Literariedad idílica desde la miseria; o la influyente poética de Charles Bukowski

Títulos disponibles en la Sala de Literatura. Créditos de la fotografía: Nancy Lucio.

Por Guillermo Lozano Flores

“El rasgo estilístico más destacado de la poesía de Bukowski, es sin duda su tono prosaico. Aunque mantiene la forma y estructura canónicas del género, es patente la voluntad de desnudez, de renuncia a lo sublime, que se traduce en un registro coloquial y directo donde priman las palabras comunes, en una sintaxis plana sin abuso de subordinación, en un aire de conversación. El rechazo de la afinación culta y el artificio nace del referido desprecio por el prototipo del poeta exquisito, al cual opone una concepción mundana del oficio y una resistencia a encasillarse en categorías prestablecidas que le permite hacer del poema monólogo y relato, o diálogo y escena. Narrativa natural” [1].

Así, a autores como Bukowski y sus contemporáneos los Beatniks, debemos el recordatorio de que la literatura puede escribirse para todos y de manera sencilla; antes realista e incluso cruda. O el recordatorio de cómo no debiera escribirse, según algunos puristas. Su idilio, quizá, consista en esa cotidaniedad llevada hasta el absurdo escatológico del paria, del raterillo, o el apostador violento. Sus personajes viven como estrellas de rock en plena pobreza White Trash: sólo beben y follan, con la diferencia de que el rockstar es millonario, pero igual, al caer en vicios o ser olvidado por su público y las disqueras, que sea popular y adinerado no implica que no sea o se sienta miserable, como le ocurre al Paul Mcartney implícito en el capítulo “Dos de nosotros” de la novela El bar más cercano, de Javier Dorantes [2]. 

Por otro lado, y regresando a esa realidad que reinventa la literatura inclusive con sus exageradas dosis de realismo, el verdadero enajenado, es decir, el ser humano clasemediero promedio o el obrero, está lejos de sólo vivir para el alcohol y el fornicio; aunque para algunos grupos sociales e individuos, las drogas y el alcohol puedan ser una forma de sobrellevar sus dificultades económicas y el contexto de brutalidad y violencia en el que nacen y les condiciona.

Pues justo ahí radica la literariedad y extrañeza en la poética bukowskiana, con la excepción e idílico elemento literario de que  dicha pobreza material y mental siempre es acompañada por una bella mujer que sabe brindar un “polvo magnífico” (Bukowski, 2006:7) y con quien los desahuciados protagonistas de Bukowski saben encontrar la risa, la comunión y la vida en cosas simples, como mirar patos en un parque y envidiarlos porque encuentran lo necesario en la naturaleza; o calcular la hora a partir de un reloj descompuesto mientras se habita un decadente edificio departamental donde la gente tiende a suicidarse de la desesperación, como ocurre en el cuento “Tres mujeres”, de su libro La máquina de follar.

O como las mujeres que acompañan a “Rob” y “Nico” en la mencionada novela El bar más cercano, de Javier Dorantes; o las amigas de “Adrián Magnánimo”, en mi novela Amateur (las historias de un diario sin días); o las diosas en decadencia de mi otra novela La Sangre de Eros. [3]

“Cada mujer jode de un modo distinto. Eso es lo que mantiene a un hombre en movimiento; eso es lo que mantiene a un hombre atrapado” (:12), atisba Hank Bukowski antes de ser tierna y desgarradoramente anulado del departamento junto a tres mujeres, donde quizá la traducción debió cambiar palabras como joder por fornicar, o atrapado por cautivo al mismo tiempo que curioso, para omitir la contradicción sintáctica y de sentido. Hank, entonces, las fornica y se va por engaño “al hotel de las cucarachas” (:13), donde se supone que vería a “Linda”, la mujer con quien vive, y a donde van a parar los parias sin dinero. Pero Linda nunca estuvo en el hotel donde lo citó.

Desde hace ya casi un siglo, la literatura escrita por Henry Miller y Charles Bukowski seguro resultó ser trasgresora, innovadora y fresca; además de repudiable en principio, como le ocurre a casi toda la buena literatura.

Pero a nuestros días, las idílicas diversiones narradas por un granuja al estilo autobiográfico de cualquiera de los dos autores, o de un jodido y arquetípico “Don Juan” hasta muy entrado el siglo XX, lejos de ser una decadente aventura deviene en textos sobre violadores borrachos y hombres violentos claramente denunciables; es decir, en pura narrativa arcaica.

