Por Estefany Nataly Rivas Rodríguez
En el México de mediados del siglo XX los diálogos entre el pensamiento moderno y la tradición judeocristiana crearon tensiones en las representaciones del cuerpo y el deseo. En esos años, el arraigo de la tradición religiosa sobre la sociedad suponía tratar el tema de la sexualidad sin fines reproductivos como una actividad reprobable. En contraposición surgió, entre los cimientos del conservadurismo, la necesidad de proponer una perspectiva más liberal y crítica de esta práctica moralmente cuestionable, la cual fue impulsada por la influencia de las corrientes extranjeras que llegaban al país.
En este escenario, el erotismo literario oscilaba entre dos fuerzas contradictorias, por un lado, la liberación, por el otro, la opresión del ser. Esta diferencia deriva del siguiente hecho: dos escritores de esta generación, Juan García Ponce e Inés Arredondo, establecieron, a partir del contexto cultural mexicano de su época, dos críticas que respondían al auge religioso y moral que ejercía una fuerte influencia sobre gran parte de la sociedad. Por un lado, el liberador responde a la filosofía pura de Bataille, donde lo erótico está vinculado con la transgresión y la experiencia límite que los conduce al lado sagrado y, por tanto, a la emancipación de lo femenino. En el otro, el oculto, las ideas del pensador francés actúan como una base para el erotismo que reprime, donde la fuerza de los discursos de poder le dictan el camino al deseo para que este se convierta en un instrumento de dominación.
Es decir, en esta época el erotismo actuó como un campo de disputa del cuerpo femenino, ya que este se encontraba atado a las normas de la tradición religiosa. La llegada de lo erótico supuso nuevas formas de percibir la rígida moral, articulando que esta no sólo recluía la búsqueda del placer de dicho género, sino que transgredirla acarreaba dos vertientes: o bien, se alcanzaba el más alto grado de pureza y, por tanto, de liberación; o conllevaba a la dolorosa pérdida de la autonomía.
En la primera parte de la presente investigación se detallan algunos aspectos de la teoría de Georges Bataille, de la cual Inés Arredondo y Juan García Ponce, ávidos lectores del pensador francés, tomaron ciertos conceptos para la producción de sus representaciones. Luego, con el apoyo de distintos antecedentes, se analizarán las formas narrativas de ambos autores, de manera que se esclarezcan las posturas que asumieron ante el dogma, así como el modo en que estas se reflejaron en sus obras. En la última parte se realiza una comparativa entre ambas configuraciones del erotismo propuestas a lo largo del proyecto, las cuales, más que tratarse de meras afirmaciones rígidas, son una propuesta que busca impulsar nuevas lecturas.
En este ensayo se utiliza como fundamento teórico la conceptualización del erotismo
planteada por Georges Bataille en su obra El erotismo (1957), con la cual se examinan e identifican las características implícitas de las dos categorías de lo erótico postuladas en los textos de Inés Arredondo y Juan García Ponce, en específico “La Sunamita” en Cuentos completos (2012) y De ánima (1984) respectivamente, con el objetivo de evidenciar la radical oposición entre las manifestaciones que cada autor construye.
Para Georges Bataille el erotismo es más un aspecto intrínseco que un acto sexual a
secas. Lo erótico, aunque implica establecer un contacto con objetos exteriores, está más sujeto a una experiencia trascendental. La anterior tesis se propuso en su obra El erotismo la cual, si bien tiene cierta antigüedad, continúa siendo uno de los pilares teóricos del término. En ésta el pensador francés explica cómo el erotismo no sólo es el deseo manifestado de forma explícita, sino que este responde a un plano intangible que provoca algo en el hombre, que lo mueve: “El erotismo es uno de los aspectos de la vida interior del hombre. En este punto solemos engañarnos, porque continuamente el hombre busca fuera un objeto del deseo. Ahora bien, ese objeto responde a la interioridad del deseo” (Bataille 34), lo que, a su vez, es una idea controversial, pues con la integración de la dimensión subjetiva, Bataille también cuestiona el tabú que, durante siglos, ha llevado a confundir la pornografía con el erotismo. Aunque es cierto que ambas nociones están relacionadas, la segunda se destaca más como una experiencia sagrada, según cuenta el autor.
