Conversatorio: Campo, Revolución Mexicana y Guerra Cristera. El universo social de Juan Rulfo

Créditos de la fotografía: María Rivera/Vida Universitaria.

Por Ana Laura Ceballos

Escuela de verano

El 2026 figura como un año clave, pues se cumple el centenario del inicio de la Guerra Cristera, aquel conflicto armado que desentrañó una de las problemáticas más enraizadas en la historia del México independiente: las tensiones entre el Estado, la Iglesia y la fe católica. En ese contexto tan turbulento y, además, gestado algunos años después de la Revolución mexicana, pasó sus primeros años de vida el escritor y fotógrafo Juan Rulfo, recordado por sus reconocidas obras como El Llano en Llamas y Pedro Páramo. Mucho se ha discutido sobre la influencia de las guerras civiles, los conflictos por la tenencia de la tierra, así como la transformación del México contemporáneo en las obras de Rulfo.

No obstante, una faceta menos conocida es la de Rulfo como fotógrafo, en la que logró retratar diversas realidades sociales del país. En ese contexto, la Secretaría de Extensión y Cultura de la UANL, en consonancia con la Fundación Juan Rulfo, montará una exposición en la que se mostrarán las fotografías tomadas por Rulfo. Por esta razón, el pasado 17 de junio, en el marco de la Escuela de Verano, la misma institución convocó a Roberto Kaput González y a Emilio Machuca Vega como expertos en la obra de Juan Rulfo, así como en el periodo histórico, a un conversatorio en el que se discutieron diversas temáticas relacionadas con la vida de este escritor y fotógrafo.

Las preguntas que figuraron en el conversatorio estuvieron orientadas a analizar la influencia de los procesos históricos en la obra de Rulfo, los recursos literarios empleados por el escritor, la interpretación –o sobreinterpretación– de sus cuentos y novelas, así como el debate relacionado al impacto –real o exagerado– de la Guerra Cristera.

1. ¿Hasta qué punto el universo rural que retrata Juan Rulfo corresponde a una realidad histórica documentable y en qué medida representa una síntesis literaria de diversos procesos, como la Revolución Mexicana, la Guerra Cristera y el reparto agrario?

Emilio Machuca:  La obra de Rulfo, pese a tener un referente en hechos históricos reales que el autor o sus antepasados vivieron en carne propia, no deja de ser una ficción literaria. Su obra no constituye en sentido estricto una crónica histórica o una relación periodística acerca de la Revolución, la Cristiada y la política del régimen posrevolucionario, y eso debemos tenerlo en cuenta cuando analizamos su trabajo desde el punto de vista de la historia, por más que sea una aclaración elemental. 

Dicho lo anterior, pienso que la obra de Rulfo sí que proporciona una visión crítica, no idealizada ni heroizada, de mucho de lo que fue la realidad de las zonas rurales mexicanas durante la Revolución y el régimen posrevolucionario. Consideren cómo el régimen de la Revolución construyó una narrativa histórica legitimadora que, a grandes rasgos, enunciaba que el México contemporáneo, el México de los gobiernos del Partido Revolucionario Institucional, era heredero de esa gran epopeya épica que los revolucionarios llevaron a cabo a partir de 1910 para desterrar al antiguo régimen porfirista y para construir una nación moderna, próspera y democrática. Esta narrativa, que podemos encontrar en los discursos oficiales, en el arte como el muralismo y en la historia oficial, desde luego que era una simplificación que no siempre se correspondía con los hechos. 

Al respecto, quisiera llamar la atención sobre dos cuentos de Juan Rulfo que se encuentran en la antología titulada El llano en llamas. El primero de ellos es un cuento titulado “El día del derrumbe”, que narra cómo un pueblo rural de Jalisco quedó sumamente dañado por un terremoto, por lo cual el gobernador del estado realizó una visita oficial para ofrecer su apoyo en la reconstrucción. En este cuento también nos muestra la manera en que los campesinos tuvieron que gastar alrededor de 4 mil pesos para darle de comer al mandatario estatal y a su séquito, y la forma en que dicho banquete se transformó en una juerga en la que, eso sí, el gobernador dirigió un elocuente discurso prometiendo apoyo para la reconstrucción de los hogares, y cómo luego de eso, no se volvió a saber más del asunto. La visita del gobernador es retratada como un acto inútil de proselitismo político, que en el fondo perjudicó a los campesinos más de lo que los benefició. Rulfo aquí desenmascara esas cínicas ficciones políticas, que fueron el pan diario en la vida del México posrevolucionario. 

El segundo cuento que quisiera mencionar, y con eso cierro esta primera intervención, se titula “Nos han dado la tierra”. Y aquí, Rulfo relata cómo un grupo de campesinos gestionó una dotación de tierras y como el gobierno les concedió la petición, pero les repartió las parcelas en un llano infértil, con tierra dura, seca, lejana de cualquier fuente de agua y donde prácticamente nunca llovía. De esta manera, Rulfo contrasta la propaganda oficial, que decía que la reforma agraria había terminado con los grandes latifundistas y había llevado la justicia social al campo, con los reveses que en la práctica experimentó el reparto agrario, en parte debido a que pervivieron los intereses de los caciques locales y en parte debido a que las autoridades no representaban realmente las aspiraciones populares de reforma social.

