Por Guadalupe García Alcoforado
Y las perras, que ladran bajo la luna,
ya sintieron al cabro que salta
y olisquearon el olor de la sangre en las cumbres de
las colinas.
Y las bestias se agitan en los establos.
Cesare Pavese, El dios-cabro
Lo impuro es solamente el otro lado de lo sagrado, así como lo siniestro lo es de lo bello. Uno es en el otro, uno se hace en el otro. La historia del gran antagonismo no es más que un juego de espejos. Ya lo decía Foucault, “el Demonio no es el Otro, el polo opuesto de Dios, la Antítesis sin escapatoria (o casi), la mala materia, sino más bien algo extraño, desconcertante que se queda quieto y sin moverse del sitio: el Mismo, el exactamente Semejante…”. Ambos se encuentran ubicados en una esfera a la que los humanos no tienen acceso completo, bajo la cual deben moverse con cautela, pues fácilmente lo impuro puede convertirse en puro, así como lo puro puede devenir diabólico.
Lo sagrado, en su dualidad santa y terrible, se trata de “un dominio donde el terror y la esperanza le paralizan alternativamente y donde, como al borde de un abismo, el menor extravío en el menor gesto puede perderle de manera irremediable”. Ante el terreno de lo sagrado, de lo infinito, el humano no puede más que ser consciente de su pequeñez e insignificancia. Para Roger Callois, esto
Suscita sentimientos de terror y veneración, se presenta como algo prohibido. Su contacto se hace peligroso. Un castigo automático e inmediato caería sobre el imprudente, lo mismo que la llama quema la mano que la toca; lo sagrado es siempre, más o menos, “aquello a lo que no puede uno aproximarse sin morir”.
Y esto es algo que el escritor Arthur Machen tiene claro desde el comienzo de su literatura. Sus personajes habitan un mundo rodeado por lo otro que se esconde en cada pequeño rincón y en el que les será posible adentrarse en los momentos más inesperados, pero también en los más buscados.
Lo perverso en la literatura tiene dos caras, por un lado está la del erotismo, y por otro, la del horror. Ambos extremos recorren el camino para llegar a la experiencia de lo sublime. La estructura teológica, que en última instancia y como ya lo dijo Deleuze, sirve solo como estructura, es la vía utilizada por los perversos para llegar a lo que está más allá del umbral y que solo podemos ver cuando no podemos decir que lo hemos visto.
Si para Pierre Klossowski la divinidad se representa en el cuerpo de una diosa que, a través del demonio intermediario, toma el cuerpo de mujer, poseible pese a su carácter de diosa imposeida, bella y mortal al mismo tiempo. Para Arthur Machen, en El gran dios Pan, la divinidad aparece en su estado más terrorífico dentro del imaginario occidental: hombre-cabra de los bosques, líder de brujas y aquelarres, letal. Pero, incluso así, se mantiene el vínculo con lo humano a través de la hermosa figura de Helen, posiblemente hija de la bestia abominable, tentación y ruina de los hombres victorianos.
La novela de Machen se sitúa en un espacio que recuerda a la caverna de Platón. “Hay un mundo real, pero se halla más allá de todo este encanto, de esta visión, más allá de estos castillos de naipes, pues más allá se halla el mundo que ahora esconde este velo”, le explica el doctor Raymond a Clarke antes de comenzar el experimento que despertará la pesadilla. El mundo donde vivimos no es más que un reflejo, las sombras sin sentido de aquello que se encuentra del otro lado.
El experimento es sencillo, el doctor Raymond operará el cerebro de Mary, una hermosa muchacha a la que rescató de la calle y, por gratitud o sumisión, aceptará hacer lo que él le pida. El objetivo consiste en levantar el velo y lograr que Mary vea al dios Pan, atravesar el abismo sin nombre que separa la carne del espíritu. Lo que Raymond busca, a diferencia de Octave en las novelas de Pierre Klossowski, no es la violación de la carne por el espíritu, sino del espíritu por la carne. Sueño irrealizable, puesto que, como se verá más adelante, adentrarse en las profundidades de lo divino implica siempre aceptar que es imposible salir vencedor de la experiencia.
