Por Eduardo Zambrano
El último libro de Jordi Doce (Gijón, España, 1967) lleva desde el título mismo una convicción: La insistencia. Pero en estas páginas el poeta no vuelve para reivindicarse, ni siquiera en su condición de escritor, sino para compartir algo de su “cuaderno negro”, como él le llama, que en cierta forma lleva la dolorosa intimidad de la pérdida; pero no solo está aquí lo que perdemos a expensas del tiempo, sino también a causa de nuestros errores:
Todos mis errores pasados han nacido de un exceso de obediencia. Todos mis errores presentes, de un exceso de desobediencia.
No es casualidad que abra mi apunte con esta cita, pues ahí estoy también en esas líneas, me reconocí de inmediato, soy yo, el muchacho obediente, y claro que me puse a conversar con aquel joven que se me ha vuelto algo mayor.
No se trata sólo de un sentimiento de empatía, sino también de encontrarme con mi padre (su fantasma) en el padre de Jordi, su arrogancia, su descomunal sombra para “protegernos” con su deber ser en el mundo.
Pero nada es comparable a la vivencia de un padre empeñado en imponer su ley como sea, incluso a costa de erradicar todo vestigio de amor propio en sus hijos.
Con este par de observaciones me sería suficiente para hacer (inventarme) un telefonazo a mi colega y agendar una cita para conversar largo y tendido, eso estaría bien, pero por fortuna este bello libro tiene otras cosas también, otro tipo de sorpresas para seguir haciendo esta reseña; aforismos que van más allá de lo ingenioso, apuntes que dejan portones abiertos, algunas recomendaciones gratificantes de sus lecturas, sus días, los monólogos y las disertaciones del pasante en reincidencias, que ostenta:
Fracasar mucho te vuelve experto en comienzos.
Bajo esta perspectiva, y dada la trayectoria de Jordi Doce en su propia obra y en sus traducciones, podría suponer entonces que parte de su oficio es una cuidada mentira de fracasos, pues el escritor no deja de avivar y reavivar entre sus lectores un diálogo sensible; además él lo sabe perfectamente y lo recomienda:
Que no se vea el pegamento con que juntaste los pedazos (¿las astillas?) de ti mismo.
A diferencia de los cuadernos que otrora los escritores abrieran para escucharse y conversar en privado, en el siglo pasado (más todavía al iniciarse el siglo XXI) hay una franca apertura para hacer de estos cuadernos un objeto cultural y de ensayística creativa, mismos que se plantean expresamente para publicarse y convocar con su originalidad temática a los lectores.
Dada esta condición fragmentaria y de informalidad, pareciera que estos ejercicios de cotidianeidad compartida son cosa fácil, pero no es así; por experiencia propia y fallida, ahí está mi “Cuaderno para los días inútiles”, que se ha quedado en carpetas sin llegar a ningún sitio. No es fácil, insisto, hacer de una tarea consagrada al ocio, un punto de reunión vital que salve al lector de sus propios ocios.
Pero volviendo a Jordi Doce, además de sus publicaciones como traductor y poeta, está el oficio de llevar cuadernos de una contabilidad íntima, hacer balances afectivos, consolidar estados de pérdidas y ganancias, cuadernos, en suma, existenciales. Ya antes ha publicado Hormigas blancas (2005), Perros en la playa (2011), La vida en suspenso. Diario del confinamiento (2020) y Todo esto será tuyo (2021). La insistencia (Pre-Textos, 2025) es una continuación a estos trabajos. Leí por curiosidad algunas reseñas del libro, y se dice que un distintivo de esta nueva entrega es una carga adicional de amargura, desencanto, vaciedad, algo que no asusta al espíritu creativo y que da pie para evocar de nuevo el trabajo del escritor, un trabajo que no deja de verse con asombro:
La paradoja de su vaciedad, que no para de desbordar y salpicarnos.
En efecto, la sensación que tuve al cerrar este libro es notar que mi ánimo estaba salpicado de asombro, ¿sombrío?, quizás, un desbordarse de emociones encontradas, tanto en su condición de hallazgo, como al contraponer sentimientos en un gesto de “sonrisa o risa blanca”, que en palabras de la escritora Han Kang refiere a “una persona que se esfuerza en sonreír mientras sufre en silencio“, o dicho de otra manera más enfática, a “una persona que está luchando por desprenderse de algo que lleva dentro“.
Creo que esta es la esencia del libro y de la propuesta que Jordi Doce nos entrega.
Igual sería una razón suficiente para recomendarlo, pero por si acaso, ahora personalizo otras más:
. Por ejemplo, un verso de Blanca Varela que me ha llevado a releerla y a recordarme que este próximo agosto, habrá que festejarle sus cien años.
. A recordarme también, que la figura descuadrada con que me muevo, el incorregible lector que llevo conmigo, sigue necesitando estos “libros como las plantillas ortopédicas” que menciona.
. Igual está ahí una anécdota de Richard Skelton, la invitación a su música, o la visión sublime del desierto como un “laberinto sin caminos”. También aplaudí su exhortación a desconfiar de las dinámicas de grupo, el sordeado autoritarismo que presuponen… y a no sentirme tan mal con esa personalidad evasiva que me distingue.
. Además, están esos aforismos que no sólo dan en el blanco, sino que entran como mosquitos en la cabeza, no necesariamente para fastidiarnos, sino para reconsiderar posiciones. Cito un par de ejemplos:
Los ausentes nos ayudan a redescubrir la ausencia.
En la sombra siempre hay sitio para uno más.
Cierro este apunte con algunas anotaciones que Jordi Doce comparte con los lectores para explicarnos o explicarse a sí mismo el título del libro: en parte confiesa que “el cuaderno es un simulacro de libertad”, una fidelidad (a la palabra) que se ha vuelto un “picar piedra”, … y se justifica de la siguiente manera: “Sólo cabe elegir la forma de servidumbre que nos es propia”.
Pues bien, habrá que aplaudir el coraje de Jordi para reincidir, y hacerlo con la humildad que le es propia, prisionero de sus obsesiones, sus palabras, entregado a ellas no para ser libre (como bien nos confiesa) sino para dejarlas en libertad.

