Los cuentos de una tana en la frontera norte de México

Cortesía de Tilde Editores.

Por Roberto Kaput

Para ti, Ideal,
mi vida que era círculo
se hizo espiral.
Álvaro Yunque

Lejana


Angélica Claro Canteros nació en Bahía Blanca, Argentina, en 1938. Hija de playboy continental y violín de orquesta de señoritas, en un arranque de aggiornamento absoluto decidió hacer con su nombre un quiasmo: Angélica Claro, Coral Aguirre, Angélica y Aguirre formadas como en espejo, Coral y Claro viéndose actuar como si fueran otras. En el fondo Coral siempre fue una tana: una echada al mundo que pasó de señorita de Bahía Blanca a guerrillera latinoamericana en unos meses. Cincuenta años después aterriza en México con dos exilios tras de sí: el primero la llevó a Europa, después de su liberación de un secuestro militar en el 78; el segundo la trajo a México en el 89, por amenazas de la triple A. Dramaturga, directora, viola en la orquesta que tocó en Beagle para el Papa, narradora y docente de literatura grecolatina, por estos rumbos ha sido reconocida con el Premio Nuevo León de Literatura (2007), el Premio UANL a las Artes (2009) y el Premio Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz (2014). Su llegada a Nuevo León en el 94 coincide con lo que Sánchez Carbó trató como un proceso de diversificación y descentralización del cuento mexicano, sostenido desde los años setenta por el crecimiento de escritoras, talleres y premios literarios fuera de la capital. ¿Angélica no llegó a México? ¿Aguirre soñó con otra igual a ella en la Sierra Madre Oriental sin salir de Bahía Blanca? Coral escribe sus exilios desde el afuera simétrico de los espejos literarios, nos lee a trasluz con gafas continentales, a veces como Ismene, a veces como Mónica Morán.

Consolidación y dispersión de las letras nuevoleonesas

Víctor Barrera Enderle observa que los años noventa representaron una transformación profunda para el campo cultural mexicano: el neoliberalismo convirtió la obra artística en objeto de consumo, el campo literario nacional se reconfiguró en dos direcciones simultáneas, una centrífuga, del centro hacia los estados, tendiente al isocronismo; otra centrípeta, de los estados hacia el centro, con campos regionales en diversificación paulatina. Las narraciones de Coral surgen de esa transición (1990-2020). Su doble situación exógena, extranjera enviada del centro a la provincia, termina por diversificar el campo literario regiomontano con la creación de grupos de teatro, revistas, círculos de estudio, de los que su propia obra se alimenta. Para Jaime Villarreal —crítico del grupo de dramaturgos Contraseña— “en su papel de creadora, intelectual y pedagoga, [Coral]es un vínculo perfecto entre los estudios literarios y los estudios teatrales y, además, le otorga al campo cultural del noreste de México una dimensión latinoamericana”. Su obra participa claramente de esos flujos que Ana Pizarro describe como energía diferenciada moviéndose entre áreas culturales y sistemas literarios hispanoamericanos, producto de muchas cosas, sociales y literarias. Si el exilio español de los años cuarenta —Pedro Garfias, Alfredo Gracia Vicente, Rafael Dieste— dejó su huella en la consolidación de las humanidades en Nuevo León, el exilio argentino de los 70-90 —Mario Cerutti, José María Infante, Martha Casarini, Dardo Aguirre y Coral Aguirre— marca la transición entre esa consolidación y la dispersión de la cultura nuevoleonesa. Por lo demás, su llegada a Monterrey no es coincidencia, es el cierre de un ciclo político continental que la UANL había vivido por su cuenta. Mientras la militancia de Coral escalaba en Argentina —Partido Comunista en 1968, Partido Comunista Revolucionario en 1972, teatro de barricada en 1974-1975, prisión en 1978—, la universidad mexicana procesaba su ciclo de represión estudiantil de Guerra Fría: en Nuevo León, la llamada Ley Elizondo de 1971 detonó un movimiento universitario que culminó en la capital con la represión de los Halcones el Jueves de Corpus, el 10 de junio de ese año.

Dos, tres, muchos Macondos

La producción cuentística de Coral se extiende durante quince años: Andar por los aires (2007), Andar por la tierra (2011), Los espejos del tiempo (2015), Cuentos furiosos (2019) y Memorias de una niña antigua (2022). Siguiendo a Charles May, los cuentos pueden leerse como una forma híbrida entre el modo metafórico del romance y el modo metonímico del realismo. En la tradición rioplatense encontramos justo esa bifurcación: Horacio Quiroga —todavía argumental, aleccionador, dramático— del lado de Poe; Felisberto Hernández —estructuras abiertas, tratamiento lírico del detalle realista— del lado de Chéjov. En ese plano cartesiano ella se sitúa como un puñado de sobreentendidos alrededor de oposiciones, no coordenadas: “Borges antes que Cortázar, Arlt más que Marechal, Onetti en lugar de Sábato, Piglia después de Saer”. La de Onetti-Sábato da la nota mundana, me parece. Las narraciones que surgen de tan peculiar formación, en todo caso, nos conectan de manera polémica con Río de la Plata sin la mediación de la capital del país. Un sur que se inserta en ambas direcciones del campo literario nacional desde la frontera norte de México. También encarna convicciones librescas que circulan desde hace tiempo entre nosotros: una lectura del canon occidental heredada de Borges; el desdoblamiento del narrador como marca de esa tradición (Piglia); la ficción como espacio donde convergen distintos tiempos históricos (Carpentier); una teoría de la ficción como superación de la catástrofe (Zambrano); sumándole un lenguaje literario denso, atravesado por la música —tango, canción latinoamericana, rock argentino—, el cine —el New Hollywood, el Cinema Novo, la Nouvelle Vague— y el canon narrativo latinoamericano que invoca: “nuevos Fierros, nuevos Páramos, otros Facundos, renovados Aurelianos”.

