación de becarios del Centro de Creación Literaria de esta misma institución, en la categoría de cuento. Es editora y redactora institucional de profesión. Ha colaborado en medios como Revista Levadura, Doble Rodada, Humanitas, Armas y Letras, así como en publicaciones de Tres Nubes Ediciones y Editorial ENE. Su obra explora una narrativa donde imagen y palabra dialogan, persisten y se trastocan.

