La resistencia indígena y africana y de sus descendientes en américa latina: historia y actualidad

Por Hernán Maximiliano Venegas Delgado

Universidad Autónoma de Coahuila

La resistencia de los pueblos originarios americanos y de sus descendientes, así como la de los esclavos africanos y afrodescendientes, es un hecho que se ha prolongado, a lo largo de al menos un proceso histórico con más de cinco siglos de duración, hasta la actualidad. Este es un proceso que ha sido muchas veces marginalizado y no solo en la historiografía latinoamericana o correlacionada con la América Nuestra, la latina y caribeña, sino también por varias otras áreas del conocimiento y, por qué no añadirlo también, de la vida cotidiana. Marginalizada, cuando no ocultada, la resistencia indígena anticolonial y anti republicana a continuación en el transcurso del siglo XIX independiente de España y hasta nuestros días, se ha manifestado invariablemente, con sus altas y sus bajas, desde el norte del continente hasta su extremo sur.

            En esta resistencia, situada en la larga duración del tiempo histórico destacan, con especial énfasis, los pueblos nómadas y semi nómadas característicos de las Grandes Llanuras de la América del Norte y hasta el norte de lo que actualmente es la República Mexicana, en particular apaches y comanches, pero no exclusivamente estos.  Junto a ellos y hacia la América del Sur se destacaron pueblos originarios como los kunas (o gunas), ubicados en lo que son actualmente Panamá y Colombia y sus islas correlacionadas en torno al mar Caribe o, por ejemplo y en cuanto a ese sur continental, los indomables pueblos mapuches, solo por situar algunos ejemplos representativos (Valenzuela, 2023).

            También, junto a estos pueblos y en particular en aquellas regiones donde proliferó la población africana y afrodescendiente, constituida en fuerza de trabajo esclavizada, las revueltas y rebeliones fueron parte de la vida diaria continental, tal y como ocurría entre las poblaciones indígenas. Estas poblaciones africanas, provenientes sobre todo del África atlántica, en su parte central ribereña de este océano, sufrieron durante siglos un proceso directo de esclavización, como mano de obra para laborar en las grandes plantaciones azucareras y cafetaleras, sobre todo, pero también en minas, obrajes y en cuantas otras labores fueran necesarias y útiles, incluyendo la servidumbre doméstica.

            Al respecto el célebre historiador cubano Manuel Moreno Fraginals en su clásica y renombrada obra El Ingenio. El complejo económico-social cubano del azúcar (1978) nos brinda una información detallada en cuanto a la inhumanidad con que eran tratados estos esclavos africanos y sus descendientes. De esta información salta a la vista el promedio de vida “útil” de estos esclavos, que no sobrepasaban los diez años, cuando no menos, desechándose a estos seres humanos entonces, de una u otra manera, en lo que también se incluyen las muertes en las agotadoras y extenuantes jornadas de trabajo en épocas de las zafras o cosechas plantacionistas o de otro tipo, o en las minas, pongamos como ejemplo.  La cuestión resultaba “simple” para los esclavistas: se trataba de una especie de inversión de capital sobre los que eran denominados como semovientes, concepto que nos permite constatar el grado de vesanía y maldad del sistema esclavista, en cualquier época y circunstancia.

            Esto explica el porqué de la Revolución Haitiana de fines del siglo XVIII en el Saint-Domingue francés, que arrasó con ese pequeña pero rica colonia de plantaciones en el Caribe americano y cuyo ejemplo se trasladaría a otras colonias americanas y en particular a Cuba, continuadora de esa tradición esclavista, ahora por parte de España. Desde luego, las rebeliones en tal sentido continuarían en el transcurso de los siglos coloniales e incluso en el siglo XIX de las independencias americanas, aunándose a menudo a dichos procesos libertarios de separación americana de las metrópolis.

            Un ejemplo destacado de estas justas rebeldías, revueltas y verdaderas revoluciones se produjo, entre fines del siglo XVIII e inicios del XIX, precisamente cuando mayor auge tomaba la colonia de plantaciones esclavista en Cuba. A esto se añadieron manifiestamente las sublevaciones en la isla-archipiélago de esos mismos afrodescendientes esclavizados, conjuntamente con los no menos esclavizados indígenas “chichimecos”, provenientes del Septentrión novohispano, en realidad apaches fundamentalmente (Venegas y Valdés, 2020).

