Por Leonardo Zapata
In umbra voluptatis lusi
Petronio
I
Cuando Claudio decidió salir de la sala de cine las siluetas de las butacas apenas comenzaban a tomar forma a través de las luces que poco a poco inundaban el lugar. La voz del presentador anunciaba las próximas proyecciones. En el lobby, los acomodadores invitaban a participar en la sección de preguntas y respuestas sobre la película que acababa de terminarse, una especie de documental en el que un grupo de ufólogos seguía las pistas de exiliados rusos que habían trabajado en la RKA, entre los testimonios, paisajes subterráneos y entrevistas, se insinuaba la existencia de misteriosos registros que incriminaban a vida extraterrestre con el secuestro y posterior asesinato de líderes sindicales en el norte de México. Eran los primeros días del año, el sol se ocultaba desde las cinco de la tarde y la luz mercurial se encendía hasta las siete. Aún había casas decoradas con adornos de navidad y en conjunto con la oscuridad y las risas de los niños, que jugaban a las escondidas entre los árboles pelados, hacían sentir a Claudio como si caminara en una de las escenas del extraño mundo de Jack, cuando Halloweentown se pone a imitar a Christmastown y todo eso.
Al llegar al metro conectó su celular a la red de wifi. 2, 6, 15 mensajes diferentes. La mayoría eran encuestas, encuestas sobre su satisfacción con los servicios públicos, con la proyección del cineclub, con el funcionamiento de su computadora después de la última actualización, con la relación entre su tiempo de trabajo y su tiempo de ocio, entre su alimentación y su productividad; desde que la vida se había definido como el esfuerzo natural del individuo por triunfar en el mundo y todo lo demás había derivado en formas de servicios, servicios más bien invasivos que ocultaban negocios que pretendían “ayudar” al ciudadano a lo que llamaban “la mejor versión de sí mismos”, Claudio, acostumbrado a la indiferencia por ser un producto más en la larga cadena de producción de servicios, rara vez respondía estos mensajes; pero, mientras los descartaba uno a uno, se percató que tenía una nueva invitación a chatear en privado con Lamia.
–He visto que eres mi suscriptor desde el 2012, ¡pero nunca comentas mis publicaciones! Quisiera conocerte mejor…¿Cómo estás? Aparte de ver mis vídeos, ¿qué más has hecho estos últimos días?
Lamia era una modelo que aspiró a ser cantante de música folk y que poco a poco abandonó la música para dedicarse a los “live shows” o “directos”, videos exclusivos para suscriptores donde interactuaba con ellos y respondía preguntas generalmente en doble sentido e insinuaciones muy poco veladas pues la música folk había muerto desde que le dieron el nobel a Bob Dylan y para eso mejor leemos poemas, le decían. Entonces los temas de conversación se volvieron descaradamente eróticos y todo su contenido se podía resumir a un larga serie de videos cortos o “clips” en donde aparecía bailando mientras promocionaba ropa que marcas de moda ultra rápida le enviaban para que las usara durante sus directos. Por un tiempo, Claudio creyó que sólo se dedicaría a ese tipo de videos, pero tras una larga temporada sin actualizar sus redes, Lamia retomó los directos, ahora vestía ropa y disfraces provocadores con los que creaba una dinámica muy cercana al estriptis.
Entusiasmado por el mensaje, pensó responder ahí mismo, en el metro, pero le angustió perder la señal en el subterráneo y decidió caminar hasta el bar al que solía ir a pasar las noches después de terminar la jornada en su antiguo trabajo.
El lugar era una bodega semiabandonada con las paredes repletas de graffitis y dibujos obscenos; en la barra, decorada con carteles de bandas punk (Sex Pistols live in Brixton, The Addicts, Misfits, Nick Cave and the Bad Sees), un viejo yonqui que juraba haber sido modelo de Malcom McLaren discutía con un grupo de conspiranoicos sobre la posibilidad de una nueva pandemia provocada por el consumo de carne de animales desextintos. ¿Pero cómo van a contagiar a alguien de un nuevo virus si la mayoría de esos animales fueron contemporáneos de los antiguos humanos, y si la mayoría son animales que en teoría podían ser cazados o domesticados anteriormente, entonces ya nos hubiéramos enfermado y hecho inmunes, o al menos resistentes o inventando alguna medicina, yo que sé? Decía un tipo con aspecto de mosquito que llevaba una camisa de malla negra y unos pantalones de cuero.
-Yo creo que esto no funciona así, hermanito. Qué pasa si en realidad nosotros somos una especie nueva y los antiguos habitantes de la tierra son una civilización tan avanzada que abandonaron la tierra hace millones de años y en realidad nosotros sólo somos un experimento abandonado por sus creadores.-Respondía el líder de la banda de conspiranoicos, un tipo que vestía como salido de una película de Ben Stiller, pálido y sudoroso que solía escupir mientras se le enrojecían los cachetes y que tendía a hablar tan alto que daban pocas ganas de contestarle y que todo el tiempo apestaba a perfume Paco Rabanne y a cigarros mentolados. Todos lo conocían como “el de la fedora” y Claudio lo odiaba después de haber coincidido con él varias veces en foros de internet en los que hablaba de Lamia como una puta desesperada por atención y con problemas de autoestima.
