Una lengua que se abre dentro de otra y pide ser nombrada ahí: “Carmen”, de Carlos Rutilo

Título disponible en la Sala de Literatura.

Por José Luis Aguirre

Carmen (Editorial Universitaria UANL, 2023), primer libro de Carlos Rutilo (1996), se adentra en la herida del recuerdo y la pérdida.  El recuerdo de una infancia remota donde se estuvo entre los suyos, y la pérdida de una lengua materna en la que el mundo era unívoco y tenía el sentido estricto de estar ahí, para los suyos, hablando en esa lengua donde el agua y los pájaros son también formas de nombrar y, como las palabras, sé es uno con el todo y no se está apartado ni aislado en modo alguno, ni fuera de una comunidad, y mucho menos fuera de un habla, una lengua, un lenguaje.

Carmen, como sinónimo de lengua; Carmen, como sinónimo de poema,  se duele de la ausencia de un tiempo a resguardo en el país de la certeza que acaso sea la infancia, protegido por una comunidad y una lengua cuyo entorno está tan unido a ella, que es difícil saber dónde termina el uno y dónde empieza el otro.

Carmen habla de la pérdida de este tiempo, con la familia, en ese entorno preciso, y transmite la sensación urgente de querer regresar a casa. (Algún poeta dijo que escribir poesía era regresar a casa). Esa casa que es desde luego la casa de la infancia, y de la lengua originaria, hablada por los padres, y que a veces se pierde en la memoria, se esconde, y solo la precisión en el poema puede encontrarla de nuevo, tan vivida y real como quizá alguna vez lo llegó a ser:

 

Sobre la blanda cadera del arroyo

está el silencio:

atadas a tu lengua

una cruz de agua

ahoga las palabras como aves en el río. (pág. 21)

 

Se lee en el primer poema “¿Dónde está mi casa de lejos?”, titulado en náhuatl como “¿Canin káki no tochan no ueca?”, donde la búsqueda del hogar en el tiempo reimagina el entorno donde pertenece ese hogar y lo nombra con los elementos propios de ese espacio, para decirnos también que eso precisamente fue lo que se perdió y eso es lo que se busca de manera constante. Y de paso, también, para mostrarnos que con esa lengua perdida se nombraba todo el mundo: un mundo también perdido, pero del que daba cuenta la lengua originaria y materna y del que solo se retiene en la memoria esas palabras para articularlo y traerlo de vuelta. Esas palabras como silencio, lengua, agua, cruz, río, arroyo.

Es este regresar a casa en Carmen, es decir, en el poema, que da cuenta del aislamiento de una lengua a la que ya no se pertenece y a la que se intenta volver como quien intenta regresar a casa para estar con los suyos: “yo no quiero morir como un extraño entre mi gente”, y que en la versión dedicada a las mujeres de la familia dice:

 

Mi abuela y mi madre

barren las banquetas empolvadas por el tiempo

y ordenan el caos que dejan las sombras

en este camino donde a veces solo retoñan los fantasmas.

 

Y no encuentro la manera de abrazarlas

sin que la extrañeza habite en sus ojos

cuando oyen que les hablo

en una lengua ajena al canto de las aves. (pág. 23)

 

Esa lengua ajena al canto de las aves es por supuesto el español. Como la lengua del canto de las aves es la materna, y podría ser la poesía, pero al final es la casa a la que se regresa. Y aquí, abro un paréntesis para decir cómo ese regreso a la lengua originaria también es el regreso a la escritura. Una lengua que se abre dentro de otra y pide ser nombrada ahí, como si de alguna forma buscara una especie de restitución, o buscara simplemente lo que le pertenece: su parte de visión del mundo en el habla del poeta, del ser humano.

Tal vez la única lengua real para hacer poesía sea esa lengua primigenia, materna, originaria. O mejor dicho, tal vez la única, donde suene como verdadero todo lo que se dice. Donde el pacto de la honestidad de la voz poética en el poema no pueda ser violado: “Ne niqui miquilis que cé konetl”/“Yo quiero morir como niño encunado en la lengua de mis padres”. Dice uno de los títulos más significativos en náhuatl de los poemas.

Tal vez también regresar a casa sea aprender a reconocerse en una lengua propia para decir: “Zan ye nocel”/”Estoy solo”. Y mirar esa extranjería, ese extrañamiento, como:

 

Es esta la gangrena de sombras

que lleva mi grito.