De modo que se percibe en los cuentos de Rulfo una denuncia de las promesas incumplidas de la Revolución mexicana, que reflejan el desencanto de quienes, como él, vivieron el proceso revolucionario y se decepcionaron por la corrupción, la incompetencia, y la alianza con las élites económicas de parte de las autoridades posrevolucionarias (véase la extraordinaria reseña analítica en video del libro El llano en llamas, publicada por Eder Suárez en YouTube: De Raíz, 2024, 0m30s). Recordemos que Rulfo nació en 1917, en el mismo año en que fue promulgada la Constitución que sentó las bases del programa posrevolucionario, y recordemos también que según Alan Knight, la Revolución mexicana concluyó en verdad en 1940, con el fin del gobierno de Lázaro Cárdenas. Rulfo publicó el cuento “Nos han dado la tierra” en 1945, apenas cinco años después de que terminara el gobierno de Cárdenas, y publicó “El día del derrumbe” en 1955, en plena época del milagro mexicano. Los cuentos de Rulfo representan pues la visión de alguien que vio de primera mano muchos de los fallos y de las deudas del gobierno mexicano del siglo XX. 

2. ¿Cómo logra Rulfo transformar acontecimientos históricos concretos, como la Revolución y la Guerra Cristera, en una experiencia literaria de alcance universal, evitando escribir una novela histórica en sentido tradicional?

Roberto Kaput: Lo logra porque siempre parte de acontecimientos concretos, pero no como dato histórico, sino como imagen, cierta clase de imágenes: imágenes de una “realidad verificable” según Ruffinelli, como el vaciamiento de los pueblos o los encuentros en los caminos de El llano en llamas. Lo logra porque pone esas imágenes (la farsa agraria, el paganismo parricida de los revoltosos, el silencio cristero, el erotismo católico de los penitentes) en contacto con formas cultas; y cuando éstas no bastan, no duda en cambiarlas o refundirlas en formas populares como el “discurrir disperso y derivativo” (Rama) de los repertorios orales. Porque sea lo que sea lo rulfiano, sabemos que opera dentro de la etapa moderna del nacionalismo posrevolucionario, y que ya no responde a la distinción entre lo culto y lo popular. Para Fuentes cierra un ciclo, para Ruiz Abreu lo abre. Por eso a la universalidad de Rulfo es mejor entrarle de lado.

En un artículo de 1983, Monsiváis afirma que la década de 1910 a 1920 no fue antesala ni archivo temático de lo que después llamamos el Renacimiento Mexicano: la Escuela Mexicana de Pintura, la Novela de la Revolución Mexicana, el Nacionalismo Musical. En esos primeros años, apunta, opera una revolución cultural que “impone con rapidez convicciones y actitudes nuevas”. Entre los hechos que la revolución impone, destaca el “amplio desplazamiento geográfico de los campesinos que liquida el determinismo de los pueblos como horizonte de eternidad”. Jorge Ruffinelli, atento al mismo dato en la producción literaria del jalisciense, explica el paisaje rulfiano por el despoblamiento de “La Cuesta de las Comadres”. Siguiendo la misma operación podemos ver en los caminos rulfianos una imagen recortada de ese mismo desplazamiento, como nuevo paisaje, desde otro lado: el camino como lugar de encuentro, cruce entre un narrador y un narratario, gente que dejó el pueblo y anda desbalagada. Todo lector de Rulfo recuerda la cuesta donde Juan Preciado encuentra a Abundio. Eso se ajusta bien a las imágenes materiales en Rulfo.

Pero siguiendo a don Edmundo Valadés, debemos decir que Rulfo no sólo hereda el hecho histórico, sino además el paisaje de los mejores narradores de la Revolución: la sierra de Azuela, la luz del Valle de México en Martín Luis Guzmán, el campo abierto de Rafael F. Muñoz. Lo que hace es recortarlo con un instrumento distinto: la interioridad del monólogo en Joyce, por ejemplo . Son los “caminos sin orillas” de “Nos han dado la tierra”; es la cantina donde un narrador que ya conoció “Luvina” habla con un narratario silencioso que apenas emprende el camino hacia allá. Caminos que llevan superpuestos, además, varios tiempos históricos. En “Talpa”, por ejemplo, el camino colonial de la procesión religiosa (tradición) coincide con el escenario del crimen pasional (moderno): caminos donde el rescoldo de la tierra enciende el cuerpo de los amantes, caminos que desembocan en pueblos donde el penitente entra zapateando con el coraje de siempre, hasta caer muerto y convertirse en la mala conciencia de los protagonistas: todos esos caminos temporales se superponen, como estratos que no acaban de asentarse históricamente. Esa lente de lo heterogéneo como algo afantasmado, en la literatura mexicana, lo pone Rulfo.