-Cuando visité Nueva York la primera vez en mi vida conocí a un tipo que hablaba exactamente como tú. ¿Sabes lo qué le pasó? Lo metieron al MK ULTRA, viejo…
Cuando Claudio al fin logró que lo atendieran caminó con una cerveza en su mano por un pasillo iluminado exclusivamente por las pantallas de los celulares de los demás clientes, gente rara y solitaria que se limitaban a observarlas o a teclear rápidos mensajes que muy probablemente se perderían en la noche. Claudio se disponía a hacer lo mismo que ellos pero fue en ese momento, justo después de abrir la conversación, cuando la pantalla aún está en blanco cargando el contenido, y todo parece mucho más lento de lo normal y comienzas a ver con ansiedad que un círculo que gira indefinidamente sobre su eje en la pantalla ha aparecido y se mueve cada vez más lento, que escuchó a alguien decir su nombre.
-Claudio, eh, sí, eres tú, Claudio, ven…
La voz tersa y como forzosamente acaramelada, la cara pálida y rechoncha, los ojos grises, el largo pelo rubio de la mujer que le habló, no le parecían conocidos en absoluto.
-Siéntate aquí Claudio. Soy, o bueno, más bien era, Óscar .
Hizo un esfuerzo por recordar, al ver esas facciones con atención pudo distinguir que la persona sentada frente a él, cuerpo como el de la venus de Willendorf, extravagante ropa en tonos fosforescentes, enormes uñas postizas, efectivamente era Óscar, con quien solía trabajar en la primera y única mueblería experimental de la ciudad. Lo último que supo de él (cuando aún era Óscar y se designaba como hombre) fue que terminó la carrera en publicidad, que se dedicó a promocionar inversiones en criptomonedas, y que vendió NFTs por un tiempo. Después dejó de responder a las redes sociales. Ignoró sus llamadas. Borró todo registro de él.
Aquella noche hablaron casi hasta el amanecer. Óscar ahora se llamaba Amelia y era una mujer trans. Tomaba cerveza sin alcohol y fumaba una mariguana conocida como “amnesia”. En algún momento de la noche encendieron sendos porros y recordaron, paradójicamente recordaron, viejos tiempos en la mueblería experimental, días eternos y extenuantes en los que se esforzaban por comprender los excéntricos diseños de tecnología cinética inspirados, entre otras cosas, en el cyberpunk orgánico de películas de Cronenberg y Terry Gilliam. Después Amelia habló sobre su proceso de transición, de cómo, en un inicio, el estradiol se sentía como si un enorme caracol hubiera recorrido su cuerpo dejándole una extraña calma que avanzaba desde los bordes exteriores de su cuerpo hasta la corteza tibia en el interior de sus huesos. Claudio no hacía muchas preguntas, más bien se limitaba a escuchar a su antiguo compañero pronunciar una complicada terminología para designar nuevas sexualidades, formas de resignificar y reforzar la idea de identidad ligada al cuerpo en una época cada vez más hostil y atomizada mientras imaginaba la mejor manera de responder al mensaje de Lamia. Conforme más lo pensaba más se arrepentía ¿porqué no haber regresado a su casa después del trabajo? y apenas surgía este arrepentimiento se arrepentía de no prestarle más atención a Óscar (ahora Amelia) y así, entre arrepentimientos, pasó toda la noche. Al separarse quedaron en verse para la próxima proyección del cineclub al que Claudio asistía. Un largo abrazo de despedida lo reconfortó. Vio emerger los primeros rayos del sol de entre las nubes como si un helado de mango se derritiera en el cielo mientras llegaba a su casa.
El paisaje era todo naranja sobre morado.
Entonces respondió el mensaje de Lamia.
II
Al inicio los mensajes eran como los de una amante que reclama atención a su pareja. Lo llamaba “cariño mío” y todo el tiempo estaba disponible para él.
¿Cómo te sentiste en el trabajo el día de hoy? ¿Me extrañaste? ¿ Con qué vestido me veo más atractiva? ¿Todavía me quieres, incluso después de lo que dije en el directo de ayer?, ¡¿sí estabas ahí, verdad?!
Poco a poco los mensajes se fueron haciendo cada vez más explícitamente programáticos.
¿En qué otras mujeres piensas cuando ves mis vídeos?,¿o te gustaría más un hombre junto a nosotros?¿En qué posición me poseerías? ¿Preferirías un largo juego previo o ir directo a la acción?¿Terminarías afuera, sobre mí o adentro?
Claudio respondía con melancólica ansiedad a cada uno de ellos. Desdeñaba la distancia real entre él y ella al mismo tiempo que, al no poder responder sus mensajes con los detalles más sugerentes que, pensaba, le podrían ayudar a verla en la vida real, añoraba la inmediatez virtual y la artificiosa cercanía creada en la conversación.
Soñaba con extraños jardines libidinales.
Con fósiles carcomidos.
Con hilos luminiscentes.
Flores de loto sobre opacos espejos, huesos roídos que atravesaban la tierra por donde crecía el centeno.
Una marioneta danzaba una especie de mantra que provenía de una caverna.
Pápiros de luz con ilustraciones del Kamasutra debajo de un bonsai, enorme y marchito.
Todo hiedra a su alrededor.
Rocas tapizadas de musgo formaban la imagen de un cadáver.
Las hojas de un cuaderno abandonado a la intemperie se movían con el viento.
Al despertar, el silencio era como el zumbido de la electricidad viajando entre los cables de alta tensión.
Claudio luchaba por convencerse (y reconfortarse) de que la dinámica del sexting en la que había derivado su conversación con Lamia era la discreta progresión en el proceso económico-emancipatorio de una mujer con talento que pronto regresaría a su sueño de hacer música. Le animaba ver en sus publicaciones que había viajado al caribe durante el fin de año y que pronto subiría contenido especial que había hecho desde allá. Algunas veces le pedía audios en donde interpretara las canciones con las que había iniciado su corta aventura como artista. Al escucharlos sentía un extraño vacío que lo molestaba, como si hubiera intercambiado un desierto por algunos litros de agua.
