Sublime sin interrupción. Sobre una lectura tardía y desfasada de  “Las  ninfas”, de Francisco Umbral

Título disponible en la Sala de Literatura. Créditos de la fotografía: Nancy Lucio.

Por Víctor Barrera Enderle

No hace mucho tiempo encontré, en una librería de viejo de la calle de  San Bernardo, de Madrid, un ejemplar de la novela Las ninfas, de Francisco Umbral. Se trataba de una edición popular, destinada a la venta o al remate de saldos  en los quioscos de revistas y periódicos. El librito pertenece, de hecho, al conglomerado editorial del periódico español El Mundo, y forma parte del repertorio de la colección “Las 100 mejores novelas en castellano del siglo XX”. La fecha de impresión es el año 2000. Cifra emblemática para los recuentos y listados de toda índole.  La inclusión de esta obra en su índice algo nos dice, aunque no todo.

 Umbral publicó Las ninfas en 1976, recién muerto Franco. El dato no es gratuito: la transición se asomaba por todas las esquinas de la Península. Desde hacía tiempo buscaba libros suyos; debo admitir, sin embargo,  que mi interés por su obra es tardío, como, creo,  lo fue  también su recepción en Latinoamérica. No fue algo planeado, simplemente su narrativa circulaba poco en este lado del océano (a diferencia de otros autores como Camilo José Cela, Miguel Delibes  o, incluso, Luis Martín Santos; por no mencionar a los más difundidos y comercializados: Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte, o Almudena Grandes). Recuerdo alguna entrevista de Bolaño donde, parafraseando el decálogo de Quiroga para los cuentistas, recomendaba no leer a Umbral, quien, por cierto, no era, en lo sustancial, un escritor de cuentos. Evocaciones y preguntas saltan al mismo tiempo. ¿Por qué un autor de las capacidades de Umbral no tuvo buena recepción en Hispanoamérica? Tal vez porque su madurez narrativa se dio a la par del declive  del boom y del surgimiento de nuevas fórmulas de venta. Las ninfas apareció el mismo  año del infame puñetazo de Vargas Llosa a García Márquez; el ojo morado del autor colombiano no sólo fue una señal de la agresión, sino también de la clausura de ese movimiento narrativo. Umbral trabajó como pocos el registro autobiográfico (muy alejado, afortunadamente, de la autoficción de hoy). “Hay que ser sublime sin interrupción”: esa cita de Baudelaire, colocada estratégicamente como epígrafe,  rige la estructura de la novela, novela de formación para más señas. Novela de la posguerra, por si faltaba algún dato. El protagonista y narrador evoca los días de adolescencia en una ciudad de provincia, atrapada entre la inercia del siglo XIX (imagen desteñida de la Vetusta de Clarín) y los escombros de la guerra civil. Medio huérfano, rodeado de una parentela empobrecida y enferma, con un primo que toca el laúd y lee poesía modernista,  ese joven desgarbado y entelerido había  abandonado la escuela y sus lecturas son para él la realidad, mientras, en el sombrío y gélido sótano de un banco, copia documentos para ganar algunas pesetas. Entre esa lúgubre rutina y sus primeras excursiones a cafés y bares, transcurría su existencia.

Nuestro héroe (o antihéroe, da igual) rememora con precisión esos  agitados días de juventud y no puede evitar empezar por  su entorno familiar (la realidad inmediata, la primera ventana al mundo). Comienza con la arquitectura de la casa: una habitación oblonga, teñida de azul, pero impregnada de sepia. El azul personificaba la ilusión; el sepia, la realidad decrépita. La casona, llena de personas y objetos anacrónicos (fotos añejadas, muebles muñidos, tías achacosas), representaba la celda; el descubrimiento de la literatura, significaba la posibilidad del desdoblamiento, de la evasión y, finalmente, del autorreconocimiento:  “Los libros eran pocos, pero para mí eran todos los libros, porque lo que lee uno después de la adolescencia es ya siempre repetición de lo leído (se lee siempre el mismo libro; el que uno quiere leer y escribir, nuestro libro) y porque no hay manera de que un libro leído más tarde pueda poseernos como nos poseyó aquél, como nos poseyeron aquellos”.

 La adolescencia como pasaje dantesco, punto medio  entre el idilio y la masturbación, entre la habitación azul y el retrete, ese cubículo frío y húmedo, hogar de las pasiones liberadas: “sitio de amarse y odiarse uno a sí mismo, porque el adolescente sólo se tiene a sí mismo, y esto es lo desesperante, lo enloquecedor de la adolescencia”.   En el agua encuentra la “purificación”: el elemento que lo conecta con lo físico y con las ninfas de su imaginación. Estas mujeres, entre reales e imaginarias, entre terrenales y celestiales, le irán descubriendo la otra gran posibilidad: la del cuerpo, la de la sensualidad.  

La prosa de Las ninfas deslumbra, tal vez porque muchos lectores experimentamos  el mismo tránsito de la adolescencia a la adultez: a través  del consumo artístico y cultural. Los pasajes relativos a la formación literaria del narrador no tienen desperdicio. Un adolescente en la España franquista del medio siglo, que escribe poemas modernistas (con 50 años de retraso, como él mismo confiesa), los cuales son rechazaos por el párroco editor de una revista católica: ¡por modernos!, por carecer de rima, por confundir el verso blanco con el verso libre. La escena nos muestra, de fondo, el terrible drama de un muchacho que ve el mundo a través de la literatura, pero que choca con una realidad anti-literaria: “Siempre, entre la realidad y yo, esta transformación literaria, esta elaboración espontánea e inevitable  de los ojos, esta imposibilidad de ver la verdad en la verdad, o esta posibilidad de ver otra verdad”.

            Esa lucha que nadie comprende (salvo él mismo) se vuelve irreversible conforme se adentra en las lecturas y comienza a escribir. Las páginas iniciales de su carrera como escritor, redactadas con sangre y fuego, defectuosas y desbordadas, se convierten en el borrador de su propio destino. Cuando lee por vez primera su nombre en un periódico (mal escrito, por cierto) sabe que no hay retorno posible. La vida será consecuencia, para bien o para mal, de la vocación. Las ninfas no es sólo la gran novela de la adolescencia de Francisco Umbral (ese deseo, o pulsión,  de ser sublime sin interrupción), sino el testimonio desgarrador de lo que implicaba querer dedicarse a la literatura en un país que había asesinado o desterrado a sus mejores poetas, que había proscrito a la vanguardia, y que veía con recelo (y desprecio) a todo aquel que tomaba un libro entre sus manos. Es, finalmente, el relato de cómo la literatura vuelve a crecer en los páramos desolados por las batallas.

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