Lo notable es que Rulfo capta ese dato verificable —el desplazamiento de los pueblos o cualquier otra— con formas salidas de lo que Ruffinelli llama “el cruce moderno de las literaturas extranjeras”: la epifanía joyciana, las fantasmagorías nórdicas, el expresionismo ruso. Su nacionalismo, si así queremos llamarle, no consiste en trabajar un tema histórico, sino en introducir registros populares (el discurrir disperso, derivativo, del cuento oral) en formas cultas (la interioridad del monólogo en la narrativa moderna). A eso, Ángel Rama lo llama transculturación narrativa, y precisa que opera en tres niveles simultáneos. Primero, la lengua: “hacerle pelitos al burro”, sí, pero también el laconismo. Segundo, la estructura literaria: el discurrir disperso del cuento oral vuelto forma moderna, el perspectivismo que fragmenta la voz única del narrador omnisciente, etcétera. Y tercero, la cosmovisión: las conductas prohibidas que la Revolución sacó a la luz (el parricidio, regreso a Monsiváis, de curas, políticos y hacendados), la relación con los muertos que sostienen las religiones populares, el muerto como interlocutor y todo eso.

Ese es el rodeo que propondría para acercarnos a la universalidad de Rulfo. Rulfo no ilustra lo mexicano, trabaja con imágenes regionales en registros modernos.

3. En su opinión, ¿cuáles fueron las transformaciones sociales más profundas del campo mexicano entre 1910 y 1950 que permiten entender el ambiente de abandono, violencia y desarraigo presente en la narrativa de Rulfo?

Emilio Machuca: Bueno, en principio, debemos señalar que el proyecto de nación liberal, que se impuso a mediados del siglo XIX y que se afianzó en tiempos del régimen de Porfirio Díaz, conllevó un alto costo social, pues la privatización de la tierra, en detrimento de la ancestral propiedad comunal, derivó en el despojo de muchos campesinos, de muchos pueblos indígenas, y en el ascenso de caciques que se volvieron propietarios de grandes extensiones de terreno. Por eso la hacienda, el modelo productivo de las haciendas, y la figura del cacique que por lo general era un hacendado, son tan típicamente porfirianos. No olvidemos que el gobierno de Porfirio Díaz fue un régimen liberal. Díaz pertenecía a la misma generación liberal de Juárez y de Lerdo, y por eso nunca se le pasó por la cabeza dar marcha atrás a las Leyes de Reforma, y eso incluía la legislación sobre la tenencia de la tierra. 

La Revolución mexicana en realidad fueron múltiples revoluciones, es decir, no constituyó un movimiento armado unificado y con una ideología nítida. De ahí que cada caudillo persiguiera intereses distintos, algunos más políticos como en el caso de Madero, algunos más sociales como en el caso de Zapata, y algunos sin una ideología evidente, como muchas masas revolucionarias. En el cuento de Rulfo titulado “El llano en llamas”, que da nombre de hecho a su famosa antología, el autor narra la historia de un grupo de trabajadores del campo que participaron en la Revolución, bajo el mando de Pedro Zamora (un caudillo que existió en la vida real). Y Rulfo pone en boca de dicho caudillo una frase que revela precisamente la ausencia de una ideología revolucionaria aglutinadora: “Esta revolución la vamos a hacer con el dinero de los ricos. Ellos pagarán las armas y los gastos que cueste esta revolución que estamos haciendo. Y aunque no tenemos por ahorita ninguna bandera por qué pelear, debemos apurarnos a amontonar dinero, para que cuando vengan las tropas del gobierno vean que somos poderosos”. Para Rulfo, la Revolución mexicana no fue una gran epopeya, sino una gran rebelión, en la que participaron miles de personas, muchas de las cuales no sabían con exactitud por qué causa estaban luchando, y cuyos resultados no siempre fueron satisfactorios para el pueblo (De Raíz, 2024, 2m40s).

Lo que sí debe quedar claro es el importante componente social de los movimientos revolucionarios desde 1910, y el hecho de que muchos se sumaron a la guerra motivados por exigencias importantes: el reparto de tierras, la restitución del despojo de que habían sido objeto los campesinos desde el porfiriato, y autonomía comunitaria. De hecho, Alan Knight nos dice que los revolucionarios zapatistas por lo general tenían metas bastante claras (Knight, 2015 p. 67). En 1911, apenas triunfó el movimiento de Madero, Zapata se rebeló en su contra debido a que no percibió una reforma agraria en el programa maderista. Y cuando los constitucionalistas se dividieron para luchar entre sí en 1914, la facción de Carranza incorporó elementos para acercar a las clases populares (Garciadiego, 2006, p. 83) y no cometer el mismo error que Madero. Por eso en 1915, Carranza promulgó una primera ley agraria, que declaraba nulos los despojos de tierras y establecía la figura de la dotación. Posteriormente, la Constitución de 1917 consagró en su artículo 27 la reforma agraria, que desarticuló el sistema porfiriano de haciendas y que estableció el reparto de tierras o la restitución para quienes habían sido despojados. 