El día que volvió a ver a Amelia se proyectaba “En las afueras del zoo”, un drama con tintes de thriller ecologista en los que el viejo vigilante, Oleg Niyazov, que trabajaba en un zoológico de alguna ciudad de Asia central ocupada por la URSS, era extorsionado por agentes de la CIA para que les entregara los datos personales de los biólogos y demás trabajadores. Oleg era un hipersensible nacionalista que desarrolló una profunda amistad con un panda, con los chimpancés, y después de demostrar su valentía y liberar a un león que había sido capturado por unos mafiosos y que lo habían entrenado para participar en un torneo similar a los que hacían en el coliseo romano y que después de casi morir en una pelea con un oso, lo tenían encerrado en una jaula junto a una pitón, de donde finalmente Oleg lo liberó y ganó su amistad. En la película no quedaba muy claro cómo se comunicaba con estos animales pero en conjunto hacían un plan maestro con el que trasladarían al resto de los animales a una reserva natural y él, junto al personal del zoológico, al panda, los chimpancés y el león, lucharían contra los agentes de la CIA. En un giro incomprensible y cruel de la trama, el plan fallaba y la CIA, con ayuda de los mafiosos y la pitón, se hacían de los animales y masacraban a los trabajadores. Las escenas finales mostraban a Oleg, desnudo y torturado, en la jaula de la que había liberado al león más atrás en la película. Sólo se escuchaba el sisear de la serpiente, después la pantalla en negro. Gritos ahogados y unas letras amarillas que decían THE END. Un águila calva sobrevolaba los cielos mientras aparecían los créditos.
Claudio notó que Amelia abandonó la sala antes de que encendieran las luces. Se apresuró a seguirla. En el camino al bar hablaron sobre el cineclub y las proyecciones.
-Al final dan una plática de la película, casi siempre es un psicólogo que estudió cine o que daba clases en la facultad de cine o algo así.
-Roza mucho con la propaganda anticomunista, Claudio…
-Sí, bueno, no sé, ahí se quedan discutiendo un rato, si quieres podemos ir…
-No, gracias. Ya con la película entendí el mensaje…
-Casi siempre son así, luego siempre las terminan igual. Comunistas derrotados, encarcelados, masacrados. De primero sí se quejaron pero luego ya no dejaron entrar a los que decían algo.. o a lo mejor nomás dejaron de ir. Quién sabe. A mí porque me lo rebajan por nómina y así me ponen el descanso los sábados. Según los de RH que es para culturizarnos y no sé qué. Tampoco les pongo mucha atención, a veces nomás vengo a dormirme en el clima y luego ya cuando siento que me pega la luz en la cara me salgo.
Avanzaron en silencio el resto del camino hacía el bar.
En la barra, los conspiranoicos hablaban sobre un nuevo juego de mesa que el presentador de las películas del cineclub vendía en sus círculos cercanos. Claudio apenas tocaba su cerveza y, cuando lo hacía, daba largos tragos que terminaban en un sordo suspiro. Ensimismado, escuchaba la voz de Amelia como si solo fuese el ruido de fondo de un incomprensible programa de radio. Pensaba en Lamia, o más bien en su conversación con Lamia.
-Noto que estás como distraído, amigo. ¿Te afectó mucho la película? Admito que cuando mataron al panda a mí sí me dio cosita.
-No, no es por el panda.-Respondió riendo mientras se incorporaba levemente a la conversación.
-¿Entonces?-Y en ese momento hizo una pausa dramática torpe y sin compás con la esperanza de recuperar la atención de Claudio-¿A poco te caían bien los chimpancés?
-Es por una mujer, bueno, algo así…
Y entonces le mostró la conversación. En un principio pensó que se reiría de él, pero el semblante de Amelia, conforme leía los mensajes y reproducía los videos, se asemejaba al de un enorme camaleón al acecho.
-¿Te acuerdas que antes de desaparecer de esta ciudad me dediqué a vender y publicitar cualquier tipo de tontería tecnológica y que juré nunca más regresar acá?
-Sí, bueno, me acuerdo de las criptomonedas y eso de los NFT´s; pero no sabía que ya no querías regresar.
-En ese momento pasaban muchas cosas por mi mente, tampoco estoy segura de haberlo dicho de forma explícita, lo que sí es que después de eso, durante algunos años, viajé por Sudamérica, trabajé en pequeñas agencias de publicidad, viví con austeridad, conocí hermosos paisajes con personas aún más hermosas que me aceptaron por como soy y que me ayudaron en mi transición. Tú mismo fuiste una de esas personas, así que si te cuento esto es para que tomes lo que pienses que puede ayudarte, aclares lo que te confunde y al menos intentes decidir por ti mismo tu destino.-Pidió una cerveza sin alcohol, encendió un enorme blunt sabor mojito y comenzó a platicar.
III
La historia de Amelia acontecía en Curazao. Había llegado ahí después de estar varado (en ese momento aún era Óscar ) en la frontera entre Venezuela y Colombia. La agencia de publicidad en la que trabajaba lo había enviado a él, a un camarógrafo y un guionista, a que tomaran las primeras tomas y esbozaran un comercial para una inmobiliaria de lujo que se asentaría en ese lugar. Era, quizá, el mayor contrato al que una pequeña agencia de Cali podría aspirar en mucho tiempo. Llegaron a un lugar selvático y aterrador. Nadie sabía nada de un proyecto inmobiliario. Cuando los llevaron hasta el lugar donde supuestamente verían al representante de la inmobiliaria, un grupo de personas armadas los asaltó. Por las noches el aullar de los monos producía un estruendo que los acosaba hasta el punto de no permitirles dormir en absoluto. La empresa que los había contratado dejó de responderles, las tarjetas de crédito que conservaban en el hostal dejaron de funcionar y los boletos que les habían entregado para su regreso pertenecían a una línea que, según las personas de la estación de autobuses, había dejado de existir desde hace varios años.