            Así, tras la retirada británica de La Habana, ocupada entre 1762-1763 por esa corona europea, se hizo imprescindible incrementar la mano de obra y no solo africana y de los afrodescendientes, sino también la mano de obra indígena, extrañada de sus tierras ancestrales por la metrópoli española, con el objetivo tanto de evitar los ataques y asaltos a sus establecimientos coloniales de todo tipo -incluyendo las misiones religiosas- como también de evitar el regreso de estos indígenas acollerados llevados hacia el centro (la capital virreinal) y sur (Veracruz preferentemente), antes de pasarlos a Cuba

            Al unísono, las mujeres, los niños y las niñas, eran enviadas para trabajar como esclavas y esclavos domésticos en las residencias de funcionarios de la Corona y también en ciertas instituciones religiosas, en condiciones igualmente de esclavitud, condiciones no menos ignominiosas que aquellas por las que atravesaban los esclavos africanos y afro-descendientes, con los horrores de las prácticas de esa esclavitud tras las paredes de las grandes residencias de la plutocracia criolla y de los funcionarios españoles de todo tipo.

            Algo similar había ocurrido siempre con las poblaciones indígenas del continente americano, marginadas y extenuadas mediante largas e inhumanas condiciones laborales, lo que las llevaba continuamente a efectuar actos de resistencia de todo tipo, pero también de ofensiva armada contra el avance de la colonización europea, aliándose mutuamente muchas veces. Sobre estos últimos los documentos coloniales, por ejemplo, los del noreste novohispano que trabajamos, nos dejan innumerables pruebas -aunque solo a partir de la visión de los colonialistas- mismos que, pese a sus limitaciones de enfoque, incluyendo visiones racistas profundas, constatan cómo tanto los sistemas de presidios y de misiones, a lo largo de toda la frontera septentrional virreinal, resultaron en la práctica inoperantes, precisamente  por esa resistencia indígena y en particular de sus etnias nómadas a dejarse someter y despojar de sus espacios ancestrales de vida.

            Precisamente en ese noreste que tomamos como ejemplo significativo, las poblaciones indígenas utilizaron como baluartes de vida, resistencia y desde donde dirigir sus ofensivas contra ese tipo de establecimientos, incluyendo poblados y propiedades agropecuarias y mineras de todo tipo, a las numerosas montañas y serranías correlacionadas con ese enorme accidente geográfico que es la Sierra Madre Oriental.  En esta destaca en particular y con mucha fuerza aquellas serranías que circundan el denominado como Bolsón de Mapimí.

            Es también necesario acotar que esas denominadas como “ásperas serranías” muchas veces en los documentos coloniales, las mismas constituían espacios de vida y no solo de refugio y centro de sus ataques.  Esos que denominamos como espacios de vida incluían, acorde con los meses y estaciones del año u otros eventos meteorológicos, a sus denominadas como “rancherías”, donde se juntaban estas poblaciones, vivían y aprovechaban cuantos recursos estuviesen a su disposición, incluyendo animales de todo tipo comestibles, plantas, recursos hídricos y tantos otros (Valdés, 1995).  Los colonialistas denominaban a esos hábitos, por ejemplo, como los de “comer sabandijas” y consumir agua hedionda, sin percatarse de que unas y otras fuentes de alimentación y supervivencia eran aprovechadas hasta sus límites, precisamente por organismos humanos cuyo proceso de adaptación milenaria al medio en que vivían les permitían subsistir y resistir.

            Otra cuestión correlacionada con lo anterior era que, en las épocas más difíciles del año, con temporadas climatológicas y naturales adversas, estas poblaciones indígenas nómadas bajaban desde las montañas y serranías circundantes a abastecerse de todo tipo de insumo que pudiesen capturar, incluidos animales de cualquier especie (caballos, ganado vacuno y otros), elementos preciosos, tanto para agilizar su movilidad como para su alimentación, en particular proteica.

            En resumen, en ambos casos, cuando no de forma unificada, la resistencia indígena y africana fue un elemento precioso de supervivencia en medio del avance de los colonialistas hispano criollos en el continente -y en esa porción nordestina virreinal que tomamos como ejemplo, a la vez resistencia que les garantizaba sus vidas, en medio de los procesos de esclavización que, de uno u otro modo, se mantenían como una constante a lo largo y ancho del continente nuestro.

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Valdés Dávila, C. M. (1995). La gente del mezquite: Los indios nómadas del noreste de México en la Colonia. México: CIESAS / INI.

 Valenzuela Márquez, J. (2023). Aucaes desterrados a la ciudad: esclavitud y resiliencia indígena en Santiago de Chile (siglo XVII). Revista Complutense de Historia de América, 49, 113-144.

Moreno Fraginals, M. (1978). El ingenio: El complejo económico-social cubano del azúcar (Vols. 1–3). La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

Venegas Delgado, H. M., & Valdés Dávila, C. M. (2020). La ruta del horror: Esclavos indios del noreste novohispano y sus rebeliones en Cuba (3.ª ed. corregida y ampliada). La Habana: Ediciones Extramuros.

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