Por Ricardo D. Aguirre Garza
Para José Luis Aguirre
Hoy en día nombrar a Kafka es mencionar una institución, es recordar un apellido polisemántico cargado no solo con La metamorfosis, El proceso o Cartas al padre, es también enunciar un Bestiario lleno de buitres, rinocerontes o sirenas; es recordar a una entidad conocida como Odradek, así como a un médico que pierde todo lo que es, o a una comunidad de ratones y su respectiva cantante.
Pero, dejando de lado las obras, el fuego y al salvador Max Brod, Franz Kafka fue también nombrado como Literatura menor, no por las altas esferas o por las instituciones culturales, sino por la pareja explosiva de la Filosofía: Deleuze y Guattari.
En su periplo por el entendimiento (y por qué no, definición) de lo que es la Literatura en el autor checo los franceses escribieron Kafka. Por una literatura menor, en donde analizan las singularidades de este escritor, de sus personajes y de la forma en que no encajan sus obras dentro del canon literario de ese tiempo. Y es desde el inicio donde proponen una pregunta capital, pero también una inmediata respuesta, acertada, aunque muy a su manera: “¿Cómo entrar en la obra de Kafka? Es un rizoma, una madriguera.” (pág. 11) Claro, es una pluralidad que se bifurca al infinito, pero estos múltiples acercamientos no solo “impide la introducción del enemigo, el significante” (pág. 11) sino que también procura una experimentación estética y lingüística.
Ellos exponen que la cuestión minúscula no depende del carácter cualitativo de la obra, sino de su aspecto subversivo, pues “Una literatura menor no es la literatura de un idioma menor, sino la literatura que una minoría hace dentro de una lengua mayor.” (pág. 28) Y es aquí donde entra en juego el contexto de Kafka: un autor judío del siglo XX, radicado en Praga, opta por escribir en alemán, “La imposibilidad de escribir en otro idioma que no sea el alemán es para los judíos de Praga el sentimiento de una distancia irreductible con la territorialidad primitiva checa.” (pág. 28) Hay una doble lejanía tanto cultural como territorial, aunado a que estas obras nacidas en el centro apelan a algo fuera de dicho seno: no reproducen el territorio (ni cultural, ni regional) en el que se encuentran inmersas.
Bajo esta misma nota los filósofos franceses encontraron que este tipo de literatura contiene tres características específicas: 1) la Desterritorialización del lenguaje, desde su aspecto contextual, así como estético; 2) el encabalgamiento entre lo individual y lo político: y 3) la colectividad y enunciación de la obra como eco uno del otro. La suma de estos aspectos es “Lo que equivale a decir que menor no califica ya a ciertas literaturas, sino las condiciones revolucionarias de cualquier literatura en el seno de la llamada mayor (o establecida). (pág. 31) Ahora bien, gracias a estas definiciones acuñadas a partir del padre de Gregorio Samsa nos es posible vislumbrar que no solamente en el autor checo se encuentran este tipo de aspectos, sino que existen algunos otros materiales literarios que podrían considerarse como tal.
Para esto me gustaría formular la siguiente problemática: si pensamos al Canon Literario como una lengua mayor, es decir, como ese status quo que impera en lo cultural y que ya se encuentra en un espacio establecido, con sus respectivas reglas y mecanismos ¿cuáles serían los equivalentes a Literatura menor, es decir, a aquellos textos que dentro del marco de dicho Canon pueden ser considerados como alejados, subversivos y, por supuesto, desterritorializados?
La respuesta, confieso, es un tanto atrevida, equivocada y, por qué no, subjetiva, pero ¿no son acaso Gargantúa (1535) y Pantagruel (1532), el mismísimo Don Quijote (1605), o el caballero Tristam Shandy (1759-7967) ejemplos de obras minúsculas?
Siento ya su mirada de desprecio al mencionar al santo patrono de la Literatura en español junto al campo semántico de lo menor, pero no se me malinterprete: primero porque estamos viéndolo a la luz de lo expuesto por Deleuze y Guattari, específicamente bajo el concepto de la Desterritorialización[1]; segundo porque la naturaleza del humor, la ironía y la paradoja, tan presentes en las tres obras, también se pueden utilizar para describirlas ¿o no?