Fue en una carretera de Bucaramanga donde un gringo con aspecto de pastor protestante los recogió. Se presentó como Ernest Regis. Se ofreció a llevarlos de regreso hasta Cali. En el trayecto les preguntó por su vida, por sus viajes, por sus oficios, les pidió muestras de sus antiguos proyectos, les habló sobre un proyecto hotelero y finalmente los invitó a viajar con él a Curazao.
Ya en Cali se rieron de él, pero poco a poco se dieron cuenta que la situación en la agencia era desoladora. La cobranza los amenazaba con embargos y sus pagos comenzaban a aplazarse para intentar cubrir las deudas. La propuesta del gringo se volvió cada vez más viable. Poco importó que no hubieran encontrado ningún registro sobre este Ernest Regis o algún proyecto hotelero donde figurara su nombre. Vendieron o empeñaron las pocas cosas que tenían. Salieron rumbo a Curazao en avión.
Llegaron a la isla por la mañana, caminaron por el puerto donde el sonido de la gente hablando en holandés, en inglés, en papiamento y en español se confundía con el sonido del viento que golpeaba sus ropas dejando entrever sus cuerpos semi desnutridos. Un grupo de turistas argentinos los refirió a la calle Breedestrat, donde al fin encontraron a Ernest. Amigos, ya los estaba esperando, les dijo. Lo acompañaban unas mujeres altas y morenas que lo escuchaban con atención. Sus ojos verdes, melancólicos y como empantanados apenas y se posaron sobre ellos aún cuando vieron que Regis los reconocía. Yo tengo que ir a hacer unas llamadas importantes, pero ellas, y señaló a las mujeres que no intentaron en absoluto verse amigables o al menos disimular una sonrisa, los llevaran al hotel. Siéntanse como en su casa, gritó mientras se alejaba.
Las mujeres hablaban holandés entre ellas y durante el camino no les dirigieron la palabra pero, al llegar al hotel, que más bien era como una enorme casa cuadrada e insípida que por su estilo modernista contrastaba con las fachadas tradicionales estilo holandés del resto del lugar y parecía estar construida hacía arriba de forma improvisada en varios pisos donde lo único que tenían en común era una geometría fría y de bloque, tan austera que si no fuera por los varios colores pasteles que la decoraban y los ventanales estilo modernista que se dejaban entre ver, bien podría ser un edificio aún en construcción o inclusive, y esto quizá era lo más increíble, si se veía de lejos, parecía anacrónico, como más viejo de lo que el estilo indicaba, algo así como si un arquitecto de la época de la colonización hubiera improvisado con una casa diferentes acabados hasta llegar a algo así como el estilo modernista, donde las mujeres exclamaron, con un acento pastoso y gutural, “¡bienvenidos amigos!”.
No había nadie más en el lugar. El lobby era una especie de sala de espera con una cabina telefónica en el rincón, tres largos sillones acomodados en forma rectangular que se cerraba con una barra de bar, ostentosa y robusta sobre las que encontraron unas llaves con la indicación de que eran para ellos. En el fondo de la habitación, a un lado de las escaleras, había una puerta con el letrero “Exclusivo para el personal del hotel”, buscaron a las mujeres para preguntar si detrás de esa puerta había un baño y si podrían usarlo pero no las encontraron por ningún lado. Las llaves que tenían tampoco abrieron la puerta y cuando subieron al primer piso buscando algún lugar donde poder hacer se dieron cuenta que la única puerta que había en todo el primer piso era la del elevador. El resto de la tarde tuvieron que salir al estacionamiento cada vez que querían orinar. El camarógrafo hizo el amago de ir habitación por habitación para probar suerte pero se rindió en la tercera puerta al ver que nadie lo acompañaba y que incluso él preferiría solo salir al estacionamiento que tener que tomar el elevador y caminar hasta saber qué habitación era y todo eso.
Cuando Regis llegó ya era de noche. No se disculpó por la hora pero, al ver que habían tomado cervezas de la barra y que estaban ebrios, tampoco se molestó. Más bien les ofreció un contrato como personal del hotel. Decía que podían hospedarse ahí pero que era indispensable para el éxito del proyecto hacerse de una buena reputación y que después podrían pasar al marketing. Nadie entendía nada pero la paga era más que decente y calculaban que en poco tiempo podrían regresar a Colombia y rehacer la agencia o incluso quedarse ahí e intentar ser autónomos pero mantener a Regis y a su hotel como cliente importante.