Cuando se habla de la ‘experiencia sagrada’ no se refiere puntualmente a un acercamiento divino, más bien es el modo que el erotismo, como concepto, coincide con la religión y, en consecuencia, con la transgresión. Bataille, en su libro, propone que el erotismo es una religión en sí misma por lo siguiente: 1) Esta se rige a partir de sus normas y prohibiciones, las cuales tarde o temprano son transgredidas; 2) Se relaciona con lo sagrado y el sacrificio que permite la continuidad del ser. En el primero de estos el francés alude a que la sexualidad está limitada por muchos factores sociales —el matrimonio monogámico, el amor, la posesión del otro, el adulterio, el incesto, etc.—, cuando el erotismo irrumpe en estas normas morales y las transgrede, el sujeto pasa a un plano que Bataille llama “sagrado”, pues es el instante en que el individuo rompe los límites para acceder al exceso y al desbordamiento. Este aspecto de ruptura de lo moral y lo convencional da paso a la transformación del yo, lo cual conecta con el punto siguiente, donde el sacrificio conlleva a la pérdida de la individualidad de manera objetiva. La muerte simbólica del ser, de la identidad limitada, se enuncia como una senda que conduce hacia la continuidad, similar a la idea del eterno paraíso.
A mediados del siglo XX, tiempo aproximado en el que Bataille publicó por primera vez su obra, existió un auge religioso, sobre todo en la sociedad mexicana. La censura era un consenso típico en la época, era común que se marginara todo aquello que iban en contra de los acuerdos convencionales, por tanto, el erotismo, como tema tabú, no fue la excepción. Para la religión judeocristiana lo erótico suponía, antes y en la actualidad, el pecado, lo impuro, lo abyecto y el adulterio, lo cual resultó ser irónicamente cierto y, sin embargo, para ellos actuaba como una amenaza para el dogma que tanto protegían. No obstante, como cosa del destino, algunos autores mexicanos de entonces fueron influenciados de manera significativa por la filosofía europea.
Lo anterior fue lo que sucedió con dos escritores, que a la par de iguales son diferentes, Juan García Ponce e Inés Arredondo, ya que, atreviéndose a llevar a cabo estos temas censurados por la sociedad del momento, escribieron una numerosa cantidad de cuentos y novelas, pues para dichos prosistas el erotismo suponía más que una manera de expresar su postura respecto a las normas morales, estos lo plantean como una herramienta hacia la verdad y, a su vez, un acceso al conocimiento.
El erotismo en la narrativa mexicana
Dentro de los aspectos que motivan al escritor yucateco a producir obras eróticas parece conveniente plantear lo que expresa Armando Pereira sobre la poética de García Ponce, de la cual afirma que se trata de una compleja negación a seguir las leyes, establecidas por la sociedad, que dictaminan el camino cultural de los individuos:
Si algo podemos constatar en la narrativa de Juan García Ponce, y en particular en sus novelas breves, es esa constante insistencia por no seguir el curso de la moral instituida, por rechazar las normas que la sociedad establece para inducir los comportamientos adecuados y convenientes, por escapar a todo sistema de reglas y convenciones cuyo fin no es otro que disciplinar la conducta de acuerdo con los estatutos que la ley y el orden imponen para alcanzar una vida virtuosa. (83-84)
Para Ponce su poética debe estar más allá del bien y el mal sin dejarse orientar por las normas tradicionales, esto supone una independencia y la creación de una propia moral lejos de las limitaciones y la represión social. Es decir, más allá del bien y el mal impuesto, existe una concepción autónoma de ambos conceptos que no se guía por las leyes de otros, sino por la propia, la individual. Esta línea de pensamiento, además de su admiración al género, es lo que llevó a Ponce a crear personajes femeninos tan dueños de sí.