De modo que la Revolución mexicana sí revolucionó el campo, pues transformó el modelo de propiedad, con el objetivo de evitar que otra vez grandes extensiones de tierra quedaran en pocas manos. Sin embargo, una cosa es lo que se plasmó en la ley y otra lo que se llevó a efecto. A lo largo de los años veinte, se fueron haciendo ajustes, con el objetivo de poder definir los mecanismos a través de los cuales se verificaba el reparto de tierras (Trujillo Bautista, 2015, p. 136). Durante el periodo de Lázaro Cárdenas (1934-1940) se repartieron más extensiones de tierra que en cualquier otro gobierno revolucionario, incluso en regiones donde antes había tenido poco impacto la reforma agraria (como Nuevo León), y se terminó de apuntalar así el modelo de tenencia de la tierra posrevolucionario. A largo plazo, las expectativas no terminaron de cumplirse, principalmente por la desatención gubernamental a la producción, y porque la orientación del régimen hacia la industrialización por sustitución de importaciones en los años cuarenta modificó sus prioridades en política económica (Vargas-Hernández, 2005, p. 100). 

Cabe hacer un último apunte. ¿Cómo se relaciona la Guerra Cristera con la reforma agraria de la Revolución mexicana? Cuando estalló la Guerra Cristera en 1926, hace cien años, luego de que Plutarco Elías Calles promulgó la legislación para aplicar la Constitución de 1917 en materia religiosa, el reparto agrario todavía no se había terminado de afianzar (y faltaban todavía varios años para que Cárdenas apareciera en escena). Muchos campesinos, que habían participado en la Revolución, se encontraban pues sin tierras y en la pobreza más absoluta. De acuerdo con Francisco Entrena Durán, “los repartos de tierra por estas fechas habían progresado muy poco y la situación agraria de la mayoría de la población rural mexicana –en los Altos el problema era especialmente grave– se desenvolvía en unas condiciones de auténtica miseria” (Entrena Durán, 1986, p. 598). Ahora bien, los cristeros, como buenos católicos, defendían el derecho a la propiedad privada (como aparece en la encíclica Rerum novarum de 1891) y rechazaban la política agraria estatal, tal y como estaba siendo implementada en los años veinte por el grupo revolucionario en el poder. De ahí que, como bien señala José Luis Sánchez Gavi, además de los párrocos de iglesias rurales, muchos hacendados y caciques apoyaran el movimiento cristero, no porque fueran muy devotos, sino porque temían que el Estado expropiara sus tierras para fraccionarlas y repartirlas (Sánchez Gavi, 2009, pp. 152 y 153). Puede decirse que la rebelión cristera estuvo “fuertemente marcada por el sentido antiagrarista y, quizás más, por su postura de rechazo ante la educación socialista” (Sánchez Gavi, 2009, p. 154). Esto no significa que los cristeros se opusieran al reparto de la tierra en su totalidad, sino que privilegiaban el modelo de la pequeña propiedad y desconfiaban en cambio del sistema ejidal. 

4. Muchos lectores consideran que la historia está siempre presente en obras como Pedro Páramo y El Llano en llamas, aunque rara vez se menciona de manera explícita. ¿Qué recursos narrativos utiliza para convertir el contexto histórico en una presencia implícita que estructura la obra?

Roberto Kaput: La historia está presente en ambas de maneras distintas. Comento dos, complementarias en la gente del semanario uruguayo Marcha, que es la lectura que hemos estado comentando, en el entendido de que no es la única.