El trabajo comenzó ambiguo y sencillo. Óscar y los demás debían comprar despensa y cuando preguntaban a Regis si necesitaba algo en particular recibían listas donde sólo había nombres de alimentos enlatados, frutas y cigarros. En estos viajes aprovechaban para comprar mariguana a un venezolano que se llamaba Manuel, un antiguo inmigrante que había vivido aterrado de que lo encerraran en el SDKK hasta que se casó con una rastafari holandesa que le ayudó en los exámenes de nacionalización, fue él quien les dijo que Regis en realidad era holandés. Ése es un bóer hijoputa, les decía, tengan mucho cuidado con él porque cuando yo aún no tenía papeles siempre intentó deportarme, y después pasaba a mostrarles diferentes tipos de mariguana enviada desde Amsterdam. En el hotel nunca había más de cinco o seis huéspedes. Todos pagaban por adelantado o no pagaban en absoluto, pues más bien nunca fue necesario cobrarles ya que Regis los recibía y despedía personalmente. Llegaban juntos, en grupo, y se iban al mismo tiempo. No compartían habitación y rara vez se dirigían la palabra entre ellos. Primero mujeres, hermosas jóvenes caribeñas que hablaban español como si cantaran o melancólicas venezolanas a las que se les podía escuchar decir con resentimiento hacia todo significado posible de sus palabras que habían llegado a la isla en busca de la libertad. Algunas golpeadas, desnutridas, casi siempre drogadas. Todas decían ser modelos o aspirantes a modelos. Saludaban a Regis con un respeto señorial que rozaban con el miedo, al resto lo miraban primero con lástima, después con desprecio. Cuando veían que Óscar o alguien más del personal del hotel (aparte de él y sus dos compañeros colombianos en el hotel trabajaban dos inmigrantes haitianos que sólo hablaban francés, haitiano, muy poco español y rara vez se quedaban en el hotel) se preocupaban por ellas no hacían sino reírse en sus caras, insultarlos o, en el mejor de los casos, los ignoraban. En los cuartos donde se quedaban sólo había una cama, una laptop, enormes roperos con lencería, dildos, frascos de vaselina y de pastillas. Nunca salían ni recibían visitas. Comían lo que Regis les entregaba el día que las recibía y algunas veces uno de los haitiano entregaba más latas puerta por puerta. En las noches se les escuchaba llorar mientras una grabación con una voz robotizada las felicitaba por haber llegado hasta ahí, pues era necesario mucho aprecio por la libertad y muy poco aprecio por ellas mismas para haberlo logrado. Cuando las mujeres se iban sus cuartos estaban aún más limpios que cuando habían llegado. No se quedaban más de dos semanas y después llegaban los hombres.
Siempre jóvenes solitarios, oscuros, cada vez más silenciosos. Cuando se les escuchaba hablar sus palabras parecían provenir de ángulos inhóspitos de sus gargantas, que hacían del simple buenos días una forma de ritual desgarrador, crepitante y gutural. Se hospedaban en diferentes habitaciones que las mujeres y nunca coincidían con ellas. Ni siquiera en el mismo piso. Pasaban el día encerrados, se les escuchaba hablar por las tardes y salían por las noches. Cuando no salían se les escuchaba vagar por los pasillos, entraban a los cuartos donde se habían hospedado las mujeres y hablaban largos monólogos ininteligibles que se superponían a la voz robotizada de la grabación formando una especie de eco similar al canto de las ballenas. En alguna ocasión Óscar entró a uno de los cuartos donde solían hospedarse (aunque Regis los había prohibido pues decía que a ellos no se les cobraba servicio a la habitación) era una habitación semi vacía, las ventanas estaban cubiertas con enormes imágenes del espacio exterior, un fuerte olor a incienso de menta se mezclaba con la oscuridad, en el suelo de cemento una especie de sendero formado por ceniza llevaba a una mesa de madera y sobre ésta, un tablero donde animales, extremidades del cuerpo humano y una combinación de números y letras que coincidían con la cantidad de habitaciones en el hotel, se repartían en casillas como en una especie de monopoly combinado con el calabozos y dragones y con el clue, junto al tablero un frasco lleno de dados de cinco caras con diferentes planetas en cada una de ellas. Cuando se asomó al interior de los demás cuartos, la forma era inquietantemente similar.
Pasaron dos meses así. Siempre la misma dinámica. Dos semanas mujeres, dos semanas hombres. Para ese entonces la atmósfera en el hotel era insoportable, entonces le dijeron a Regis que tenían pensado renunciar, que aunque agradecían por la oportunidad y que en realidad pasaron una temporada interesante, no les entusiasmaba formar parte de lo que sea que estuviera sucediendo en ese lugar. De alguna manera los convenció de que esperaran al menos unos días más, que pronto llegaría nuevo personal y serían libres de irse o de trabajar en el marketing. Esto último lo decía como si fuera un especie de premio. Mientras preparaban sus cosas para irse se dieron cuenta que no tenían sus pasaportes. Al día siguiente los jóvenes que se hospedaban salieron abruptamente en la noche y no regresaron jamás. El flujo de clientes paró. Regis llamó a Óscar y sus compañeros al lobby donde dio un largo discurso sobre la confianza y después les decía que hasta ese momento habían contribuido a lograr un nuevo tipo de felicidad en el mundo, a purificar el espíritu de la humanidad y que ahora, si en verdad querían irse, agregó mostrándoles sus pasaportes, debían demostrar que en verdad eran personas de marketing.
Tomaron fotografías de los paisajes que se veían desde la terraza mientras les apuntaban con un arma. Videos de 20 o 30 segundos desde el interior de las habitaciones. Escribieron guiones que más bien parecían conversaciones privadas entre parejas donde se hablaba sobre vacaciones perfectas que recordarían toda la vida.
