Por Víctor Barrera Enderle
Comencé a leer a Álvaro Bisama hace mucho tiempo, cuando ambos cursábamos posgrados en la Universidad de Chile. Santiago era entonces una ciudad espectral y nocturna, con residuos radiactivos de la dictadura y la incertidumbre del porvenir. Álvaro reseñaba libros para varios medios. Su voracidad lectora era célebre y, en la charla, pasaba con agilidad de la literatura al cine, y del cine a la música, para regresar a la literatura por la autopista del cómic. Eran los días del encumbramiento de Los detectives salvajes, cuya trascendencia había sido advertida por Álvaro mucho antes. Un poco después compartimos mesa en un congreso sobre la crítica literaria en la Universidad de Playa Ancha en Valparaíso. Entre discrepancias e intereses disímiles, acordamos que la crítica no era simplemente una actividad subordinada, sino una manera de leer las relaciones secretas entre obras y vidas: una creación que se extendía indefinidamente, sin las cortapisas de los géneros tradicionales.
En algún momento impreciso (como suelen ser los instantes decisivos), su escritura se instaló en la ficción, aunque nunca ha dejado de tener esa dimensión reflexiva que otorga la lectura obsesiva de los libros y de la realidad. Caja Negra (2006) y Estrellas muertas (2010) fueron las primeras novelas suyas que leí y que me adentraron en un universo subterráneo, irreconocible y, a la postre, compatible con mi propia desordenada y caótica formación sentimental; esas lecturas se complementarían, posteriormente, con ensayos biográficos como Mala lengua (2020), sobre Pablo de Rokha, y La rabia y el augurio (2023) sobre Carlos Droguett. Porque así ha sido mi experiencia al acercarme a los libros de Álvaro: caer y deslizarme en el tobogán de un registro multiforme, una escritura que constantemente está reconfigurando el mapa de la literatura chilena, desde la crítica, la historiografía y la creación. Hay en su prosa rastros de David Linch, del terror cósmico, de grupos punks que no existieron (pero que bien podrían haber existido, siendo inventados por críticos como Lester Bangs o el propio Bisama), bitácoras insospechadas donde la historia reciente se escribe desde las orillas (la fantasmal provincia donde uno se aferra a lo que lee, ve o escucha para conectarse con el resto del planeta), arqueología del Freak Power y mensajes cifrados en paredes descascaradas de muros tapizados por infinitas capas de afiches.
En la narrativa de Álvaro se expande un universo gris y opaco, con casas abandonadas, parques desiertos, autobuses vacíos, discos sonando en la noche, listas interminables de canciones, mensajes secretos grabados en casetes prestados, profetas de pueblos, saltos al vacío en los acantilados del litoral chileno, ecos de las charlas clandestinas durante los toques de queda. En su última novela, Oráculo (2026), la voz narrativa se potencia, expandiendo ese universo de múltiples referencias. Oráculo como respuesta, como mediación entre diversos mundos y, finalmente, como sitio de interconexión. Entre múltiples lecturas e interpretaciones, la respuesta de este oráculo narrativo podría ser una relectura de la historia cultural chilena (de Andrés Bello a Pedrito Balmaceda Toro; de las crónicas coloniales a los laberintos urbanos soñados por los modernistas; de Azul… al misterioso opúsculo “Apuntes capitalinos”); o bien la mediación entre la retórica de la historia oficial y el delirio colectivo de varias generaciones registrado en sueños, pesadillas y alucinaciones. Y la casa, esa misteriosa casa que aparece y desaparece a lo largo de las páginas, es en realidad la novela y su lectura, el encuentro o rencuentro con lo que habíamos vivido, soñado o leído: “Los mejores rompecabezas existen en el tiempo, nunca en el espacio”, sostiene el narrador.
La lectura de Oráculo deja un ectoplasma, una huella invisible que sólo los lectores obsesivos saben percibir y descifrar. No hay actividad más fantasmal que la literatura, porque ella no se reduce al libro en el anaquel, ni se concentra en las cifras de ventas, ni se distingue en los galardones obtenidos, sino que se concreta en aquello que hemos leído e incorporado a nuestra experiencia, convirtiéndolo en algo más: “La memoria es un artefacto extraño”, confiesa Giordano, una de las voces de esta novela, y yo tomo esa imagen y la hago extensiva al mismo proceso de escritura. La narrativa y la crítica de Bisama se han esforzado por poner en marcha ese artefacto, alumbrando por unos instantes la sustancia inasible que une a la literatura con la vida.

