Homérica y ecuestre
I
Cerca está ese hombre y no indagaremos más…
Homero, Ilíada, versión de Rubén Bonifaz Nuño
… lo cierto es que todos confiamos en Él, y por eso conocemos
la paz de un corazón errabundo cuando encuentra un hogar.
Derek Walcott, Omeros, versión de José Luis Rivas
Como el linaje de las hojas soy.
El que no ve. El que se queda
en garantía. La prenda
que se ha ido
pasando del padre al descendiente
y llega hasta nosotros
desde el octavo siglo
antes de nuestra era. No es ninguna odisea
tampoco presumamos: no se trata del pez de un corazón
el Ulises, salmón de los regresos
o su regreso a Itaca.
Es, quizás, una
hoja, no en el talón
como ocurriera a Aquiles
sino en la mano abierta. Prendida
no por frotar un fósforo sobre ella
aunque se iluminara; prendida
insisto, a esa mano que cubre de palabras
como si fuera prenda
como si hiciera sitio
a su rehén.
Homero
el que no vio esas hojas
quien no tuvo linaje
también es su rehén. Puede
llamarlo Omeros Derek Walcott
o respetar su nombre Rubén Bonifaz Nuño.
Entre todos podemos recordarlo, como lo dijo
Hegel: “el elemento en el que vive el mundo griego
como el hombre vive en el aire”. Y este corte
arbitrario no lo produzco yo: es el aire
que viene del Egeo –llámese Ilión o Troya–
y entonces es el agua
lo que queda en la mano
–tal vez en el tendón–
del que ahora nos ve
–sea o no sea–
Homero.
Porque nos lee, escribimos.
Cerca está Homero
de todas las palabras. Cerca
siento sus ojos, la brisa
de su voz para calmar la cólera
de Aquiles. Para colmar los mares
de naves y soldados. Para hablarnos
de Helena y de Patroclo. Porque todos
llegaron a nosotros en las hojas
que no escribiera Homero.
Llegaron por el aire
que llamamos
Homero.
Y si para escribirle al aire
desde el aire
debo dejar de ver, sea de nuevo
rehén de la ceguera.
Si para darle paz a los cuerpos
que encontraron su fin en las batallas
que nos relata Homero
debo quemar las naves
encenderé otro
fósforo.
Miraré en la invidencia
de las hojas ardientes
cómo se va formando un corazón
hogar del errabundo
y escucharé la paz de las cenizas
que cubren mis preguntas.
Todo cuestionamiento que hago sobre mi padre
es un caballo. Lo viví
desbocado en mi propia cuadriga.
Yo nunca fui Patroclo. Nunca
pude domarla, ni dirigir su rumbo
como su fuera un barco. Bóreas y Céfiro
encendieron la pira funeraria de Patroclo.
Aquiles la apagó, y resguardó sus restos.
Para escribir del aire
con el aire
los sin gloria tomamos
en el nombre de Homero
algunas hojas
algo de su linaje
para dejarle a un hijo
tal vez a quien tengamos cerca
sus palabras: lo justo
es cuidar a quien queda.
El que se queda:
Homero.
Para escribir de Homero me falta aire.
Como si él lo dijera: las palabras aladas.
Ni el aire de familia de los aedas
ni el de los argonautas
está en mí.
Solo Homero está en mí
cuando cierro los ojos
cuando escribo.
Así encuentro la paz.
Regreso a casa.
II
El lenguaje lleva el contexto o la huella de cada uno. En medio de lo impersonal personificado, la personalidad está allí.
Charles Bernstein
Cuando la escritura del hombre está amenazada por una palabra, es entonces que comienza.
George Oppen
Es tiempo de ensuciarnos las manos
con aquellas cenizas de la historia.
Hay que encarar la autonomía del lenguaje
aprendido, y abrir su lado externo: la red
organizada de forma natural
–como el micelio–
y distender el modo reflexivo del neocórtex.
