Su labor docente.[1]
Por José Rubén Romero Galván
UNAM. Instituto de Investigaciones Históricas
Aplicarme a tratar de la labor docente de Miguel León-Portilla me obliga a evocar un testimonio recogido por antiguos alumnos del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, quienes, bajo la dirección de su antiguo maestro, fray Bernardino de Sahagún, cuestionaron a ancianos indígenas sobre distintos tópicos de la antigua realidad náhuatl que, paulatinamente, a partir de la conquista, se disolvía en complejos sincretismos. Se trata de un pasaje del Códice matritense de la Real Academia, incluido por el propio Miguel León-Portilla en su paradigmática obra La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes. En el testimonio al que aludo aparece la definición del tlamatini, literalmente el que sabe cosas, que se traduce casi siempre como sabio, y que el propio Sahagún, por lo que se lee al margen de este pasaje, vertió al español con el término filósofo. De ese pasaje provienen estas palabras:
“El sabio, una luz, una tea, una gruesa tea que no ahúma… /Suya es la tinta negra y roja, de él son los códices…/Él mismo es escritura y sabiduría…/Suya es la sabiduría trasmitida, él es quien la enseña, sigue la verdad…”
Ciertamente, Miguel León-Portilla viene a la mente al leer este testimonio expresado y conservado en la lengua que fue para él instrumento de saber y de comunicación con la cultura náhuatl y que por más de sesenta años, con ánimos siempre renovados, la hizo objeto de sus labores docentes. Quienes tuvimos la fortuna de pasar por sus aulas podemos dar testimonio tanto de sus conocimientos de la lengua y la cultura de los antiguos nahuas prehispánicos, como de su pasión por trasmitir sus saberes. Bien puede decirse que en él había un verdadero eros pedagógico, pues logró inspirar en muchos de sus alumnos un profundo interés por el México antiguo y por el mundo náhuatl en particular. En verdad, por su rica labor como docente, bien puede decirse, parafraseando lo que del tlamatini apunta el texto del Códice matritense, que él mismo era escritura y sabiduría, que suya era la sabiduría trasmitida, que él era quien la enseñaba y que en todo seguía la verdad…
Es un hecho que el maestro percibía la formación de los jóvenes como un proceso en todo ordenado. Baste recordar que después de fundar en el Instituto de Investigaciones Históricas, con el padre Ángel María Garibay, el Seminario de Cultura Náhuatl, abrió en el Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras el curso de Introducción a la Cultura Náhuatl, cuya finalidad era precisamente iniciar a los jóvenes estudiantes en el conocimiento de esta antigua cultura mesoamericana y prepararlos para que, si lo deseaban, ingresaran al seminario mencionado poseyendo ya los rudimentos para mejor desempeñarse en él.
El curso Introducción a la Cultura náhuatl, en el que me tocó la suerte de ser su alumno cuando apenas cursaba el segundo año de la Licenciatura en Historia, constituía una verdadera experiencia intelectual. Iniciaba cada sesión dedicando unos minutos a la enseñanza del náhuatl. Compartir con sus alumnos los elementos básicos de esta lengua era parte importantísima de la formación que ofrecía a los estudiantes. Las razones que para ello tenía por válidas no deben escapar a nuestra atención. Tenía por cierto que resultar imposible comprender una cultura si no se conoce la lengua de quienes la tienen por propia. Era el caso de los antiguos nahuas y su lengua en su forma clásica. Aquella en la que Sahagún había compuesto su colosal obra que hoy conocemos como Códice florentino, aquella en la que Nezahualcóyotl compuso versos en los que dejaba constancia de su búsqueda de respuestas a preguntas en torno a la trascendencia del ser humano. Con ello, Miguel León-Portilla nos demostraba que toda lengua, más allá de ser un instrumento de comunicación, es una manera particular de analizar, de penetrar y de comprender el mundo. De esta suerte, acercarse a la realidad náhuatl prehispánica con la intención de penetrarla y comprenderla, requería por fuerza el conocimiento de ese preciado instrumento con el que quienes vivieron aquella realidad comprendieron y se apropiaron del mundo que los rodeaba, que los constituía.