Febril la mirada

En sus narraciones breves, Coral revisita el mito clásico, la memoria personal y el cuento-testimonio como Quiroga revisitaba los cuentos de amor, de locura o de muerte. El mito le permite reescribir a Hécuba y Fedra desde una intimidad que la épica clásica niega, no funciona como cita sino como mecanismo por el cual el relato accede a una realidad sagrada o inconsciente, como quiere May pero de otra manera: el desdoblamiento temporal que rompe el marco de la ficción y lo hace convivir con la realidad, recurso escénico que monta como prólogo al Zarpazo de Gilberto Martínez en la representación del 75 reaparece después en sus cuentos: en “Generación”, la Hécuba que narra en primera persona la caída de Troya y la muerte de sus hijos no ilustra un tema griego, usa la lejanía del mito para tocar —sin nombrarla— la memoria de la generación latinoamericana de los setenta. Esa memoria generacional codifica olores, sonidos, texturas y sabores en lo que la autora, en otra obra, describe como un “sistema de apetencias”. En “A tres caídas”, la voz que recuerda a la niña detiene el tiempo presente —los vecinos que corren, la sirena que se acerca— para reconstruir la infancia por acumulación: los bucles de Óscar, su piel, la bofetada. El cuerpo registra antes de que el sentido llegue; el dolor y el deseo de la infancia se archivan como textura: “los cinco dedos regordetes” marcados en el rostro. El testimonio por su parte concede esa misma intimidad a quienes la nota roja archiva sin nombre. En “El azúcar sobre el pan” el músico judío que recoge en carretera a un niño migrante, Pedro Salinas Estrella, lo ve morir a tiros junto a la malla de la frontera, brincando “en añicos como una corteza que se vacía”. Narraciones producto de la fusión de material documental con un gusto literario que se piensa como prolongación del arte social del grupo Boedo y el cosmopolitismo del grupo Sur. En los tres registros su lenguaje aparece sobrecargado de deseo y de historia, en diálogo con Marguerite Duras o Yourcenar. La tercera francesa en su devocionario, Simone, se cuece aparte; ella siempre fue algo más que a menudo mezcla con una abuela guaraní. A eso la Mistral le llamó el limo americano.

Organismo en estado de repetición

Si la literatura nuevoleonesa se ha hecho con voces foráneas avecindadas en el estado —Mary Marshall Browne, Ricardo Arenales, Pedro Garfias, Rafel Dieste—, como se acepta por lo menos desde Héctor González, Coral es una cuentera regiomontana de grandes y pequeños aggiornamentos. Mito, memoria y testimonio, en ella, no son tres líneas cuentísticas, sino tres materiales sometidos a la variación como forma de conocimiento. El desdoblamiento de la narración se sigue claramente en Fedra: la sintaxis funde a la esposa de Teseo con la mujer de un dictador sudamericano. La voz que narra ya no es solo mítica, es también memoria reciente. Sus narradoras cruzan tiempos, entregan la palabra a personajes acallados, devuelven al presente aquello que parecía haber quedado en el pasado. Su escritura conserva algo de la escena teatral (voces que se relevan, cuerpos que recuerdan, conflictos que no terminan), pero también de la orquesta de estudiantes liberados (matices dinámicos, timbres, emociones). Leer sus cuentos es entrar en un pasado latinoamericano que no permanece quieto: vuelve como delación, como despojo, como denuncia, como cacería, como homonimia, como escándalo, como fratricidio, como centinela de Plaza de Mayo. Esa cualidad es para mí la marca principal de Angélica, la tana que salió de Bahía Blanca para refrendar en la frontera norte de México la bronca latinoamericana.

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Bibliografía

Barrera Enderle, Víctor (coord.). Y corrí a través de calles desconocidas. Antología del cuento en Nuevo León, tomo II. Monterrey: Universidad Metropolitana de Monterrey, 2020.

Flores Torres, Óscar. “Proyecto liberal y universidad popular. Modelos contrapuestos 1970-1973”. En César Morado Macías (coord.), Una historia de la UANL, tomo II. Monterrey: Universidad Autónoma de Nuevo León, 2023.

González, Héctor. Siglo y medio de cultura nuevoleonesa. México: Ediciones Botas, 1946 .

González Santos, Roberto Kaput. “Coral Aguirre y el agón latinoamericano”. En Ludivina Cantú Ortiz y Humberto Salazar (coords.), Forjadores de cultura: un homenaje al profesorado de la Facultad de Filosofía y Letras en sus 70 años de historia. Monterrey: Universidad Autónoma de Nuevo León, 2022.

May, Charles E., ed. The New Short Story Theories. Athens, Ohio University Press, 1994.

Pizarro, Ana. “Trama, tejido: pensar la construcción cultural.” Mundo Amazónico, vol. 9, n.º 1, 2018, pp. 13-24. DOI: https://doi.org/10.15446/ma.v9n1.65425

Sánchez Carbó, José. “El cuento mexicano reciente en el sistema literario (1970-2014): las contradicciones de una práctica masiva.” Cerrados: Revista do Programa de Pós-Graduação em Literatura, no. 38, 2014, periodicos.unb.br/index.php/cerrados/article/download/25798/22668/51429.

Villarreal, Jaime. “Prólogo”. En Coral Aguirre et al., Contraseña: nueva dramaturgia regiomontana. México: Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Nuevo León, 2003.