Por Eduardo Zambrano
Nunca es tarde para regresar al calendario y reconocer que desde 2002 el día 8 de agosto quedó establecido como el Día Internacional del Gato. Dicha celebración fue gestionada por el Fondo Internacional para el Bienestar Animal, y de hecho es un llamado, o una toma de conciencia, para cuidar y proteger (incluso con una adopción responsable) a los gatos; pero más allá de estas preocupaciones de forma, la gran literatura, a lo largo del tiempo, ha entrevisto con ellos una complicidad de intuición e independencia, pero sobre todo, nos ha entregado en líneas memorables los más variados rituales y el misterio que los envuelve. Considerados en algunas culturas como una conexión con el mundo espiritual, no son pocos los escritores quienes los han incorporado a su sosegada rutina, a su voluptuoso placer de la lectura y al oficio silencioso de escribir.
Incluso hay poetas que parecieran tener más de siete vidas, y hay otros que en sus afanes de oficio, parecieran tener más de siete gatos, algunos ronroneando entre los versos, otros custodiando en silencio los abismos que sortea en su vida íntima. Sea como fuere, las siete vidas que la sabiduría de la calle le confiere a un gato, es una agraciada exageración que da justo reconocimiento a la resiliencia felina, a sus reflejos, y a su capacidad probada de sobrevivir a caídas desde grandes alturas o arreglárselas bajo situaciones extremas en el desamparo.
En México la referencia literaria obligada es Carlos Monsiváis, o en fechas más recientes, la del poeta Julio Trujillo con sus disertaciones: ¡Miau! Gatos y libros (UNAM, 2020). Pero hablar propiamente de un poemario sobre el particular, El silencio de los gatos (Era, 2025) es un gesto inspirador (muy recomendable) que Alberto Ruy Sánchez nos ofrece. El poeta, en un volumen de más de cien páginas, enfoca al gato desde su intimidad, o desde sus lecturas y rituales, entonces hace apuestas poéticas con títulos tan sugestivos como los siguientes:
El gato proverbial.
Implacable.
Trance felino.
La leve impaciencia del gato.
Inquietos seductores.
El gato es un aire pautado.
Hecho de sombras.
Los portadores de la noche.
La transformación del gato.
El ritual del ronroneo.
Nadie baña sus ojos en el mismo gato dos veces.
En Colombia están también los versos del escritor Darío Jaramillo Agudelo, Gatos (Pre-Textos, 2009). La genialidad de este poeta nos abre igual a un panorama inusitado:
Los estados de la materia son cuatro:
líquido, sólido, gaseoso y gato.
El gato es un estado especial de la materia,
si bien caben las dudas:
¿es materia esta voluptuosa contorsión?
¿no viene del cielo esta manera de dormir?
Y este silencio, ¿acaso no procede de un lugar sin tiempo?
Cuando el espíritu juega a ser materia
entonces se convierte en gato.
Otras recomendaciones son, sin duda, las antologías. Por ejemplo, bajo el ojo crítico de Ricardo Álamo está Gatos (Editorial Renacimiento, 2024), que reúne a poetas hispanoamericanos de la talla de Jorge Guillen, José Emilio Pacheco, Eduardo Lizalde, Gonzalo Rojas, Olga Orozco, Piedad Bonett, José Watanable, entre muchos otros.
Con seguridad, cada país y cultura tendrán su propio recuento de poemas e historias sobre los también llamados mininos. Por citar alguno, está el siguiente título: Cats Poems, una edición de Tynan Kogane (New Directions Books, 2018).
Cierro este apunte para darle sentido al título referido: “Siete poemas para las siete vidas de un gato”. Los textos los he transcrito de las dos antologías citadas arriba, y de alguna forma, intentan hacer representativos distintos estilos y aproximaciones.
Primero, una tarjeta postal que nos envía Jorge Guillen, Premio Cervantes de Literatura de hace ya cincuenta años (1976):
Gatos de Roma
Los gatos,
No vagabundos pero sin un dueño,
Al sol adormecidos
En calles sin aceras,
O esperando una mano dadivosa
Tal vez por entre ruinas,
Los gatos,
Inmortales de modo tan humilde.
Retan al tiempo, duran
Atravesando las vicisitudes,
Sin saber de la Historia
Que levanta edificios
O los deja abismarse entre pedazos
Bellos aún, ahora apoyos nobles
De esas figuras: libres.
Mirada fija de unos ojos verdes
En soledad, en ocio, y luz remota.
Entrecerrados ojos,
Rubia piel y calma iluminada.
Erguido junto a un mármol,
Superviviente resto de columna,
Alguien feliz y pulcro
Se atusa con la pata relamida.
Gatos. Frente a la Historia,
Sensibles, serios, solos, inocentes.