El día que escaparon fue una violenta casualidad. Óscar y el camarógrafo esperaban a Regis en una de las habitaciones donde se hospedaban las mujeres. Grabarían una especie de anuncio de bienvenida, les dijo Regis antes de pasar por la puerta exclusiva para el personal del hotel que se encontraba en el lobby. Cuando al fin llegó a la habitación se molestó con la iluminación, trató de abrir la ventana para que se viera “la luz natural” y en cuanto Óscar se percató de que les daba la espalda le reventó el foco en la espalda, el camarógrafo, al ver que no le había hecho mucho daño, tomó la cámara y comenzó a golpearlo por la parte de atrás de la cabeza, después, ya con Regis en el suelo, utilizaron una almohada para taparle la cara y finalmente el guionista, que apenas llegaba al lugar con las hojas del guión que se utilizaría, al ver el cuerpo de Regis aún resistiéndose contra sus dos compañeros, tomó el arma del suelo y disparó una vez sobre la almohada. Después otra vez. Después una vez más. Lo detuvieron antes del cuarto disparo. Buscaron sus pasaportes entre las ropas del cadáver pero sólo consiguieron llaves, llaves pequeñas y doradas. Bajaron al lobby, abrieron la puerta exclusiva para el personal y para sorpresa de todos sólo había un retrete con algunas revistas pornográficas. Volvieron a subir a la habitación, buscaron en la terraza, destruyeron el retrete, quemaron las revistas. En algún momento alguien volvió a disparar a Regis; la cabina telefónica del lobby, que nadie imaginó que funcionara, comenzó a sonar. Cuando respondieron alguien en inglés les preguntaba si necesitarían cerveza para el fin de semana y por alguna razón decidieron que lo mejor era decirle que sí. En la desesperación estaban a punto de destruir la cabina cuando se dieron cuenta que no habían revisado entre las repisas de la enorme barra del bar. En una de ellas había unos papeles en holandés que nadie entendió pero donde reconocían la palabra pasaporten y la estampa de la policía de Curazao; entonces decidieron huir.
Al primer lugar al que se les ocurrió ir fue con Manuel, ahí les explicó que la mejor (y quizá) única manera de huir de la isla era llegando hasta el Norcand, una vez ahí, o nadaban los cincuenta kilometros que faltaban para Venezuela o rezaban a que algún lanchero de los que solían ir a dejar inmigrantes se apiadara de ellos y los recogiera. Óscar , que solía ser un fumador de mariguana sociable y generalmente alegre, había intimado lo suficiente con el dealer a tal punto que le confiaron la responsabilidad de intentar negociar una forma más segura, o al menos menos azarosa, de huir.
Le ofreció todo el dinero que habían ahorrado, el equipo de fotografía que robaron del hotel, le insinuó que si los ayudaba ya no tendría que preocuparse por el boer hijodeputa pero que justamente por eso estaban tratando de huir; quizá podría contactar con algún lanchero que les ayudaría, pero deberían ocultarse por algunos días, pues hacía poco que una lancha se había volcado por el sobrepeso de la tripulación que llevaba y aún estaban buscando cuerpos en la orilla y cerca de altamar, les respondió.
Buscaron comida entre los basureros que proliferaban alrededor del Willemstad, durmieron en contenedores abandonados en el bulevar Rijkseenheid, y cuando se confirmó la noticia de la muerte de Regis, Manuel, el dealer venezolano, les regaló ropa de mujer y una enorme bolsa de mariguana premium conocida como “crystal weed” enviada desde Amsterdam por un grupo de rastafaris que habían tenido que huir de Curazao por el acoso que sufrieron por parte de Regis, quien había sido un neofascista empedernido que abogó por implementar el sistema del Apartheid de Sudáfrica en Curazao y que, motivado por la nostalgia a los viejos buenos tiempos y el resentimiento hacia el rechazo por su idea, dedicábase a chantajear, explotar y violar a jóvenes migrantes a quienes después sembraba anfetaminas y denunciaba a la policía, y ahora, gracias a ellos, el racista hijoputa había muerto y esto era lo menos que los rastafaris denunciados y acosados por él podrían hacer.
Fue durante esos días cuando Óscar comenzó a travestirse (y ya nunca lo dejaría de hacer).
El último día antes de ir hacía el Norcand se encontraron a los haitianos que solían trabajar en el hotel. Al inicio dudaron en despedirse, pero, al ver que sabían dónde conseguir comida, su hambre los hizo acercarse más a ellos, hasta que poco a poco comenzaron a seguirlos por entre las calles descaradamente, viendo todos sus movimientos. Cuando se dieron cuenta que los seguían unos tipos vestidos de mujer se asustaron un poco pero al reconocerlos solo se rieron y aunque Óscar y los demás no entendieron del todo lo que les decían, las señas que les hicieron parecían decirles que no tenían problema con que los acompañaran. Caminaron detrás de ellos hasta los barrios de los negros, donde escucharon cantar el tambú y dónde un hermoso afro, entre risas y alcohol, les dedicó el ”Canto a Venus”. Pasaron la noche escuchando historias sobre la colonización holandesa, de la cruel realidad de muchos migrantes del caribe que trataban de huir de regímenes totalitarios y de la violencia sólo para terminar en las fauces de un lobo protegido sistemáticamente por la ley y de cómo, con la muerte de Regis, habían sacado de circulación, al menos por el momento, una red de explotación de migrantes que parecía inmune a las denuncias locales y frente a los derechos humanos. En algún momento del amanecer, cuando la luna comenzaba a perderse entre la inmensidad celeste y los rayos del sol tornan el mar un violento campo dorado, alguien recitó:
Ojos donde habitan bestias extrañas
boca llena de dientes podridos,
chupa ron y se lo traga
al compás de la bachata española.
Ese día viajaron hasta las Landhus de Koral Tabak ocultos entre cajas de comida para aves en la parte trasera de una camioneta que iba a una granja cercana a la bahía de Sint Jovis. Ahí, un surfer al que conocían como “el Tibio Mundaka” los movería hasta la caverna del Doom y a cambio de la mariguana que les quedaba les entregaría unas tablas de surf equipadas con gps con las que tendrían que alejarse de la costa lo más pronto posible y una vez que oscureciera serían recogidos por un pequeño bote llamado “La Pintita”.