A mediados de los setenta, Ruffinelli señaló que era productivo leer la obra de Rulfo desde dos planos temporales: el tiempo de la historia narrada —los últimos años de la Revolución, la Guerra Cristera, el agrarismo, el programa bracero— y el tiempo de la escritura, el proyecto de modernización y apertura cosmopolita del Milagro Mexicano que documenta a través de la Revista Mexicana de Literatura de Fuentes y Carballo. Desde ese desfase temporal, el uruguayo articula una explicación histórica de lo rulfiano: gracias a esa distancia, los relatos lineales de la gesta revolucionaria se convierten en imagen; pero como no puede haber una imagen completa sino de algo que se percibe como concluido, en este caso el mundo agrario del cardenismo, da a esa “estructura de sentimiento” (Williams) el nombre de la “atalaya del alemanismo”. Sabemos que en el caso de Rulfo esa atalaya va de Ávila Camacho a Ruiz Cortines. Esto es importante: desde ese cima de la modernidad mexicana, Juan el montañista mira un mundo que el Estado desarrollista en el que produce su obra declara superado. ¿Cómo mira ese mundo? Cristina Rivera Garza traduce el duelo rulfiano en imagen benjaminiana: en Había mucha neblina o humo o no sé qué (2016), el fotógrafo de la Comisión del Papaloapan —Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, tremendo nombre— aparece como el ángel de la historia que mira hacia atrás con melancolía la catástrofe de las comunidades rurales, mientras el viento del progreso lo arrastra hacia adelante como agente del propio desarrollismo. En Ruffinelli ese desfase es productivo, no ético: le permite a sus narradores ver el bloque histórico entero y producir una narración sobre ese purgatorio eterno que añora los buenos tiempos. Son dos lecturas de Benjamin que extrañamente se complementan al ser tan contrarias. En ambas Rulfo participa de ese sentimiento de tránsito entre algo que cierra y algo que abre, tanto en lo social como en lo literario. En lo social, nace el México del desarrollismo sobre el cierre simbólico de lo que Paz llamó el “páramo de Pedro”, que no es otra cosa sino el cardenismo y su promesa agraria incumplida. En lo literario, se cierra el ciclo de la novela de la Revolución Mexicana y se abre la nueva novela hispanoamericana que Fuentes reivindicará después.

Pero hay un segundo sentido, más difícil de señalar, porque ahí la historia no opera como contexto sino como texto. La dificultad consiste en que la forma en que el contexto histórico estructura la obra es tan explícita que pasa desapercibida. Pero se localiza en tres lugares concretos: el narrador, el narratario, las modulaciones de la estructura narrador-narratario en ciertos cuentos que parecieran tallados a mano, con la paciencia del artesano que Rulfo también supo ser.

El narrador: en “El hombre”, el cuento se organiza en dos líneas narrativas que se alternan. Una persigue al fugitivo —el hombre que mató a una familia—, narrada en tercera persona, con acceso a lo que perseguidor y perseguido pueden sentir mientras se internan en la sierra. La otra es el soliloquio en primera persona de un borreguero que, tiempo después, le cuenta a un licenciado lo que vio en la sierra. Esta estructura reproduce, a escala mínima, la bipolaridad que Rama describe en Pedro Páramo: dos niveles enunciativos que se turnan el relato, uno impersonal, otro personal. Lo decisivo es que el grado de conocimiento no cambia; por eso ninguna contiene, por sí sola, la verdad del hecho. La verdad emerge del contrapunto, no de la suma. Los norteamericanos lo leyeron desde Faulkner, hay algo de eso, pero no creo que sea todo, ni siquiera lo principal. Él mismo reconoció la marca de Joyce en sus relatos.

 Los narratarios: en “Luvina”, el narrador, que ya estuvo en ese pueblo, le habla a un maestro rural que está a punto de ir allá a ocupar su puesto. Esa imagen es la bisagra que organiza el relato como advertencia y confesión. El narratario silencioso es lo que permite que la temporalidad cíclica se sienta como fracaso: el narrador no logra comunicar lo que vivió allá, de modo que el relato dramatiza la imposibilidad de que la experiencia personal pase de una generación a otra. Sin ese maestro mudo, la estadística del vaciamiento rural no llega a imagen material. “Luvina” es la única narración del cuentario, por cierto, donde el narratario adquiere una función estructurante sostenida. Ese es el parecido más inquietante con Pedro Páramo.

 Las modulaciones de la estructura narrador-narratario en Pedro Páramo se multiplican hasta la genialidad o hasta la “desordenada composición” que le reprochó Chumacero en el 55. Rulfo cambia de voz y de foco no por torpeza o virtuosismo, sino porque cada desplazamiento dice algo que ningún registro fijo podría decir por sí solo. González Boixo lo propone como el principio general de la obra: la preferencia de Rulfo por ciertas voces es exigencia de un mundo tan hermético que solo puede narrarse desde adentro. Puede ser. La palabra modulación tiene la ventaja de sugerir, como en música, el paso de una tonalidad a otra sin romper la coherencia del conjunto: Rulfo es un maestro de esa modulación, desplaza la voz sin ruptura brusca, para que la forma performe el contenido. La historia, en su obra, no aparece solo como sustrato temático, sino como mecanismo formal: decide quién habla, a quién le habla y cómo se disloca esa relación de un cuento a otro. Eso es lo verdaderamente moderno de su escritura: la forma en que la historia se volvió estructura narrativa antes de volverse contenido declarado.

También pensemos que en Rulfo los narradores a menudo se confiesan, los narratarios callan o interrogan pero siempre juzgan. La densidad histórica de los silencios rulfianos abarca la traición de la iglesia, las farsas burocráticas del Estado, el paganismo de los revoltosos en escenas como la entrada al pueblo del hijo malquerido, tocando la flauta con el cadáver del padre cruzado sobre la silla del caballo. ¿Qué mundo es ese? Rulfo lo llamó el purgatorio.

