Poemas de Anahí Maya Garvizu

Del archivo personal de la autora.

NARRACIÓN SOBRE EL VENENO

 

Espero bajo la sombra de una roca

para transitar entre las hojas secas,

sobre la hierba tupida

al lado de los filamentos de pequeñas flores campestres.

Me gusta ir sobre el musgo de esa piedra

cuya textura es suave y extensa,

mover las pinzas y arquear mi cola

para que la luz de la luna resalte mis matices.

Me gusta ir errante

en busca del rastro de otro escorpión

aunque el bosque es cada vez más callado y vacío.  

Muchos temen mi veneno,

teman la soledad: como a una aguja atravesando el cuerpo

témanla de verdad: solo quienes la sienten

                                                                      y conocen

saben qué es moverse mientras quema.

 

 

EL BOSQUE TIENE OÍDOS, EL CAMPO TIENE OJOS

 

Los cerdos entraron a la cocina en un descuido

y se comieron las verduras de la semana.

Incluso si me fuera lejos

y comenzara una nueva vida

recordaría con claridad su gruñido.

 

La tormenta se llevó la calamina

la encontraron horas más tarde,

pasamos la noche cubiertos por la corteza de un roble.

 

Preferimos jugar a rodar por la colina

y asirnos de la rama inclinada.

Si prestaras atención

al misterio que hay en el bosque

también ensayarías

cómo dejarte caer al precipicio.

 

 

ESCALA DE GRISES

 

En el negativo se divisa el caballo de infancia

su galope permanece inmóvil.

Es más fácil mirarlo así

sin rastros de su pata podrida.

 

La imagen difusa oculta sus rasgos

pero cuando llega el alba su inercia galopa

y galopa suspendiendo en el tiempo

indicios de los paseos sin rumbo

del rocío sobre su color pardo,

de su relincho ante una sombra en el camino.

 

Vamos con tanta prisa

que probablemente no reconozcas el lugar que buscamos

y nos espanten las voces que llamen por nosotros.

Asustados, pasaremos de largo

extraviados como la luz de la luna tras un tumulto de nubes.

 

Presiento que en un punto perdido

ya no sentiré la brisa en el rostro

ni tus crines entre las manos.

Un despertar con las mejillas humedecidas.

Parecemos los retratos subexpuestos sin revelar.

Seguimos volviendo a casa.

 

 

A LA DERIVA

 

He deseado tanto, esperado tanto

que no noté cuando las horas pasaron sobre mí.

Es fácil ir hacia lo absurdo,

me hace pensar en la plaga distraída de polillas

estrellándose contra el parabrisas de los autobuses

las tardes de aire caliente en el verano.

 

 

TESITURAS

 

Por las grietas de mi casa son bienvenidos

los grillos que confunden las horas

las termitas que desgastan los muebles

las hormigas en la alacena y sus colonias en el jardín,

el abejorro entre los lirios, el ciempiés en la pared.

Las polillas ya no tienen que golpearse

en la doble capa de polvo acumulado en la ventana.

 

                         *

 

Al derramar mis lágrimas entre la hierba

el corazón palpita con mayor intensidad.

Comienzo a entender

que en días como estos nada se detiene

aunque las cosas sucedan con lentitud.

¡Me detengo por ti!, parecen decir los tréboles

al recibir las gotas saladas que se pierden en la tierra.

 

                         *

 

¿Qué buscas en esa carta de tinta azul?

El momento en que las avispas hicieron heridas en tu piel.

 

 

ADVERTENCIA Y VIGILIA

 

Había pasado un mes desde que las vacas de mi abuela desaparecieron en el monte. Un sudor frío de angustia le impedía dormir por las noches.

Como una garza que vuela en busca de garrapatas en los lomos de las vacas, así viajaba mi abuela. Una noche, mientras volaba bajo la inquietud de las nubes, al fin vio sus astas entre el hierbajo. Basta de juegos, les dijo desde el peñasco de los sueños.

          Regresen, porque hay un pantano

          para toda la que anda desorientada.

Pero ellas parecían no escucharla, tentadas por los cardos, atraídas por el imán del monte.

          Regresen, antes que alguien esparza culebras en su camino

         antes que perros desconocidos les muerdan las ubres y las patas.

        Les prometo pasto y lluvia. Una guirnalda de narcisos para sus astas.

Al despertar de ese día nublado a la sequía del presente, supo que esta vez la habían escuchado. Pasaron unas horas y las vacas fueron vistas en una aldea cercana.

             Huir, sin haber aprendido a percibir los ojos que nos vigilan

            sin saber que no toda agua de arroyo calma la sed

             huir sin saber que el relámpago advierte

            que una luz podría convertirnos en cenizas,

           no es posible, aunque intentes hacerlo en silencio. 

*

*

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Semblanza

Anahí Maya Garvizu (Bolivia). Vive entre la parte rural de Cochabamba y la ciudad de La Paz. Es autora de los libros de poemas Las estaciones (Editorial Libros del Cardo, Chile 2018; Editorial Buena Vista, Argentina y Isto Edições, Brasil 2023) y El bosque tiene oídos, el campo tiene ojos (Editorial de la Universidad Autónoma de Nuevo León, México 2025), por el cual recibió el Premio Iberoamericano de Poesía Minerva Margarita Villarreal 2024.

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