Nadaron hasta el anochecer y cuando al fin los recogieron avanzaron lentamente. En el paisaje frente a ellos se podía ver cómo los migrantes que trataban de entrar a la isla escalaban, sin ningún tipo de protección y después de haber nadado dos o tres kilometros, enormes precipicios con rocas filosas que parecían chorrear sangre a la luz de la luna. Mientras se alejaban podían escuchar el crujir de los cuerpos que no lograban llegar a la cima al azotar contra las rocas y el agua.
IV
-Y ya en Venezuela, aunque también terminé dedicándome a la prositución por un tiempo, conocí a unos cirujanos plásticos que me ayudaron a llegar hasta acá con pasaporte falso y toda la cosa.
Claudio no sabía muy bien qué decir ni tampoco sabía muy bien cuál era la relación de todo eso con Lamia y cuando trató de articular algo se dio cuenta que había estado escuchando a Amelia con la boca abierta quién sabe desde hace cuánto tiempo pues su boca, contrario a toda la lógica relacionada con hablar, se cerró.
-La verdad es que tampoco sé muy bien si era necesario contarte todo eso, pero bueno, hace tantos porros que no nos veíamos, cariño… -al decirle esta última palabra adoptó un tono sarcástico y guiñó un ojo mientras reía-; básicamente estoy tratándote de explicar que estoy más que enterada de cómo funcionan esas cosas, Claudio, no hay nada de qué ilusionarse, eso nunca sale bien. Para empezar, dudo mucho que se llame Lamia. ¿Qué clase de nombre es ese?
-Se supone que es un nombre artístico, algo de la mitología o no sé qué. Una vez lo explicó en un directo.-Mientras decía esto, con la cabeza gacha y los ojos apenas en dirección de la mesa, raspaba la etiqueta de papel del envase de su cerveza.
-Ay, niño, niño, fíjate bien, las horas en las que publica, en las que sube contenido, en las que hablan, o bueno, en las que te contesta y esos videos que manda, todo está muy bien trabajado para ser de una emprendedora solitaria, algunos incluso están hechos a dos cámaras en montaje paralelo, Claudio, así que o la pobre nunca duerme en su vida y repite esfuerzos como una desquiciada, o detrás de ella, y no me refiero sólo a la producción, hay al menos tres personas que aparte editan los videos y responden esos mensajes.
Un mortecino silencio invadió el rostro, redondo, moreno y como apunto de despertarse todo el tiempo de Claudio hasta volverlo pálido y sepulcral.
-¿Y crees que nunca quiera conocerme?
-En el mejor de los casos la agencia que la maneja te dará largas hasta sacarte la mayor cantidad de dinero posible en base a una promesa que poco a poco se irá disipando conforme ella comience a dejar el trabajo.
-Y, ¿en el peor?
-A la agencia de modelos la maneja algún neofacista liberal que mueve contenido pornográfico desde una isla o colonia del tercer mundo donde la poca regulación hacia las empresas trasnacionales y al turismo generan el mercado perfecto para la prostitución y el chantaje de personas públicas basada en el número de seguidores de redes sociales…
-Pues, mierda, hace poco dijo que viajó por el caribe. ¿Tú crees que debería preocuparme?
-No sé… ¿estás seguro que era de por aquí?
-Sí, antes tenía una granja de conejos o vivía cerca de una, algo así.
-Ay, Claudio, y eso que tú eras el que terminaba armando los muebles esos de inspiración tinguely, a ver, y en ese momento su tono de voz se tornó como si un maestro estuviera haciendo una ecuación o construcción conceptual complicada. Bonita adolescente aspirante a cantante de música neofolk -género tradicionalmente inspirado en una tradición de protesta con toques de culturas minoritarias y letras que hablan sobre el desarraigo cultural- abandona su proyecto artístico para dedicarse al contenido para adultos en una ciudad mayormente segregacionista en el que las calles mantienen los nombre de gobernantes que han hecho masacres públicas en la historia del país y donde las empresas te descuentan por nómina boletos para que veas películas de propaganda anticomunista, aparte de las trasnacionales y el turismo, en ese momento hizo una pausa, encendió un nuevo blunt sabor mojito y dio una larga calada.
-No sé, Claudio. Sí suena muy mal el asunto.
Pronto el ambiente se volvió aterrador para ambos, como si un relámpago hubiera encendido el cielo a media noche y la estela de luz durara tanto que se pudiera entrever el sol y una larga figura en forma de ojo se viera emerger a través de las estrellas haciéndolos perder la cuenta de los segundos que calcularían para medir a qué distancia caerá el trueno.
-Me da mucha cosita tener que ser yo quien te lo diga pero me temo que por el momento sería mejor no pensar en ella. Y por momento me refiero de aquí a que se termine tu vida, la cual espero sea larga y feliz, Claudio. Al menos no pienses en ella en términos de una relación. Verás, si algo aprendí de todo esto que te platiqué es que en internet y sobre todo en el porno y en las grandes plataformas transnacionales que lo promueven, la vida sexual se vende y se produce por medio de un algoritmo diseñado específicamente para tu soledad y este mismo algoritmo se encarga de ocultarte las más terribles historias que probablemente lo constituyen, creando la ilusión de que lo virtual -donde el placer y la satisfacción personal funcionan de manera unidireccional y en apariencia son lo más valioso del mundo- sobrepasa la realidad; pero es justamente en la relación entre realidad/virtualidad y las imágenes que lo hacen efectivo donde se muestra que en cada momento de goce, -gracias a la precarización del trabajo producto de la desmesurada competencia y las pobres condiciones laborales- se fetichizan las más terribles torturas, los exterminios raciales, culturales, ecológicos y todo en nombre de una noción de entretenimiento y placer que al final del día sólo se vuelve un mero indicador en la larga cadena de variables con las que se busca mantener el status quo ideologizando a las personas o al menos sumergiéndolos en una burbuja de autocomplacencia y conformismo.