5. ¿Qué aspectos de la experiencia histórica del occidente de México —particularmente de Jalisco— considera que fueron decisivos para la formación del imaginario rulfiano y cuáles suelen ser sobreinterpretados por la crítica?

Emilio Machuca: Rulfo, lo hemos dicho ya, nació en 1917 en Jalisco. Él mismo dijo, en una entrevista, que nació en un pueblo llamado Apulco, que entonces tenía menos de dos mil habitantes y que casi “no aparece en los mapas” (Canal A Fondo RTVE & Editrama, 2020, 7m13s). Hoy es posible localizarlo con facilidad en Google Maps. Pero lo importante es que nació y creció en el México rural de principios del siglo XX, en un entorno convulso, porque se encontraba en pleno proceso transicional entre el antiguo régimen porfirista y la Revolución. Por esta razón, los escritos de Rulfo no se enmarcan en el costumbrismo mexicano, cuyas obras representan de forma idílica la vida del campo, pues a Rulfo le tocó vivir en un ambiente rural poco idílico, más bien atravesado por conflictos armados. Aunque los padres de Rulfo eran hacendados, su infancia transcurrió justo en la época en que la Revolución desarticuló el sistema de haciendas. Rulfo de hecho comentó, en entrevista con Elena Poniatowska, que la Revolución afectó a su familia económicamente: “Así es de que soy hijo de gente adinerada que todo lo perdió en la Revolución” (Fundación Elena Poniatowska Amor A.C., 1954). 

Suele decirse que el padre de Rulfo murió asesinado durante la Guerra Cristera. Sin embargo, la Cristiada empezó en 1926 y el papá de Rulfo fue asesinado en 1923, parece más bien que por un conflicto relacionado con tierras, aunque Rulfo declaró en entrevista con Poniatowska que fue durante un asalto (Fundación Elena Poniatowska Amor A.C., 1954). Por otra parte, la madre de Rulfo murió en 1927, ya en la época de la Guerra Cristera, eso sí, pero por causas totalmente ajenas a este conflicto: tuvo un paro cardíaco, aunque se dice que su salud se vio deteriorada por la depresión que tuvo después de la muerte de su marido. De cualquier manera, Rulfo quedó huérfano a muy temprana edad: tenía apenas diez años cuando murió su mamá. Y, como él mismo cuenta, su formación se vio trastocada por la guerra, pues recibía educación confesional, católica, en un colegio atendido por las monjas josefinas de San Gabriel, pero debido al conflicto religioso, el colegio fue cerrado (Canal A Fondo RTVE & Editrama, 2020, 13m40s). Se trasladó a Guadalajara con otros familiares y finalmente terminó en un orfanatorio, que Rulfo describió más tarde como una cárcel (Canal A Fondo RTVE & Editrama, 2020, 14m20s). En pocas palabras, debido a las circunstancias de la época, la infancia de Rulfo fue muy adversa. 

De manera que a la pregunta sobre qué aspectos han sido sobreinterpretados por la crítica, yo diría que debemos tener cuidado de no sobredimensionar la Guerra Cristera. Es decir, se tiende a sobrestimar la influencia que tuvo la Guerra Cristera en la obra de Rulfo. Se dice mucho en internet que perdió a su papá en la Cristiada, lo cual es incorrecto. Se dice que su familia perdió sus haciendas por la Cristiada, lo cual es impreciso, porque la desaparición del sistema de haciendas porfirianas obedeció a otros factores, como ya hemos dicho antes. Propiamente, sólo un cuento de El llano en llamas menciona de forma explícita la Guerra Cristera: “La noche que lo dejaron solo”. Y por último, Rulfo personalmente en una entrevista dijo que, fuera de sus primeros diez años de vida, no vivió él en zonas conflictivas, y de hecho comentó que a los pocos años de comenzar la Guerra Cristera, él salió de la región donde se presentaron los levantamientos y habitó desde entonces en lugares muy tranquilos (Canal A Fondo RTVE & Editrama, 2020, 18m10s).

Ahora bien, de ninguna manera estoy diciendo que la Guerra Cristera no sea importante para entender la obra de Rulfo. Desde luego que lo es. Sólo estoy diciendo que no es lo más importante. Pienso que la Revolución mexicana, los conflictos agrarios, los cacicazgos, la pobreza del campo y la religión (pero no sólo en lo que concierne a la Guerra Cristera, porque la religión católica es mucho más que eso) son factores que conforman el universo social de Juan Rulfo y que son tan relevantes, o quizá hasta más, que la propia Guerra Cristera.


6. En las últimas décadas, ¿cómo ha cambiado la interpretación crítica de la obra de Rulfo? ¿Se privilegia hoy una lectura histórica, una lectura estética o una aproximación interdisciplinaria que combine literatura, historia y antropología?