“Inocentes” es una palabra que le va bien a la malicia de los gatos, al menos así parece observar la poeta Denise Levertov, pues ante la evidencia de cómo su minino maltrata a su víctima, la que se sorprende con mirada acusadora es ella, dejando al gato libre de culpa:
El inocente
El gato tiene su deporte
y el ratón sufre,
pero el gato
es inocente,
no imagina el dolor de él.
Es solo un ángel
que baila con su presa
lo toma, lo libera, salta de nuevo,
alegre, sobre su amado juguetito.
¡Una danza, una plegaria!
Qué cruel es el gato para nuestra mirada
acusadora.
(traducción de Ciro J. Martínez Esparza)
Olga Orozco, en los Cantos a Berenice, eleva la figura felina a los mitos y leyendas egipcias, y nos ofrece una aproximación sublime al encanto de todo aquello que, aun estando ausente, nos cautiva, nos atrapa:
VII
Aún conservas intacta, memoriosa,
la marca de un antiguo sacramento bajo tu paladar:
tu sello de elegida, tu plenilunio oscuro,
la negra sal del negro escarabajo con el que bautizaron tu linaje sagrado
y que llevas, sin duda, de peregrinación en peregrinación.
¿Para quién la consigna?
¿Qué te dejaste aquí? ¿qué posesiones?
¿O qué error milenario volviste a corregir?
Ahora llegas caminando hacia atrás como aquellos que vieron.
Llegas retrocediendo hacia las puertas que se alejan con alas vagabundas.
Tal vez te asuste la invisible mano con que intentan asirte
o te espante este calco vacío de otra mano que creíste encontrar.
Vuelcas el plato y permaneces muda como aquellos que vuelven,
como aquellos que saben que la vida es ausencia amordazada,
y el silencio,
una boca cosida que simula el olvido.

Ahora tres instantáneas que Susana Benet captura, no sin asombro, ante la figura doméstica del gato; ya sea en actitud de reposo, alerta, o de franca inquietud, el haiku (el minino) nos sorprende:
*
Sobre la alfombra
una línea de sol
y, encima, el gato.
*
Limpiando el polvo.
Con qué fijeza el gato
mira el plumero.
*
Llegó el calor.
Persiguiendo a las moscas
saltan los gatos.
W.B. Yeats, el poeta y dramaturgo irlandés, Nobel de Literatura, igual montó su teatro para representar la danza oscura, contrahecha y maravillada, de un gato ante la luna:
El gato y la luna
El gato iba de aquí para allá
y la luna, cual trompo, giraba,
y el más cercano pariente de la luna,
ese silencioso gato, miró hacia arriba.
El negro Minnaloushe observó fijo la luna,
pues adonde fuera maullando,
la fría y suave luz del cielo
perturbaba su sangre animal.
Minnaloushe corre entre la hierba
alzando sus patas delicadas.
¿Bailas, Minnaloushe, es que bailas?
Cuando dos parientes cercanos se encuentran
¿qué mejor que invitarlos a bailar?
Tal vez la luna pueda aprender,
cansada de aristocráticos modales,
un giro insospechado para su danza.
Minnaloushe se arrastra por la hierba
desde un claro de luna a otro.
La luna sagrada, sobre él,
ha entrado en una nueva fase.
¿Sabe Minnaloushe que sus pupilas
pasarán igual de cambio en cambio,
y tal de la llena a la creciente,
luego de creciente a la llena pasará?
Minnaloushe se arrastra por la hierba
solo, importante y sabio,
y eleva a la cambiante luna
sus ojos cambiantes.
(traducción de Ciro J. Martínez Esparza)
Y no podían faltar los versos de corte intelectual, medidos, sobrios, incluso enigmáticos. El poema “Gato”, de William Ospina, así pasa ante sus lectores:
Lejos del verbo y lejos de la idea,
fatal en los designios de su especie,
sin nada en él que ame o que desprecie
por el mundo de Euclides se pasea
el gato, lenta, sigilosamente,
simulando pensar; o salta a un lado,
por súbitos impulsos acosado,
a mi dicha o mi pena indiferente.
¿Cómo verá este trágico teatro
que es para mí temor, ventura, enojos,
él, que ni sabe que son dos sus ojos,
dos sus colores y sus patas cuatro?
Bajo resurrecciones y agonías,
él es la eternidad, yo soy los días.
Finalmente, un texto casi epigramático, socarrón, pero cómplice al final de cuentas para celebrar a los gatos. El poema (en una versión personal bastante libre) es del escritor norteamericano Kenneth Rexroth:
Hay demasiados poemas
sobre gatos.
Cuídate de todos esos
que se desviven por los gatos.
De alguna forma u otra
tienen una oculta frustración
que, si te descuidas, te contagian.