Transgredir las leyes sagradas que rigen el mundo y, en particular, el mundo victoriano y profundamente religioso en el que se desarrolla la novela, implica alterar el orden del universo, poner en juego una fuerza de la que el solicitante será la primera víctima, “el mundo de lo sagrado aparece como el de lo peligroso o lo prohibido; el individuo no puede aproximársele sin poner en movimiento fuerzas de las cuales no es dueño y ante las que su debilidad se siente desarmada”. Pero ni Raymond ni Clarke experimentarán el horror de primera mano durante la operación, la única víctima es Mary, que regresa de su viaje a los abismos como una idiota, asustada e incapaz de poder contar lo que existe detrás del velo.
Lo siniestro, el otro extremo de lo sublime, se experimenta viendo aquello que no debería ser visto. Pero para que el humano pueda experimentar tal sentimiento, se debe actuar a través de una suerte de mediación, no puede ser él quien lo viva en carne propia. Tal es el caso de Clarke, que durante el fatídico experimento y por una razón que solo se explica mediante un extraño olor que lo adormece y le impide mover cualquier parte de su cuerpo, comienza a recordar un paseo dado quince años en el pasado. Adentrándose en el bosque, al igual que Acteón cuando busca sin buscar a Diana, llega a un extraño lugar que le parece otro país, a pesar de la imposibilidad de tal afirmación.
De repente, en lugar del murmullo del verano, un silencio infinito pareció descender sobre todas las cosas, y el bosque calló. Por un instante, él estuvo frente a frente de una presencia que no era ni hombre ni animal, ni viva ni muerta, la forma de todas las cosas, pero desprovista de forma. En aquel momento se disolvió el sacramento del cuerpo y el alma, y una voz pareció gritar «¡Vayamos adelante!». Entonces apareció la oscuridad de las tinieblas más allá de las estrellas, la oscuridad de la eternidad.
El velo no se cae únicamente ante los ojos de Mary, Clarke mismo, sin ser el actor principal, logra ver aquello que se encuentra más allá del umbral, pero porque no es quien está realmente entrando en comunión con lo sagrado, sino quien presencia el sacrificio ritual, tiene la impresión de haber entrado en la continuidad de la vida sin sufrir las consecuencias que la trágica Mary atraviesa. Y por eso mismo, por verlo y experimentarlo a través de la vista, llega a él el sentimiento de lo sublime, lo infinito le parece finito, al menos mientras dura el instante.
Sobre esto, menciona Eugenio Trías, “El hombre «toca» aquello que le sobrepasa y espanta (lo inconmensurable); lo divino se hace presente y patente, a través del sujeto humano, en la naturaleza;” Clarke y Acteón se encuentran con lo sagrado, con aquella dualidad de salvación y mortalidad, en un espacio entre el bosque y la ensoñación o el delirio.
Siguiendo a Freud en la segunda acepción que proporciona de la palabra heimlich, entendemos que habla de aquello secreto y clandestino, que se esconde del ojo público. Siendo lo siniestro o Umheimlich aquello oculto que se ha revelado. En Clarke, la cautela y la buena moral propia de la época victoriana, se mezclan con su secreta afición y curiosidad por todo aquello que las buenas costumbres condenan.
En los momentos de serenidad, su afición le parece repulsiva, sin embargo, vuelve a caer una y otra vez en ella a través de la lectura de su manuscrito titulado Memorias para demostrar la existencia del diablo, las cuales relee sin parar y que son, al menos por lo que alcanzamos a percibir, narraciones relatadas por terceros que alcanzaron a conocer una parte de los acontecimientos.
De estas historias conocemos a Helen, la hermosa muchacha que llega a vivir a un pequeño pueblo de Gales que tuvo relevancia durante la ocupación romana. La muchacha era conocida por pasar las tardes en el bosque, en las ruinas de la antigua senda romana. Entre sus excursiones, un pequeño niño la encontró jugando con un hombre-cabra desnudo. Los pueblerinos atribuyeron la imagen a las fantasías infantiles. Hasta que Rachel, una joven hermosa y de buena familia, comenzó a acompañarla en sus largos paseos por el bosque. Luego de varias excursiones, la joven apareció llorando semidesnuda en su habitación y reprochando a sus padres por haberle permitido visitar el bosque junto a su amiga. Rachel, como todo aquel que entra en contacto directo con la divinidad, murió.
