Una belleza ignorada por la civilización moderna 

Título disponible en la Sala de Historia.

Por María de los Angeles Loera López

Siempre quise vivir en Montemorelos, Nuevo León, y cuando leí El hombre de barro, de Adriana García Roel, entendí por qué ese deseo era tan fuerte en mí. Desde que abrí el libro tuve una conexión con él, como si ya hubiera estado en esos lugares: recorrer los senderos, detenerme en la orilla del río, escuchar el cantar de los pájaros, vivir de cerca las enfermedades y las creencias. Tal vez yo había sido alguno de esos personajes; por eso, ahora que leo esta novela o llego a ir a Montemorelos, me siento tan conectada: es como si volviera a casa. Hablar de El hombre de barro es hablar de humildad, ingenuidad, creencias, solidaridad y de la belleza de una región ignorada por la civilización y, al mismo tiempo, consumida por ella. 

Adriana García Roel nos conduce de la mano por senderos llenos de belleza: jacales junto al río, historias envueltas en necesidad, males curados con remedios caseros y sueños que apenas se atreven a nombrarse, cobijados por casitas donde la pobreza está disfrazada de ignorancia y, simultáneamente, de fe y confianza. Desde el inicio, la historia enmarca el lugar de una manera digna de admiración: la naturaleza, los árboles, los cerros llenos de color y las sonrisas de los niños; donde sobresale la manera de ser que sus mayores les han impuesto. La historia avanza con sencillez: embarazos, enfermedades de la piel, pócimas, la fe de que todo saldrá bien y la confianza que ponen en sí mismos y en los demás para ser ayudados. 

Asimismo, la novela retrata un Montemorelos lleno de colorido y nos hace conscientes de que hoy queda poco de eso; esos lugares están ahora tapizados de construcciones, dejando en la añoranza lo que García Roel retrata. Los que hemos leído El hombre de barro buscamos ese río cargado de historia y esos senderos llenos de nostalgia, pero no hay nada más que casas; bajo ellas yacen los recuerdos de quienes vivieron allí, de lo que fue Montemorelos y de esa huella que se busca sin hallarla porque fue consumida por los avances de una ciudad que progresó.  

García Roel habla del silencio, ese que se quiebra con el taladrar del pájaro carpintero, con el sonido arrullador del río, con el llanto de las palomas y con las risas de los niños. El murmullo de los adultos envuelve cada espacio de la región, llenando de nostalgia un mundo que la civilización fue consumiendo con su sonido. 

Por otra parte, El hombre de barro retrata un mundo que la civilización moderna ignora y que no deberíamos pasar por alto. En él se esconde una belleza que requiere una mirada atenta: la pureza de los niños, la humildad de los adultos, la empatía que nace entre ellos y la riqueza de un paisaje que se convierte en forma de vida. Allí, las familias comparten creencias, miedos, oraciones, remedios y, sobre todo, una palabra que, en medio de todo, los sostiene: solidaridad. Leer esta novela es dar testimonio de ese “mundo oculto”, donde la inocencia y el barro son formas de dignidad y belleza que la literatura transforma en tesoro. 

En esta obra, la humildad de los personajes se enmarca como un rasgo predominante: una mirada que no ha sido corrompida por el dinero ni por la modernidad, sin grandes estudios ni acceso a la cultura urbana, que vive para la tierra y por la tierra. Es una comunidad de saberes populares. Desde los ojos del mundo moderno, esa falta de educación formal se interpreta como “ignorancia”. Pero García Roel los muestra con ternura, permitiendo ver en ellos otra forma de saber: un conocimiento íntimo del cuerpo, del clima, de la enfermedad y del dolor, algo que la naturaleza les ha ido enseñando. Los personajes saben luchar, sobrevivir y convivir; esa cercanía muestra que la ignorancia no está en ser campesino, sino en lo que la civilización desconoce. 

El paisaje es un escenario donde el personaje respira, observa y guarda memoria. Los ríos, los montes, los caminos de tierra, los jacales pegados al barro, el calor del sol sobre la tierra, el polvo de los caminos, el rumor del agua: todo eso se vuelve parte de la identidad de los personajes. “Más allá del río, la sierra contempla angustiada tanto abandono; las maravillosas montañas, con sus picachos y sus ondulaciones, parecen mirarlo todo.” Las descripciones de García Roel son sencillas, cargadas de una belleza casi pictórica; retrata minuciosamente cada detalle que, al leer, te acerca a ese mundo tan lejano: el color del cielo, la textura del suelo, el movimiento de los cuerpos cansados. El paisaje deja de ser “naturaleza muerta” y se convierte en un espacio vivo donde se escriben las historias. Leer esas descripciones es un acto de resistencia contra la modernidad; el paisaje es un tesoro de memoria y belleza. Incluso el cielo cobijaba de manera ancestral el lugar: “era como si las estrellas infatigables pensaran lucir eternamente.” Mirarlo con atención es honrar a quienes vivieron en él. 

Además, la empatía se manifiesta en gestos mínimos: cuidar a un enfermo, compartir comida, acompañar a un moribundo, creer en una promesa. Niños y adultos comparten un mundo de creencias populares: la fe, la confianza en los milagros, el respeto a los muertos, el miedo a las brujas. Esas creencias sostienen la esperanza y el sentido de la vida. Las personas se cuidan entre sí porque ese cuidado es parte de su forma de vivir. La empatía se convierte en una forma de resistencia ante la indiferencia del mundo exterior. 

Para mí, lo más valioso de El hombre de barro es cómo muestra que la empatía y las creencias no son “supersticiones ridículas”, sino un tesoro emocional que los personajes atesoran, aunque esa riqueza sea invisible para la civilización moderna. 

Esta novela me queda como un libro que no se olvida, su sencillez y sus imágenes hace que vengan a mi mente las imágenes de ese Montemorelos que quedó en el recuerdo. Del Montemorelos de hoy, que cuando entras por el camino principal aún huele a tierra, a naranjas y a humildad; porque aunque la ciudad fue consumida por los avances, sé que muy dentro de ella aún existen hombres de barro, capaces de luchar y de ver la vida con resiliencia. 

El hombre de barro, en mi interpretación, es finalmente un recordatorio de que la sociedad moderna tiende a modelar a las personas como objetos, pero existen sujetos que, pese a ser de barro, se sostienen en la dignidad, en el amor y en la resistencia. Ese gesto, discreto y silencioso, es lo que, a mi juicio, convierte a García Roel en una voz imprescindible para entender la literatura y la vida rural mexicana. 

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Semblanza

María de los Angeles Loera López. Nació el 8 de enero de 1969 en Monterrey, N. L. Es laboratorista clínico de profesión y actualmente estudiante de la Licenciatura en Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Escribe principalmente poesía y narrativa breve, con interés en temas como la memoria, el paso del tiempo, el duelo y las experiencias cotidianas. Ha participado en diversos espacios y proyectos literarios, entre ellos De Carne y Verso, Pájaros en el Alambre/Invierno, Claves y Letras, Las Plumas del Gallo, Duelo de Poetas, ARKALI, La Fama Convoca y Grito de Mujer 2018. También ha colaborado en revistas literarias como Azahar, Trinando y Poetazos. Forma parte del grupo español La Guarida de Lápiz y Papel y ha participado en varias antologías poéticas nacionales e internacionales. Actualmente continúa su formación literaria y desarrolla obra propia en poesía y narrativa.

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García Roel, A. (2025). El hombre de barro. Fondo Editorial de Nuevo León.