Por otro lado, Inés con su erotismo edifica lo que se conoce como la “develación”, es decir, dar a conocer, en este caso al lector, aquel lado del hombre que se encuentra oculto. Para esto Arredondo realiza, de manera frecuente, diversos juegos lingüísticos. No se limita a narrar una serie de sucesos cotidianos e íntimos cronológicamente, sino que, a través de la implementación de signos como el calor, la lluvia, el fuego, la desnudez, los frutos, entre otros aspectos, mantiene en sus cuentos una fuerte carga simbólica que se complementa, en la mayoría de los casos, con una atmosfera erótica y sagrada. Este atrevimiento de crear una ruptura de lo estético y lo moral es lo que hace a La señal una obra tan emblemática: “Inés Arredondo se centra en dicha ruptura al determinar un giro o cambio en lo establecido y una transformación en la literatura” (Flores 279). Por este motivo, cuentos como “La señal”, “La Sunamita”, “Mariposas nocturnas”, “Mariana”, “Estío”, por mencionar algunos, dejan una marca en el público, una incómoda: la sensación de haber leído algo inequívoco y, sin embargo, difícil de digerir.
“La Sunamita”: no hay bien que por mal no venga
Para Inés, quien plantea de manera constante la relación pureza-impureza en “La
Sunamita”, lo sagrado conlleva consecuentemente a lo no sagrado, igual que el erotismo, este concepto asume una contradicción, es decir, en su dialéctica no existe el bien sin el mal, ni lo puro sin lo impuro. Se trata de un concepto que por años, incluso siglos, la sociedad se ha encargado de exponer de manera errónea, puesto que estos deben percibirse como un conjunto y no como dos aspectos separados.
“No hay mal que por bien no venga” sentencia Juan Ruíz de Alarcón y Mendoza en su célebre comedia. En “La Sunamita”, sin embargo, el refrán parece invertirse “No hay bien que por mal no venga”, pues aquello que inicia como un bien termina desencadenado en un mal mayor. En el cuento, Luisa, el personaje principal de esta trágica historia, es una mujer creyente, orgullosa de su pureza intachable. Un día, de pronto, se le informa que la vida de su tío, a quien ella consideraba un padre adoptivo, estaba por terminar. Afligida, Luisa recurre a visitarlo, mas no se imaginaba que con una excusa de legado Don Apolonio le pediría contraer matrimonio. Turbada, llena de un sentimiento de angustia y repulsión quiso negarse ante la petición, no obstante, algunos terceros, guardianes de las leyes sagradas de Dios, insistieron en que aceptar el deseo de un moribundo era un acto desinteresado de altruismo y compasión. Luisa, empeñada en resguardar la castidad de su alma religiosa, terminó aceptando la propuesta, pues rechazar aquello conllevaría un agravio a sus principios cristianos. Sin embargo, la lascivia de su tío pronto la llevó a cometer lo que parecía un incestuoso pecado: “¡Qué! ¿No eres mi mujer ante Dios y ante los hombres? (…)” (Arredondo, pág. 123).
Don Apolonio, junto con el apoyo de los compasivos —el sacerdote, la criada y la prima, en cuestión— representan un desafío y una constante vigilancia moral que somete a la protagonista. A través de sus argumentos y sus exclamaciones implícitas (“¿Acaso no vas a seguir las leyes de Dios?”) anulan su capacidad de decisión, su autonomía, pues cada acción que emprende se justifica en nombre de la moral cristiana. En este sentido “(…) el incesto de La Sunamita no se da en términos de una relación amorosa, sino de autoridad y sumisión.” (Flores, pág. 290). El cuerpo de Luisa es el objeto del deseo que sugiere Bataille en su obra, aquel que despierta una animosidad por lo intangible. Esta ansia por su figura es lo que la condena, dado que Luisa realiza estas acciones como un acto caritativo, por la compasión que conlleva la enfermedad de un familiar con quien había pasado gran parte de su niñez. Sin embargo, Don Apolonio continúa con vida debido a una llama ardiente que enardece sus ganas de seguir en el plano terrenal: “La mejoría del tío se debe a supropio erotismo, pues la definición más simple de este aspecto es la afirmación de la vida hasta la muerte: luego entonces, es el deseo por Luisa lo que le permite vivir más tiempo.” (pág. 283) Esta euforia recae en Luisa, a quien el matrimonio la censura y reprime —dos aspectos que ocurren en contexto de autoritarismo—, lo que supone ser un acto sagrado de amor, se convierte en el fruto de su sufrimiento, no hay autonomía, ni es dueña de su cuerpo.