Roberto Kaput: En las últimas décadas la crítica rulfiana no se ha decantado por una sola lectura, lo que habla bien de ella y de la Fundación Juan Rulfo: ha ido sumando capas, ninguna cancela a la anterior. Pero si encuadramos a Rulfo en las lecturas materialistas que venimos discutiendo, el libro más comentado —del que tenga alguna opinión, no solo noticias—, es el de Cristina Rivera Garza. Primero lo hace vía Piglia, no vía Rama ni Ruffinelli, lo cual es importante: se inscribe en el mismo giro materialista pero la produce un escritor de ficción. Eso explica la libertad del tratamiento. Lo que también cambia es la evidencia: ella discute fotografía, archivo laboral, ética de la representación. Recupera al Rulfo empleado que documentó desalojos para la presa Miguel Alemán, que no es lo mismo que dialogar con el narrador que escribió “Nos han dado la tierra”. El debate sobre si los cuentos de Rulfo son críticos del desarrollismo se transforma en crítica archivística: la fotografía, sin ceder su estatuto estético, recupera su lugar material y se trastoca en documento de un proceso de despojo. El aporte consiste en devolver a Rulfo a las tramas laborales de la modernidad mexicana, lo cual lo vuelve pertinente para debates actuales sobre archivo, comunidad, mediación, límites éticos de la voz en literatura, que claramente rebasan lo disciplinar. Lo curioso es que esta lectura socioeconómica, que surge en los 70 y llega hasta nosotros, también dialoga con la lectura mítica que Paz propone en los 60: en ambas Rulfo es “el único novelista mexicano que nos ha dado una imagen —no una descripción— de nuestro paisaje”. En todas las lecturas, además, lo rulfiano opera como mito de nuestra modernidad: el padre omiso del México agrario, el Telémaco (cachorro) del alemanismo, el agente de contacto entre culturas, el ángel de la historia de Rivera Garza. 

Otras lecturas confirman el mismo rebase: la estética de la recepción, en la línea de Jauss, llegó con la tesis de Zepeda Cordero sobre La recepción inicial de Pedro Páramo (1955-1963), que permite leer el rechazo de Chumacero, en su rol de jefe de producción del Fondo de Cultura Económica, como parte de una fractura de horizonte entre nacionalistas comprometidos y universalistas cosmopolitas en el campo cultural mexicano, y no como “cautela” o “incomprensión” del poeta. Los estudios de Ruiz Abreu y Avitia Hernández, en diálogo con La cristiada de Meyer, permiten leer a Rulfo como el narrador de los acuerdos de 1929: un autor de la región centro-occidente, en contacto con rancherías donde la gente se acostó siendo soldados de Cristo Rey y amaneció hereje. Desde ahí los silencios rulfianos adquieren una realidad apabullante. La crítica genética, robusta en Francia, podría prosperar en la UANL, porque acá todavía circulan saberes filológicos en las carreras de Letras e Historia… Entonces, sí: se favorece lo interdisciplinario, pero no como sustitución sino como acumulación de lecturas. En el mismo Rulfo de Rivera Garza laten ecos de Paulina Millás Vargas, Jorge Ruffinelli o el mismo Carlos Blanco Aguinaga en 1955.

Arista rulfiana

De este conversatorio se puede constatar que no existe una sola forma de entender o interpretar a Juan Rulfo. Como bien destacaron Emilio Machuca y Roberto Kaput González, no solo la Guerra Cristera produjo un efecto perdurable en la memoria y la escritura de Rulfo, sino que otros acontecimientos más propios del México moderno –como el periodo de Miguel Alemán– influenciaron el pensamiento de este escritor de forma más profunda. De hecho, resulta interesante el análisis centrado en comprender cómo Rulfo, de cierta manera, formó parte también de esa generación que le tocó presenciar las múltiples transformaciones del México contemporáneo, con todo lo bueno y lo malo que estos cambios produjeron.

Con esto, como historiadora, me permito resaltar esas divergencias que la historia produce y cómo los procesos sociales, políticos y económicos repercuten de formas tan diversas en la memoria de quienes los vivieron. Esos recuerdos –a veces tan nítidos, otras veces tan opacos–son de los que la obra de Rulfo y, en general, la historia y literatura se abrevan. Al fin de cuentas, aunque fue poco lo que escribió, su forma de pensar el pasado y presente de México fue tan amplia, diversa y, a veces, enigmática, que sigue siendo un campo abierto para la discusión.

Para terminar, considero que el debate que se suscitó sobre qué tanto influyó la Guerra Cristera o, por el contrario, otros acontecimientos –como el reparto agrario y el desarrollismo moderno o, incluso, el debate sobre la cuestión rural y urbana– fue de tal interés que el tiempo previsto para el conversatorio no bastó para seguir ahondando en el tema. Precisamente porque eso nos muestra las diversas formas que una persona experimenta al recordar el pasado y cómo ese recuerdo se plasma mediante la palabra escrita. Por ello, como nos recalcaron ambos expositores, es fundamental que sigamos repensando y releyendo a Rulfo desde diferentes aristas interdisciplinarias, pues aún hay mucho que debatir.

