Por Aimé Rosales
Paciente: «El que padece y el que aguarda».
Ambas acepciónes huelen a clínica, a fe en lo aséptico:
sala de estar de muros blancos, palabrería que pretende no oler.
Sergio Loo, Operación al cuerpo Enfermo
Recuerdo el frescor del alcohol delatando la simpleza de la piel, el riesgo constante de romper la distancia entre humores, pero que fuera del hospital es parte de la vida cotidiana, de la (corrosiva) interacción humana. Recuerdo la distancia, la creencia de saber más del dolor, la pena y la razón del otro. Recuerdo al otro, un extraño llamado paciente que es más como yo de lo que quisiera reconocer. ¿Cómo no reconocerse entre la herida, la navaja y la asepsia si en algún momento la hemos habitado?
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Signos vitales, de Merari Lugo Ocaña explora las singularidades de un espacio que siempre se ha presumido ajeno a los problemas sociales, culturales e incluso políticos. Es la prueba dolorosa de los alcances de la poesía como una forma de criticar la herida abierta del otro. Signos vitales es un poemario que rebela cada una de las incertidumbres que atraviesa el cuerpo herido, la empatía por el otro, así como las fracturas de un sistema ineficiente. Aquí el sujeto llamado paciente es registrado a través de un anonimato colectivo que permite al lector acercarse a la realidad retratada por la autora.
Disección en la lengua adormecida
Pienso en un lenguaje incapaz de enunciarse fuera del espacio donde nació, uno con pocos hablantes y cuyas articulaciones irrumpen por su extrañeza. Me refiero, lector, a la sensación de incertidumbre que provoca reconstruir pieza a pieza una imagen desconocida del propio cuerpo, ser nombrado como otro más en la espera del alta por voces que repelen toda ternura.
En ese “lenguaje sin ternura” que retrata Merari Lugo Ocaña es posible distinguir desde qué altura se han manipulado los cuerpos y sus heridas. Un lenguaje donde la comunicación sucede desde una altura inaccesible donde el no sujeto (paciente) solo escucha:
Osteoporosis
Calcio, le digo. Calcio y alendronato. Obedece. Ahí va la pastilla. Seiscientos miligramos que, según ensayos clínicos, poco significan. No sé a qué teme. Es joven aún. No entiendo por qué se queda ahí, cuidándose de los edificios de las escaleras, de los juegos de niños, tomándose radiografías, densitometrías, resonancias, si todo por gravedad ha de caer y nadie habrá que escuche el crujido de sus huesos (Lugo Ocaña, 2022, p. 26).
Ese cuerpo, atado a la condición de símbolo, es herido no solo en la mutilación de sus partes, sino en la transformación de su significado ante el mundo como un todo incompleto. ¿Qué le queda a la carne que hasta ese instante es reconocida por un signo y nunca es acompañado por el dolor que lo significa? ¿Hay alguna forma de acercarse al dolor sin resultar herido? ¿Es posible nombrar al cuerpo herido con ternura? Yo creo que es posible y este poemario es prueba de ello.
Ese otro signo vital llamado empatía
Desde el propio cuerpo arrebatado hasta la empatía clínica de quien corta y sutura es que se sostiene la mirada de una voz sensible, una voz capaz de regresarle a este lenguaje la humanidad que le fue negada y elevar al cuerpo completo sin mutilarlo. Merari Lugo Ocaña ausculta más allá de la rigidez desde donde se nos ha enseñado la enfermedad y reconoce las posibilidades de experimentar la herida, el dolor y la enfermedad en donde menos esperamos, como en el siguiente poema:
Leucemia mieloblástica
Femenino de nueve años,
ya no el pronóstico de inocencia y leucotrienos.
Su médula es toda lluvia torrencial.
El bazo y el hígado germinan;
si los palpas, se vuelve irrespirable el aroma de sus flores.
En el jardín de su cuerpo enfermo, ella ha colocado una escalera.
Anuncia la voluntad de ascender. (Lugo Ocaña, 2022, p. 23).
Es palpable la necesidad de reconocerse en el cuerpo lacerado de otro a pesar de la distancia desde donde siempre se ha catalogado. La imagen evocada en el poema ha trascendido la solidez del diagnóstico, apunta a la enfermedad y la deja manifestarse, no sin antes recordar la existencia del sujeto por encima del padecimiento. ¿Por qué hacer un recordatorio de que antes de la herida hay carne viva? ¿Dejará de doler si sustraemos del sujeto su nombre, su historia, su hogar y sus miedos? ¿Es a partir de esta punción consciente que nace la ternura por el ser humano que supura?
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Merari Lugo Ocaña reconoce, en el espacio-hospital que reconstruye, la presencia de otros sujetos heridos responsables de sanar al otro que han sido considerados como inmunes al golpe, la sed y la enfermedad. Pareciera que la acción de guiar el camino de la navaja hasta la visera concediera la categoría de no-humano, no-alma, no-sujeto receptor de afectos en ellos, y colectivamente hemos decidido que está bien. Me pregunto, ¿la empatía solo puede suceder en una dirección? ¿La jerarquía de violencia-analgésico alrededor de estos cuerpos niega la posibilidad de acompañar su dolor? En el poema Amalgama, algo hay de eso (o quizás solo lo imagino):
Amalgama
En la sala de shock-trauma
escucho las células morir.
Un alcohólico grita su abstinencia,
su voz rebota en los pulmones de una niña.
Dos familiares disfóricos
reclaman la puntualidad de los servicios.
Las alarmas en terapia intensiva
son ignoradas hasta terminar el turno.
Treinta y dos recién nacidos lloran
en un concierto de cuerdas.
En el cuarto contiguo
una anciana respira con dificultad.
¿No era el ruido uno de los signos
evidentes de la vida?
Estudios recientes comprobaron la hipótesis:
hay plantas que se marchitan más rápido
ante ciertos sonidos. (Lugo Ocaña, 2022, p. 55).
Los signos visibles (y audibles) de la enfermedad alertan de su presencia en los pacientes, la unión de estas señales palpables y estridentes son el coro que da significado a la sala de shock-trauma. Pero yo me pregunto ¿quiénes se marchitan en los hospitales? ¿qué otros sujetos participan en el coro, pero nos resultan inaudibles? ¿Si no hay llanto o alarido, no hay dolor? Es un hecho que el número de heridos supera a la cantidad de expedientes registrados y Merari Lugo Ocaña es consciente de ello.
Extiendo aquí una invitación para recordar las bondades de la Poesía, así como en el resto de la Literatura, más allá de la belleza, el ritmo y el tacto que despiertan con su lectura: reconocer a la poesía como la invocación por excelencia de los humores colectivos en los espacios menos pensados (u olvidados) por no ser considerados bellos. La belleza de este poemario recae en la sensibilidad de reconocer el daño común que une a los cuerpos, la consciencia de la falta de ternura que crece y nos alcanza a todos.

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Bibliografía
Lugo Ocaña, M. (2022). Signos vitales. Universidad Autónoma de Nuevo León.