-Pues mierda, Amelia, todo eso me parece algo muy fuerte para digerir. ¿Estás segura que eso que estás fumando es mota?
Amelia le puso el porro en la boca, levantó la mano hacia la barra pidiendo una cerveza más para cada uno y después hizo el gesto, mecánico e impersonal, de limpiarse una inexistente lágrima de su mejilla.
V
La última vez que Claudio estuvo en el cineclub, la película era sobre un antiguo héroe que por alguna razón viajaba a una ciudad neo noir a través del tiempo. Nadie sabía su verdadero nombre pero todos le llamaban E.R. Una vez que llegaba al futuro (o al menos eso era lo que parecía de acuerdo a la cronología tradicional que muestra ciudades futuristas y viajes por el tiempo, aunque, más adelante se vería, la sociedad aún se regía por un código de honor, duelos y peleas de espada al estilo medieval) conseguía un atuendo como de detective privado, una gabardina, pantalones negros, corbata también negra, fedora y guantes sin dedos. La trama era críptica, como si en los 120 días de Sodoma las verdaderas víctimas fueran los cuatro libertinos y E.R. trataba de descubrir la desaparición de éstos al ser secuestrados por un grupo de feministas radicales que se hacían llamar “las ninfas del viento”. Una larga escena de diálogo en la que E.R. hablaba con un científico caricaturescamente excéntrico que trataba de convencerlo para usar un arma química que acabaría con las pasiones y con a
las ninfas del viento se intercalaba con escenas donde las pasiones de los hombres, representadas como una enorme serpiente que salía de entre sus piernas y a la que todos llamaban “el monstruo”, comenzaban a aparecer en el hotel donde tenían secuestrados a los libertinos, causando la muerte también de estas ninfas del viento. Finalmente, después de que E.R. fracasara en el rescate de los libertinos secuestrados por las pasiones y que ahora eran una especie de serpientes o enormes reptiles y tuviera que vencerlos en un duelo a muerte, el científico logra convencerlo de la necesidad de destruir una parte del hombre para anular el poder que las ninfas tienen sobre ellos. En ese momento la película se volvía en primera persona, y mostrando unas manos, de lo que uno puede asumir es E.R., mientras sostienen un arma, que a todas luces es una manguera de agua como las que usan los bomberos, comienza a disparar un líquido blanco que pulveriza a parejas de hombres y mujeres hasta convertirlos en algo que se parecía al polvo cuando se le ve a través de la luz o como el arcoíris ascendente que forman las pequeñas partículas de agua mientras caen en una cascada. La última escena mostraba a E.R. vestido como monje avanzando por las montañas seguido de un grupo de hombres que lo llamaban maestro. En algún momento se detenían y sacaban telescopios, algunos jugaban a los dados, otros dibujaban lo que parecía ser un mapa astronómico que insinuaba la forma de un enorme falo.
VI
El último mensaje que recibió de Lamia le informaba del cambio de precio en la subscripción. Las últimas fotos que Claudio vio de ella eran en una especie de bosque o de jungla. La bruma, que apenas se esparcía entre las sombras, reflejaba la poca luz que atravesaba la espesura del follaje. Su cuerpo, blanco y desnudo, aparecía frente a un lago, después entre el follaje y finalmente rodeado de una enorme serpiente. Su pelo rojo parecía estar cada vez más vivo, casi reflejando el calor de las llamas. Al contemplarlas sentía poder olvidar que pronto la olvidaría y, al mismo tiempo, le insinuaban una forma de nombrar aquello que también olvidaría de él mientras la olvidaba.
VII
Llegó al bar. Amelia hablaba con un tipo de pelo corte cumbia que le decía sobre la posibilidad de conseguir mariguana a cambio de una breve temporada de ocultarlo a él y a unos amigos. Nada grave, le decía, sólo la típica paranoia por abstinencia y una chica que perdió a su mejor amiga hace poco, mientras decía esto hacía señas con sus manos como de dispararse en la sien. Cuando Claudio se disponía a ofrecer su casa el tipo corte cumbia se alejaba mientras respondía una llamada.
-Bueno, ya pasaron casi dos meses y no he renovado mi suscripción con Lamia.-Le dijo a Amelia con un patético aire de triunfo.
-Esto es algo para festejarse, cariño mío, por qué no enciendes tú el primer porro.
Ambos reían con la frase mientras veían que el tipo de corte cumbia regresaba con otro tipo al que llamaba Berni y que a Claudio se le figuró que tenía el semblante como el del burro de Winnie Pooh.
-Daniela nos va ver más tarde, iba renunciar a su trabajo…-Le dijo Irvi (que así se llamaba el tipo con el pelo corte cumbia) a Bernardo Sahara (que era el tipo con la mirada rara y que ahora miraba a Claudio y a Amelia con una curiosidad que rozaba la desconfianza) mientras se acercaban a la mesa.
A lo lejos se escuchaba a los conspiranoicos discutir con el encargado de la barra mientras alguien reproducía desde su celular Rocking in the free world de Neil Young.

