Por Ricardo D. Aguirre Garza
Para Haydée Cantú, quien me señaló el camino.
Diez días, siete mujeres, tres hombres, cien cuentos; locus amoenus, amor, fortuna y fe son las categorías fundamentales del clásico italiano de Giovanni Boccaccio. No hay pierde cuando se habla de El Decamerón: cuentos graciosos, pícaros y dramáticos que narra la decena de jóvenes en las inmediaciones de un paraíso verde: árboles, fuentes, animales silvestres: la receta de la paz.
Y el telón de fondo: el infierno. Florencia padece la muerte, los cadáveres y la putrefacción son el día a día de aquellos que no pueden correr de la peste, de aquellos que no tienen un espacio donde resguardarse y que están siendo empujados hacia el abismo de la extinción.
Pero la moralidad y el señalamiento a las y los narradores no es mi intención, sino hablar de ese infierno bubónico, porque creo que fue un nodo primordial para el cambio de pensamiento…
Recordemos que El Decamerón es un texto-puente, es unión entre el Medievo y el Renacimiento; estructura medieval, comentario renacentista. Sin embargo, el marco en el que se escribió el texto es de mi interés, pero visto a través de los ojos del mismo autor/narrador el cual lo describe en la Introducción:
El año de la saludable Encarnación de Jesucristo (1348), la peste invadió la ciudad de Florencia, bella sobre todas las otras ciudades de Italia. Producida por la influencia del aire o por nuestras iniquidades, lo cierto es que esta calamidad fue enviada a los mortales por la justa cólera de Dios.
Como hombre de Fe, Giovanni está considerando a la enfermedad como una respuesta a la hybris del ser —hablar de iniquidad son ya palabras mayores—, pero Boccaccio, su contraparte, observó el cambio que se estaba gestando y decidió escribir sobre esta línea. Ahora bien, volviendo al texto, el mismo autor apunta eventos que desconciertan por su ¿deshumanidad?:
El terror llegó hasta el punto de que un hermano abandonaba a su hermano, el tío al sobrino, la mujer al marido, y, lo que es peor todavía y casi no se cree, los padres y las madres temían visitar y cuidar a sus hijos, tal que si fueran extraños.
Para el Poeta el terror también provenía de la separación familiar, la división de ese núcleo que se entiende como primordial: la sangre ya no llama porque ya no hay sangre, hay coágulos de hiel, ganglios necrosados y la desintegración de tejidos dérmicos y sociales. La idea de familia continua como un vínculo afectuoso, pero no como una manera de sobrevivir. Tal era el grado de pesadumbre que ya hacia el final de la descripción Boccaccio recurre a una frase que, a mi parecer, tiene una resonancia con respecto al quid de su obra: Se había llegado al extremo de sentir tanto la muerte de un hombre, como sentimos hoy la del animal más despreciable.
Esa animadversión —dicho con conocimiento de causa— es sentida de tal forma en lo hondo del autor. Él ha pensado, se ha preguntado y ha respondido: ¿es, acaso, el humano el animal más despreciable? Fuera de moralismos y/o tendencias religiosas esa pregunta la planteó Giovanni Boccaccio; esa cuestión fue puesta en tela de juicio por el hombre mitad religioso, mitad… ¿humanista?[1]
Ahora bien, estas divagaciones entre el autor y el contexto, la obra y su tiempo, el Medievo y el Renacimiento tienen un punto medio: La Enfermedad. Ella como motor que obliga a Boccaccio a observar detalladamente su entorno; ella excusa para poner en marcha los engranajes de El Decameron; pero ella, también, como catalizadora de un cambio de pensamiento: quizá está aquí por nuestras iniquidades y es la justa cólera de Dios pero solo el Humano es quien puede y debe hacerse cargo si quiere sobrevivir: Dios ya no está aquí, ni vendrá.
Esta idea ya fue observada y desarrollada en el siglo XX por Michel Foucault, la ligera diferencia es que él analizó una región espacio-temporal diferente: Francia, a finales del XVIII. Es en Vigilar y Castigar donde el Historiador comienza extrayendo una serie de medidas a tomar en torno al caso de la peste: En primer lugar, una estricta división espacial, cierre, naturalmente, de la ciudad y del “terruño”, prohibición de salir de la zona bajo pena de muerte… Y es con respecto a este tipo de reglas a través de las cuales comienza una reflexión de los mecanismos que utiliza la autoridad para procurar a la población, desde el encierro, hasta el pasar revisión diario para saber si la gente salió, se contagió o falleció: Cada uno, encerrado en su jaula, cada uno, asomándose a su ventana, respondiendo al ser nombrado y mostrándose cuando se lo llama, es la gran revista de los vivos y los muertos.
Para Foucault estas formas de control forman parte de un sistema completamente medido, en donde la enfermedad, digamos también el cuerpo, la familia y la vivienda pasan a ser estadísticas del interés de la autoridad: quién vive y quién muere no son solamente recuento de daños, sino son también herramientas para condicionar a la población, al cuerpo y al ser, de ahí que:
la peste ha provocado esquemas disciplinarios. Más que la división masiva y binaria entre los unos y los otros, apela a separaciones múltiples, a distribuciones individualizantes, a una organización en profundidad de las vigilancias y de los controles, a una intensificación y a una ramificación del poder.
El Historiador fue consciente de que la Peste generó toda una reestructuración social, la cual identificó como el inicio de la anatomía políticas, es decir, el control de los cuerpos; la enfermedad, directa o indirectamente, cimentó un cambio cultural, político y de pensamiento en el siglo XVIII. Mientras que el Poeta fue consciente de que la Peste generó toda una reestructuración de la forma de pensar de la sociedad medieval; reflexionó cómo la enfermedad, directa o indirectamente, cimentó un cambio cultural, artístico y de pensamiento en el siglo XIV. Recordemos que la Peste fue una Enfermedad que aisló a la población, cobró la vida de miles de personas y modificó a la sociedad que la pareció… ¿no sucedió lo mismo este siglo XXI, a finales del 2019? ¿No es acaso el Covid-19, y sus respectivas medidas, una enfermedad que rememora a la Peste? ¿No es, casi por antonomasia, hablar de la Peste y el Covid como las mismas experiencias a nivel social?
Ya han pasado algunos años desde que volvimos, o llegamos, a la “Nueva Normalidad” y hay personas que continúan utilizando el tapabocas diario, el gel para manos es para muchos un artículo de primera necesidad y el distanciamiento, en diferentes niveles, es casi una norma no escrita. Estos son solo algunos de los aspectos que se pueden observar en el día a día, pero más allá de esto debemos preguntarnos: ¿se gestó un cambio de pensamiento, una modificación de los mecanismos de control, o una nueva visión estética a raíz de esta nueva Enfermedad?
[1] Es muy temprano en la edad del ser para hablar de Humanismo, pero él ya comenzaba a caminar hacia aquella doctrina, entonces ¿por qué no concederle, solo aquí y de forma didáctica, el adjetivo por adelantado?

