Por Leonardo Zapata
I
Vi la figura del viento detrás de la montaña. Una mujer me vio que la veía. Después, yo la vi a ella y después, ella me vio a mí. Ambos mirábamos el cielo, mas nunca nos vimos. La escena era ambigua.
La figura del viento detrás de la montaña más bien era una especie de rasguño, un desgarro en el cielo, el contrario de una enorme vértebra de un gigante que aguarda bajo la tierra. Pensé en 8 Venado, Garra de Jaguar, antiguo señor de Tuxtepec, quien después de atravesar la columna negra y roja que marca los límites de la tierra conocida lanzó una flecha al Ocotochtli (el Ocotochtli es un pequeño animal pardo, cabeza redonda, orejas como de gato. Corpulento y ligero a la vez, caza utilizando sólo su lengua. Lame los ojos de su víctima y posteriormente aulla. Tigres, leones, osos, lobos y coyotes acuden a su llamado. Beben la sangre de la presa, la despedazan y comen. El Ocotochtli, también llamado el depredador celeste, aguarda hasta el final. Se dice que su mandíbula es larga y sus dientes como espinas hacen de su mordida tan letal y tan venenosa que si llegara a morder el cuerpo de su víctima mataría a todas las bestias que comiesen de ese cuerpo.).
II
Caminamos hasta la cima de la montaña, un bosque que parecía salido de una antigua pintura de la que aún chorreaba tinta, el suelo, repleto de orquídeas blancas y rosas; el cielo oculto entre altos árboles con enormes panales que zumbaban de las abejas en su interior; un sendero formado por extraños arbustos que nos llevaron a un antiguo laberinto de barro. No sé si alguna vez nos decidimos a entrar o si al buscar la salida del bosque, nos perdimos en él.
Recuerdo que de las paredes se desprendía un olor a tierra endurecida por la humedad, que llegamos a una enorme fuente de piedra volcánica de la que brotaba agua fría y cristalina donde ella dejó caer su cuerpo sobre el agua y yo mojé mis manos, limpié mi cara y que bebimos y salpicamos.
El agua que emerge en las montañas son como los fluidos de este gigante, gracias a ella surgen los árboles, las flores, los campos, incluso nosotros mismos y lo que puebla nuestros sentidos; todo aquello que constituye el paisaje donde se desarrolla nuestra vida, y a donde retornaremos al perecer, viene de aquí, me dijo.
Ecos como de aullidos y sombras nos rodearon lentamente.
En algún momento del día soñamos.
En algún momento del día dormimos.
No estoy seguro si soñamos y si dormimos al mismo tiempo.
III
Mientras bajábamos de la montaña aún pensaba en que en las representaciones del Ocotochtli la flecha de 8 Venado está sobre la pata o sobre la boca de este extraño animal. Como si se tratara de un acuerdo de paz frente a una presa imbatible.
El fondo siempre es celeste.
En las estatuas es necesario levantar la cabeza y mirar el cielo para encontrar su figura.
En los dibujos parece flotar sobre el agua o sobre el cielo.
Lo que parece ser un dios de la cacería, en las culturas de los antiguos pobladores de América, da más bien la impresión de representar el acuerdo entre la naturaleza para repartirse la carne, quizá la carroña que se consume debido a la muerte natural.
Bajamos por la noche.
La figura del viento se había encarnado en nosotros; los fluidos de la montaña circulaban por nuestras venas.
Vida y muerte nos acompañaban.
Las luces de la ciudad apenas hacían visibles a la montaña y a la luna.
En algún momento nuestros caminos se separaron.
No recuerdo ningún rostro, ningún lugar en específico, quizá todos, en algún momento vengamos de ahí.

