Por Ricardo D. Aguirre Garza
Escribir es darle forma a ese desbordamiento,
contenerlo, vivificarlo y presentarlo.
Minerva Margarita Villarreal
¿Qué más puedo agregar a todo lo ya dicho? Pues solamente La Verdad.
La Verdad es que la revisión del universo de manuscritos fue un arduo trabajo con sus altas y bajas. La Verdad es que la deliberación se manifestó como un diálogo enriquecedor con Silvia Eugenia Castillero y Luis Felipe Fabre —diálogo que agradezco profundamente porque aprendí de dos plumas enormes—-. Y la Verdad es que Aquella última tarde en Hill Valley fue un descubrimiento; pero su revelación no fue sorpresiva, sino paulatina y es ahí donde, creo yo, radican los laureles del premio.
He de confesar que a medida que avanzaba el proceso de lectura el poemario de nuestro Marty McFly: Manuel Parra Aguilar, seguía presente. Yo no lo sabía a ciencia cierta, pero sospechaba que estaba ahí, que algo me acechaba. Los manuscritos continuaron e iba encontrando textos muy interesantes, pero a la par sentía que había pasado por alto algo y, a veces, regresaba a alguno de ellos; mas no al poemario indicado.
Al concluir la selección el nombre del poemario ganador no estaba en la lista, o al menos eso creí, porque durante la deliberación Aquella última tarde… continuaba siendo un recuerdo presente, un deambular por aquella nostalgia y lo cotidiano impregnados con una patina de extrañamiento, la misma que se había instalado en mí, sin siquiera yo saberlo; veía al manuscrito escondido entre los recovecos de la lista y eso me llamaba la atención.
Sin embargo, la kátharsis llegó cuando entendí que …Hill Valley no era un manuscrito o un catálogo de referencias; no era solo un ulular o una frontera con lo liminal; sino que desde siempre había sido una singularidad: una totalidad nostálgica hecha coherencia y tristeza. Fue aquí cuando entendí que no “era”, sino más bien qué “es”. Comprendí que el poemario escrito por Manuel Parra Aguilar es la melancolía de un siglo XX mudo de memoria, a duras penas visible y ya en los albores del olvido:
mientras escribo esto, pienso que todo habrá pasado; más allá de la ventana, yo buscaba una palabra: los árboles desnudos se rozaban entre sí, yo no sé cuál es la diferencia. (p. 13)
Justo en ese momento supe la Verdad: Aquella última tarde en Hill Valley es un fantasma con miedo a desaparecer.
Y fue precisamente dentro de la paradoja del desvanecimiento en donde recordé a Octavio Paz señalando que: “La imagen se sustenta en sí misma, sin que le sea necesario recurrir ni a la demostración racional ni a la instancia de un poder sobrenatural” (p. 132). Esta imagen de la extrañeza y lo cotidiano; este acontecer del próximo silencio y la diversidad de fronteras; ese deambular por el territorio limítrofe de la región, la memoria y el lenguaje es lo que se manifestó ante mí como la verdadera Revelación Poética…

