Por Víctor Barrera Enderle
Desde los días en que el misterioso Longino (lector de múltiples identidades y diversas temporalidades) puso sobre la mesa, a la hora de evaluar piezas artísticas y oratorias, los intereses de audiencias, públicos y lectores, la noción del valor en el arte y en la literatura ha jugado un rol importante en la legitimación de obras y autores. La “elevación del estilo”, sostenía el misterioso personaje, hacía sobresalir ciertos escritos sobre otros; puesto en otras palabras: la forma poseía igual importancia que el contenido. La pregunta no tardó en emerger: ¿quién decide lo que es valioso? En la antigüedad clásica esa potestad se la otorgaron a sí mismos sabios y gramáticos. Durante el medioevo, la noción de valor se subordinó a ciertas preceptivas teológicas. La razón (o lo racional) y la belleza se disputaron el trono durante la Ilustración. Los sentimientos se impusieron a lo largo de la gesta romántica; el arte puro desplegó su hegemonía en los alados años del modernismo; y la ruptura fue la moneda de cambio de las vanguardias. Pero ¿y ahora? ¿Dónde está el valor en la literatura? (Nótese que no pregunto por el valor de lo literario, al menos no todavía).
Aquí es donde ética y estética se (con)funden y se disputan la supremacía. Se podrá alegar que toda estética es una ética y a la inversa. No es esta la ocasión para zambullirnos en semejantes disquisiciones. Me interesa, por el momento, destacar que, ya fuera de manera implícita o explícita, la noción de valor ha estado, en el ámbito literario, detrás de juicios estéticos, políticas de lectura, cláusulas de censura, posturas conservadoras, ataques vanguardistas, estrategias de mercado, modas teóricas, polémicas (reales o inventadas), negaciones (como las vociferaciones postautónomas) y la lista podría seguir indefinidamente.
Resulta interesante, cuando menos, que posiciones que antaño parecían antagónicas se complementen hoy de manera articulada. Doy un ejemplo entre varios: las teorías académicas y el mercado. Sabíamos de la voracidad del capitalismo tardío para apropiarse de cuanto acto de resistencia o de crítica surgiera en el medio. Sin embargo, asignar valor comercial (y por ende literario) a “sesudas elucubraciones” surgidas en las aulas climatizadas de alguna universidad norteamericana o europea es francamente un “despiporre intelectual”, como cantaba el gran Rockdrigo González en los años ochenta. Quisiera sentirme sorprendido, pero realmente no me sorprende nada. Ni las “fisuras” en el texto que, según Roland Barthes, provocaban el placer en quien leía se escapan de ser reducidas a fórmulas y repeticiones para engatusar al más despistado, quien ahora presume en alguna aplicación ser un lector excepcional e inmediatamente después realiza un listado de obras que te convertirán a ti, seguidor de sus publicaciones, también en un consumidor de literatura fuera de lo común.
Al final, según parece, todo se reduce a estrategias de legitimación, a políticas de inclusión y exclusión. ¿Hablamos entonces de ideología? Sí y no; el valor resurge camuflado de ideología, envuelto en el discurso de una ética progresista; en el fondo, no obstante, sigue respondiendo a demandas de mercado. Hace mucho que las industrias culturales redujeron a los lectores a simples consumidores: lo mejor ahora es hacerlos sentir excepcionales y críticos. Y el problema no es simplemente que esta estrategia se naturalice en los medios y se convierta en aliado para elevar ventas y consagrar autores, sino que termine por sepultar cualquier cuestionamiento básico, entre ellos, el fundamental: ¿es bueno este libro? Y si lo es, ¿por qué? Sin olvidar, por supuesto, la temeraria pregunta: ¿cuál es su valor? Si no formulamos nosotros, los lectores, estas preguntas, ellos seguirán imponiendo, de manera vertical y autoritaria, las respuestas, las cuales vendrán envueltas con el oropel de la novedad.