Ningún relato de un hombre que hace lo que le place con las mujeres resulta grato a nuestros días, aunque, en el mencionado cuento de Bukowski, aquel idilio con tres mujeres hermosas inquiera la despedida del personaje; su decadencia hacia el vacío al que pertenece, porque “todo es inútil aquí/ y las señales marcan otro rumbo” (2009:20), aúlla desde lares más mexicanos y norestenses, pero en el mismo tono universal de la desesperanza, nuestro beatnik regiomontano Arnulfo Vigil.

Ahora bien: no se trata aquí de juzgar moralmente a los personajes o autores, sino de esbozar el comienzo de una literatura que va sobre, digámoslo así, “Adorables Perdedores”. Seres frágiles venidos a menos, como lo hemos sido todos en más de una ocasión; o si se quiere en un tono más clasicón, también podríamos llamarles anti-héroes o héroes fallidos y decadentes. Se trata pues de literatura que siempre ha permeado la violencia deshumanizante de la sociedad norteamericana, en el caso de lo escrito por Bukowski e infinidad de autores, y que se ha visto luego harto reflejada en el cine, en las canciones populares e incluso en la gran población, sea de connotadas urbes cosmopolitas, colonias exclusivas para millonarios, o zonas pueblerinas y proletarias.

El gran y sanguinario relato norteamericano nace condenado por la violencia y el armisticio como modus vivendi de sus habitantes, dejando claro que la violencia no es ni ha sido nunca exclusiva del paria, sino de contextos sociales específicos que la propician y de gobiernos, como el de los Estados Unidos de Norteamérica, que nunca han estado realmente interesados en regular la venta de armas, o en brindar apoyos, a manera de derechos o leyes, para cubrir las necesidades básicas de sus ciudadanos más vulnerables ya que, al fin y al cabo, el capitalismo se ha basado siempre en la guerra y la explotación del ser humano. 

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Bibliografía

Beristáin, Helena (1995). Diccionario de Retórica y Poética. Porrúa

Bukowski, Charles (2006). La máquina de follar. Anagrama.

______________ (2010). El amor es un perro del infierno (Poemas 1974-1977). Visor

Vigil, Arnulfo (2009) Arcángeles Naranja. Oficio


[1] Cyro Arbos en prólogo de: Bukowsky, Charles (2010). El amor es un perro del infierno (Poemas 1974-1977),  p. 16. Visor 

[2] Independientemente de que no termina de ser novela o libro de cuentos, El bar más cercano (2,022, El Barco Ebrio Ediciones), de Javier Dorantes, fue una de esas joyas literarias que encontré en el estante de literatura independiente en la Feria UANLeer del 2024 o 2025, no lo recuerdo muy bien, y cuya temática de mi interés seguía la senda bukoskiana. “Rob” y “Nico”, sus narradores personajes principales, eran alcohólicos y desempleados; con una incorregible pasión por el rock, pasión, obviada del escritor mismo, ya que, de manera similar a lo que hizo Alejandro Carrillo en su novela Adiós a Dylan (2016), intitula y desarrolla capítulos temáticos acorde a algunos títulos de canciones. “Dos de nosotros”, por ejemplo, es la traducción del nombre de una canción de Los Beatles (“Two of us”). 

[3] De acuerdo con Helena Beristáin (1995: 301) la literariedad es aquello que distingue una obra literaria de la que no lo es. Parámetro que cambia de época a época pero depende de una idea dominante históricamente de lo que es la literatura.

 Además de las características de sus personajes y su poesía prosaica, tanto Bukowski como los Beatniks pertenecen e incursionan en la contracultura, esto es, en entender y proponer la literatura desde la anti-estética, donde el canon sería entonces aquella literatura que busca el arrobamiento de lo bello; lo exquisito. Los Beatniks y Bukowski anteponen lo cotidiano, es decir, el anti-canon, cuestión tan en boga por aquel tiempo de rupturas y emergencia del arte popular (arte pop).

Casi toda la literatura y el arte que comenzaban a escribirse desde el último esplendor del jazz y cuando nacía el rocanrol, alcanzaron su punto culminante en la década de 1960.

Por otro lado, en el caso de mis novelas, si bien subyace un discurso crítico, se emparentan más con las de los Beatniks y Bukowski –considerado beatnik aunque él lo negaba- porque sus protagonistas, sean seres realistas o fantásticos, son siempre marginales.

 Habría además que considerar porqué las ediciones de Anagrama no usan mayúsculas después de un punto seguido o final. En la poesía puede tratarse de una propuesta, pero en la narrativa –bukowskiana- resulta de mal gusto; incómoda para el lector, incluso.