La idea de la religión como conductor del bien y del camino hacia la pureza es un
pensamiento cultural arraigado en la sociedad mexicana, asimismo, la fe ciega también es un efecto de esta. Inés es consciente de lo que el dogma produce en sus creyentes, dado que sus personajes en “La Sunamita” están cegados por este principio ideológico en el cual las normas cristianas son irrefutables, por este motivo pierden, en esta actividad, el egoísmo y la capacidad de decisión sobre sus acciones. Es la doctrina la que tomará las riendas de sus obras, como consecuencia, el sacerdote accede a celebrar el matrimonio in articulo mortis, a pesar de que el incesto constituye uno de los grandes pecados de la religión y, por dicho motivo, Luisa también consiente la unión, pues no hay acto más humilde y considerado que ayudar al prójimo. Sin embargo, esta convicción se transforma en un aspecto contraproducente:
(…) esta dialéctica de lo sagrado, une pureza e impureza con el fin de criticar a nuestra sociedad mexicana, donde los valores cristianos y la doble moral sexual mantienen a la mujer en un engaño de “pureza”, que en realidad consiste en un “ser-para-otro” enajenado, sin autonomía. (Flores, pág. 281)
“Ser para otro” es una autoridad que deja a la víctima sin soberanía personal. La mujer, desde la religión, tiene como deber corresponder dichos afectos y expectativas, entregar no sólo lo corpóreo sino también lo intrínseco, como sucede en el caso de Luisa, que entrega su “virginidad” y su vitalidad, asume la muerte y su llama, que representaba la avidez de pureza, es consumida.
De ánima: la ruptura de la moral judeocristiana
El erotismo como forma de conocimiento es algo que se ha planteado desde el inicio de esta investigación, pues es el siguiente paso luego de la trasgresión: el sacrificio y la muerte simbólica de lo individual y lo limitado, los cuales conllevan a superar la discontinuidad, acceder a la sabiduría y reconocerse en lo inefable. Este acto de “ofrenda”, como la religión, está hecho de contradicciones. Al parecer vida y muerte son uno mismo, pero esta última no es el fin, es el espacio donde el individuo se abre paso hacia lo continuo. La vida cotidiana, como tal, lleva el peso de la muerte, vivir nos expone a los límites, cada día es un paso hacia la discontinuidad, no obstante, es la práctica inmolar la que otorga dicha oportunidad de trascender y obtener la deseada libertad.
En la narrativa de Ponce, en especial en De ánima, la libertad está ligada a la pérdida, tal y como Bataille propone en sus planteamientos. Desde el inicio del texto, el yucateco retrata a una mujer que había sufrido las consecuencias de la sociedad moral: el matrimonio. No contenta con ello, se empeñó por adquirir de nuevo esa autonomía de la que había sido privada. El divorcio, para Paloma, supuso un nuevo comienzo y un modo de experimentar un reencuentro consigo misma. En la lectura es evidente que seguir los parámetros sociales y morales implicaba mantenerla en una especie de reclusión, donde se encontraba restringida por las leyes y responsabilidades de la unión conyugal. Transgredir el “deber ser” supuso para ella encontrar un entorno donde podía reconocer sus deseos más ocultos, un espacio sin cabida para los límites, sólo su ansia egoísta de entregarse al placer que le suponía dar placer: “Para Paloma, el matrimonio implica un movimiento defensivo contra el deseo, una forma de dejar de estar (o sentirse) disponible hacia los otros, una manera de exiliarse de la circulación del deseo” (Pereira, pág. 75).