Ahora bien, deseo enfocarme en aquel concepto que estamos batallando en verbalizar: la Desterritorialización, porque este mismo no solo atañe al espacio físico desde donde se construye la obra, sino que también pretende desplazarse con respecto al uso estético del lenguaje o ¿no es acaso en estos textos donde el lenguaje pierde completamente su parcela de seriedad y se adentra en territorio inconexo, donde la traducción es apenas un mero trabajo sisífico, pero necesario, además que desde la estética del y en el lenguaje, y la pérdida o falta de territorio son los aspectos que dan esa textura singular?
Recordemos, por ejemplo, la disputa filosófica entre el clérigo inglés Taumasto y el escudero Panugro, donde el primero apunta que quiere “disputar sólo por signos, sin hablar: pues son tan arduas materias que las palabras humanas no serían suficientes para explicarlas como deseo.” (2003, pág.112) para después mostrarnos un encarnizado debate en donde
Panugro al punto levantó al aire la mano derecha, luego se metió el pulgar de la misma en la ventana de la nariz del mismo lado, teniendo los cuatro dedos extendidos y apretados en su orden, en línea paralela a la arista de la nariz, cerrando totalmente el ojo izquierdo, y mirando de reojo con el derecho, bajando profundamente la ceja y el párpado.
Luego levantó en alto la izquierda, apretando fuerte y extendiendo los cuatro dedos y levantando el pulgar, y la mantenía en línea correspondiendo exactamente a la posición de la derecha, con una distancia entre ambas de un codo y medio. Hecho esto, con la misma posición bajó ambas manos hacia tierra, y finalmente las mantuvo en la mitad, como apuntando directamente a la nariz del inglés. (pág.115)
Gracias a los callejones del humor es que podemos acceder a ese espacio del exilio dentro de lo universal. En Rabelais, la desterritorialización del lenguaje se manifiesta como la estética del humor, de lo risible y lo grotesco: la lengua es un amasijo de lenguas, una amalgama, un batiburrillo de conceptos antitesísticos y paradójicos sobre los que reside el hogar de la escritura subversiva.
Se manifiesta de forma similar cuando como parte de las aventuras del hidalgo su escudero se infiltra en la casa de Alonso Quijano para verlo y comentarle que
anoche llegó el hijo de Bartolomé Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y yéndole yo a dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en libros la historia de vuesa merced, con nombre de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha; y dice que me mientan a mí en ella con mi mesmo nombre de Sancho Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el historiador que las escribió.
—Yo te aseguro, Sancho -dijo don Quijote-, que debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir.
—Y ¡cómo -dijo Sancho- si era sabio y encantador, pues (según dice el bachiller Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho tengo) que el autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena! (2004, pág.565)
Es este juego mise en abyme el responsable de reflejar una y otra vez las estructuras dinámicas de la obra literaria, capaz no solamente de referirse a sí misma, sino de hacernos sonreír al entender que como lectores estamos formando parte del abismo y de la desterritorialización, es decir: del desplazamiento de nuestro lugar pasivo ante la lengua mayor.
Por supuesto las sorpresas continúan justo cuando después de entender un poco sobre el pueblo donde nacieron los padres de Tristam Shandy, así como los tipos de hobbies que ahí se practican, el capítulo siguiente aparece como una dedicatoria impersonal, para después excusarla diciendo que
Declaro solemnemente ante toda la humanidad que la anterior dedicatoria no se hizo para príncipes, prelado, papa, potentado, duque, marqués, vizconde, barón o título semejante de la cristiandad. Y que no ha sido ofrecida pública ni privada, directa o indirectamente a personaje alguno, grande o pequeño, sino que se trata honradamente de una verdadera dedicatoria virgen que no ha sido aplicada a ningún alma viviente. (2024, págs. 75-76)
De nueva cuenta un juego, el movimiento: éxodo y exilio; quien lee se pierde ante una extraña manifestación de la intención del lenguaje, una forma no solo de hablar de sí mismo, sino de sustentar el por qué está ahí ¿y por qué dicha necesidad? Porque dentro de lo establecido —del Canon— un movimiento de este tipo no es propio de las estructuras presupuestas, es alejarse a otra parcela, a otro territorio lingüístico y, por supuesto, literario.
¿No es acaso leer con santo y seña la disputa teórica entre Taumasto y Panugro; la revelación del origen de ellos mismos y de sus aventuras a manos de un moro apellidado Berenjena; o la dedicatoria que coloca el narrador Shandy algunos de los ejemplos más finos que demuestran el éxodo del lenguaje hacia fuera de sí mismo?