*

*

*

Cruce de fuentes

Avitia Hernández, Antonio. La narrativa de las Cristiadas. Novela, cuento, teatro, cine y corrido de las Rebeliones Cristeras. Tesis de doctorado en Humanidades (especialidad en Historia), dirigida por Andrea Olivia Revueltas Peralta, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, 2006.

Canal A Fondo RTVE y Editrama. “JUAN RULFO A FONDO/’IN DEPTH’-EDICIÓN COMPLETA y RESTAURADA, presentación de Joaquín Soler Serrano.” YouTube, subido por Canal A Fondo RTVE y Editrama, 1 de noviembre de 2020, www.youtube.com/watch?v=lpmDc1aNWRg.

De Raíz. “Hagamos la Revolución, ya luego vemos para qué (por Juan Rulfo).” YouTube, subido por De Raíz, 13 de mayo de 2024, www.youtube.com/watch?v=0rUdFoeL-xM&t=29s.

Entrena Durán, Francisco. “Los levantamientos cristeros en México: entre la «guerra santa» y la reivindicación agrarista.” Revista de Indias, vol. 46, no. 178, 1986. revistadeindias.revistas.csic.es/index.php/revistadeindias/article/view/1539.

Fuentes, Carlos. La nueva novela hispanoamericana. Joaquín Mortiz, 1969.

Fundación Elena Poniatowska Amor A.C. “Elena Poniatowska entrevista a Juan Rulfo.” Fundación Elena Poniatowska Amor, enero de 1954, fundacionelenaponiatowska.org/elena-poniatowska-juan-rulfo-entrevista-completa.fundacionelenaponiatowska

Garciadiego, Javier. Introducción histórica a la Revolución mexicana. Secretaría de Educación Pública / El Colegio de México, 2006.

González Boixo, José Carlos. Claves narrativas de Juan Rulfo. Universidad de León, 1983.

Knight, Alan. La revolución cósmica. Utopías, regiones y resultados, México 1910-1940. Fondo de Cultura Económica, 2015.

Martínez Carrizales, Leonardo, selección, notas e introducción. Juan Rulfo, los caminos de la fama pública: Juan Rulfo ante la crítica literario-periodística de México. Una antología. Fondo de Cultura Económica, 1998.

Meyer, Jean. La Cristiada. 3. Los cristeros. Siglo XXI Editores, 1974.

Monsiváis, Carlos. “La aparición del subsuelo (sobre la cultura de la Revolución mexicana).” México en la cultura, 14 de diciembre de 1983, pp. 36-42.

Paz, Octavio. Corriente alterna. Siglo XXI Editores, 1967.

Rama, Ángel. Transculturación narrativa en América Latina. Siglo XXI Editores, 1982.

Rivera Garza, Cristina. Había mucha neblina o humo o no sé qué. Literatura Random House, 2016.

Ruffinelli, Jorge. El lugar de Rulfo y otros ensayos. Universidad Veracruzana, 1980.

—. “Prólogo.” Obra completa, de Juan Rulfo, Biblioteca Ayacucho, Colección Clásica, núm. 13, 1977, pp. IX-XXXVII.

Ruiz Abreu, Álvaro. La cristera, una literatura negada (1928-1992). Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, 2003.

Rulfo, Juan. Obra completa. Prólogo y cronología de Jorge Ruffinelli, Biblioteca Ayacucho, Colección Clásica, núm. 13, 1977.

Sánchez Gavi, José Luis. “La fuerza de lo religioso y su expresión violenta. La rebelión cristera en el estado de Puebla, 1926-1940.” Ulúa. Revista de Historia, Sociedad y Cultura, no. 14, 2009. ulua.uv.mx/index.php/ulua/article/view/1312?articlesBySimilarityPage=26.

Trujillo Bautista, Jorge Martín. “El ejido, símbolo de la Revolución mexicana.” Estudios Agrarios. Revista de la Procuraduría Agraria, no. 58, 2015. www.pa.gob.mx/publica/rev_58/analisis/el%20ejido%20Jorge%20Martin%20Trujullo%20Bautista.pdf.

Valadés, Edmundo. “La Revolución en su novela.” La Revolución en las letras, de Edmundo Valadés y Luis Leal, Instituto Nacional de Bellas Artes, 1960.

Vargas-Hernández, José G. “El impacto económico y social de los desarrollos recientes en las políticas agrícolas y rurales e instituciones en México.” Agricultura, sociedad y desarrollo, vol. 2, no. 2, 2005. www.scielo.org.mx/pdf/asd/v2n2/v2n2a1.pdf.

Williams, Raymond. Marxism and Literature. Oxford University Press, 2009.

Zepeda, Jorge. La recepción inicial de Pedro Páramo (1955-1963). Fundación Juan Rulfo / CONACULTA / INBA / Universidad de Guadalajara / Editorial RM / UNAM, 2005.