Todo mal sueño se retira

Por Andrea Gorgonia Treviño

Mi mamá no recuerda sus cumpleaños. Me pregunto si es porque hace trece años también su padre murió justo en ese día. Dice que solo recuerda sus quince años. “Celebramos el 29 de diciembre”, narra. Ella es del 6 del mismo mes, pero decidieron celebrarla algunas semanas después. De aquel evento solo recuerda los zapatos que su madrina y madre fueron a comprar a la colonia Independencia, porque entonces había una fábrica de zapatos y en el mostrador todo es más barato. Describe los zapatos como blancos, con poco tacón y de charol. Fuera de ello, no habla de otro cumpleaños en especial.

Pienso en mis cumpleaños. Los repaso para que me queden como regalos: los desenvuelvo y guardo el papel de su memoria por si acaso. Confundo mi cumpleaños número cuatro con el de una navidad (la única) en la que mis tías prepararon galletas. Solo lo traigo a la memoria porque usaron Coca-Cola para la mezcla. Sin embargo, recuerdo bien mi sexto cumpleaños, porque por primera vez tuve una fiesta en un salón de eventos. A él fueron mis amigas y familiares y una animadora pidió a mis padres acompañarme para pedir un deseo frente al pastel con un diseño de la princesa Bella. Ese día estrené el vestido amarillo que mi mamá recreó de la película para mí, ese que tenía tela tipo tafeta y me raspaba un poco en los brazos, y, lo más importante, me pegué con mi propia piñata y no pude seguir celebrando. Por otro lado, recuerdo mi cumpleaños número doce, porque había pedido pasarlo con mi padre, quien lo olvidó, y fueron sus hermanas las que me dieron un pastel temático de un supermercado comprado a último momento.

Según Orly Redlich, el concepto del cumpleaños también tiene un significado único en el judaísmo, histórica, religiosa y socialmente: se considera un día de suerte y una festividad privada para el celebrante. Si tenemos un día único para nosotros en el mundo y en el tiempo, ¿qué nos hace olvidar nuestro paso por el sol cada doce meses? De acuerdo con ella, se tienen registros históricos de cómo las celebraciones de cumpleaños existían incluso antes del cristianismo. En culturas paganas, la gente tendía a pensar que espíritus malvados los visitaban en sus cumpleaños. Por ello, tales celebraciones se caracterizaban por cánticos y bailes.

Durante la Roma antigua, según el artículo The concept of a birthday: A theoretical, historical and social overview, este concepto cambió a que los cumpleaños eran festividades donde se juntaban las familias en eventos más elaborados. Pienso en los requerimientos para una celebración en casa, puesto que solo somos tres personas viviendo en ella, más cuando es mi hermano quien celebra primero y, un día después, mi mamá. Preparo una guirnalda morada que dice “Feliz cumple”, acortado, para no volver a subir en la escalera y completar la palabra con el “años”, y debajo de esta una cortinilla lila con brillos. Luego viene el pastel compartido y sobre la mesa el ramo con alcatraces, nubes y lilías

En El tiempo regalado, un ensayo sobre la espera, Andrea Kohler escribe:

Hay infinitas formas de demora: la que llega con el amor, la visita al médico, la espera en el andén o en el atasco. Esperamos: al otro, la primavera, los resultados de la lotería, una oferta, la comida, al adecuado, y a Godot. Esperamos la llegada del cumpleaños, del día festivo, de la suerte, del resultado del partido y del diagnóstico.

Pienso en lo que espero la reacción de mi madre, cuyo color favorito es el lila, como el de la cortinilla de brillos que he pegado en la pared, si le gustará, si la animará como quiero.

Sin embargo, la imagen de las flores se queda pegada en mi cerebro. Cada vez que mi mamá las ve, siendo éstas sus flores favoritas, nos dice que las pongamos en su funeral. La ocasión no mitiga su petición. De haber pasado del evento más esperado del año (su festejo por su natalicio) el día corre a llegar a un hipotético deceso, como la flor que cae del ramo postrado en la mesa. De cada pelo cae esa imagen previsoria del final, incluso ahora que su calendario se formatea y comienza desde el día uno como hoy. Mamá suele repetir las pocas historias que han pasado en la familia, donde primos han muerto de la emoción de tener a sus relativos cerca el día de su cumpleaños. Bien dicen que en varias religiones se ve el nacer y morir el mismo día como la representación de cumplir con el ciclo de la vida. Me gusta la idea. No dejar nada pendiente. Pero admito que me entristece la mención a la muerte, aunque venga como la imagen de un uróburo: principio y fin convergiendo.

En la biblia, alguna vez leí, solo fueron registrados dos cumpleaños: El primero, de un faraón de Egipto, cerca del siglo XVIII antes de Cristo, y además de éste, el de Herodes en el siglo I después de Cristo. De esta forma, había celebraciones, pero en ambos casos también hubo ejecuciones. Casi forzadamente, en mí quedó la idea de que un comienzo también es un final. Y en una fecha como esta ambas pueden encontrarse. ¿Pueden los cumpleaños servir de puente entre lo muerto, nuestro pasado, y un nuevo amanecer: las metas que nos impongamos al futuro?

Leo entre los Diarios de Katherine Mansfield una entrada sobre el tema y me imagino a ambas en nuestras recámaras, lejos de la escena, pero presentes en la palabra:

24 de marzo.