En este sentido, las limitaciones no existen, ya que la entrega supone dejarse llevar por los instintos más primitivos: “ser libre es someterse al placer de la entrega, de la pérdida en otrocuerpo” (Martínez, pág. 57). Según la teoría de Bataille, Paloma sigue dicho proceso en el cual primero transgrede, luego ocurre la muerte objetiva de su ser, razón por la cual, más tarde, alcanza la continuidad, el más alto nivel de sabiduría, puesto que es ahí donde ocurre el reconocimiento de sí. En otras palabras, en De ánima, el personaje femenino se reconoce así misma a través del desarrollo de la sexualidad y la intimidad.
A través de las diversas experiencias sexuales que ocurren en la novela, Paloma va
construyéndose, unificándose entre los cuerpos a los que se entrega, las manos que la tocan y las miradas que la contemplan con detallada atención. Un ejemplo de lo anterior es el instante en que Gilberto, el compañero y amante en su nueva travesía, disfruta observando cómo Paloma se ofrece a diferentes hombres. Este placer se damnifica no en el contacto físico, sino en un goce estético, meramente visual, del cual Paloma siente una excitación profunda, pues ella se reconoce en el placer que produce a otros, es en este juego erótico donde sus facetas se configuran: “Si los hombres pueden hacer algo en relación a nosotras es contribuir a revelarnos” (Ponce, pág. 266).Paloma es un personaje femenino que, a lo largo de la novela, se encuentra en una constante búsqueda y construcción de sí misma en la que mantiene vínculos con hombres y mujeres por igual, estas relaciones que sostiene no son en el sentido posesivo de la palabra, como ocurriría en el matrimonio, sino conforme a la lógica del utilitarismo, los usa para llegar a ese estado sagrado y puro que describe Bataille, en el cual se conoce y se sabe dueña de sí.
Erotismo opresor (“La Sunamita”) vs. erotismo liberador (De ánima)
El erotismo además de ser lo que comúnmente referente a Bataille, un aspecto transgresor y sagrado, también es un elemento que actúa como una fuerza opresora. Son dos aspectos contradictorios, pero relacionados. El pensador francés expresa que el erotismo, como una religión, tiene sus propias contradicciones y excepciones a sus reglas, dos caras del concepto las cuales se contraponen, pues cuando este se ejerce sobre otra persona puede ser un principio represivo, como sucede en el caso de “La sunamita”donde Luisa es el objeto de deseo de Don Apolonio y que, en consecuencia, limita la autonomía del cuerpo femenino; o bien uno liberador, como pasa en De ánima con Paloma donde ocurre el reconocimiento de sí y la emancipación del ser.
Entre el erotismo como fuerza coercitiva y el erotismo como herramienta formadora de identidad existe un contraste evidente. Mientras que el primero restringe la autonomía, el segundo la afirma. Sin embargo, ¿cuál es el factor primordial que provoca tal diferencia? En respuesta a esta cuestión se podría decir que la inhibición junto con la presión que ejerce la ley moral puede limitar las capacidades independientes del individuo a quien se le imponga dicha carga. Como ejemplo de ello Inés nos plantea a una protagonista que, sí bien acepta la propuesta para su beneficio, el peso de las normas cristianas es mucho más grande en su persona, pues si estas no existieran, Luisa no habría sido orillada a tomar dicha decisión. La situación anterior diverge con la propuesta de Ponce, dado que su personaje femenino es tan dueño de sí que no ve como necesario emparejar su moral con la tradicional, puesto que construye sus propias leyes y actúa conforme a ellas. Se advierte entonces, que lo erótico actúa de maneras diferentes dependiendo del modo en que se aplique y cómo el personaje, que es el objeto de deseo, lo recibe, pues, como señala Bataille:
En la medida de su atractivo, una mujer es el blanco del deseo de los hombres. A menos de que se prescinda del todo de ella tomando partido por la castidad, la cuestión es en principio saber a qué precio, en qué condiciones, cederá. Pero
siempre, cumplidas las condiciones, se da como un objeto. (pág. 183)