Frotemos nuestros dedos en las sienes
removamos dendritas, axones
lestrigones y más.
Intentemos otra coreografía
varias poses del yo.
No basta el testimonio que nos llega de Homero
si no lo dice Homero.
La ilíada es la escritura; el texto, la batalla.
Uno es el responsable de aquello que no ha escrito;
la subversión, el incentivo real de la poesía.
No admitamos una sola respuesta.
En su primera etapa, mi escritura trataba
solamente de Homero.
Cambiaba de ciudad, y la cuadriga
encontraba su sitio.
Por la exageración del viaje hallé una curva.
En lugar de los puntos suspensivos
que conectan un sustantivo y otro
exploré un referente que no era masculino
ni era historia, ni yo.
La ambivalencia de mis propios caballos
me hizo pensar en peces.
Así conocí el mar.
En realidad, no soy la primera persona en decir esto.
En realidad, no soy la primera persona.
La realidad no soy.
Cada vez que utilizo las palabras de Homero
lo retrato y lo invisibilizo. Y quisiera seguir
el patrón de acentuación suspendida
y mutilar los acentos melódicos
las olas del latido
pero el ritmo de Grecia me persigue
como un miembro fantasma.
Homero sigue aquí. Es mi barco
fantasma.
Mi primera palabra lleva ritmo: oh
mero trámite para escapar del tono.
Hágase aquí el espacio
para un verso lisiado, travestido
coliambo. Verso de pie variable
con su fractura expuesta.
Inserto aquí una nota equivocada
cerebral. Acuso entonces al ausente
escritor del presente poema
de estar lejos de Homero.
Mil disculpas.
Un nombre personal es quien se asoma
a distancia del suyo.
De esta forma –la forma del poema–
el sujeto es la existencia histórica del poeta.
Ansioso de su rostro, de su iconografía
dicho sujeto se construye un espacio
o lo gana
–recordemos el caballo de Troya–
con minucia y detalle.
De aquellos inventarios
pueden salir la Ilíada y la Odisea.
El espacio del texto quiere producir torres
escalinatas, cúpulas
pero lo indispensable es un sistema
de buenas cañerías (todo caballo caga).
Lo individual nunca es subordinado.
No debiera. Ese cuerpo que tiene
su espacio terrenal
es su significado. El sujeto
–quien nunca está sujeto a nada
fuera de él– se acciona con los verbos
para narrar sus alucinaciones.
Sin embargo, la historia
concluye en algún punto. Son
contadas por alguien y por nadie.
Todos somos Homero.
Este punto de vista
tiene su punto ciego, tal vez
lo adivinaron. La objetividad
no tiene espacio en la nota biográfica.
Alguna identidad gramatical vive
en el poema. No se trata
de Troya, ni de ti.
Si son los intestinos de las bestias
sistema de drenaje
los podemos leer: las vísceras
no mienten. Con el paso
del verso hacia la prosa
perdió fuerza el oráculo.
El oráculo era
nuestra sobrevivencia.
La escritura siempre es
una amenaza.
Con esta identidad inofensiva
de ser todos
–aquello que todos somos–
y ser todo
–aquello que ya no soy–
lo que no veo
que el buen Homero lo explique.
Mis disculpas.
III
Despierto de una pregunta
y no puedo escribir.
Escribo en una pregunta
y no puedo despertar.
¿A esto llaman Odisea?
Por si las dudas, entrecierren los ojos.
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Poema incluido en Micelio (Vaso Roto, España, 2026)
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Semblanza
Luis Armenta Malpica es poeta, ensayista, director de Mantis Editores y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada (2020) y Premio Iberoamericano de Poesía Minerva Margarita Villarreal (2021). Sus títulos más recientes son Camaleones [razones para armar](UNAM, 2024), Micelio (Vaso Roto, España,2026) y Voluntad de la luz (Tilde y Cetys Universidad, México, 2026).

