Por Eduardo Zambrano
El siglo XX fue una época de profunda efervescencia intelectual en Cataluña, marcada por las propias revoluciones culturales en occidente, pero, sobre todo, a raíz de la guerra civil española, con las consecuencias propias del exilio, la marginación, y la censura. Lo que terminó produciendo también como consecuencia una labor intensa de ensayistas y pensadores que ahora son fundamentales.
Por estos días he venido releyendo a Joan Fuster (1922-1992), una de esas voces que activaron aquella efervescencia política y social. Considerado un escritor fundamental en lengua valenciana, su obra contribuyó a revitalizar las posturas pro-catalanas en Valencia durante la transición española a la democracia.
Sobre todo, poetas, pero también los novelistas han contado con una generosa difusión en traducciones al castellano; no es el caso para los ensayistas. Y es una lástima, porque a la par de sus trabajos y apuntes propiamente activistas de aquella época, floreció una prosa, una visión crítica del mundo y la cultura, fascinantes. Mi curiosidad se ha limitado a algunos libros de Josep Pla, pero ahora doy cuenta, con gran entusiasmo, del Diccionario para ociosos de Joan Fuster.
De entrada, en una advertencia preliminar, se nos indica que lejos de ser un diccionario, este libro reúne anotaciones al margen, aforismos, y algunos temas diversos que tuvieran también un aliento ensayístico, pero sin pretensiones intelectuales, sino de observador atento a la condición humana y a nuestros quehaceres cotidianos. Son poco más de sesenta temas clave, donde el amor, el azar, la templanza, la justicia, el sexo, por citar algunos, tienen ese aliento largo y minucioso que refería. Otros apuntes se adelgazan a una o media página, otros quedan reducidos a un párrafo o apenas a una línea, que sin dejar de divertirnos cuestiona y pone en entredicho aspectos y cuestiones del ser humano frente al mundo:
. Muy a menudo, casi siempre, callar es también mentir.
. En determinados momentos de nuestra vida, todos ponemos cara de gárgola.
. Cómplice es aquel que te ayuda a ser como eres.
. Resulta algo cómico: siempre somos menos malvados de lo que creemos ser.
. No entiendo a los que dicen que desprecian el dinero. ¡Con lo que cuesta ganarlo!
Pero este gusto por el aforismo ácido y desafiante es apenas una faceta de su amplia labor como observador y ensayista. Joan Fuster estudió Derecho, pero se formó con rigor autodidacta en literatura y crítica. Su estilo es directo, reflexivo, preciso y a menudo caracterizado por el sarcasmo y el cinismo, figuras que en las páginas de este “diccionario para ociosos” reivindica:
Hay que insistir: es conveniente reivindicar el cinismo. En el fondo, eso que llamamos “cinismo” no es otra cosa que el antídoto de la hipocresía. La figura simétricamente opuesta al “cínico” no es el “virtuoso”, ni siquiera el “puritano”: es el fariseo.
La obra fundamental de Fuster data de 1962: Nosaltres, els valencians (Nosotros, los valencianos), un ensayo sociopolítico que redefinió la identidad valenciana y tuvo un gran impacto en la transición democrática. También en su faceta de ensayista abordó los hechos históricos, la filosofía, la cultura en general y la política en particular.
A continuación, y dado lo extenso del texto, comparto cinco vertientes de su ensayo sobre el plagio. Hay que resaltar que lo valioso va más allá de su legítima defensa, de sus citas no exentas de humor, porque igual se da a los lectores un contexto histórico para entender el por qué (más en los últimos años) el plagio es visto como un agravio a los derechos de autor:
El individualismo económico que constituye la fuerza renovadora de esta clase (la burguesía) en su período ascendente, había de traducirse en “otro” individualismo artístico, literario, filosófico, y así fue… (entonces) ya no se limitan a hacer “una obra”, sino “su” obra. El literato, como el comerciante, ha de pensar ya en una “clientela”. Y se le contagia la ética burguesa del mercado. El plagio se presenta entonces como un truco innoble.
[…]
Pla (otro gran escritor y ensayista catalán), más que plagiar ha echado de menos en poder plagiar; más que salir en defensa del plagio, se ha burlado de la pretensión “originalista” que caracteriza la actividad literaria y artística de nuestra época.
[…]
El escritor abandona cualquier intención infantil y versátil de “inventar” la pólvora. Como un trabajador más en la tradición de trabajadores que hace crecer un tema en la literatura, asume el legado de los que le han precedido y, con una modestia alegre e inocente, se limita a añadirle lo que humanamente puede: su aportación de novedad. Mínima o grande, esta ofrenda se cimentará sobre los logros y aportaciones anteriores. El literato en cierta manera “reescribe” lo que ya “escribieron” sus predecesores. Llamarle “plagio” a eso es, por lo tanto, excesivo.
[…]
La pretensión de no parecerse a nadie a la hora de escribir o de pensar lleva el fracaso en su propio origen.
[…]
Desde un punto de vista serio y utilitario es preferible que se escriban plagios de cosas sensatas que simplezas originales. Será mejor que el público lea repeticiones provechosas en lugar de ineptitudes imprevistas. André Gide, que no mostraba inclinación alguna al optimismo idiotizado, lo puntualizó muy bien: “Todo está ya dicho, pero como nadie escucha, hay que volverlo a decir”.
Fuster recibió numerosos galardones literarios y cívicos a lo largo de su carrera, entre los cuales sobresalen el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes (1975), el Premi de les Lletres del País Valencià (1981) y la Medalla d’Or de la Generalitat de Catalunya (1983).
Continuo la reseña de este Diccionario para ociosos (Editorial Península, 1992), no sin apuntar de nuevo sobre el infortunio y la marginación (en lengua castellana) sufrida por algunos escritores que, manifestando una actitud pública firmemente comprometida con las libertades democráticas, provocaron en su tiempo discrepancias que los llevarían a ser objeto de hostilidades institucionales o particulares, incluso silenciamiento por parte de los medios de comunicación y represión censora.
La figura de Joan Fuster tuvo siempre una visión implicada y diacrónica para con su tierra y la manifestó a lo largo de sus múltiples ensayos, sin embargo, sus notas al margen sobre cultura y arte encontraron también un medio de expresión sintético, de su “humor paradójico”, combativo, libertario y provocador:
Cada convicción que se adquiere es un prejuicio más que acumulas, y ya sabes lo que significa prejuicio: un vicio de origen. Si eres celoso de tu libertad intelectual, si aspiras a conservar la “disponibilidad permanente” que presupone, debes esforzarte en ser hombre de pocas convicciones.
[…]
Morirse demasiado joven es un error, morirse demasiado viejo también. En general, morirse siempre es un error. Lo malo es que podríamos decir lo mismo respecto al hecho de vivir.
{…]
La concupiscencia -digan los moralistas lo que quieran- es la vida.