Como se puede observar, las condiciones de ambas obras son distintas, aunque similares. Por un lado, entre sus semejanzas, resulta sustancial tomar en cuenta que los personajes femeninos son el vehículo narrativo de lo erótico en ambas obras, pues, como ya se ha mencionado, en estos recae el deseo masculino, lo cual es un factor esencial debido a la carga simbólica que esta figura trae consigo en el contexto de mediados del siglo XX:
(…) la forma en que se representan las mujeres en la literatura de estos países (tanto México como Perú)[1] ha tenido un impacto significativo en la cultura y la sociedad, contribuyendo a la formación de identidades, cuestionando normas establecidas y fomentando o conteniendo el cambio social. (Echeverry, pág. 456)
Tanto Arredondo como Ponce formaron parte de un círculo de autores que cuestionó la
sexualidad tradicional de la mujer y la convirtió en una forma de denuncia, y también, de liberación simbólica, pues era común que en el siglo XIX y principios del XX de la literatura mexicana la mujer asumiera papeles con roles tradicionales, domésticos y sumisos, por lo que las nuevas representaciones funcionaron como un cambio en las percepciones conservadoras, a la par que con ellas exponían sus posturas respecto a la situación política de entonces.
Entre las divergencias, ambos autores plantean, a su manera, dos perspectivas críticas, por un lado, Ponce expone una dimensión de la mujer que la sociedad suele ignorar. La publicación de su novela, para quienes comprendan su sentido, no trata sobre la codificación de la mujer, sino sobre el reconocimiento de sus placeres. Paloma encarna esta libertad al mostrarse dueña de sí, sensual, segura, firme de sus convicciones, de su género:
(…) ninguna mujer, Gilberto, deja nunca de ser su única dueña. Si lo hiciera, dejaría de ser mujer y perdería la capacidad de seducirte a ti o a cualquier otro hombre. Si ustedes necesitan mantenernos aparte es precisamente porque ésa es la única manera de poder llegar hasta nosotras y sentimos suyas.(Ponce, pág. 345).
Por otro, Inés muestra un personaje femenino que es privado tanto de su pureza como de la autonomía de su cuerpo, es decir, no se pertenece, ahora la posee su marido, como dictan las leyes cristianas. Su pureza, virginidad e incluso su vitalidad, fueron inevitablemente absorbidas por un moribundo que sólo vive por su lascivia. Este tópico evidencia la crítica de la escritora sobre la doble moral de la religión cristiana, obsesionada con imponer una fe ciega en sus creyentes, la cual suele anular su capacidad de decidir por sí mismos.
No quería darle un último gusto al viejo, un gusto que después de todo debía de agradecer, porque mi cuerpo joven, del que en el fondo estaba satisfecha, no tuviera ninguna clase de vínculos con la muerte. Me vinieron náuseas y fue el último pensamiento claro que tuve esa noche. Desperté como de un sopor hipnótico cuando me obligaron a tomar la mano cubierta de sudor frío. Me vino otra arcada, pero dije “Sí”. (Arredondo, pág. 92)
En síntesis, mientras Paloma actúa conforme a sus propias reglas, afirmando su libertad, Luisa, sujeta a los preceptos cristianos, se muestra contenida y obediente. En los argumentos planteados se observa uno de los motivos principales por los cuales la segunda no alcanza la misma libertad que la primera. Luisa aprueba el matrimonio por conveniencia —para preservar su pureza—, es común que el sentimiento erótico persiga el utilitarismo, tal dinámica se manifiesta en el tío, que se justifica con la palabra divina para someter el cuerpo de su sobrina,
sucede también en De ánima, donde Gilberto y Paloma actúan movidos por su propio beneficio. Los últimos para conseguir el placer de manera recíproca, los primeros no tanto. Pero, ¿qué hace diferente las acciones de los primeros si obraron pensando en la utilidad de la relación de la misma forma que Luisa y Don Apolonio? El centro de todo es la inserción de la culpa y la legitimización del sometimiento del cuerpo femenino. El mismo Bataille lo explica, aunque no incentive a una lectura patriarcal: “la cuestión es saber a qué precio y en qué condiciones ella cederá (la mujer)[2]” (137) De antemano, los lectores discernimos cuáles fueron los requisitos con los que Luisa fue subyugada; que Don Apolonio violó la prohibición del incesto y se aprovechó de la ley de Dios para privar a Luisa de llegar al lado sagrado.