Cumpleaños de mamá. Escribí a las dos en punto y me levanté y me senté en el antepecho de la ventana a pensar en ella. Me gustaría volver a verla con su pequeña arruga en el entrecejo, y oír su voz. Pero no creo que lo haga. Mi recuerdo de ella es tan completo que no creo que se altere.

El editor menciona que Katherine no volvió a ver a su madre. Me duele pensar en la dicha nota a pie de página. No solo me parece agridulce leerlo, sino que se contrapone con la nueva escena de este escrito: Le pregunto a mi mamá que cómo ha pasado el día. Tiene migraña y dolor de cuerpo. Se acuesta en su cama y pide otra cobija. Incluso el aroma de las sábanas le incómoda y le causa nauseas. Me dice que fue un buen día. No hablamos de mi abuelo, ni de cómo vivió su cumpleaños planeando un funeral hace más de diez años. Ella va y viene en su despertar como una danzante de sueño. Después, irrumpe diciendo que está feliz sabiendo que está más para allá que para acá por su nueva edad. El silencio es casi abrumador, aunque todo parece igual que en otros cumpleaños.

Recuerdo una entrada del diario de Idea Vilariño, tres días después de su cumpleaños, escribe:

Festejo. Los muchachos de siempre, las amigas de siempre. Bayce creyó que era temprano y apareció de tarde. Mamá tiene la teoría de que en su vida hay una mujer nocturna, porque siempre ha de irse temprano. Eros y sus padres. Todo está lindo y animado. Piano. Bailamos hasta las tres.

Me pregunto si mi mamá, como yo, también piensa en los cumpleaños y en la muerte como el blanco-oscuro de cada uno. Me reconforta que alguien más ya lo haya pensado antes.

Para la tarde, una vez llegado mi hermano, ponemos el pastel sobre la mesa y las flores siguen emergiendo su olor, ahora compactado por el del mango del sabor y el betún. No hay vela, pero nos la ingeniamos con un cerillo que prendo con dificultad. Mi mamá hace la pose que hice cuando fue mi fiesta de seis años, cuando la animadora me pidió juntar las palmas para pedir un deseo. La veo de 55 años, por un segundo como una niña, después como de su edad otra vez. Cantamos rápido con las manos heladas y el deseo se desaparece como el humo que sale una vez que la flama se ha disipado. Nadie pregunta qué fue lo que deseó mamá, seguramente por la creencia de que si se dice entonces éste ya no se cumplirá.

En la antigua Grecia, así como en la Alemania medieval, el hecho de apagar una vela en los cumpleaños tiene que ver con ofrendas a la luz de la luna para invocar bendiciones, o bien, representar el equilibrio entre la vida y la muerte. Según Marie Nicola, historiadora de cultura popular, se piensa que la idea proviene de rituales hacia Artemisa, la diosa griega de la luna.

El uso simbólico de las velas en los rituales de nacimiento se debe en gran medida al imperio romano y cómo este se expandió por Galia, Germania y Britania, hasta lo que sería nuestros días y cómo iluminan nuestro paso hacia el otro nivel, la otra edad, los siguientes días.

Siempre que viene un cumpleaños, mi mamá explica, “viene también un repaso de conciencia”. Qué fue lo que cumpliste, qué fue lo que lograste, qué fue lo que dejaste atrás. Pienso en las nuevas líneas en el rostro que se forman o no, en las nuevas cicatrices que solo ella verá, pienso en las cosas que dejó pasar en un año más, o, según ella, un año menos que afrontar. Escribía Fernando Pessoa al respecto en sus Diarios:

13-6-1916

 Y así he llegado a mi vigésimo octavo cumpleaños sin haber hecho nada en la vida: nada en la vida, nada en las letras o en mi propia individualidad. Hasta el día de hoy, he probado el fracaso hasta sus últimas consecuencias. Ah, ¿hasta cuándo tendré que seguir probándolo? Cuanto más examino mi consciencia, menos me perdono a mí mismo por la nulidad de mi vida. ¿Qué cosa horrible me ha retrasado de este modo?

Dan las 11:46 p. m. y me acuesto en la cama de mi mamá. Le digo que me parece más cómoda que la mía. Ella responde que puedo dormir a su lado si quiero. No respondo. Pienso en el concepto de dormir junto a ella, como cuando pequeño tienes pesadillas, como cuando orinas tus piernas cuando recién aprendes a ir al baño, como cuando tienes fiebre y ésta aparece solo durante la madrugada. Mamá apaga los pensamientos pasando su mano por mi pelo. Lo acaricia con una sutileza y sin vacilar, que me imagino solo un soplo de viento entre sus dedos. Detiene todo pesar. Todo mal sueño se retira. Señala un rizo que se formó en mi fleco. Perdí mis rizos a los tres años, cuando ella decidió cortarme el cabello y ya nunca creció igual. “Es lindo también así”, dice, señalándola y casi quedándose dormida. Dice que tuvo un buen cumpleaños. Se cierran las dudas. Persiste el miedo. Amanece una calma. ¿Puede la noche retardar su amanecer? Quiero existir solo entre su manta y el siguiente punto final.

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Semblanza

Andrea Gorgonia Treviño (Monterrey, 1999) es Licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Formó parte de la tercera generación de becarios del Centro de Creación Literaria de esta misma institución, en la categoría de cuento. Es editora y redactora institucional de profesión. Ha colaborado en medios como Revista LevaduraDoble RodadaHumanitasArmas y Letras, así como en publicaciones de Tres Nubes Ediciones y Editorial ENE. Su obra explora una narrativa donde imagen y palabra dialogan, persisten y se trastocan.

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