Con estos vislumbramos una marcada diferencia entre Rabelais, Cervantes y Sterne, con respecto a Kafka, aunque los cuatro podrían considerarse como Literatura menor, bajo los presupuestos del dúo francés y las respectivas Desterritorializaciones, los primeros tres tienen otra idea en mente: el Humor. El autor checo escribe con el ceño fruncido, meditabundo y reflexivo; los otros tres parecen formar parte de los buenos historiógrafos que al inicio de la aventura de los gigantes se nos describen como sempiternos bebedores.
¿Y qué con todo esto?
He aquí el meollo del asunto: ¡esta Literatura Menor, Humorística y Desterritorializada es el antídoto del siglo XXI!
Hoy en día veo una falta de diversión, de fuerza y, por supuesto, de Lenguaje; una reproductibilidad técnica —con el permiso de Walter Benjamín— donde la Literatura se (re)reproduce ad astra. Sí, Kafka ya está consagrado, ya es un primer paso en pos de la minoridad literaria y es quizá el primer bastión de esa subversión, pero ¿qué sigue?
¡Por supuesto que sigue Leer! así con mayúsculas: adentrarnos en el lenguaje humorístico como el de Rabelais “Señor, micer, mi genio no es pato nato a lo que dice ese flagitioso nebulón por escoriar la cutícula de nuestro vernáculo gálico; sino que viceversamente gnavo opera, y por vela y remos me enito de locupletarlo de la redundancia latinicome.” (pág. 65); en la metaficcionalidad similar a la de Cervantes
–La Galatea de Miguel de Cervantes –dijo el Barbero.
–Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención; propone algo, y no concluye nada: es menester esperar la segunda para que promete; quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada. (pág. 68)
O en la autorreferencialidad apreciada por Stern “He aquí algunas de las líneas en las que me he movido en los primeros cuatro volúmenes. En el quinto lo he hecho mejor. La línea que he descrito venía siendo así”:

Leer sí, pero ¿a dónde se fue la potencia del lenguaje?
Aquí se vislumbra la siguiente cuestión: claro, esa potencia, hoy en día, está en fiordo de Fosse, en lo rural de Krasznahorkai y en lo épico de Cartarescu. Pero el verdadero problema no está en saber dónde encontrar la potencia, sino en preguntarnos si de verdad somos capaces de leerlos, de reconocer esta fuerza y apreciar sus dimensiones. Es aquí donde yo lo dudo. Porque el verdadero problema es que hemos perdido la capacidad de asombro, de asimilación y de fe; ya no buscamos leer, sino escribir, tal cual lo enuncia la editorial Periférica en respuesta a un manuscrito
pasan los años y tenemos la sensación, a tenor de las muchas personas que envían sus obras, de que es posible que exista más gente que escribe y desea publicar lo que escribe de la que lee. (Comunicación personal, 25 de mayo de 2026)
Creo que hoy necesitamos una reestructuración, una nueva forma de recibir y apreciar a la Literatura y al Arte en general, ya no solamente hacerla, sino Leerla e intentar aprehenderla en su totalidad, y para lograrlo es pertinente entender la verdadera importancia de (re)aprender a leer: encontrar herramientas y mecanismos para potenciar el pensamiento y la reflexión.
Enfrentémonos a aquellos textos nómadas, retadores y desterritorializados; aquellas máquinas humorísticas, metaficcionales o autorreferenciales; aquel lenguaje infinito, plástico y complejo; devoremos también Literatura menor que ponga en jaque nuestra capacidad, busquemos textos que sean solamente (re)producidos y no meras copias, obras que se nos presenten como un verdadero reto, porque es ahí donde residen las verdaderas dimensiones estéticas que debemos descubrir. Y, ante todo esto, preguntémonos también…
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Bibliografía
Cervantes, Miguel. (2004). Don Quijote de la Mancha. (6a ed.) México: Alfaguara.
Deleuze, Gilles & Guattari, Félix. (1990) Kafka. Por una literatura menor. México: Ediciones Era. Versión de Jorge Aguilar Mora.
Rabelais, Francois. (2003) Pantagruel. España: Cátedra.
Stern, Laurence. (2024) Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy (17a ed.) España: Cátedra.
[1] La especificidad es debido a que el aspecto político y el valor colectivo son marcadamente visibles en todas estas obras, y me interesa ahondar un poco más en el enfoque estético.