El erotismo vive de la norma, habita en ella, no hay transgresión sin tabú y a la inversa. Eso quiere decir que el erotismo trabaja sobre la regla moral, la religión y los tabúes sociales. Como cosa común, lo prohibido para el hombre se vuelve algo deseable. Sin embargo, todos estos elementos están construidos bajo una ley que prioriza el deseo masculino sobre el femenino. Por tanto, los mismos límites están marcados por estructuras de poder y, en consecuencia, las transgresiones replican este lenguaje. Bataille en su obra manifiesta que el erotismo es un acto violento, en él uno despoja al otro de su individualidad de manera simbólica, instante en el que, según la teoría, se pasa al plano puro. No obstante, nada dicta que el erotismo no imite la violencia de las reglas bajo el nombre del deseo.
Por esta razón, Don Apolonio actuó siguiendo la lógica del poder, la religiosa, la cual subordina al cuerpo femenino al deber conyugal obligándolo a corresponder a las afecciones de su marido, sea por voluntad propia o no. En este caso, es el hombre quien eligió, quien dominó y deseó el cuerpo de una jovencita y que se amparó en la norma para imponer su deseo hasta doblegarla. En resumen, el contraste entre una protagonista y la otra se define en el modo que en la narrativa de Ponce habita el erotismo más puro, el que Bataille plantea de principio a fin en su célebre obra, en cambio, Arredondo nos muestra el lado oculto de este, el oscuro, donde el deseo se convierte, ni más ni menos, en un instrumento de dominación.
*
*
*
Semblanza
Estefany Nataly Rivas Rodríguez (Monterrey, Nuevo León, 2000), es egresada de la Licenciatura de Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Se ha desempeñado en la corrección ortotipográfica y de estilo, así como en la revisión de contenidos y el cuidado editorial. Se especializa en la colaboración con proyectos institucionales, académicos e independientes. Actualmente forma parte del área de corrección en el ámbito editorial contribuyendo al cuidado de la calidad lingüística de diversos textos, siendo la edición y el estudio de la lengua española su principal interés.
*
*
*
Referencias
Arredondo, Inés. Cuentos completos. Titivillus, 2011.
Bataille, George. El erotismo. Tusquets Editores, 1997.
Echeverry, Juan. La representación de la mujer en la literatura de México y Perú. Alicante:
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2025.
Flores, Ma. de la Luz (1999). “Inés Arredondo y el erotismo en el relato La Sunamita”.
Iztapalapa, no.45, pp. 279-292.
Martínez, Graciela. Pornografía del alma: ensayos sobre la narrativa de Juan García Ponce.
Consejo Editorial de Yucatán, 1986.
Pereira, Armando. “Juan García Ponce: entre el amor y el deseo”. Literatura Mexicana, vol.30,
no. 2, 2019, pp. 63-84. https://doi.org/10.19130/iifl.litmex.30.2.2019.1182
García Ponce, Juan. “De ánima”. Juan García Ponce: obras reunidas III. Fondo de Cultura
Económica, 2004, pp. 249-403
Rosado, Juan. “Juan García Ponce y el discurso de la transgresión”. Estudios, no. 60-61, 2000,
pp. 202-221.
http://estudios.itam.mx/sites/default/files/estudiositammx/files/060/000173351.pdf
Vallejos, Ana. “El erotismo y la sexualidad como formas de transgresión: las experiencias límite
de la subjetividad en Georges Bataille y Michel Foucault”. Opúsculo filosófico, no. 37,
2023, pp. 5-30. https://revistas.uncu.edu.ar/ojs3/index.php/opusculo/index
[1] Paréntesis del autor.
[2] Paréntesis del autor.