Es esta la fractura que arrastro

con el temblor

de un colibrí moribundo. (pág. 28)

 

Porque el que lleva otra lengua es un extraño también. A través de esa lengua se siente otro: “Allá camina un extraño entre mi gente”, un título más. Pero el poema que resume mejor la sensación de extranjería al estar fuera de una lengua, es “Ueca káki no tochan”/”Lejos está mi casa”, donde se describe a  la lengua como una casa remota en la lejanía, una casa fantasmal que se pierde en la bruma de las palabras que la evocan. La casa como una lengua a la que se ha dejado:

 

A veces oigo el murmullo de su gente acariciándome el oído,

en ocasiones casi pidiéndome a gritos que los escuche,

que me detenga a mirarlos mientras se desvanecen

como huérfanos fantasmas entre la niebla de este mundo. (pág. 29)

 

Esta es la herida de caminar siendo un extraño entre la gente, esta es la fractura de la que se habla, de cómo “las palabras se marchitan / sobre la grieta / de un estanque huérfano…”

Por eso hay un “pueblo escondido en la raíz de la lengua” del poeta. Un pueblo al que no se puede volver de forma alguna, un pueblo al que solo se puede regresar en la poesía, gracias a la memoria y gracias a una lengua en la que se reencuentra y vivifica. Una lengua en la que claramente sigue vivo, puesto que esa lengua es lo suficientemente poderosa para traerlo de vuelta, o si se prefiere, para llevar al poeta de regreso a casa. Una lengua donde el agua y los pájaros son sinónimos también de ella misma, esa lengua materna, originaria, de ese lenguaje vital para nombrar.

Y es que el agua y los pájaros, son las ramas de un mismo árbol, o más exactamente son como los pájaros posados sobre el árbol, y el árbol es la lengua misma, como podemos ver en el poema bilingüe “Delante de la luz también cantan los pájaros”, que es a su vez canción de cuna y evocación poderosa de la mujer y el hombre como padres, entre la luz y las sombras:

 

Duerme, duerme, duerme, niño encunado en la lengua

Que aquí está la mujer poderosa de luz

Que aguarda el sueño en sus manos de agua

Duerme, duerme, duerme, niño encunado en la lengua

Que allá está el hombre poderoso de sombras

Que aguarda el canto en sus manos de aire

 

(…) canta el cardenal

                                  canta el quetzal

                                                              canta el colibrí

                                                                                     en los lirios de nuestra lengua

 

Y de nuevo todo esto para hablar de un tema fundamental y caro a los poetas en la historia de la poesía: el exilio. El exilio de un país y por supuesto de una lengua. El exilio de un entorno y de una manera de ser. Pero tarde o temprano se regresa, de alguna forma u otra, y ese regreso a la casa del exilio en este caso es el reencuentro con la lengua originaria, y como dije antes, el reencuentro con la escritura misma. Carmen, es el registro de ese exilio también:

 

De niño fui otra maleta de carne

    y conmigo cargué la lengua de mis ancestros

    que ahora murmuran mis padres entre cantos de lágrimas.

    *

    *

    *

    Duele este exilio de espinas

      que me alejan

      de los nidos de luz a los que ya no pertenezco

       

      Creo que una de las posibles lecturas del libro, hablaría de cuánto de extranjería hay en ese regreso a la casa natal, y que ese sentimiento, que anima a una cantidad considerable de los poemas, ese extrañamiento, ese sentirse aparte, es una sensación fundamental para la escritura misma, y para la poesía. Carmen trata de ese viaje, con sus retornos y sus estancias.

      En “Los migrantes” (uno de mis poemas favoritos de Carmen), existe el símil, afortunadísimo por perturbador, de la lengua como un fruto que escasea y es cara de mantener: “Como si los sueños también se escasearan igual que un río en plena agonía”.  Es este dibujo de la lengua como un recurso natural más que se ha explotado hasta agotarse, el que sintetiza a la perfección la pérdida en la experiencia migrante: no solo es el pueblo el que se deja en la memoria, y que de hecho, muchas veces  desaparece realmente, como consecuencia de la falta de recursos o la violencia, sino una lengua entera, con ella se agotan también las formas de nombrar un futuro, los sueños para ese futuro, y las expectativas postuladas en esa lengua, con esas palabras precisamente.

      Por eso un mundo entero, se pierde por completo en el exilio. Una visión. Y las palabras verdes, dejan de ser sembradas en el campo por los padres, los padres que proveen no solo los elementos físicos para la subsistencia, sino también los más simbólicos, y no por eso menos necesarios, como la lengua. La lengua que se aprende en la infancia y en el entorno, para nombrarlo, y desde luego, para hablar con él, con sus árboles y ríos, laderas y pájaros, que son parte de esa lengua materna en la infancia. De esa lengua materna, en la que también se nos es dada la poesía.

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      Semblanza

      José Luis Aguirre (Monterrey, México). Hizo estudios de Bibliotecología y Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Nuevo León, (Nuevo León, México) y en la USP, (Universidad de São Paulo, Ribeirão Preto, São Paulo, Brasil). En 2016 obtuvo el primer y segundo lugar en la categoría de poesía en el Certamen de literatura Joven Universitaria organizado por la UANL, así como el tercer lugar en la categoría de cuento. En 2020 ganó el Premio de Poesía Rosario Castellanos de los “Juegos Literarios Nacionales Universitarios” organizado por la Universidad Autónoma de Yucatán (México). Es autor del poemario Una ciudad dentro del pecho, publicado en la colección Ínsula de la Editorial Universitaria de la UANL.

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