Finalmente, la novela nos aterriza en el presente de Clarke, donde el misterio y el terror invaden las calles de Londres por una supuesta epidemia de suicidios. Todas las víctimas son hombres que aparecen muertos por la mañana luego de ser felices durante la noche. Todos de buena posición.
Clarke sospecha que todo gira en torno a una viuda conocida por hacer las fiestas más espectaculares y que, como parte del entretenimiento, ofrece una narración paranormal y extraordinaria a sus visitas. Antes de cada suicidio, la víctima convivió con la misteriosa viuda. En sus averiguaciones, desvela el misterio. Helen, la muchacha del bosque que provocó la ruina de Rachel y los delirios del menor, y aquella excéntrica viuda culpable de los suicidios, son la misma persona: el resultado de la cirugía que, veintitrés años atrás, el doctor Raymond le había realizado a la trágica muchacha. “Mary vio lo que dije que vería, mas olvidé que los ojos humanos no pueden contemplar tal visión impunemente. Olvidé también que cuando se abre plenamente ante nosotros la casa de la vida, penetra en ella algo que no tiene nombre, y la carne humana se convierte en un velo de horror que no me atrevo a expresar.” Queriendo violar al espíritu, el doctor le dio acceso a la carne.
El resultado fue la perversa Helen, aquella cosa informe que cobró la forma de mujer hermosa. La potencia de duda objetiva en el cuerpo, que Deleuze marca como rasgo principal de la literatura perversa, se revela al final de la narración, cuando los personajes logran que Helen se suicide y, en su agonía, la ven pasar de mujer a hombre, de hombre a animal y de animal a demonio.
Ya sabemos qué les sucedió a los que encontraron al Gran Dios Pan, y los prudentes comprenden que dichos símbolos significan algo. Fue en realidad un símbolo exquisito bajo el cual los hombres encerraron el conocimiento de las fuerzas más espantosas y secretas que yacen en el corazón de todas las cosas, ante las cuales las almas de los hombres deben corromperse, morir, oscurecerse como sus cuerpos se ennegrecen bajo la corriente eléctrica. Tales fuerzas no pueden nombrarse, no pueden imaginarse sino bajo un velo o símbolo, símbolo que para la mayoría resulta una fantasía poética y para otros un cuento de locos. Pero usted y yo hemos conocido parte del terror que puede morar en el lugar secreto de la vida, manifestándose en carne humana, lo que carece de forma termina adoptando una.
Si lo siniestro es aquello clandestino que se nos revela. El deseo secreto y reprimido que se cumple en lo real y que nos lleva a mezclar dos mundos, el puro y el impuro, el sagrado y el profano, lo real y lo delirante. O, como lo menciona Trías, la realización absoluta de un deseo oculto. Para Clarke este momento llega cuando ve de frente a lo informe tratando de adoptar una forma en su agonía. Por primera y única vez en la novela, lo sagrado se le presenta de primera mano y le revela aquel deseo oculto que guardaba con vergüenza en sus memorias. Pero la imagen, como no puede ser de otra forma, le parece horrible y lo aleja para siempre de su curiosidad.
La diferencia entre Acteón y Clarke radica en el acercamiento. Acteón sabe que es preciso que muera, se acerca ofreciéndose como la presa. Conoce los rituales órficos y dionisíacos; desea morir como su maestro. Por su parte, Clarke se acerca a la divinidad a través de su deseo reprimido de encontrarse con ella, la busca simulando que no la busca. Se esconde para reproducir, en el simulacro de sus memorias, el instante único donde lo infinito se hace finito y lo humano accede a lo divino. La sensación gozosa es la misma, una belleza que deviene perversión, un placer que es a la vez dolor. Sin embargo, al tratarse de un deseo reprimido, Clarke no quiere o no sabe delirar, no se deja seducir. Cuando llega el momento del encuentro con la divinidad, busca calmar su necesidad de ella y la asesina.