El programa del curso estaba concebido para dos semestres. Dos partes concebidas de acuerdo con la más pura tradición antropológica, pues, durante los meses del primero, los estudiantes, de la mano del maestro, nos adentrábamos en el conocimiento del devenir del área náhuatl, desde sus antecedentes teotihuacanos hasta la conquista. Era un acercamiento diacrónico que se ordenaba de acuerdo con la cronología mesoamericana, del Preclásico al Posclásico, pasando por el Clásico esplendoroso. Las explicaciones del maestro comenzaban con Teotihuacan, para continuar con Tula, con los señoríos del Valle de México a partir del siglo once y la historia mexica -con la sucesión de conquistas victoriosas, fuente del gran poder de esta nación y de sus incontables riquezas- y, al fin, la conquista… Un devenir secular, expuesto en el aula en sesiones de dos horas semanales, a lo largo de escasos cuatro meses. Poco tiempo para dar cuenta de una historia caracterizada por una gran complejidad, que la claridad de las exposiciones del maestro hacía en verdad accesible para sus jóvenes alumnos de licenciatura.
Durante el segundo semestre eran analizadas las instituciones culturales, según las mostraban antiguos testimonios nahuas al momento del contacto con los europeos. Se trataba de un análisis diacrónico. La economía, el orden social, la educación, la cosmovisión, los calendarios, la religión, la literatura, las artes plásticas… Elementos, todos estos, de una tradición cultural que se había fraguado a lo largo de muchos siglos; elementos constitutivos de una sociedad que había florecido en el corazón de Mesoamérica, y que eran expuestos por Miguel León-Portilla como lo que en verdad habían sido: partes de un todo orgánico, elementos de una estructura dinámica, producto de los siglos de historia que habían sido explicados en el semestre anterior, aquél con el que el curso había iniciado.
Así, Miguel León- Portilla nos introducía en el mundo náhuatl, en el que la lengua con que se comunicaron quienes en él vivieron, debía ser reconocida como el medio idóneo y seguro para acceder a la justa comprensión del universo, por cuyos senderos nos invitaba a transitar, que estaba caracterizado por un profundo dinamismo. En tal universo cultural habían surgido y decaído ciudades habitadas por sociedades complejas, cuyo estudio constituía un reto que debía afrontarse con rigor e imaginación. Se trataba también de un universo poblado por grupos sedentarios muchos de los cuales, cuando a ello los obligaban las circunstancias, migraban llevando consigo las particularidades culturales que constituían sus propias identidades, compartiéndolas con los habitantes de las ciudades que los recibían. En suma, Miguel León-Portilla nos conducía por un pasado cambiante en el que se ordenaba un extraordinario conjunto de pueblos, cuya inmensa riqueza cultural esperaba, de continuo, estudios que, sumándose a los que sabiamente produjeron quienes en el pasado habían abierto camino, señalando rutas para penetrar en el universo de la cultura náhuatl, enriquecieran aún más el conocimiento de esa cultura que magistralmente nos hacía descubrir.
A lo largo del curso, Miguel León-Portilla, a través de múltiples ejemplos, creaba en nosotros conciencia de la manera cómo en nuestra propia realidad era posible observar evidentes supervivencias del pasado prehispánico. Tal era el caso del uso constante del diminutivo tanto en el trato cotidiano entre las personas, como para referirse a distintos elementos de la cotidianidad, los alimentos, por ejemplo, pues es común oír decir “la tortillita”, “los nopalitos”, “el tamalito” y un larguísimo etcétera. Tales diminutivos están relacionados con el sufijo tzin del náhuatl que pasa al español ya como un diminutivo, ya como un reverencial. Con estas enseñanzas, el maestro nos invitaba a observar con atención nuestra realidad para descubrir en ella las manifestaciones de un sincretismo secular que caracteriza a la cultura del mexicano de nuestros días en algunas regiones de nuestra patria. La gran lección que encerraba la evocación de esos ejemplos era demostrar que en nuestra realidad del siglo XX era posible observar elementos de la antigua cultura náhuatl, objeto del curso.
Tuve también la fortuna de ser alumno de Miguel León-Portilla en su Seminario de Cultura náhuatl que tenía lugar en el séptimo piso de la Torre de Humanidades, aledaña a la Facultad de Filosofía y Letras, donde se hallaba entonces el Instituto de Investigaciones Históricas que él mismo dirigió hasta 1975. En el Seminario, la dinámica era distinta de aquella que había en el curso de Introducción. En principio, cada alumno realizaba una investigación bajo la asesoría del maestro. El seminario era la ocasión para que el alumno descubriera otra faceta de Miguel León-Portilla. Allí el maestro se mostraba como el guía capaz de conducir a sus alumnos por los senderos de las crónicas y los antiguos testimonios, en busca de elementos que les permitían penetrar, comprender y explicar el objeto de estudio que habían seleccionado para su trabajo, con el cual, no sólo acreditarían el seminario, sino accederían, gran satisfacción, a una realidad cuya comprensión presentaba retos que se resolvían con la sabia intervención del maestro. Huelga decir que el conocimiento del náhuatl, para traducir los antiguos testimonios, era imprescindible en los trabajos del seminario.
Miguel León-Portilla tenía un gran sentido del humor. En sus exposiciones se daba oportunidad para hacer algún comentario que al mover la risa, distendía el ambiente de la clase, además de atraer la atención de los pocos que se encontraban distraídos. Algunos de estos comentarios eran en extremo sencillos. Me viene a la mente que, en más de una ocasión, para aludir a que alguien había muerto, decía simplemente que ya andaba paseando por el Mictlán, del brazo de Mictlantecuhtli. Fina manera de quitarle solemnidad a la trasmisión del conocimiento, sin por ello disminuir la seriedad que la empresa docente requería. Ello fue, para muchos de nosotros, una enseñanza que enriqueció, años más tarde, nuestras labores docentes.
Para mí, en particular, la lección más importante que Miguel León- Portilla me brindó, y por la cual siempre le guardé una inmensa gratitud, fue permitirme lo supliera eventualmente en el curso de Introducción a la Cultura Náhuatl, cuando por alguna razón no podía acudir a la Facultad. Para mí, fue la oportunidad de poner en práctica, ante sus alumnos, lo que años antes había aprendido de él en ese mismo espacio. Finalmente, cuando decidió dejar definitivamente el curso, y gracias a su apoyo, tomé su relevo. Fue en 1976. Durante el año siguiente, la Facultad sacó a concurso abierto tal asignatura. Participé en él, y durante los veintiún años siguientes, en calidad de profesor definitivo, me ocupé, siguiendo las huellas de mi maestro, de la asignatura en la que él me había iniciado en el estudio de la cultura de los antiguos nahuas.
Por supuesto, el gran legado de Miguel León-Portilla reposa en su obra publicada, cuyo valor es en verdad incuestionable y que está llamada a seguir enriqueciendo el espíritu de futuras generaciones. Para quienes fuimos sus alumnos y nos dedicamos a la sutil tarea de comprender a los hombres que hablaron el náhuatl y que habitaron estas regiones antes de la llegada de los europeos, la lección que dejó en nosotros Miguel León-Portilla fue su entrega apasionada, rigurosa y continua a la búsqueda de una cabal comprensión de aquella realidad que aún subsiste, de múltiples modos, en muchos de nosotros.
Sin duda, suya era la sabiduría trasmitida, él la enseñaba, seguía la verdad…
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Semblanza
José Rubén Romero Galván es investigador titular en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM y profesor en el Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la misma Universidad y tiene el nivel III en el Sistema Nacional de Investigadores. Obtuvo el doctorado en Etnología en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Se ha especializado en historia y cultura nahuas, así como en Historiografía de tradición indígena. Ha sido profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en el Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana, en la Universidad Autónoma de Querétaro, en la de Guanajuato y en la de Tamaulipas. Como profesor invitado, se ha desempeñado en la Escuela Nacional de Chartes y en la Sección de Ciencias Religiosas de Escuela Práctica de Altos Estudios, ambas de la Sorbona; también en la Universidad de Montreal. Entre sus obras se encuentra La octava relación: Obra histórica de Domingo Chimalpahin, también Los privilegios perdidos, así como Historias recuperadas y la edición del Libro tercero de la historia de la Provincia de Santo Domingo de México. En 2015 ganó el Premio Universidad Nacional en el área de docencia en Humanidades.
[1] Texto leído en el Instituto de Investigaciones Históricas , UNAM, el 25 de febrero 2026, durante el homenaje a Miguel León-Portilla en el centenario de su nacimiento.

